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El Rincón de Denisa...
Aprende como si fueras a vivir para siempre, vive como si fueras a morir mañana
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Soy Denisa. Soy una voyeur del mundo, miro, observo, analizo y después cuento. Una serie de circunstancias en mi vida me impulsaron a hablar, y ahora creo que no puedo parar. Besos. php hit counter

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De Triunfadores - Capítulo XXI



Segunda Parte








- ¡Hola Jaime!
- ¡Qué pasa tío! ¿Qué tal?
- Bien, cuánto tiempo, ¿cómo te va?
- Bien también. ¿Sigues en el mismo curro?
- Sí, ahí sigo por el momento.
- ¿Y esta chica tan guapa? ¿No me la vas a presentar?
- Sí, claro, es Adaina, una amiga. –“¿Una amiga?”
- Hola, soy Carlos.
- Bueno, voy a pedir algo. – Dijo Carlos.
- Jaime, ¿por qué le has dicho que soy una amiga? – Jaime la miró con extrañeza.
- Bueno, en realidad es lo que somos, ¿qué tiene de extraño?
- ¿Sólo amigos? No sé Jaime, yo creo que somos algo más.
- ¿Algo más? Bueno, sí. Quedamos, lo pasamos bien. Tampoco nos hemos visto tantas veces, no sé.
-¿Qué lo pasamos bien? Pero tú me decías otras cosas, y llevamos quedando bastante tiempo.
- Vamos a ver, Adaina, tú me gustas bastante, si te lo digo es porque es verdad. Pero una relación es otra cosa, es algo muy complicado, no sé…
- No lo entiendo… ¿complicado por qué? Pero si dices que te gusto…
- Bueno, no sé Adaina. Ya te digo que las relaciones son algo que surge o no. No se pueden forzar las cosas. Yo pensaba que lo habías comprendido todo, que te lo estabas pasando bien conmigo y ya está. Vamos, no creo haberte dado motivos para pensar otra cosa. De todas maneras, si no te parece bien, lo podemos dejar cuando quieras.
- No sé Jaime. Pero es que como me dices esas cosas tan bonitas… yo pensaba que…

… En ese momento, Jaime se sintió profundamente incómodo. Le hubiera gustado desaparecer, pero no podía hacerlo. Miró a la chica, tan joven a sus 22 años y tan guapa, y, muy a su pesar, la devoción que reflejaban sus bellos ojos sólo le producía desprecio. Pensó en zanjar el asunto de un modo radical y liberarse del problema. De todas maneras, sería lo mejor para ella. Sabía que aquella chica que antes le parecía tan bonita no podía despertar mucho más interés en él, en realidad, nunca pudo, pero sólo de imaginarse la escenita de llantos y los posteriores reproches se le encogía el estómago. No era capaz de enfrentarse cara a cara al dolor que inevitablemente iba a infringir. Imaginó lo bonito que sería poderse desprender de las relaciones en el mismo momento en el que ya no daban más de sí, sin problemas ni complicaciones por ambas partes, y conservar como tesoro un bonito recuerdo. Pero sabía muy bien que las cosas no eran así. Siempre había algún damnificado, generalmente ellas, que siempre querían algo más. Aunque él mismo conociera a alguna que otra que no.
- Adaina, ahora no sé que decirte. Puede que en el futuro las cosas vayan a más, pero ahora mismo yo entiendo esto como una amistad. Sí, nos gustamos y tenemos otras relaciones, pero tal y como yo lo entiendo, estamos abiertos a otras personas. En este momento no estoy preparado para algo más serio. Si no te parece bien, quizá lo mejor es que dejemos las cosas en este punto.
- Bueno Jaime, ahora que las cosas están claras, no me preocuparé más. Ya sé lo que hay y ya está.
- ¿Seguro que estás bien?
- Sí.
- Bueno, venga, vamos a tomar una copa con Carlos y estos, ¿quieres?
- Vale, pero antes voy al baño.
- Bueno, te espero en la barra.

     Pero la triste mueca que simulaba una sonrisa y los ojos brillantes contradecían las palabras de Adaina. Aunque herida por la pérdida de sus ilusiones más profundas, no se sintió con fuerzas para desprenderse de su objeto amado. No podía. Después del hundimiento, sólo acertó a aferrarse a la tabla de salvación del futuro incierto.

     Afortunada y sorprendentemente, no había mucha cola para entrar en el servicio. Adaina, en el refugio de la intimidad, no pudo evitar darle rienda suelta a las lágrimas que guardaba desde hace tiempo, que brotaron con la brusquedad de una tormenta. “Los amigos no se besan, los amigos no follan, él me dijo que me quería”. Pero no podía permanecer allí mucho tiempo, así trató de sobreponerse e intentó borrar con un pañuelo las huellas que la catástrofe había posado en sus ojos. Luego se pintó otra vez. No podía evadirse de la tristeza que le invadía, pero necesitaba luchar por su ilusión, lo que ella creía amor, así que se mentalizó para actuar con la mayor naturalidad posible, recuperar el terreno perdido.


 

De Triunfadores - Capítulo XXI



Primera Parte






Oskar Kokoschka - "La Tragedia del Hombre"






- ¿Hoy no te has traído el coche?
- Buf, no. Este mes voy un poco pillado de pelas. No sé que pasa, pero cada vez me cunde menos el dinero.
- Ya, a mi me ocurre lo mismo. – Adaina sonrió. – Bueno, ¿entonces vamos en metro?
- Sí, vamos.

     Era sábado, por lo que Lorena y Felipe ya podían disfrutar por fin de su compañía mutua sin limitaciones. Ese día los padres de Felipe habían salido de viaje, así que ambos miembros de la pareja, cansados, decidieron aprovechar para pasar el día en el piso sin preocuparse de nada más. Lorena, mientras se dirigía a la casa de los padres de su novio, se preguntaba por qué habría también tanta gente en el metro los fines de semana. “Esto está siempre igual”. Una vez más le asaltaron los deseos de poseer un coche.

     Felipe, por su parte, se afanaba en preparar una buena cena. La calidad de sus encuentros con Lorena había disminuido, y era la oportunidad de ponerle solución. Por otra parte, en un tiempo habrían de irse a vivir juntos, y tendría que compartir las tareas con Lorena. Los dos tenían una carrera profesional muy seria.

- Hola cariño.
- Hola, ¿qué tal?
- Muy bien, menos mal que es sábado. – La pareja, que ya no tenía demasiados arrebatos pasionales, se encaminó hacia el salón para ver una película tranquilamente. Mientras Lorena rebuscaba entre la colección de DVDs de Felipe, este preparaba con cuidado la mesa sobre la que habrían de tomar la cena. Ya que se había esforzado, no quería que la presentación desmereciera el trabajo.

     La pareja se introdujo en el metro con dirección a la zona centro. Jaime demostraba una seriedad inusual en su rostro esta vez, aunque no quisiera manifestarlo abiertamente. Adaina, que de algún modo captaba estas señales, se inquietó.
- ¿Te ocurre algo?
– No, ¿por qué?
– No sé, sólo me lo parecía. ¿A dónde vamos?
– He quedado con los colegas en “El Barco”, ¿lo conoces?
- No.
- Creo que te gustará.

     Cientos de cuerpos en movimiento anunciaban el ambiente. Sin embargo, para Adaina no existía nadie más que Jaime en ese momento, pues la cercanía de su cuerpo embriagaba su ser.
- ¡Cómo está esto de peña! Qué agobio. – Pero Adaina no andaba, sino flotaba, con lo que apenas se daba cuenta de los obstáculos que les asaltaban. Finalmente llegaron al sitio, que, para su fortuna, no estaba atestado de gente, con lo que incluso pudieron localizar una mesa donde sentarse.
- Voy a pedir, ¿quieres algo?
- Una cerveza.

- Cielo, tenemos que hablar. – Dijo Lorena.
- ¿Qué ocurre?
- Nada, es sólo que estoy pensando comprarme un coche.
- Bueno, eso ya lo habíamos hablado antes. Cuando nos den el piso…
- Ya, pero ¿por qué esperar si me lo voy a comprar de todos modos?
- Pues porque todavía no sabemos ni lo que nos van a costar los muebles y lo más seguro es que tengamos que meternos en más créditos.
- Vale, pero es que las cosas han cambiado. Ahora ganamos más dinero los dos.
- De todas maneras es igual, va a ser una cantidad de dinero bastante importante, no creo que sea conveniente ahora. Además, aunque ganes más, también estás gastando mucho más ahora. ¿Qué más te da esperar un poco? Si ya lo teníamos bien…
- ¿Pero qué me estás diciendo? ¿Qué gasto de más?
- No, no es eso pero…
- Sí, sí es eso. ¿Y qué pasa, que tú puedes tener un coche para que te ayude en el trabajo y yo no? ¿Es que mi trabajo no es importante?
- Tranquilízate Lorena, yo no he dicho nada de eso, pero habíamos planeado las cosas y…
- Ya, pero a ti te han dado un coche de la empresa y eso tampoco estaba planeado. ¿Así que tú puedes tener dos coches y te parece mal que yo tenga uno?
- No, no me parece mal. Es más, ahora que dices esto, si quieres te puedes quedar con el mío antiguo.
- ¿Con ese montón de chatarra? ¿Pero de qué vas Felipe?
- ¡De qué vas tú! Yo llevo utilizando ese coche un montón de tiempo y sin problemas.
- Ya, pero es que las cosas han cambiado, y con ese trasto no me puedo presentar delante de los clientes.
- ¿Y por qué lo tienen que ver los clientes? Además ¿y qué más da? ¿Pero qué te pasa?
- A ti te han dado un coche nuevo para que des buena imagen. ¿Qué pasa, que mi carrera no es importante?
- ¿Pero cómo puedes decirme eso? ¡Sabes que te he apoyado siempre!
- Ahora no, para una cosa que se me ocurre y mira como te pones. No me esperaba esto de ti.
- ¿¿Pero qué te ocurre Lorena?? ¡No entiendo nada! ¡Has cambiado! ¡Antes no eras así! ¿Por qué me haces esto?
- ¿De qué estás hablando? ¡El que me estás puteando eres tú!
- ¿Pero cómo puedes decir eso, con todo lo que te he dado? Cómprate el puto coche Lorena, ¡cómpratelo! ¡Haz lo que te de la gana! Me da igual, ¿ten enteras? ME DA IGUAL.
- ¡Vete a tomar por culo! Pensaba que me comprendías, pero ahora sé que no tengo a nadie. ¡Me voy! ¡Déjame en paz! – Acto seguido, Lorena se abalanzó llorosa hacia la puerta. Felipe, preso del enfado y la confusión, arrastró de un manotazo el mantel sobre el que se posaba todo su trabajo, que quedó derribado en el suelo.

 

De Triunfadores - Capítulo XX







Ilustración de Milo Manara



      En los últimos tiempos, y de un modo gradual, algo había cambiado en la imagen de Lorena. La naturalidad de la que solía hacer gala en su temprana juventud estaba dando paso al uso, cada vez más frecuente, de variados artificios. Maquillaje, tacones más elevados y un vestuario más sensual. Como si hubiese tomado conciencia de repente de su belleza, y quisiera sacarle partido de algún modo.

     Por otra parte, también había variado su fisonomía. Aparte del adelgazamiento, que cada vez se había hecho más patente, unas sobras de color azulado parecían haberse instalado de forma permanente bajo sus ojos. Sin embargo, su rostro se había hecho más atractivo, ahora que la delgadez resaltaba más sus rasgos.

- ¡Qué me pases esos papeles, joder! – Al mismo tiempo, Lorena se sorprendía a sí misma con algunos arrebatos de mal carácter hacia sus compañeras, que al tiempo eran sus subordinadas. Nunca sus superiores. Después se lamentaba, sabía que tendría que realizar el doble de esfuerzo para recuperar su confianza.

     Lo que sí permanecía invariable, era su hábito de visitar a Felipe casi cada día, excepto aquellos en los cuales sus respectivas obligaciones lo hacían imposible. Como sus momentos eran fugaces, no tenían mucho margen para la improvisación, cenaban, tomaban algo, y posteriormente Felipe depositaba a Lorena en su casa. Otras veces, tomaban la cena en casa de alguno de sus padres, en espera de tener la suya propia. El procedimiento era rutinario, sin embargo, Lorena seguía sintiendo como sus tensiones se diluían cuando tenía a su novio cerca.

     Felipe, entre tanto, seguía dándole vueltas al conflicto en el que se había visto involucrado. No lo había querido, pero él había estado allí, en medio del intercambio. Si en el futuro hubiese consecuencias, por fuerza le habría de corresponder algo a él.

- Lorena, tengo que contarte una cosa.
- Dime, ¿qué ocurre?
- ¿Te acuerdas de la otra noche, aquella en la que no pudimos quedar porque me fui a atender un cliente con Gonzalo?
- Sí, ¿pasó algo?
- Sí Lorena, ocurrió algo muy extraño. No era un cliente normal de la empresa. Era un fulano que le ofreció un dinero a Gonzalo para que se lo blanquease.
- ¿Cómo? ¿Pero qué dices?
- Lo que oyes. El tío le ofreció un dinero a Gonzalo para que comprase algo a nombre de la empresa. Luego él lo recompraría más caro, el margen de la venta sería lo que se quedan Gonzalo y la empresa.
- Bueno.
- ¿Cómo que bueno? ¿Pero no te parece fuertísimo?
- Pues mira, no, esas cosas pasan continuamente en este país, qué quieres que te diga.
- Pero Lorena, ¡qué estamos hablando de un delito! Y, lo peor de todo, ¡yo estoy en medio! ¿Y si me ocurre algo?
- No te va a ocurrir nada. El que está en el chanchullo es Gonzalo.
- ¡Pero yo también estaba allí! Además, pienso que Gonzalo me quiere meter en otras cosas.
- Mientras no firmes nada aquí no pasa nada. También sé que en mi empresa entra dinero en b, no pasa nada, esto pasa en todas partes.
- Yo no lo veo así Lorena, no lo veo así.

     Felipe se sentía desolado por no hallar comprensión, consejo, sólo ante un asunto cuya intuición le hacía temer con fuerza. Como si algún poder superior hubiera decidido arrojarle a los leones sin remedio, sin su consentimiento, abandonado a su suerte. Otras veces se dejaba llevar por la inercia del entorno y se olvidaba del asunto. Cuando a todo el mundo le parecía lo normal, entonces debía serlo. Por otra parte, las envidias que despertaba entre sus compañeros se habían hecho mayores, aunque dada su posición, nadie osara abrir el pico. “Si ellos supieran”. Pero ellos no sabían nada, el poder es solitario.

     Aquel día no se había presentado muy problemático para Lorena, que consiguió salir de la oficina a las 7. Sin embargo, Felipe no corrió la misma suerte. Como en otras ocasiones similares, Lorena se dispuso a hacer tiempo de algún modo. Cuando la temperatura era cálida y agradable, no tenía problemas en sentarse a esperar en algún parte, pero la primavera aún no había llegado a la capital. Así pues, se decidió por revisar, como venía siendo habitual últimamente, algunas tiendas y escaparates. Se estaba aficionando demasiado al cuidado de la imagen, quería dar la mejor impresión a los clientes, clientes como Juan Manuel… Lorena se sonrojó inmediatamente al tener este pensamiento. Lo rechazó. Después llamó a Felipe para comentarle la zona donde estaba, cerca del centro.

     Justo cuando abandonaba uno de los establecimientos que acababa de supervisar, apreció en la lejanía una presencia conocida que le causó nerviosismo y estupor. Se trataba de Jaime, solo, que caminaba hacia ella. “No me ha visto, no me ha visto”, intentó tranquilizarse y se propuso evitarlo, así que se introdujo nuevamente en la tienda. Pero sus esfuerzos fueron en vano, porque Jaime ya la había visto, y con su desfachatez habitual, no dudó en abalanzarse hacia la tienda.

- ¡Hola guapa! ¿Qué tal estás?
- Bien, gracias.
- hace mucho tiempo que no hablamos, ¡me ignoras! ¿Estás bien?
- Sí.
- Bueno mujer, ¿y cómo te vas? ¿Sigues con ese chico?
- Sí.
- Pues no se te ve muy contenta. Oye, ¿por qué no te vienes a tomar algo, y así nos ponemos al día de todo?
- No puedo.
- ¿No? Qué pena. – Pero en ese mismo instante, una nueva idea irrumpió como un fogonazo en Lorena.
- Pues ahora que lo dices Jaime, hace mucho tiempo que no tenemos una buena conversación tú y yo.
- ¿Entonces qué? ¿Te vienes?
- Si quieres sí, pero es que todavía tengo que hacer un par de recados.
- No importa, si quieres te acompaño.
- Verás Jaime, es mejor que no. Son cosas de chicas. Si no te importa me podías esperar en un sitio, y dentro de 15 o 20 minutos voy para allá. ¿Te parece bien?
- Bueno Lorena, si tu quieres… pero ya te digo que no me importa acompañarte donde sea jeje.
- No, no, prefiero que lo hagamos así, ¿vale?
- Bueno vale, si no hay más remedio lo hacemos así. ¿Dónde te espero?
- No sé, ¿conoces algún bar chulo?
- Pues mira, por esta zona hay una cervecería que no está mal, “El Torito”, ¿la conoces?
- Ah, pues sí, alguna vez he estado, si quieres quedamos ahí.
- Vale, pues te espero ahí entonces.
- Muy bien, pues hasta ahora. – La pareja se separó, y mientras se alejaban, la encantadora y comercial sonrisa de Lorena, se transformó en sarcástica carcajada. “Ahí te pudras esperando guapo”.

     Después echo andar calle abajo, casi a zancadas, como si volará en busca de la libertad. Cuando se sintió totalmente a salvo, llamó a Felipe para citarle en un lugar diferente.

- Cariño, que alegre se te ve hoy.
- ¡Sí! Es que he tenido un buen día cielo.

     En aquel momento, Lorena estaba totalmente convencida de que la venganza era un plato exquisito.