De Triunfadores - Capítulo VIII
Tercera Parte
La angustia se apoderó de Felipe. Preso, inmovilizado, asfixiado. Deseaba gritar, pero temía la reacción de aquellos brazos que lo sujetaban férreamente. Deseaba golpear a sus captores, pero no podía moverse, y, aunque pudiera hacerlo, no saldría bien parado, pues aquellos no se andaban con chiquitas. Ansiaba evadirse de la situación, pero no podía hacer NADA. Para colmo de males, la imposibilidad de ver lo que se tramaba a su alrededor empezó a hacerle perder la razón, pues no hacía otra cosa que aumentar el miedo. Empezó a notar la ausencia de aire, las conexiones de su cerebro se dispararon, e incluso se le escapó un ahogado gemido. – CÁLLATE – Le golpearon otra vez, y en esta ocasión vio las estrellas.
El coche se desplazó a buen ritmo por las casi despejadas calles de la noche madrileña. El constante traqueteo enervaba los nervios de Felipe que, a cada golpe o giro que se producía, tenía que emplear mayores esfuerzos a fin de evitar los gritos.
Se detuvieron súbitamente, para a continuación liberar a Felipe de ligaduras y bolsa. – Baja. – Felipe no pudo evitar abrir su boca para inhalar una profunda bocanada de aire. Miró a su alrededor, pero aquella zona abierta, de reducida iluminación y poco poblada, le resultó completamente desconocida. Se acercaron a un Cajamadrid.
- ¿Cuál es el límite tronco? – Seiscientos euros. – A ver tío, saca seiscientos euros. – Pero antes de que Felipe pudiera reaccionar, le atizaron nuevamente. – Vamos. – Con el cañón del arma apuntándole no se pudo negar. Llevó a cabo el procedimiento. Posteriormente reanudaron la marcha a fin de hallar un cajero 4B. – Tío, no hace falta que te diga lo que tienes que hacer, así que venga. – Dijo el que le señalaba con el arma. Pero hubo problemas, al parecer el cajero se encontraba sin efectivo.
- Hostia puta. – Vamos a otro cajero. – Ya, pero es que por aquí no hay más. – Bueno, ¿y qué? – Que no colega, que es muy arriesgado. – Vamos a intentarlo, ¿no? – ¿Y si lo dejamos? no ha estado mal. - ¿Pero qué dices tronco? Con lo bien que nos va con el pringado este. Vamos a aprovecharlo.
- De pronto, el que parecía el líder del grupo, habló. – CALLÁOS DE UNA PUTA VEZ. Vamos para el barrio, que se puede hacer, se hace. Que no, pues lo dejamos.
Tomaron el coche nuevamente. Ahora Felipe, que ya se dejaba llevar por su triste destino sin más, viajaba sin ataduras ni cubierta. En esta oportunidad creyó descubrir, aunque no con toda certeza, la identidad de las calles que se iban abriendo ante él. – Mal rollo tío, hay mucha gente.
- ¡Hostia tío, está aquí la pasma! ¡Gira coño! Gira. – El conductor se desvió automáticamente de la ruta y se introdujo por la primera callejuela que se lo permitió. Cuando llegaron casi al final, allí donde la oscuridad reinaba en prácticamente todos los rincones, se sintieron a refugio y se detuvieron.
– Me está empezando a dar muy mal rollo. Vamos a deshacernos del gordo. – Sí tío, será lo mejor.
– Bueno tío, aquí te quedas. Ha sido un placer trabajar contigo. – Ja, ja, ja. – Los hombres rieron. – Y recuerda que sabemos dónde vives. Lo digo por si nos pasa algo... ya sabes... nos hemos apuntado tu dirección de recuerdo.
- ¡Un momento! – Exclamó de repente uno de ellos.
- ¿Pero que pasa ahora?
– Este cabrón lleva una buena cadena colgada.
- ¡Ah! Vale. Pues venga, quítasela que algo fijo que le sacamos.
En ese instante, la olla a presión que bullía en el interior de Felipe amenazó con desatarse. Un imparable impulso de rebeldía, que nació de lo más profundo de sus entrañas, sacudió todo su cuerpo hasta sus labios. – A ver, tíos, ya os lo he dado todo. Por favor, no me quitéis la medalla, es un recuerdo muy importante.
- ¿Pero que coño estás diciendo? A mí no me cuentes tu vida chaval. ¡Que me des la medalla!
- Si queréis vamos a otro cajero, os pago lo que queráis, pero no me quitéis la cadena de mi abuelo por favor. – Imploró Felipe.
- Oye tío pero tú estás tonto o qué te pasa. Que no podemos ir al cajero, que te estás jugando la vida. ¿Qué pasa, que no te importa la vida? Dame la cadena de una puta vez y vamos a acabar con esto.
- NO. – De pronto Felipe se enzarzó a golpes con uno de los atracadores, tras lo que ambos salieron bruscamente del coche. – Los otros se quedaron observando el espectáculo atónitos, pero pronto se incorporaron a la pelea. Al llegar a ese punto una lluvia de palos fustigó a Felipe por los cuatro costados. – ¡No, no! – Sólo acertaba a gritar él mientras se defendía fieramente, con toda su rabia. De repente, el cabecilla de la banda se apartó de la contienda con intención de ponerle punto y final al asunto. Apuntó a Felipe con su arma, pero comprendió que lo último que necesitaba era añadir un asesinato a sus antecedentes. Dio la vuelta a la pistola y se acercó. Un golpe fuerte y seco en la nuca fue suficiente para derribar a Felipe cual muñeco de trapo.
Felipe quedó postrado en el pavimento, cubierto de inflamadas contusiones e hileras de sangre. Un minuto después, los asaltantes se dieron a la fuga dejando el cuerpo inmóvil en la intemperie, desprotegido, a su suerte, con la vida pugnando por mantenerse fluyendo dentro de la piel.
Sí claro, te lo puse en un comentario ayer.
Besos
Tengo en edición algo tuyo. Todavía no lo he bajado... ¿Te puedo escribir un correo?
Besos!!
La verdad es que es normal, hay una vida entera ahí fuera. Espero que vaya bien la cosa.
Besos.
Hola Mireia! Muchísimas gracias por tu apoyo y tus buenas palabras, paso a hacerte una visitilla.
Besos
Muchos besos guapa.
Me ha dao pena del Felipe, en serio :)
Ya verás que disgusto se va a llevar la Lorena :)
Un besazo y nos vemos
Besoooos
Por cierto, ¡has vuelto! me paso a ver si has actualizado.
Holas jerjes! pues si insistís tanto lo pongo, si os hace felices, jajaja, total es un detalle... eso sí, el futuro se siente pero sólo lo puedo decidir yo jajaja, que es mi scattergories.
Un beso de domingo Denisa preciosa
Saludos
La verdad es que nunca se sabe cómo vamos a reaccionar cuando nos tocan la tecla exacta, todo puede pasar.
Besos guapo!
Ha estado emocionante!
Besos Denisa, guapa





