Nada más hizo su entrada por la puerta un coro de murmullos insolentes jaleó su tránsito hacia el despacho. Se encerró sin dilación. Las manos le temblaban mientras intentaba en vano apretar las teclas, pero no tuvo que intentar esforzarse mucho más, porque acto seguido sus jefes llegaron para reclamarle.
- Felipe haz el favor de venir ahora mismo.
- Te lo vamos a preguntar una vez más. ¿Qué sabes sobre este asunto?
- ¡Nada! ¡Se lo juro! ¡No sé nada!
- La denuncia ya está en curso. Ya se verá si sabes algo o no. De momento, hemos decidido tomar una serie de medidas cautelares. No podemos permitirnos que alguien como tú tenga acceso a cierta información, así que quedas relegado de todas las responsabilidades. A partir de este momento puedes continuar con nosotros pero como un simple administrativo, con la consiguiente disminución de categoría y sueldo. Además, quedas fuera del departamento de Administración. No te despedimos porque preferimos que te quedes por aquí hasta que se aclare la investigación.
- ¡Pero esto es humillante! Quiero abandonar mi puesto inmediatamente.
- Piénsalo bien Felipe, estás involucrado en un escándalo financiero importante, y no creo que puedas encontrar un trabajo decente en ningún sitio más. Por otra parte, si colaboras y se aclaran las cosas es posible que de aquí a un tiempo podamos llegar a un acuerdo favorable para todos.
- No sé, no creo…
- No estás en posición de elegir mucho más. Si realmente no tienes nada que ver con este asunto intentaremos solucionarlo todo del mejor modo posible. Piénsalo.
Felipe, lleno de pesar e incertidumbre, aceptó lo que le proponían sin más discusión. Lo cierto era que estando en medio de una investigación policial no tendría muchas oportunidades de recomponer su situación laboral. Se sentía acosado y degradado, pero las palabras acuerdo y solución le daban un pequeño rayo de esperanza. Quizá todo se resolviese al final de un modo adecuado y entonces podría marcharse con dignidad. ¿Pero y sí Gonzalo lo había preparado todo para inculparlo directamente? Sentía demasiado miedo como para actuar.
Lo que Felipe aún no comprendía era que la directiva de la empresa, en realidad, daba crédito a su inocencia. No podían mantenerlo en el lugar que ocupaba porque estaba efectivamente vinculado al grave robo, y ya no había vuelta atrás al respecto. Por otra parte, tampoco podían concederle el desagravio del despido porque perderían el único nexo que les unía al delincuente. Necesitaban, por tanto, tener al chico vigilado. Así fue como encontraron la solución alternativa de la recolocación, humillante para Felipe, pero oportuna para ellos.
Unos minutos más tarde, un Felipe terriblemente abochornado fue conducido a su nuevo puesto de trabajo, en el departamento de marketing, para lo que se le pudieran mandar. Las miradas entre reprobatorias y burlonas de sus nuevos compañeros se le clavaron como espadas. No se creyó con fuerzas para sostener el plan hasta el final. Después, para aumentar su pesadumbre, recibió la temida visita de la policía. Dos hombres uniformados le acompañaron a un despacho.
- ¿Qué relación tenía usted con el señor Gonzalo Márquez?
- Era su empleado.
- Sus compañeros afirman que también tenían una relación de amistad personal.
- No.
- ¿No? ¿No es cierto que usted ha tenido encuentros con el señor Márquez fuera del horario de trabajo?
- Sí, pero siempre fueron por motivos de trabajo.
- ¿Qué motivos de trabajo? Explíquese.
- Gonzalo hacía negocios para la empresa.
- ¿Qué clase de negocios? ¿Cómo la compraventa del edificio situado en la calle de los Dolores?
- Sí…
- ¿Qué implicación tenía usted en la compra de ese edificio?
- Ninguna, yo me limité a cumplir las órdenes de Gonzalo.
- ¿Pero no es cierto que usted preparó todos los papeles para que se realizara la compraventa?
- Sí, pero lo hice todo según las instrucciones de Gonzalo. No sé nada más.
- ¿Seguro que no sabes nada más? Pues verás, chaval, resulta que hemos investigado tus cuentas corrientes y hemos descubierto que has ingresado un cheque de Gonzalo.
- Sí…
- Sí ¿qué? ¿Por qué te pagó ese dinero?
- No lo sé, dijo que era un regalo…
- ¿Un regalo a cuento de qué? ¿Por qué?
- Dijo que era por mi trabajo, por lo que le había ayudado.
- Tú has colaborado en este asunto.
- ¡No! ¡Se lo juro! ¡Yo no he tenido nada que ver!
Felipe tenía la moral por los suelos y ya empezó a creer que no había mayor vergüenza en el mundo que la que estaba pasando en ese momento. Pero, por fortuna, pronto llegó la hora de la comida. Pudo escaparse, correr. Cuando logró esconderse en el rincón de una oscura y lejana taberna, intentó evadirse de sus problemas con los tragos amargos de una copa. Pero su intento de escapar fue inútil, ya que a los pocos minutos de sentarse observó aterrado una breve noticia que venía en la prensa.
“Director Financiero desfalca 300.000 euros de su empresa”
Terminó la copa de golpe y salió a caminar. Su agobio era infinito, como si se viera envuelto en una persecución que nunca hubiera de terminar. Desolado, desesperado, comprobó que se acercaba la hora de regresar a su trabajo. Deseó con todas sus fuerzas que se le tragara la tierra, pero no lo podía evitar, si se ausentaba confirmaría las sospechas. Quería gritar, llorar, pero sólo le quedaba tragar. Rojo como un tomate, hizo su aparición en la oficina. Su estado de pesadumbre era tan evidente que nadie se atrevía a acercarse a él para encargarle tareas, lo cual agradeció mucho, dado que hubiera sido incapaz de concentrarse.
Al finalizar el día, acudió corriendo al refugio de los brazos de su novia. La abrazó con furia, con pasión, como lo hacía en los primeros tiempos, como si fuera lo único que le mantuviese atado a la tierra. Ella, sabedora de su necesidad, intentaba consolarle con su ternura y compasión. Le producía una gran pena ver a su hombre reducido a ese estado y le ofreció todo su cariño, porque era más cariño que emoción lo que le unía a él en ese momento. Por lo demás, en su fuero interno no podía dejar de pensar en que les quedaba tan sólo un mes para que les entregaran el piso, y la degradación laboral de Felipe le sentó como un jarro de agua fría. ¿Ahora como iban a pagar? Un problema más, y un problema para ella sola además. ¿Qué podía exigirle a Felipe con lo mal que se encontraba? Suspiró pensando en su mala suerte.
Por la noche, ya bien lejos de la intromisión ajena, Felipe logró por fin explotar y llorar, en un vano intento de soltar el inmenso peso que le había caído encima al margen de su voluntad. Estaba desesperado y no paraba de imaginarse a si mismo preso, o en el paro y sin nadie a quien acudir para reclamar. “¿Qué puedo hacer? ¿Cómo lo voy a solucionar?”





