De Triunfadores - Capítulo XXI
Felipe, abandonado en un amplio sillón, no acertaba a moverse. No terminaba de asimilar lo que le había sucedido y se sumió en el abatimiento. El comportamiento de Lorena le había producido una gran confusión, no sólo por lo desagradable de la escena en sí, sino porque habían salido a relucir facetas del carácter de su novia que no conseguía encajar. Tal vez ella hubiera cambiado, o tal vez no hubiera descubierto la realidad hasta entonces, pero, fuera cual fuese el motivo, a Felipe no le importaba. Sólo sabía que no le gustaba y, lo que es peor, no sabía qué hacer de ahora en adelante. Quería a Lorena y había volcado gran parte de sus esperanzas e ilusiones en ella, ¿qué podía hacer cuando todo era diferente a lo esperado?
Un rato después, cuando el tiempo logró devolverle un poco la calma, se encontró buscando de sí razones para la tranquilidad. Auto engañarse siempre resultaba más fácil y prometedor que aceptar la realidad. “Un arrebato” “Será el estrés” “No volverá a repetirse”. No se podía derrumbar un castillo sin violencia, ni despojarse de un amor sin miedo y sufrimiento. Sin embargo, el inconsciente no miente, y dentro de él quedaba un poso de inseguridad que le hacía estar alerta. Ya había advertido cambios desfavorables desde hacía un tiempo.
La vida sin Lorena sería para él como adentrarse en un oscuro y desconocido territorio. La vida con ella, en las nuevas condiciones, también.
El piso grande y acomodado empezó a resultarle frío y solitario. La ausencia de amigos cercanos e íntimos a los que acogerse cuando asomaban las dificultades, también. De todos modos, tampoco importaba, los hombres no hablaban de esas cosas.
¿Estaba solo? No. Todavía quedaba alguien.
- Hola, ¿qué tal? ¿Sabes quién soy?
- Sí.
Felipe, que por fin se había decidido a dejar de lado sus imprescindibles camisas y se había enfundado una camiseta, llamó a la puerta. Roxana, quien le abrió con gesto compungido.
- Hola.
- Hola guapa, ¿qué tal estás?
- Bien.
- ¿Bien? Pues no te veo muy alegre.
- Bueno.
- Hola, qué pasa tío.
- ¿Qué tal? Cuanto tiempo sin venir por los bajos fondos.
- Emmm….
- Es broma jajaja, estarías ocupado con tu preciosa chica.
- Sí, así es.
- Bueno, yo si estuviera en tu lugar haría lo mismo. Pero pasa, ¿quieres una cerveza?
- Sí. – En dos pasos llegaron al salón. Roxana comentó algo a su hermano en su idioma, a lo que él respondió de igual modo. Después, la chica se dejó caer sobre el destartalado sillón con gesto mohíno.
- ¿Qué le ocurre?
- ¿Qué que le ocurre? Me he enterado de que esta semana no ha ido un día clase. No puedo permitirlo. No sabe lo que se está jugando.
- Es muy joven, son cosas de críos.
- Es diferente. Nosotros no tenemos muchas oportunidades. Mira, yo ya estoy perdido, pero tengo que conseguir que ella haga algo con su vida. Hoy no sale. – Niko fue a buscar las cervezas, mientras tanto, Felipe se sentó en el sillón. Le dio pena la muchacha.
- ¿Estás bien?
- Sí. Mi hermano no entiende nada.
- Lo hace por tu bien.
- No es justo, él no es mi padre. ¿Por qué no me deja en paz? Yo sé lo que tengo que hacer, soy mayor.
- Algún día lo comprenderás, y lo mismo hasta le das las gracias. – Ella se acurrucó todavía más.
– ¿Pero tú no tendrías que estar estudiando? Pues venga.
- Es que no me apetece.
- ¿Qué no? ¿Y qué va a pensar Felipe de ti? Mira lo bien que le va a él y a su novia por que han estudiado. – No fue necesario añadir nada más. Ella se levantó con rabia y se marchó.
- ¡Qué críos estos! Bueno, ¿y qué es de tu vida? ¿Cómo no estás con tu chica?
- Mejor no me hables de ella.
- ¿Cómo? ¿Qué ha pasado?
- Hemos tenido una pelea.
- Bueno, pero eso es normal ¿no? Mañana lo arregláis con un par de polvos.
- Las cosas no siempre son así.
- ¿Que no? Ya lo verás. ¿Vienes a dar una vuelta?
- Vale.
Adaina, quieta, silenciosa, se esforzaba por mantener la serenidad, mientras que Jaime, Carlos y otros amigos hablaban y se entretenían tranquilamente. Quería distraerse, pero el bullicio que había a su alrededor parecía desaparecer por momentos. Nada le importaba tanto como lo que ocurría en la mesa.
Jaime, tan efusivo otras veces, ese día se mostraba casi indiferente. No mantenía contacto físico con ella, no tomaba sus manos, ni rozaba su cuerpo, ni mucho menos la besaba. Sólo de vez en cuando intercambiaba alguna palabra insustancial con ella. El cambio era más que evidente y le afectaba, pero no le quedaba otra carta que jugar, así que mantuvo el tipo contra viento y marea.
Vaya época que llevo con fiebres y otras historias. Acepto gustosa tu invitación para el relato, me gustan tus historias personales, incluida la ficción... poco habrá que criticar pero bueno.
Besos
Me ha gustado. No tardes mucho en escribir :)
Es que tengo ganas, en serio... tiempo a hacer cambios... uff tendrás el que quieras.
Yo voy a probar a montar una pequeña historia mía...
Tardaré todavía... Cuando esté lista... te dejo aquí la dirección para que me hagas tu crítica ;)
un besaszo.





