“Noooooooooo, esto no puede estar pasando”. A pesar del aire fresco de la noche, Lorena tenía abiertas las puertas de su ventana de par en par. La Luna llena, poderosa y brillante, bañaba con su luz azulada el interior de la habitación. No podía parar de dar vueltas en la cama, ni siquiera tras tomar la pastilla de siempre, y a cada giro que daba el calor se apoderaba más de ella, empapando de sudor sus rincones. “¿Será verdad que me va a respetar, que no lo va a intentar más? Ufff, ¡que va! con lo que son los tíos. Vaya problema. El mejor cliente de la empresa. A ver cómo salgo de ésta. Ojalá, ojalá pueda controlarlo”. En una de las vueltas, observó la reluciente caja que había depositado sobre su mesilla. La abrió, y extrajo el flamante reloj nuevo. No pudo dejar de observarlo con fascinación. “La verdad es que es maravilloso”. Nunca creyó que tendría en su poder semejante posesión y se asustó de la extraña sensación que le producía, porque, a pesar de todo, no era capaz de mirar a Juan Manuel con desagrado del todo. Finalmente, optó por tomarse otra pastilla, tantos pensamientos confusos estaban llegando a saturarla.
- Lorena, ¿estás bien? Tienes mala cara.
- Sí, bueno, un poco cansada, pero nada más.
- ¿Qué tal van las cosas con Juan Manuel? Parece que bien ¿no?
- Sí, sí, sin problemas.
- Muy bien. Oye, cuando puedas pásate por mi despacho que tenemos que hablar.
- Ok.
- Cierra la puerta. Bueno, verás, como sabes hemos tenido algunos problemillas en la empresa últimamente. En esta semana se han dado de baja otros dos clientes más.
- ¿En serio?
- Sí, la verdad es que la cosa no va muy bien, la facturación está bajando, lo lleva haciendo un tiempo, y ya se están notando los resultados. Tenemos que hacer algo, y no hay más remedio que reducir plantilla.
- ¿Qué?
- Como lo oyes. Me han dicho que hay que empezar a despedir gente. Por suerte, esto no va a afectar mucho a nuestro departamento, pero, aún así, tenemos que elegir al menos a una persona.
- Noooo. No puede ser.
- Es inevitable, no tenemos otra alternativa.
- Qué mal rollo, y… ¿Habéis pensado algo?
- Estamos en ello, por eso precisamente quería hablar contigo, tú trabajas día a día con las chicas y las conoces mejor que nadie, necesito que me digas tu opinión, ¿cuál es la que va peor?
- Pues… si hay que decir a alguien, yo te diría que Patricia, pero…
- Muy bien Lorena, eso es lo que quería saber, gracias.
A pesar de lo comprometido de la situación, Lorena no se sintió particularmente afectada. En realidad, Patricia no le gustaba, nunca había sido santo de su devoción. Aquella chica, a diferencia de las otras, no se mostraba simpática con Lorena, ni parecía acatar de buen grado su mandato. Aunque a simple vista parecía correcta, por lo menos en cuanto a las formas, siempre resultaba algo seca, y sus miradas, fugaces, transmitían rechazo o desprecio. En el fondo sintió que se había quitado un peso de encima.
- Felipe, ya está arreglado todo.
- ¿Cómo?
- Que ya se ha solucionado lo de la venta. Pereda ya ha elegido un edificio.
- Bien.
- Ponte la chaqueta, que nos vamos. – Felipe renunció a contestar, sabía que no podía hacer nada para cambiar las cosas.
Esta vez el encuentro no se produjo en un hotel, si no en un modesto, aunque no mal situado apartamento. Felipe aguardó sentado y en silencio mientras los otros dos hombres bromeaban y se servían una copa, como si aquella situación fuese lo más normal del mundo. Había alguien más en el grupo, un hombre fornido, callado, que había acompañado a Pereda. Felipe, que se sintió intimidado por su mirada, dedujo que se trataba de un guardaespaldas.
- Bueno, bueno, bueno, dejémonos de bromas, ¿has traído lo mío?
- Jajajaja, aquí lo tienes, sigues igual que siempre, no pasas ni una ¿eh?
- Jajajaja, por supuesto que no amigo mío, los negocios son los negocios. – Pereda extrajo de su equipaje un grueso maletín que depositó sobre la cama. – Cuéntalo, anda. – Felipe observó atónito el desfile de billetes morados. “Vaya fortuna, ¿cómo puede tener tanto dinero en efectivo?”. Se preguntó en qué clase de negocios turbios estaría involucrado.
- Vaya, vaya, parece que está todo, así da gusto jaja.
- Jajaja, a estas alturas y que todavía no te fíes de mí.
- Bueno Felipe, hemos terminado. Ahora coge mi coche y pon el maletín a buen recaudo, que nosotros tenemos que ir a celebrarlo. ¡Ah! Y ve preparando los papeles para que la empresa realice la compra.
- Pero… ¿esto se puede hacer?
- Pero otra vez… cómo no se va a poder hacer, la empresa ya tiene otros intereses inmobiliarios. Y no te preocupes de nada más, que ya los firmaré yo. Te acompaña este señor al coche. Venga, hasta luego. – Una vez más, Felipe se quedó sin derecho a réplica. Con firma o sin firma, había sido testigo de un hecho ilegal, y había establecido algún tipo de relación con esa gente. “¿Pero para qué me necesitan? ¿Qué quieren de mí? Me quieren colocar algo, estoy seguro”.
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