De Triunfadores - Capítulo XIV
Aquella tarde de marzo el ambiente era oscuro, plomizo, desapacible, mientras que el viento resoplaba con fuerza. Pero ni las turbulencias en la atmósfera ni nada podían afectar a Lorena, que se sentía como si hubiese llegado la primavera en todo su esplendor. Era su cumpleaños, y por esta vez en particular, tenía muchas ganas de celebrarlo. Había alcanzado un sueño ansiado durante mucho tiempo, su piso, con lo difícil que resultaba en aquella época. En ese mismo momento iniciaba una nueva etapa en su vida sobre la que mucho había fantaseado.
Algunas facetas de su vida habían experimentado cambios recientemente, como su aspecto. Ahora era más delgada y había perdido algo de frescura, debido a las ojeras y a la palidez que se habían instalado en su rostro, sin embargo, ella se encontraba más atractiva y elegante. Había aprendido a sacarse partido y el fuego de sus ojos, que nunca se había apagado, brillaba aún con más fuerza.
Por lo demás, la tensión en el trabajo había aumentado. Ya no ganaba clientes con la misma facilidad de antes y, los que tenía, debía cuidarlos con especial celo y atención. No obstante, la situación todavía distaba de ser preocupante. Aunque más lento, su trabajo seguía avanzando sobre seguro, y sus jefes continuaban confiando mucho en ella. Con la seguridad que tenía en sus capacidades, creía firmemente que estos escollos no serían difíciles de superar.
Su relación, en cambio, y a pesar de las últimas discusiones, había mejorado. El último enfrentamiento había conseguido disipar sus dudas, y se había aclarado en cuanto a sus esperanzas e intenciones. De Jaime, ya ni se acordaba, y se había propuesto evitar los accesos de mal genio cuando estuviera en compañía de Felipe. Tenía que cuidar su relación para que perdurara.
Felipe, por su parte, compartía con Lorena la preocupación respecto al trabajo. Gonzalo cada día le gustaba menos, y eso le hacía andar con prudencia, temor. Pero le pagaban demasiado bien, y estando a las puertas de la hipoteca, y con una pareja que se estaba adaptando tan bien la buena vida, no le resultaría nada fácil marcharse. Por el momento, sólo podía guardar su miedo en el interior, ya que Lorena no parecía comprender sus motivos en absoluto. Siempre le quitaba hierro al asunto. ¿Y a quién contárselo si no? Por lo pronto, había conseguido su piso, y sinceramente se alegraba por ello, tenía muchas ganas de independizarse. De todos modos, nada de lo que pensaba tendría que ocurrir al final, la vida siempre ofrece giros inesperados.
Felipe, que también había adelgazado un poco últimamente, pasó a recoger a su novia a las 9 de la noche. Habían quedado con un grupo de gente bastante importante, Lorena tenía el ánimo por las nubes, y no era cuestión de dejar pasar la ocasión, quería organizarlo a lo grande. Entre los invitados había amigas, gente del trabajo, familiares, en suma, todo aquel a quien pudo localizar. Tenía intención de pagar las consumiciones a todos, o al menos algunas rondas. - ¡Pero Lorena! – No pasa nada, si nos ha salido de lujo lo del piso, lo podemos pagar bien, un día es un día. – No hubo más que hablar, ninguno de los dos tenía ganas de discutir.
- Holaaaa chicas ¿qué tal? – Las chicas del departamento, y algún que otro chico más de la empresa, acudieron juntos al evento. – Pero venir por aquí. – Lorena se dispuso a unir a los diversos bandos. – Esta es Natalia, mi hermana. - ¿Qué tal? – Pero no fue posible, los grupos apenas se mezclaron entre sí. Lorena no invitó a Jaime, por otra parte, tampoco había recibido noticias de él.
Adaina procuraba administrar mejor su dinero desde que se encontraba en su situación, pero aún así, procuraba salir con sus amigas con la misma frecuencia que antes. Para ella era una necesidad vital, pues sólo cuando estaba con ellas se sentía reconfortada, lejos de las presiones familiares y personales. Día a día iba aceptando y se iba adaptando a lo sucedido, pero el proceso era lento y por desgracia contaba con demasiado tiempo para pensar.
La gente de la oficina, excepto Sandra, la única compañera con la que había trabado alguna amistad, se dedicó a aguantar el tipo y a aprovechar el tiempo como pudo. Sonrisas, falsos cumplidos, lo de siempre. Los demás, más afines a Lorena, parecían divertirse en la fiesta. La hermana, algo afectada por la bebida, empezó a tontear con un chico que se encontró en el bar. Lorena sintió un pequeño atisbo de envidia cuando lo observó, por su libertad, su emoción, sus ganas de vivir, pero fue fugaz, ella tenía mucho más, un hombre que la quería de verdad. “Ya quisieran muchas”. De repente, Felipe recibió una llamada. – Voy un momento fuera.
Ana Cuesta





