De Triunfadores - Capítulo VIII
Segunda Parte
Lorena no pudo soportar la incertidumbre por más tiempo y sólo existía un modo de aplacarla. Felipe, que acababa de aparcar su coche, escuchó la sobria melodía de su teléfono tan sólo unos segundos después. Intuyó que se trataba de la solución al problema, de la explicación anhelada, por lo que, a pesar de los pesares, no dudó en atender. Detestaba los conflictos.
- ¿Sí?
- Felipe cariño... siento muchísimo lo que ha pasado... – Proclamó Lorena entre gimoteos.
- Cariño… yo… también lo siento. – Dijo un conmovido Felipe.
- ¡Pero la culpa ha sido mía! Me he portado fatal. Por favor, perdóname… no sé que me pasa… estoy muy nerviosa. Lo siento muchísimo…
- No te preocupes más cariño. Siento mucho que haya pasado esto, pero bueno, ya está, vamos a dejarlo.
- ¿Me perdonas entonces...?
- Que sí mujer, que sí.
- Te quiero mucho amor.
- Yo también te quiero.
- ¿Qué tal estás? ¿Te encuentras bien?
- La verdad es que estoy hecho polvo. Creo que tengo fiebre.
- Vaya mi vida cuánto lo siento. Haz el favor de meterte corriendo en la cama.
- Pues eso sería lo mejor… pero... ¿no querías que fuera contigo a la fiesta? Si quieres…
- ¡No, no! Olvídate de la fiesta cariño. Tienes que descansar. Yo me pasaré un ratito y ya está. No te preocupes más por eso. Cuídate mucho cielo.
- Gracias cariño, pásalo bien.
- Bueno, ¿hablamos mañana?
- Claro que sí.
Felipe se sintió tan reconfortado que por unos instantes se olvido del malestar que le envolvía. Celebraba de corazón que Lorena, su Lorena, hubiera respondido a sus esperanzas, que le dispensara el cariño que, a fuerza de costumbre, esperaba recibir de ella.
Descendió del coche tan satisfecho y aliviado, que no pudo evitar esbozar una sonrisa en su rostro abotargado. Después arrastró sus adormecidas y cansadas piernas por el sendero de un parque, el camino más rápido hacia su casa, el mismo que usualmente evitaba debido a que las leyendas urbanas ubicaban horribles peligros tras las sombras de los árboles. Pero su cuerpo no daba para más y, al fin y al cabo, a él nunca le había ocurrido nada.
En un momento dado, creyó sentir el crujido de unos pasos tras su espalda. Se giró, pero no detectó nada extraño. – Serán las ramas. – Pensó, y siguió caminando. Después volvió a escuchar los ruidos, pero otra vez quiso considerar que se trataba de algo normal, y optó por ignorarlos.
Sin embargo, un minuto después, los sonidos aumentaron mucho en intensidad, con lo que ya no pudo negarlos. Volteó su cuerpo rápidamente y se topó un individuo situado muy cerca de su espalda. Su rostro cubierto no auguraba nada bueno. Instintivamente echó a correr, pero, al hacerlo, se dio de bruces con otro tipo, que había surgido casi de la nada.
Un tercer hombre saltó de entre los matorrales para completar la escena, atajando así toda posibilidad de huída de un modo definitivo. Ya no quedaba nada que hacer, estaba atrapado. El siniestro grupo, que ya rodeaba a Felipe, fue acortando poco a poco las distancias. De pronto, el que se hallaba tras su espalda, aprisionó sus brazos. Felipe, inmóvil, aterrorizado, sintió el frío cañón de una pistola que rozaba su nuca.
- A ver que tiene este. – Uno de los tipos registró sus bolsillos en busca de la cartera.
- Me cago en la hostia, sólo 20 euros.
- ¿20 euros? Pues este tiene pinta de pelas. Habrá que hacer algo. – Una mano se estrelló contra el rostro de Felipe.
- ¿Dónde tienes los billetes? – No... yo no tengo más...
– Joder, a mí me parece que dice la verdad. – Dijo uno de los asaltantes tras palpar con impaciencia hasta el último recoveco de Felipe. Mientras realizaba esta operación, le sustrajo el reloj. – Qué putada, joder, pues esto no puede quedar así, nos lo llevamos.
– Dos de aquellos individuos sujetaron a Felipe por los brazos, que así fue forzado a caminar. Casi a la entrada del parque habían aparcado su vehículo, demasiado cuidado, demasiado pulcro, no guardaba consonancia con el grupo. Introdujeron a Felipe dentro. Una vez que todos se hallaron en el interior, revisaron a fondo de la cartera, tras lo cual apuntaron su DNI y extrajeron las tarjetas. Finalmente cubrieron la cabeza de Felipe con una sucia bolsa de plástico, ataron sus muñecas y procedieron a hacerle un puente al coche.
Besos.
Me alegra que te parezca emocionoso (me cuesta un pelín esta palabra) paso a verte.
Besos
En cuanto al barrio, pues mira, cualquiera de Madrid, que no veas como está el patio...
Lynn, me parece que hay actualización!! ayá que me voy...
besos
A ver qué pasa....y mientras la otra de fiesta...si ejj que..
Besos!
Besos
Pero, bueno tú eres la creadora de todo esto. Pero, por eso mismo, te temo.





