A las once de la mañana, como cualquier otro día, la actividad era febril en la oficina de Lorena. Las hormigas engalanadas, participaban de la agitación colectiva o se refugiaban en las páginas de Internet, si sus obligaciones se lo permitían. Todo era igual, en apariencia, y sin embargo diferente. Cada una de las personas individuales ignoraba las sorpresas con las que se podía encontrar.
“Alguien tiene que saber algo, ¿pero, cómo podría…?” En los días siguientes a la conversación con Patricia, Jaime empezó a cavilar acerca del tratamiento que le había de dar a la nueva información. Aunque su fallida aventura con Lorena le había afectado más de lo que hubiera querido y esperado, no era un hombre de naturaleza rencorosa. Sin embargo, la puñalada trapera que Lorena le había asestado a Adaina, había tocado su fibra más sensible. No sabía si era instinto de protección, o el cariño, que no amor, que todavía dispensaba a la chica, pero no podía aceptar lo sucedido, le parecía intolerable.
Miraba a su alrededor, contemplando uno a uno los rostros, pero no sabía a qué dirección apuntar. Si alguna vez hubo un culpable del robo, éste se cuidaría bien de no ser descubierto. “¿Qué puedo hacer?” Dudaba, pero tenía claro que aquello no iba a quedar así, no podía soportar tanta maldad. “Ésta se va a enterar”.
Unos metros más allá, y sin embargo totalmente lejos de la vista de Jaime, se encontraba Lorena, con su estrés habitual, pero con problemas adicionales. De un día para otro, el ambiente se había enrarecido sobremanera. Los rostros que se encontraba no le resultaban muy amigables, si no por el contrario, bastante fríos y distantes. “¿Qué le ocurre hoy a la gente?”. Cada cierto tiempo, no podía evitar interrumpir su trabajo para reflexionar. “¿Se habrán enterado de lo de Patricia? ¿Pensarán que soy culpable? No creo que Maica me haya hecho eso, no puede. A lo mejor lo han pensado por su cuenta, no sé.” Su intuición no podía negar lo evidente y esto constituía un buen motivo para la preocupación.
Un rato después, recibió una llamada de Juan Manuel. No pudo evitar sobresaltarse, pero, para su fortuna, la conversación retomó el sendero de lo habitual, sin comentarios personales, ni alusiones a los últimos sucesos. Aunque, eso sí, había en sus palabras una mayor familiaridad, más confianza, como si realmente se hubiese establecido una amistad. Se tranquilizó, por lo menos en ese aspecto parecía que las aguas volvían a su cauce, pero no ignoraba que trataba de una tregua temporal, debía estar preparada para la próxima tormenta. No confiaba en él.
A última hora de la tarde, Lorena tenía ya prácticamente superado el malestar que le había producido la reacción de sus compañeros. Aceptó que no podía cambiar lo inevitable, si sus compañeros se habían enterado de lo de Patricia, no le quedaba otra alternativa que vivir con ello, superarlo. “Ya se les olvidará”. Todavía confiaba en su capacidad para recuperar el terreno perdido. Por el momento, nada más podía hacer. Llego la hora de salir, por fin podía apagar su equipo, marcharse, desconectar de todo, olvidar. Pero, cuando se disponía a hacerlo, revisó su correo por última vez. Encontró un mensaje realmente desconcertante.
SÉ LO QUE HAS HECHO CON ADAINA. ESTO NO VA A QUEDAR ASÍ, VAS A PAGAR LAS CONSECUENCIAS.
Un tal Justicia firmaba el amenazante texto. De repente, un escalofrío sacudió su cuerpo, y los nervios se apoderaron de ella. “¿Pero esto qué es?”. La habían descubierto. Se sintió tan violenta que sólo atinó a apagar su ordenador con rapidez. Miró a su alrededor. “¿Quién habrá sido?”. Pero aquel día había apreciado demasiada hostilidad en las miradas, podría ser cualquiera. Se marchó. Empezó a pensar, pero por más vueltas que le daba, no lograba averiguar quién podría estar operando en su contra, podría ser cualquiera, todos y nadie, en el fondo de su ser reconocía que se lo había buscado.
Te dejo un abrazo.





