EL VUELO DEL PENSAMIENTO
* Ya no me encierran por pensar.
Acerca de
Me llamo Humberto Baeza Fernández, pero la gente de mi país me conoce como Tito Fernández "El Temucano". Tengo más de sesenta años y menos de setenta. Soy, entonces, uno de los viejos Cantores Populares chilenos que va quedando, vivo y cantando. Espero que la pasemos bien compartiendo estas inquietudes que a veces pueden parecer un poco tristes pero no lo son, es la vida nada más que nos sucede, aunque no queramos.
Sindicación
 
Palabras del Maestro, para reflexionar
Mi país enfrenta, este fin de año, el desafío de elegir un nuevo Presidente de la República. Por eso creo que debemos reflexionar en las palabras del Maestro John Baines que reproduzco a continuación:

EL MANEJO DE LA IMAGEN

Hay ocasiones en las cuales se recurre a la ayuda de estudios de marketing con el fin de cambiar favorablemente la imagen de una persona o una institución, para que sea favorablemente acogida por la gente.
¿Cuáles son los límites de esto? ¿En qué momento del cambio llega una imagen a distanciarse tanto de la realidad como para constituir falsedad?
Este es un punto particularmente delicado en las democracias, donde los líderes supremos son elegidos por su carisma popular.
Sabemos que las elecciones presidenciales conllevan necesariamente una intensa y despiadada competencia, donde cada comando político procura exaltar al máximo la imagen de su propio candidato y empalidecer al resto.
Lo primero que se hace, cuando empieza la campaña, es recurrir a una empresa especializada en marketing de imagen, para estudiar cuál es la efigie que se desea proyectar del candidato elegido y que cambios es preciso hacer en su apariencia física, forma de hablar, gestos, sonrisa, manera de ponerse en pie y moverse, etc.
Muchas veces, este señor debe cortarse el pelo de manera distinta, quitarse los bigotes o usar gafas especiales, vestir ropa de cierto color y llevar corbatas y camisas elegidas con mucho cuidado, dependiendo de los estratos a los cuales pretenda llegar.
Los temas de sus discursos deben ajustarse estrictamente a lo planificado, proyectar una adecuada imagen de su familia, mostrarlo en obras de caridad, visitando hogares de niños, colegios de educación popular, preocupándose de los ancianos, cuidando siempre de hablar muy prudentemente sobre temas tabúes, o ni siquiera tocarlos.
Las fotografías deben mostrarlo en el mejor de los ángulos de su rostro, para que su imagen esté exenta de connotaciones aversivas. Si está excedido de peso, debe bajarlo rápidamente. Si su sonrisa no es agradable, tiene que reaprenderla, al igual que su apretón de manos.
Esta especie de reingeniería externa de la persona tiene por objeto fabricar la imagen más atractiva que pueda lograrse, desprovista, en lo posible, de percepciones negativas.
Como se comprenderá, este proceso no es simple, ya que se corre el riesgo de «inventar una persona que no existe», un ser de ficción, un «candidato holograma» o ser ideal, destinado a fascinar las mentes de los electores.
Algo parecido ocurre en el caso de los actores de cine, en cuyas vidas nunca se conocen los límites entre la fantasía y la realidad, ya que una buena parte de los episodios vivenciales que se les atribuyen no son más que trucos publicitarios.
La necesidad de contar con el apoyo popular obliga a formar un candidato – actor, con actuaciones estudiadas cuidadosamente por sus respectivos asesores.
Las campañas presidenciales son memorables, en lo que a gasto y recursos publicitarios se refiere, con inmensos movimientos de masas, profusión de consignas, estandartes, pancartas, canciones alusivas, adhesivos para los automóviles, entrevistas, foros televisivos, etc.
Con todo este despliegue, es preciso admitir que en gran medida se lleva a cabo un acto de ocultamiento o sustitución de la verdadera personalidad del candidato. Una distorsión intencional y estudiada de su verdadera forma de ser.
De esta manera, puede ocurrir que sus partidarios voten por un candidato ideal, prefabricado cuidadosamente, y no por un hombre de carne y hueso.
Estoy hablando, naturalmente, de los casos en los cuales se producen estos excesos, cuya calificación queda al criterio del lector.
¿Qué oportunidad tiene el electorado de saber cómo es en la realidad la persona por la cual va a marcar su preferencia? ¿Cómo es la forma de ser de este individuo? ¿Posee la fortaleza de carácter necesaria para sustraerse a presiones indebidas? ¿Tiene el criterio apropiado para elegir lo mejor? ¿Cuáles son sus defectos y debilidades principales? ¿Los conoceremos algún día? ¿O será el pueblo quien termine pagando las consecuencias de carencias inadvertidas en la más alta dirección del país? ¿Es narciso o vanidoso? ¿Es resentido o ególatra? ¿Es justo, templado y generoso? ¿O será débil, timorato, injusto y sin criterio? ¿Será en verdad piadoso como cuando se le muestra haciendo obras de bien? ¿O serán necesidades del marketing? ¿Cuál es su coeficiente intelectual? ¿Qué dice su examen psicológico? ¿Es un sujeto mentalmente sano o posee algunos trastornos relevantes de carácter? ¿Cuáles son sus compromisos reales con las fuentes que financian su campaña? ¿Se presenta para servir al pueblo o por ansia de poder personal?
En realidad, es tan poco lo que llegamos a saber de un candidato a presidente de un país que pareciera que solo aspirara a ser una figura decorativa y no el mandatario de los destinos de una nación.
De seguro que en cualquier empresa de importancia poseen mucha más información real sobre cualquier ejecutivo que deseen contratar.
Por la importancia suprema del cargo a desempeñar, un candidato a presidente debiera ser la transparencia misma.
Sus defectos y cualidades tendrían que ser conocidos de todos, más allá del barniz publicitario del marketing.
Los trastornos psicológicos o perturbaciones mentales de las personas son difícilmente advertibles, incluso por especialistas en la materia. Por las calles de nuestras ciudades marchan muchas personas que parecen normales y no lo son.
Individuos cuyos trastornos son discontinuos y solo se presentan en momentos de gran tensión emocional.
El que aspira a ser presidente, ¿es normal? ¿Quién asegura esto?
Tratándose de la primera magistratura de la nación, es preciso extremar los cuidados en este aspecto y exigir de aquella persona la mayor transparencia a los ojos del pueblo.
No se puede correr el riesgo de que un megalómano o una personalidad limítrofe, por ejemplo, accedan a tan importante responsabilidad.
Estos trastornos no son como el acné o las espinillas, que se ven en el rostro, ni tampoco limitan la inteligencia de la persona. Solo afectan a su percepción de la realidad y su juicio racional, lo más importante que necesita un estadista.
Desafortunadamente, no se elige a un presidente en forma técnica, sino emocional. La motivación del electorado es inconsciente, sentimental e interesada.
No eligen al mejor preparado, sino al abanderado de la corriente política que les agrada, o al «candidato - holograma» creado por el marketing.
Un aspirante a la Presidencia debería pasar por todos los exámenes médicos y psicológicos necesarios para comprobar que se trata de una persona carente de prejuicios, lúcida, mentalmente sana, que posee buen contacto con la realidad y una adecuada ubicación espacio-temporal.
Manejar un automóvil es bastante menos importante que conducir una nación y el ciudadano que lo hace debe cumplir con un examen psicotécnico que acredite su capacidad.
¿Qué clase de examen psicológico se exige al candidato a la Presidencia de un país?
Es preciso reflexionar en la inmensa responsabilidad que involucra tan elevado cargo y en la necesidad imperiosa de establecer los controles adecuados.
El que reparte bebidas gaseosas en su camión necesita de un examen psicológico; el presidente de la República con mucha mayor razón debiera someterse periódicamente, en aras de la transparencia pública y la seguridad nacional, a los más adecuados controles psicológicos.
Todo trabajo ennoblece y dignifica y es tan respetable una actividad como la otra, pero si se equivoca el supremo administrador de la nación, puede afectar desastrosamente no solo a su país, sino también a otros.
El trato en exceso respetuoso, y casi monárquico, que se otorga a los presidentes en ciertos países nos hace olvidar a veces que ellos se constituyen solamente como mandatarios de la voluntad popular, por lo que, si existiera un mandatario con rasgos ególatras, correría el riesgo de olvidar su real investidura, llegando a suponer que el poder del cual disfruta le pertenece.
La Presidencia de un país debiera ser más un apostolado de servicio que una oportunidad de ejercer poder para efectuar los cambios deseados por el partido mayoritario.
Es preciso comprender que, en la medida en que pueda inducirse a equivocación a los ciudadanos sobre la verdadera condición de un candidato a estadista, o de un parlamentario, mediante la exageración de una campaña de imagen, se estaría cometiendo una falta moral muy grave, por constituir un atentado a la buena fe pública.
En verdad, el electorado estaría elidiendo a un sujeto ideal, sin existencia genuino en la realidad. Una creación del marketing y no un hombre de carne y hueso, lo que conduciría, con el tiempo, a una inevitable desilusión del pueblo, que, habiendo perdido su fe, solo le restaría poner su esperanza en las próximas elecciones, exponiéndose nuevamente a la repetición indefinida del mismo proceso.
En un caso similar al ejemplo presidencial están también los parlamentarios y todos aquellos funcionarios que, formando parte de las cúpulas que dirigen un país, sean elegidos por votación popular.
Todos ellos, sin excepción, deben hacer gala de la mayor transparencia en su conducta, para asegurar al pueblo lo acertado de su elección.
Que su vida y conductas, conocidas e ignoradas, guarden similitud con la imagen por la cual votaron sus electores, ya que, de lo contrario, nos encontraríamos ante un caso de identidad ambigua o equívoca, algo grave tratándose de personas que podrían ser elegidas para sus altos cargos en virtud de su carisma publicitario, siendo en la realidad absolutamente diferentes a lo que aparentaban.
Es preciso insistir en que el acto de mover masas usando para ello una imagen prefabricada para la ocasión, y sin coincidencia con la realidad, constituye una trasgresión ética muy grave, conformando, en el ámbito real, un delito de engaño colectivo, con el agravante de que las víctimas pueden ser personas de escasos recursos o absolutamente desprotegidas de la manipulación mental.

John Baines
 
Comentario:
Concuerdo con John Baines. Es la señal de nuestros tiempos... Un candidato mediático, un invento del márketing.

Suerte en la entrevista!
 
Comentario:
Como esta Don Tito, no te lei completo pero te deje en mi favoritos guardados lo hare en una proxima.
La Escudo esta haciendo su efecto...
Me ire a dormir
Por ahi maestro le deje mi blog para que me visite
Saludos
Y feliz 18
No