De Triunfadores - Capítulo XIV
- Vente con nosotros. – El grupo al completo, con Roxana y su amiga incluidas, y alguna chica más de reciente incorporación, se había congregado en una zona de la pista algo más elevada que el resto. Su peculiar aspecto, junto la piña que conformaban, impresionaba mucho a la concurrencia, que procuraba aproximarse lo menos posible a ellos. Los hombres del grupo, sabedores de su poder y ebrios, no tuvieron ningún reparo en vocear, carcajear ni en bailar con ostentosos movimientos. Felipe, que gracias a la bebida se había olvidado prácticamente de la vergüenza, se unió a la fiesta sin pensarlo. Al cabo de un tiempo, se encontró dando saltos agarrado de los hombros de los otros, y bailando, y riendo estrepitosamente ante cada comentario que cazaba en el aire, aunque no entendiera ni una palabra. Aunque le hubiera costado, Felipe no tendría otro remedio que admitir que se lo estaba pasando bien, ahora que se había liberado de complejos, preocupaciones, y que nada le importaba en absoluto. Pero el tiempo no pasaba en balde.
- Tío, nos vamos a marchar.
- ¿Ya?
- Sí, ¿pero tú no querías marcharte antes?
- Ja ja, sí, vale.
- ¿Y qué vas a hacer?
- Pues marcharme a casa.
- Ya, ¿pero vas a coger el coche?
- Joder, es verdad, no puedo coger el coche así. Bueno, pues me pillo un taxi.
- ¿En esta zona? Lo veo chungo tío.
- Joder, ¿y no hay un autobús o algo?
- Hay uno pero está un poco lejos y tarda mucho en llegar. Además no es muy seguro. – A Felipe le recorrió un extraño vértigo por todo el cuerpo al recordar los sucesos de la otra vez. - ¿Y qué hago?
- Vente a mi casa tío. Mañana te vas en el coche.
- Bueno.
Felipe no se acordó de los temores en compañía de aquel hombre grande, cuya seguridad en sí mismo le hacía parecer aún mayor de lo que era.
- Bueno, hemos llegado. Lo siento tío, pero sólo puedo ofrecerte el sillón. – Felipe se estremeció al contemplar el más largo de los sillones, aquel sobre el que Roxana había reposado. Aunque la admiraba, no era aquella chica precisamente el objeto de sus deseos, sin embargo, detalles como aquel hacían que sus carnes se agitaran. Tendido sobre la esponjosa y poco firme superficie, se dejó embriagar por las escasas notas de perfume cítrico que todavía emanaban de ella. No obstante, sus pensamientos no tardaron en volar hacia otros derroteros. “Qué coño, si me lo he pasado bien”. Lo cierto es que esas horas de desparrame había conseguido despejar su mente de todas esas cuestiones tan aparentemente trascendentales que ocupaban su mente a diario. Todo resultaba ahora más simple, más relativo. Quizá la felicidad no fuese, después de todo, el producto de recorrer el camino de los logros.
Más adelante, giró su cabeza en un desesperado intento de hallar una postura cómoda. No lo logró, y abrió los ojos, con lo que ante sí se encontró con la visión del sillón sobre el que se había sentado al llegar a la casa. Recordó la mancha. “¿Habrá aquí también?”. La repulsión que le produjo el recuerdo fue suficiente como para desencadenar la reacción que se venía gestando en su estómago desde hace tiempo. “No, no”. Pero la lava que subía por su garganta no aceptaba ser contenida. A oscuras, corto de tiempo y terriblemente abochornado, Felipe se levantó de su lecho y dando bandazos, y contra todo pronóstico, logró alcanzar el oscuro y frío baño. Afortunadamente para él las distancias eran mínimas en el pequeño piso. “Bueno ya está, tampoco pasa nada, es normal”. El nuevo Felipe no quiso concederle más importancia al tema.
- Hola, ¿qué tal estás?
- Bien, creo… - Nada más abrir los ojos Felipe se encontró con Roxana que le observaba de pie, con picardía y curiosidad.
- Te sentó un poco mal la bebida eh…
- Sí, la verdad es que no tengo mucha costumbre.
- Ya, a mí me ha pasado a veces. – La sonrisa de la chica le llenó de calma. Luego ella prosiguió. – Yo tampoco me encuentro muy bien hoy… - Al rato apareció el hermano en el salón entre sonoros bostezos y poco disimulados estiramientos.
- ¿Qué tal tío?
- Bien gracias.
- ¿Estuvo bien la fiesta de anoche eh?
- Sí.
- Y tú que te querías marchar jajaja.
– Jeje, ya ves. ¿Os lo pasáis bien aquí?
- Bueno, hacemos lo que podemos, la vida no es fácil para nosotros.
- ¿Echas de menos tu país?
– Sí, bastante.
- ¿Tienes pensado volver?
- Espero poder hacerlo algún día, sí.
- ¿Por qué viniste?
- Mira, las cosas están mal allí, eso ya lo sabes. Yo antes estudiaba en la Universidad, aunque de vez en cuando hacía trabajos, para sacar algo. Estábamos mal, pero íbamos tirando. Luego se murió mi padre y la cosa se empezó a poner fea de verdad. Un amigo mío estaba aquí y me dijo que podía encontrar trabajo, necesitaba el dinero para mi familia, así que me vine.
- ¿Y en qué trabajas ahora?
- Trabajo en la construcción, hago el trabajo que los españoles no quieren hacer, jajaja, pero no te creas, que me saco bastante.
- ¿Y ella?
- Me la traje porque pensé que aquí tendría muchas más oportunidades. Cuando sea mayor, ella verá. Mi madre es mayor y le cuesta.
- ¿Y tú que dices?
- No sé, creo que me gustaría estar en casa. Es verdad que aquí tenemos más cosas, pero quiero estar con mi madre y mis amigos.
- Me está costando un poco con ella, pero tiene que comprender que es mejor para su futuro, sobre todo si estudia, si hace algo. Mira yo ya estoy perdido, no creo que vaya a hacer nada importante en la vida, pero ella es tan joven, tiene toda la vida por delante.
- Espero que sí.
- Joder qué mal cuerpo. – Entonces si hizo el silencio. Nico se retiró un momento, pero regresó unos instantes después con material para liar un porro. - ¿Quieres, no? – Sí. – Contestó mecánicamente Felipe, aunque habían pasado años desde que hubo consumido el último. Después, ambos hombres comenzaron a aspirar el aromático humo. Felipe, cauteloso, decidió dar caladas muy breves por si acaso, pero las sensaciones que acudieron a él fueron bastante placenteras, incluso su cuerpo pareció recuperarse.
-¿Tú no fumas?
- No tío, no me la líes. Cuando sea mayor que haga lo que quiera, pero de momento quiero hacer lo posible para que le vaya bien. – Roxana miró a su hermano con algo de rencor. – A ver si logro hacerle entender que todo esto es por su bien.
El tiempo empezó a transcurrir de un modo más amable, más sereno. Con la mente casi en blanco, a Felipe el mundo le pareció un lugar mucho más dulce para vivir. Pero el formal tono de su móvil llegó para romper con la placidez. “Coño mi madre” – Mamá… sí, estoy bien no te preocupes… no es que me fui a ver a Luis y me quedé en su casa… no, no pasa nada ya voy para allá… que sí mamá, que sí… venga.
- Jajajajaja ¿te llama tu madre?
- Sí bueno, es lo que tiene vivir en su casa. Pero no será por mucho tiempo.
- ¿No? Te vas a independizar.
- Sí, pronto todo será diferente. – Aunque Felipe soñaba ilusionado con el día de su independencia, esta vez el pensamiento no le produjo la alegría esperada, si no más bien le ensombreció con alguna duda. No obstante, las dudas no pudieron permanecer mucho en aquella mente disipada, y volvió a sonreír, a pesar de que intuía que la nube iba a ser algo más que una simple tormenta pasajera.





