En los días siguientes, la situación de Lorena no pareció variar significativamente. El recelo de sus compañeros parecía inalterable, pero por lo menos seguía manteniendo una relación de trabajo normal con ellos, a fin de cuentas tenía un puesto importante, debían respetarla. Lo que verdaderamente le preocupaba era el asunto de los anónimos. Una semana después del primero, recibió el segundo, con un mensaje idéntico.
SÉ LO QUE HAS HECHO CON ADAINA. ESTO NO VA A QUEDAR ASÍ, VAS A PAGAR LAS CONSECUENCIAS.
Las palabras no dejaban de retumbar en su mente, y la incertidumbre era muy difícil de soportar. Se decidió a contestar.
SÉ QUIÉN ERES, HE VISTO LA IP. A VER SI TIENES COJONES DE DECÍRMELO A LA CARA.
Inesperadamente, Justicia respondió al momento. JAJAJA ¿Y QUIÉN SOY? Lorena no se arredró. EL INFORMÁTICO LO ESTÁ MIRANDO. TE VOY A PARTIR LA CARA. – PUES AQUÍ TE ESTOY ESPERANDO. VETE PREPARANDO, PORQUE TODOS VAN A SABER LO QUE HAS HECHO.
Lorena se asustó realmente, incluso por un momento valoró la posibilidad de llevar a cabo sus amenazas, es decir, hablar con el informático. Pero si lo hiciera, se descubriría el contenido de los mensajes, quedaría en evidencia. Optó por callar, pero no podía dejar las cosas así. Tal vez sólo querían jugar con ella, derrumbarla moralmente, pero quizá el peligro fuese real y alguien pretendía destruir su carrera. El fuego con el que había jugado empezaba a calentar sus manos.
En otro punto de la ciudad, allí donde Felipe trabajaba, la atmósfera se había enrarecido también. Así como el ambiente se empieza a enturbiar cuando las lluvias llegan, Felipe empezó a intuir que algo serio se avecinaba. Gonzalo, por lo pronto, apenas le dirigía la palabra, y algo le decía que su gesto había cambiado. Su actitud fría y distante llegó a preocupar bastante a Felipe, que creyó adivinar problemas y complicaciones tras ella.
Las tardes, para la pareja, se habían vuelto más silenciosas. Las preocupaciones ocultas quedaban disimuladas bajo los muros de la confianza. Pero no había sospechas, a fin de cuentas, después de tanto tiempo juntos, era normal que no necesitaran de muchas palabras para comunicarse. Miradas cálidas y breves, y tímidas sonrisas sólo interrumpidas por comentarios acerca de la casa. Así dejaban pasar ambos sus tardes primaverales. - ¿Entonces te vendrás a ver los muebles conmigo? – Claro. – Regresaron al silencio otra vez. Las sombras de justicia@hotmail.com y Gonzalo eran alargadas.
En la misma ciudad y a la misma hora, pero en un punto lejano cuya existencia ninguno de los miembros de la pareja podría imaginar, se había reunido un pequeño cónclave de empleados de la empresa de Lorena.
- Se lo podríamos decir a Maica.
- Sí, claro, cómo si fuera tan fácil, cualquiera habla con ella.
- Además, Lorena es su mano derecha. Nos la podemos cargar. Y más teniendo en cuenta cómo está el patio.
- Ya, ya. Qué palo con lo de los despidos.
Jaime y Patricia se habían reunido con un par de chicas del departamento para debatir una vez más sobre su tema de conversación favorito últimamente, las vilezas de Lorena. Poco a poco, pero con eficiencia, Jaime había ido infiltrando la historia de Adaina entre las chicas que trabajaban con Lorena, además de otros muchos empleados. El veneno parecía haber causado su efecto e incluso aquellas personas que habían mantenido una relación más o menos cordial con Lorena estaban reaccionando. Cada vez la veían con más inquina.
No obstante, era complicado dar un paso más allá. Las chicas, trabajadoras comunes, no estaban muy por la labor de jugarse su puesto por una venganza que a fin de cuentas a ellas ni les iba ni les venía. Por otra parte, la gente que lleva un tiempo en el mundo empresarial está demasiado acostumbrada al juego sucio y a la falsedad. Bastante tenían con salvar su puesto, sobre todo aquellos que contaban con pagos, hipotecas y demás obligaciones. A veces es necesario ser frío para sobrevivir. No corren buenos tiempos para los Robin Hood.
Sin embargo, las guerras se suelen ganar batalla a batalla. Así que Jaime no se desmotivó por el transcurso de los acontecimientos. Había logrado su primer objetivo, hacer temblar los cimientos, así que tenía razones para confiar en la victoria. Todo era cuestión de estrategia. “Si por lo menos pudiera descubrir quien robó el puto dinero”.





