De Triunfadores - Capítulo XIII

Luces estridentes, adornos incomprensibles y colores brillantes se estrellaban contra la vista de los paseantes que se aventuraban a salir en una de esas tardes de finales de noviembre. Lorena, a quien la vida todavía no la había azotado con duros quebrantos familiares, contemplaba el espectáculo con los ojos admirados de una niña. Disfrutaba descubriendo uno a uno los mensajes que resplandecían en la oscura noche, que tan pronto caía a esas alturas del año.
Cientos de personas circulaban por el mismo lugar, la misma calle, aunque fueran distintas calles, empujándose los unos a los otros, examinando con avidez las promesas que se mostraba ante ellos. Todos buscan algo con anhelo, una pócima mágica que les compensara de sus fatigosas jornadas laborales, o una piedra filosofal que les hiciera olvidarse del rutinario tránsito de sus días. Aunque saben que la satisfacción que recibirán será limitada, caduca, una y otra vez vuelven a por droga, con nueva fe, con esperanza. Necesitan creer que los mensajes con los que se les bombardea constantemente son ciertos, pues aquella es la religión en la que fueron instruidos.
Jaime llegó a su casa y abandonó su abrigo con desgana. Tenía por costumbre saludar a su madre, pero los gritos que le asaltaron al traspasar el umbral de la puerta le hicieron desistir de su propósito.
El céntrico piso, aunque relativamente acomodado, era bastante pequeño, con lo cual era imposible abstraerse de la interacción de sus ocupantes. Jaime se encerró en cuarto, pero siguió escuchando. Su madre, con los nervios crispados, recriminaba a su hermano una y cien cosas.
- No trabajas, no estudias, ¿qué estás haciendo con tu vida? ¡Nada!
-¡Que me dejes en paz!
- Tampoco ayudas con la casa, esto no puede seguir así. ¡Tienes que hacer algo! ¿Te enteras?
- ¡Tú si que no te enteras de nada! ¡Es mi vida!
- ¡Vago! ¡Que eres un vago! ¡Porrero! ¿Por qué te tengo que mantener a ti eh?
- ¡Te digo que estoy buscando trabajo!
- ¡Pero si llevas meses sin hacer nada! ¿Por qué has dejado los estudios? ¿Qué quieres hacer en la vida? ¿Pero no has visto a tu hermano?
- ¡Esto no hay quien lo aguante!
¡PLAS! La puerta se cerró de un duro golpe.
Jaime suspiró, pero ya está acostumbrado a esta clase de escenas, por lo que no se le encogía el estómago con ellas. Pasa de todo. Encendió el ordenador.
Son las ocho de la tarde. Después de caminar durante un buen rato, Lorena se detuvo frente a un hermoso vestido que le llamaba a gritos tras una vidriera. - ¡Qué bonito! Pero... ¿y cuándo me lo podría poner? No, no, no le sacaría uso. – Luego intentó echarle un ojo a la etiqueta por curiosidad, pero no la encontró.
– Uff, me parece que va a ser muy caro. - Pero el vestido ejercía una atracción magnética sobre ella, que cree que es lo mejor que ha visto en mucho tiempo. – No puede ser, queda poco para el piso, el piso... um... pero... si entro un momentito a mirar tampoco pasará nada... – Se introdujo en la tienda pensando que lograría aplacar sus ansias y comenzó a rebuscar entre las perchas. Lo encontró. – ¡Pues sí que es caro! – Volvió a colgarlo en el palo. – Imposible, hay que ahorrar para el piso. – Volvió a mirarlo. - ¡Es que es tan precioso! Ummm... ¿y si me lo pruebo? – La tentación era demasiado fuerte, así que se lanzó al probador.
La madre de Jaime, llorosa, llamó a su habitación. Él hizo acopio de resignación y se preparó para soportar el obligado chaparrón.
- Ay Jaime, yo ya no sé que hacer con este chico. Me va a matar un día de estos.
- Mamá, no pasa nada con Miguel, no te preocupes tanto.
- ¿Cómo que no pasa nada? ¿Pero qué está haciendo con su vida? ¿En qué clase de líos anda metido?
- Mamá, te puedo asegurar que Miguel no está metido en ningún lío. Es sólo que no sabe lo que hacer, ya se le pasará la tontería...
- ¿Pero qué trabajo va a encontrar con esas pintas que lleva? Y sin estudios... ¿Por qué no termina los estudios? Además, con esa facha seguro que anda en una banda, o en drogas o qué se yo.
- Mamá, Miguel no está metido en drogas, ni en una banda, ni nada de nada. Sólo está un poco perdido ¿vale? Te estás preocupando por cosas que no pasan. Déjalo, no ocurre nada. Ya encontrará trabajo.
- Encima mira cómo tiene el niñato su cuarto. No hace nada para ayudarme con la casa, pero es que ni siquiera se ocupa de lo suyo y es una vergüenza, no se puede vivir con ese desorden, así no se hacen las cosas. Yo estoy todo el día trabajando y después, venga a hacer el trabajo de la casa, que eso sí, si no lo hago yo, aquí no se preocupa nadie. Que si es por vosotros vivimos como los cerdos y así es imposible.
- Mira mamá, no tienes que preocuparte tanto por esas cosas, ya sabes que yo te ayudo cuando puedo. Con Miguel debes hablar las cosas, pero con tranquilidad, no de esta manera, así no se soluciona nada. No te agobies tanto, por favor, no es necesario que la casa esté tan limpia y reluciente siempre. Relájate, que no pasa nada.
- Claro, pero es que si no se limpia todos los días, luego la suciedad se va acumulando y acumulando. Así no se puede vivir. Debéis pensar más en vuestra madre, estoy cansada de todo. Cansada de todo.
Lorena ya ha cubierto su cuerpo con el valioso trapo, que le quedaba como un guante. Sonrió de oreja a oreja, ya que había logrado entrar en una talla menos de la que usaba normalmente, estaba adelgazando. La comprobación de este hecho disparó su adrenalina. El impulso de compra se hizo cada vez mayor. Se quedó parada con el vestido entre las manos. – Me queda tan bien... Pero es que habrá que amueblar todo el piso... y no estamos ahorrando mucho... pero es que es tan difícil encontrar algo que mole de verdad... ¡pero si no salgo nunca! ¿Cuándo me lo voy a poner?... pero también hay fiestas de la empresa... aunque quizá sea demasiado provocativo para las fiestas de la empresa.... pero... – Se imaginó la sensación que provocaría en los demás cuando la viesen enfundada en el glorioso pedazo de tela.
No. No. Se acercó a la caja. ¡Nunca me compro cosas tan bonitas! Todo el puto día trabajando ¿y luego para qué? – Dio otro paso hacia la caja. Su corazón latía a toda prisa, como si fuera a transgredir una norma. - ¡Claro que sí! ¡Para eso trabajo tantas horas! Me lo llevo.
Cuando abandonó la tienda, su estado rozaba la euforia. ¡Sí, sí! ¡Es precioso! Sin embargo, a medio camino, la contemplación de la bolsa empezó a resultarle menos grata. ¿Pero para qué lo voy a usar? Me compro tantas cosas...
En casa de Jaime, las aguas regresaron a su cauce. Después de las lágrimas y el desahogo, que Jaime soportó con santa resignación, la madre pareció tranquilizarse bastante. – Esta mujer es así.
Pero necesitaba olvidarse de estos momentos, así que busco refugio tras el monitor de su ordenador. Iba a buscar porno, pero una lucecita, entre otras muchas lucecitas, se encendió en la ventana de su Messenger. El efecto fue el mismo, pues sintió una gran excitación. Era justamente la amiga que estaba esperando.
De Triunfadores - Capítulo XII
Los tacones eran demasiado altos como para que se pudiera salvar la diferencia entre ambos zapatos, así que Lorena comprendió que la única alternativa era igualarlos. Ahora que la mujer y los niños, para su regocijo, se habían esfumado de la escena, se sintió libre para golpear el zapato sano con furia, una y otra vez, hasta que desgajó el alza sobrante. Después se calzó, pero comprobó desilusionada que con tan arqueados empeines le sería imposible enlazar dos pasos con normalidad.
Con la misma gracia con la que los patos danzaban al salir fuera del agua continuó su rabiosa huída hacia delante, dispuesta a derrotar todos los obstáculos. Todavía quedaba una última esperanza, y es que había un almacén chino muy próximo a al flamante edificio de oficinas.
La ruta se le hizo eterna. – ¡Pero qué cosas más raras pasan hoy! Es como si la tienda estuviera mucho más lejos... – Pensó con estupefacción. Luego contuvo el aliento para mirar nuevamente el reloj. - ¡Pero si apenas ha pasado tiempo! – Y sonrió embargada de esperanzas, abrazándose al arrojo que tantas veces la acompañaba.
Por fin llegó al chino de la esquina, en cuyo mostrador descubrió a un hombre cuya cabeza asombraba por sus grandes dimensiones. -¿Será verdad que me estoy quedando ciega? – Atemorizada se dirigió rauda a la estantería donde recordaba haber visto algunos zapatos, no muy elegantes, pero calzado al fin y al cabo. Sin embargo, cuando llegó a la balda no encontró nada del material ansiado. Volvió sus ojos a uno y otro lado ansiosamente, pero no divisó nada ni remotamente parecido. Se sintió atacada por un nuevo golpe de calor. Le temblaron las piernas. – Uff, tendré que preguntarle al hombre... – Pero no tenía por costumbre dejarse dominar por el miedo, así que no lo dudó.
- Emm, perdone… ¿me podría decir dónde están los zapatos?
- Zapatos, ahí. – Lorena siguió la dirección del dedo. – Pero… oiga, eso no son zapatos… - ¡Zapatos ahí! – Replicó el hombre enfurecido, para después perder sus ojos de nuevo en una revista que estaba leyendo. – Lorena sintió que en esta ocasión iba a romper a llorar definitivamente cuando contempló aquella colección de fluorescentes e imposibles chanclas playeras.
De pronto escuchó un grito, un alarido que penetró en sus tímpanos y le hizo abrir sus grandes ojos al máximo. Era el despertador. Se incorporó sobre la cama y se tocó la frente. Estaba ardiendo. Trató de mover un poco más su cuerpo bañado en sudor, pero sus doloridos músculos protestaron. Aun así decidió esforzarse y acudir a la cocina.
- ¡Pero qué te pasa hija!
- Tengo fiebre mamá.
- ¡Hija estás fatal! ¡Así no puedes ir a trabajar!
- Ya mamá, pero es que tengo una reunión muy importante…
- Hija que no puede ser, además tienes muy mala cara, ¿no te has visto?
- No… - Intrigada, arrastró sus debilitadas piernas al baño. Sentía un cansancio tan profundo que temió que lo suyo no fuera cosa de broma. – Uf, sí que estoy mal.
- Mamá, tienes razón, creo que tengo gripe.
- Te lo estoy diciendo, así no puedes ir a trabajar.
…
Se despertó y trató de estirar un poco su cuerpo entumecido y blando, que se hallaba en un estado aún más deplorable que dos días antes. Sin embargo, tantas horas en la cama hacían su convalecencia insoportable y de vez en cuando se empujaba así misma fuera de las mantas. ¡Qué frío! ¡Qué dolor! – Se lamentaba mientras cubría bien los resquicios menos abrigados de su cuerpo. Torpe por la tiritera, alcanzó la cocina con dificultad. Pensó que el gran piso despejado de habitantes ofrecía todo un abanico de libertades. Le hubiera gustado danzar desnuda, brincar, en definitiva, expresar cualquier cosa que no se pareciese a su pose habitual. Pero en tal día que se hallaba libre de las ataduras del trabajo, le era imposible hacerlo.
Tras el café con analgésicos, regresó a su cuarto. Pero nada lograba aliviar con eficacia las molestias de la gripe. Encendió su ordenador para matar el aburrimiento y casi al tiempo que las luces llenaban su pantalla se abrió el mesenger, que Lorena prácticamente no utilizaba.
Sin embargo, recibió un mensaje.
“Hola”
“Hola”
“¿Qué tal estás? Me han dicho que no muy bien...”
“No, no muy bien. ¿Y tú que haces conectado? ¿no estás en el trabajo?”
“Sí, jajaja, pero es que ahora no está el jefe jajaja”
Se produjo un breve silencio. Lorena, quien se había olvidado bastante del asunto, notó un cierto rebrotar de sus calores. - ¿Pero por qué? ¿Será la enfermedad?
“Bueno y qué, ¿te están cuidando bien?”
“No me puedo quejar”
“Oye, pues si quieres me paso a darte algo de calorcito jejeje”
“¡Jaime!”
“¿No me das cam?”
“Sí anda, para que me vean los del trabajo...”
“Jajaja, es broma mujer”
“Bueno vale”
“¡No te enfades guapísima! ¡Una chica con esos ojos no puede estar triste!”
“Bueno Jaime déjalo.”
“Es que si eres guapa, eres guapa y te lo tengo que decir, si no te estaría mintiendo.”
“Bueno Jaime te tengo que dejar”
Lorena se sintió repentinamente agobiada y se desconectó, pues no era poco lo que temía el resurgir de ciertas sensaciones. Enjugó el sudor que ya descendía en gotas por su frente y se refugió en la cama. El fuego ascendió desde la entrepierna a la mente, pero su debilidad era más fuerte, y finalmente cayó dormida. Pero no pudo evitar que en sus sueños los fibrosos y juveniles brazos del pecado cayeran sobre ella.
De Triunfadores - Capítulo XII

Lorena se enfundó otra vez su traje negro, aquel que tanto la estilizaba. Se veía bien en cuanto a apariencia, sin embargo, notaba una cierta incomodidad. – Qué raro, ¿a qué vienen ahora estos sudores? – Después descendió a la calle, pero, a pesar del aire frío que circulaba, dicha sensación no cesaba. - ¿Estaré enferma?
En el transporte público, su malestar aumentó. Echó un vistazo a su alrededor, pero con los ojos bajos, ya que había creído sentir miradas que se posaban sobre ella. - ¿Estoy guapa o tendré cara de enferma? – Desabrochó los botones de su abrigo para dejar salir el calor.
Llegó a la parada de destino y miró su reloj, tras lo cual sus ojos casi se salieron de sus órbitas. Iba muy, muy justa de tiempo. Era la primera vez que no acudía a una cita con un amplio margen de tiempo y aquel inexplicable error de cálculo casi le provocó un ataque de ansiedad.
Como primera reacción ascendió las escaleras de piedra con la mayor celeridad posible, lo cual no hizo más que aumentar sus calores. Una vez que pisó el pavimento, optó por caminar deprisa, pero pospuso la carrera para otro momento, pues temía que un posible baño de sudor arruinase su imagen. Luego prosiguió tranquilizándose a sí misma. – Por cinco minutos no creo que vaya a pasar nada…
Mientras se encaminaba a la oficina con paso firme, trató de respirar y despejar su mente un poco. Casi lo había logrado cuando llegó el momento de atravesar la manzana donde se había asentado la construcción de un edificio. Lorena, sabedora de los comentarios con los que la iban a agraciar, apretó un poco el paso. No estaba de humor. Sin embargo, los astros parecían estar configurados en su contra.
- Morenaaaaaaa…. – Guapaaaaaaaa – ¡Ven aquí preciosa, que te quiero enseñar algo! - ¡Pero qué buena que estás! ¡Pero que guapa estás hoy! ¡Tía buenaaaaaaaa!
La lluvia de exclamaciones no parecía tener fin. Lorena, abochornada, no podía creer lo que estaba pasando. Nunca, nunca con anterioridad los obreros se habían excedido de tal manera. - ¿Pero por qué hoy? – Sus mejillas se tornaron rojo fuego, su respiración se aceleró y, aunque a cada paso que daba le costaba más ingerir aire, decidió aumentar la velocidad de su marcha.
Jadeante, sofocada y con el abrigo ya colgando sobre sus brazos, alcanzó por fin la manzana siguiente. Trató de tomar aire, pero sus afectados bronquios emitían un tenue quejido a cada bocanada. – Definitivamente, estoy enferma. – Pero el tiempo se le echaba encima y no pudo detenerse más. Reunió todas sus fuerzas y se lanzó hacia delante.
Sin embargo, repentinamente, todo se desvaneció. Primero sintió su pie enganchado, luego voló hacia delante para, finalmente, caer estrepitosamente en el suelo. El tacón de su zapato había quedado prendido en una rendija del suelo. Jajajajajajajaja. – Unas risas provenientes del cielo golpearon cual puñetazos a Lorena, quien elevó sus enrojecidos ojos llena de ira y dolor. Contempló los rostros infantiles y extrañamente inflamados de sus ofensores. Le parecieron inusualmente deformes, incomprensibles. Quiso creer que el lagrimeo de sus ojos enturbiaba su visión. – Bah, son unos críos.
- Hija, ¿estás bien? – Lorena se dio la vuelta rápidamente. Una mujer mayor ofrecía su temblorosa mano a Lorena. – Qué raro – pensó – su cara también está hinchada. ¿Estaré perdiendo visión y por eso me ocurren todas estas cosas? – Aceptó la mano que le tendían y se incorporó con precaución. – Ay. – Niña, ¿quieres que llame a los médicos? – No, no, estoy bien. – El dolor de Lorena era indeterminado, fluctuante, quizá más producto de la enfermedad que del golpe. Se propuso firmemente seguir adelante, se agachó y recogió los restos de su zapato mutilado.
De Triunfadores - Capítulo XI
Sentía poderosos impulsos de saltar, gritar, bailar, pero debía contenerse. - ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! – Chilló en su fuero interno, ahora que había conquistado su sueño. Tantas emociones contenidas provocaron un temblor en sus manos. – A ver que dicen estos cuando lo sepan. – Pensó mientras observaba a los que se movían en su entorno. Pero no era la ocasión de hablar, todavía no, así que regresó a su mesa en silencio. Por el momento no le quedó otro remedio que centrarse e intentar seguir con lo suyo, aunque le fuera a costar hercúleos esfuerzos lograrlo.
Pero unos minutos después se rindió a la evidencia, no podía reprimirse más, hizo un receso y tomó su teléfono para llamar a Lorena.
- Cariño, ¡lo he conseguido!
- ¿El qué cielo?
- ¡El ascenso cariño! ¡El ascenso! Me han ascendido a Jefe de Administración.
- ¡Dios! ¡Es genial! ¡Me alegro muchísimo cariño! – Lorena, que no cabía en sí de gozo, creyó que iba a caerse de la silla. Su alegría era incluso superior a la de su pareja. Se veía a sí misma en compañía de todo un Jefe de Administración. Sus labios se arquearon hasta la deformidad. Al contrario que su pareja, la contención no entraba en sus planes, y fue corriendo a transmitir la noticia.
- Sandra, chicas, ¿a que no sabéis lo que ha pasado?
- ¿Qué ocurre?
- Han ascendido a mi novio, ahora es Jefe de Administración. – Declaró Lorena henchida como un pavo.
- ¡Felicidades! – Dijo Sandra.
- Ah, enhorabuena. – Comentaron otras, quizá menos efusivamente, pero muy conscientes de su deber de felicitar a la jefa.
Lorena no se detuvo a analizar la sinceridad de las declaraciones. Cumplido su cometido, regresó al trabajo, eso sí, con mucho más vigor que antes.
En la oficina de Felipe, mientras tanto, la noticia voló con una rapidez que él ni hubiera querido ni hubiera sospechado. Las reacciones se sucedieron en cascada.
- ¡Enhorabuena tío! ¡Felicidades guapo! – Ahora todo eran sonrisas y halagos. Había cruzado la línea, la competencia había terminado.
Finalmente, Eloy, el máximo rival para el puesto, se presentó frente a la mesa de Felipe a última hora de la tarde. El muchacho no dijo nada, se limitó a observar a su contrincante con un nudo en el estómago.
- Enhorabuena, Felipe. Lo has conseguido.
– Gracias.
- Nada, no hay de qué. Oye, tengo algo que decirte, ¿te vienes a tomar algo?
- Bueno, la verdad es que he quedado con mi novia y otra gente para celebrarlo...
- Sólo te pido un minuto. Lo que tengo que decirte es importante, pero no puedo hacerlo aquí. Venga, sólo será un momento. Es importante, en serio.
– Bueno, dame un minuto.
A Felipe no le atraía la propuesta nada en absoluto, pero no pudo resistirse al mágico canto de la curiosidad. Receloso, pero preocupado, acompañó a su compañero al exterior del edificio.
Felipe indicó el lugar donde se hallaba el bar más cercano, pero Eloy rehusó la propuesta.
– Podríamos encontrarnos con la gente del curro, no me parece buena idea. Vamos un poco más arriba... – Felipe anduvo tenso durante el camino, deseoso de saber, pero a su vez con temor sobre lo que le habría de ser revelado. Finalmente, llegó la hora de la verdad.
- Felipe, he presentado mi dimisión, me voy. Sí, me imagino que estás pensando que lo hago porque a ti te han concedido el puesto y sí, lo cierto es que es bastante injusto. Entiéndeme, chaval, yo no digo que tú no valgas, que sí vales, y mucho. Además, sé que eres buena persona. Pero últimamente me he enterado de cosas que no me gustan nada. Estoy hasta los cojones.
- ¿Pero que ocurre?
- No puedo decirte nada. Pero bueno, a lo que voy, como te dije, creo que eres buena persona, así que ten cuidado porque en este barco hay más de una rata. Sobre todo el pájaro ese de Gonzalo.
– Eloy, ¿pero de qué me estás hablando?
- Sólo te digo que tengas cuidado, nada más.
- Bueno, no entiendo nada, pero de todas maneras gracias por tus consejos y que tengas suerte.
- No te preocupes por mí, sobreviviré, preocúpate por ti. Hazme caso y presta mucha atención a lo que se cuece ahí dentro. No te fíes nada de Gonzalo. Mucha suerte chaval, siento los malos rollos del pasado.
- Yo también lo siento, que te vaya bien.
Los dos ex-compañeros se despidieron. Aunque Eloy había conseguido sembrar la duda en la mente de Felipe, lo cierto es que éste se inclinaba más a pensar que tales palabras eran fruto del resentimiento. Así pues, por el momento, no quiso concederle mayor importancia a los comentarios. Felipe se encaminó alegre y confiado a recibir las alabanzas de su novia y familiares, que muy gustosos compartirían con él su dicha.
De Triunfadores - Capítulo XI

Unos cuantos días después del incidente ambos miembros de la pareja se habían incorporado ya a su ritmo de trabajo habitual. Muchos de los compañeros más beligerantes de Felipe depusieron temporalmente su actitud en vista del triste espectáculo. Felipe, resignado, iba aceptando las muestras de cariño real o fingido con desconfianza. Entre tanto, no podía evitar girar la cabeza a cada esquina, pues el miedo había anidado en él y aprovechaba cada instante para lanzar sus tentáculos.
Lorena, por su parte, recibió un correo electrónico llamativo una de aquellas monótonas tardes. “Perdóname por lo ocurrido, se me fue la olla. Me gustaría mucho que volviésemos a ser amigos. ¿Puede ser?”. Lorena respondió afirmativamente. A fin de cuentas, las sensaciones que le provocaron esas palabras fueron muy diferentes ahora que estaba tan preocupada por Felipe. Pensó que le resultaría más productivo dejar las aguas en calma.
…
Felipe se encontraba una jornada más enmarañado entre papeles y archivos de ordenador cuando, de repente, Gonzalo se aproximó a su mesa.
- Buenos días.
- Buenos días, Gonzalo. ¿Qué tal?
- Bien, como siempre. Tengo algo importante que decirte. Cuando puedas, te pasas por mi despacho.
- De acuerdo.
El gesto de Gonzalo era tan serio que Felipe no tuvo ni la oportunidad de imaginarse nada extraordinario. Así pues, con toda tranquilidad, abandonó lo que le ocupaba y se dirigió al despacho de su jefe.
Toc toc. - ¿Se puede?
- Claro que sí muchacho, pasa por aquí, tengo una noticia que darte. – Felipe advirtió un cambio significativo en su expresión.
- ¿Cómo te encuentras de lo tuyo?
- Bueno, vamos ahí, estoy mucho mejor.
- Me alegro por ti. De todas maneras, creo que lo que voy a decirte te ayudará mucho a recuperarte…
- ¿De qué se trata?
- Como sabes, el Jefe de Administración nos abandonará muy pronto y tiene que haber alguien que ocupe ese puesto. Felipe, después de muchas deliberaciones, los miembros de la directiva hemos llegado a la conclusión de que la persona más adecuada para desempeñar el cargo eres tú.
- Emm, bueno… No sé que decir… ¡Muchas gracias!
- No hay de qué muchacho. Llevo mucho tiempo observando tu trabajo y créeme si te digo que eres la persona más apropiada para el puesto. Te lo has ganado tú. En serio, no podría depositar en nadie tanta confianza. Supongo que estarás de acuerdo en aceptar.
- Sí, por supuesto. Todavía no me lo puedo creer.
- Pues así será entonces. Felipe, a partir de ahora serás mi hombre de confianza. Vas a tener muchas responsabilidades, pero también te vamos a retribuir conforme a ello. ¿Tienes algo que preguntar?
- No, nada Gonzalo, muchísimas gracias por todo. Cuenta con toda mi dedicación y mi trabajo.
- Pues a partir del mes que viene, pasarás a ocupar el despacho correspondiente. Enhorabuena Felipe, te lo has ganado.
- Felipe tomó la mano que se le ofrecía con efusión. Incluso ambos hombres ejecutaron un amago de abrazo. Después abandonó la estancia eufórico.
De Triunfadores - Capítulo X
La pareja apenas cruzó algunas palabras mientras se desplazaban en el coche, pero sí se dirigieron cálidas sonrisas de complicidad. Lorena rozaba afectuosamente a su novio en cada ocasión que podía hacerlo.
En la sala se congregaba una muchedumbre parlante. Algunos callaron y miraron de reojo la magullada estampa de Felipe a su paso, pues no era poco lo que llamaba la atención. El chico aguantó el tipo con resignación. Una mujer madura, engalanada, que ya había hablado con ellos en otras reuniones, se acercó a la pareja.
- Hola Lorena, Hola Felipe, ¿qué te ha pasado? – Preguntó mientras repasaba con curiosidad a Felipe. Ambos se sintieron molestos.
- Nada, he tenido un accidente.
- Vaya… ¿y cómo ha sido eso? – Dijo en un tono irónico que denotaba escepticismo.
- Lo importante es que se está recuperando bien. – Atajó Lorena, mirando fija y directamente a su interlocutora, que no tuvo más remedio que recular.
- Bueno, pues nada, que te recuperes bien hijo. – Dijo dirigiéndose a Felipe. Después se dio la vuelta con indignación.
De pronto, se hizo el silencio en la sala. Las miradas se volvieron una detrás de otra hacia el estrado, pues el representante de la promotora había aparecido sigilosamente tras abrir la puerta del escenario. Descubierto este hecho, los presentes se apresuraron a tomar asiento.
- Buenas tardes señores y señoras. Es un placer para mí anunciaros algo importante… - Lorena y Felipe se cogieron de la mano, llevaban tanto tiempo esperando… ¿habría llegado ya el momento de la entrega? - … y es que nuestras constructora, siempre con el ánimo de ofrecer el mejor servicio posible, ha realizado un estudio según el cual… sería viable la colocación de una piscina en las instalaciones. – Los comentarios no se hicieron esperar.
- ¡Pero eso sería fantástico! – Declaró la señora engalanada.
- ¡Silencio, por favor, silencio! – El representante trató de imponerse. – Creemos que esta obra supondrá una gran mejora para todos, pero claro, esto supondría un aumento en el presupuesto, por tanto, dejamos la decisión en manos de ustedes.
- ¡Sin duda hay que hacerlo! ¡Sin duda! – Gritó la señora. – ¡Pero qué está pasando aquí! ¡Ya nos quieren sacar más dinero! – Protestó otro. De repente, la voz de un joven se alzó sobre las demás.
- ¡Un momento! ¿Cuánto dinero nos costaría esta historia?
- Bueno, serían unos 3.000 euros por persona… Luego les paso el presupuesto…
- ¡Aceptamos! ¡Aceptamos! – Insistió la señora.
- ¡Es un robo! ¡Nos están timando! – Protestaron otros.
- A mí me gusta la idea de la piscina, estaría bien ¿no? – Le dijo Lorena a Felipe. Él asintió con una sonrisa.
- ¡Bueno señores! – Gritó el representante. – Llegados a este punto creo que habrá que someter el proyecto a votación. Que levanten la mano aquellos que estén a favor. – Prácticamente la mayoría apoyó la propuesta. El hombre sonrió. – Bueno, me alegra ver que aprueban la idea. En tal caso, procederemos a la construcción. Empezaremos ahora, por lo tanto, habrá que esperar a que finalice la misma y contemos con todas las aprobaciones necesarias para entregar los pisos.
- ¡Un momento! – Volvió a protestar el joven. - ¿Eso significa que la entrega se va a retrasar aún más?
- Bueno… claro, es que necesitamos… ya saben, los correspondientes permisos… y luego tendrán que venir a revisarlo…
- ¡Usted nos engaña! ¡No es necesario un permiso especial para construir una piscina! ¡Basta con seguir los requisitos establecidos!
- ¡Estos cabrones lo que quieren es que nos marchemos de la cooperativa para vender los pisos a otros! Como ahora están más caros… – El ambiente se puso al rojo vivo.
- ¡Basta señores! Hay que planificar bien la obra, no se puede hacer así por que sí…
- ¡Mire usted, señor Pérez, si los pisos se terminan nos los pueden ir entregando ya! Luego vayan construyendo la piscina.
- ¡Las cosas no se hacen así! ¡Ustedes no tienen ni idea! – Replicó Pérez enfurecido.
- ¡Usted si no que no tiene ni idea Pérez! ¡Dennos los putos pisos de una vez! – La masa enardecida se fue aproximando al estrado. Felipe y Lorena, que ya andaban indignados a consecuencia de los retrasos, participaron del enfado general.
- ¡Entréguennos los pisos! ¡Entréguennos los pisos! ¡Ladrones! – Pérez, en vista de la que se le venía encima, se fue retirando sabiamente hacia atrás. - ¡Ustedes no saben! ¡Esto es una agresión! ¡Hagan el favor de comportarse!
- Pero la masa no estaba para bromas. Pérez no tuvo otra alternativa que deslizarse con rapidez hacia la puerta.
- ¡A la entrada! ¡Vamos a la entrada y le cogemos fuera! – Exclamó la avanzadilla al ver que había cerrado la puerta con cerrojo. – Los cooperativistas se precipitaron a la entrada sin más dilación. Pero Pérez había sido raudo, ya se había colocado bajo la protección de su coche. Los que estaban más cerca lograron golpear puertas y ventanas, pero nada pudieron hacer contra el potente BMW. Pérez emprendió la marcha veloz.
- ¡Cabrones! ¡Hijos de puta! ¡Ladrones! – Gritaron algunos completamente fuera de sí, mientras arrojaban cada piedra que hallaron. Pero nada resultó lo suficientemente contundente.
- Señores, no pasa nada, esto no va a quedar así. No va a quedar así.
De Triunfadores - Capítulo X

Felipe no quisiera recordar el momento en el que hubo de atravesar el umbral de su casa, con toda la saliva que tuvo que tragar plantado frente a la puerta mientras elucubraba las explicaciones que habría de dar, cuando lo único que deseaba era retirarse en soledad con sus recuerdos.
Su madre, que padecía un fuerte estado de ansiedad, se abalanzó sobre él en cuanto detectó el sonido de la puerta.
- ¿Dónde estabas hijo? ¿Qué te ha pasado? Llevo toda la noche llamándote. ¡Lorena tampoco sabe nada sobre ti! – Mientras abrazaba a su hijo, la mujer rompió a llorar. Felipe rumió que ya iba siendo hora de independizarse. Pronto acudieron al punto de encuentro el resto de los miembros de la familia. Todos querían saber. Inquirían con vehemencia. Felipe, aturdido, apenas se hallaba en condiciones de expresarse, pero estaba acorralado, no le quedó otra alternativa.
– He sufrido un robo esta noche. Me golpearon en la cabeza. Cuando me desperté, esta mañana, estaba muy lejos. – El nerviosismo y la histeria cundieron en la sala. Una retahíla de preguntas brotó de los labios.
- ¿Pero qué tal estás? - ¿Has ido a la policía? ¿Te ha visto un médico? Parece que te han hecho una cura… - Felipe, en su desesperado intento de aplacar los ánimos, recalcó una y otra vez lo bien que se encontraba.
Para complicarle aún más la tarea, la estampa de los hermanos no dejaba de pasearse por su mente, cuando lo que él se había propuesto era ocultar su existencia por todos los medios. Su bochorno era tan grande que empezó a palidecer. A punto de desfallecer de nuevo, imploró un poco de descanso. Ante la evidencia de su estado los demás no pudieron más que transigir.
Su madre calló, pues había comprendido al fin que la calma era la mejor medicina y le introdujo con sus amorosos brazos en el amplio, cálido y acogedor salón, que contrastaba radicalmente con el frío cuchitril de paredes peladas. Felipe, que se reconcilió con su madre por haber sabido interpretar tan bien sus deseos, se dejó caer en el mullido y confortable sillón.
– Hijo, ¿quieres que te prepare algo de comer?
- Uf, no puedo. ¿No podrías traerme algo para el dolor de cabeza? – Pero el padre se vio obligado a hacer un apunte.
– Hijo, hay que ir a la comisaría a denunciarlo. – Felipe, que presintió un nuevo mar de agobios y preocupaciones, se echó las manos a la cabeza.
- No sé papá, tienen mi dirección. Quizá luego, ahora no sé, no sé…
La evasión se convirtió en una necesidad urgente para Felipe, que no esperó a la pastilla para refugiarse en su cuarto y yacer sobre la cama. Trató de recordar los ojos de Roxana y más detalles sobre los hermanos, pero cayó fulminado al instante, estaba terriblemente cansado.
Lorena, por su parte, casi creyó desmayarse cuando la madre de Felipe le informó de lo sucedido el sábado por la tarde. Como una centella se presentó en el domicilio de su novio, hecha un manojo de nervios, lágrimas, culpabilidad y preocupación. En el momento del despertar, se encontró allí.
Tras el sueño reparador, Felipe se encontró con más ánimo y redaños para atender los requerimientos familiares. Afortunadamente para él, los ánimos se habían calmado. Descubrió a Lorena entre los presentes y se alegró de corazón. La disputa había quedado completamente en el olvido. Ahora sólo necesitaba sus abrazos y ella, muy arrepentida, anhelaba proporcionárselos.
El día siguiente, Lorena regresó a la casa, pero esta vez para recoger a Felipe, pues un asunto importante les aguardaba. A pesar del transcurso de las horas las múltiples contusiones y marcas despertaban los recuerdos de Felipe continuamente. Una ráfaga de miedo acompañaba a las instantáneas del asalto, e incluso se sobresaltaba cada vez que escuchaba un sonido extraño. Sólo el tacto de la cadena, que siempre le recordaría que hubo una vez en la que fue un héroe, lograba reconfortarle en aquellos instantes duros.
Pero se había propuesto firmemente retomar su ritmo de vida habitual. En aquella jornada se iba a celebrar un evento de gran importancia en su vida y, pese a las recomendaciones externas, insistió en participar.





