Aranna III
Sanghayando el Grande era uno de los pocos gigantes que quedaban en aquellas tierras. Sus antepasados eran temibles: grandes como montañas y fuertes como... como... Bueno, da lo mismo. Muy, muy fuertes. Pero con el tiempo fueron degenerando hasta llegar a convertirse en lo que era Sanghayando. Medía más de tres metros de altura, y aunque no era muy alto para los de su especie, para un humano normal y corriente parecía enorme. Ni que decir tiene que para un hobbit era algo inmenso. Por regla general su carácter era pacífico y alegre hasta que se mosqueaba, algo común en todos sus congéneres. Hacer enfadar a un gigante era firmar una sentencia de muerte, aunque provocar en él ciertos sentimientos de afecto también supone jugarse la vida si no eres de su mismo tamaño, claro. El caso es que no le dejaron levantar a Aranna del suelo por si se le ocurría estrecharla entre sus brazos.
Fue el propio Karl quien se encargó de llevarla hasta la habitación, en el piso de arriba, sujetándola por la cintura. Detrás de ellos iba el trasgo cargado con los bultos de la hechicera. El bastón le producía un desagradable hormigueo en la palma de la mano y estaba deseando soltarlo. No le gustaba aquella mujer, con sus extrañas ropas y sus trucos de magia. Estaba seguro de que traería complicaciones. De momento ya había recibido dos escobazos de Lara por habérsele quemado el cochinillo, pero aquella terrorífica aparición le había hecho huir como alma que lleva el diablo con el consiguiente abandono del apetitoso asado. Nada más entrar en el cuarto, dejó caer todo lo que llevaba como si le quemara la piel. Karl le envió a calentar agua para llenar una tina situada en el centro de la estancia, y el trasgo casi le agradeció aquella tarea con tal de perderla de vista por un rato.
Aranna se dejó caer en la cama. Se echó hacia atrás y respiró profundamente. Karl se acercó a ella con la intención de ayudarla a desprenderse de sus botas, pero ella se incorporó y, apoyándose con los codos en el lecho, le dijo:
-Te aconsejo que no lo hagas.
-Me parece que te voy a hacer caso -concedió el posadero entre risas-. No quiero que me asustes con otro juego de manos.
Aranna sonrió amargamente.
-Últimamente no he hecho otra cosa. La Magia...
-¡Vamos, Aranna! ¿Después de todo este tiempo me vas a decir que sigues creyendo en esas tonterías?
La hechicera se mordió la lengua para no contestar. La Orden Del Dragón, el Cónclave, incluso la guerra contra la Oscuridad carecían de sentido en aquel lugar. El campo de batalla quedaba muy lejos, y nadie era capaz de imaginar que un día estuvo a punto de no amanecer.
-¿Sabes, Karl? Ojalá nunca tengas que darme la razón.
-No pienso hacerlo, créeme.
Brun, Hathu, Sanghayando, Ferdinand y Leuba eran los únicos clientes que quedaban en el “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN”. Habían vuelto a sentarse en la mesa del fondo y esperaban el regreso de Karl para preguntarle por la recién llegada, pero éste se retrasaba. El hobbit vio la figura menuda del trasgo dirigirse hacia la escalera con dos cubos humeantes y, sin pensárselo dos veces, le cortó el paso en el primer escalón.
-¡Hola! ¿Dónde vas tan cargado? -le preguntó.
-Mi amo dice que Prajt llevo agua caliente a mujer -respondió el trasgo con la voz más desagradable del mundo-, y si Prajt no prisa amo castiga.
La criatura hizo ademán de esquivar a Hathu, pero éste agarró los dos cubos y se los arrebató de las manos.
-Deja, yo los subiré y le diré a tu amo que no te castigue -dijo mientras comenzaba a ascender.
Prajt le dedicó una mirada asesina, pero por otra parte se sintió aliviado al no tener que encontrarse de nuevo con “ella”.
Karl preparaba los utensilios para el baño cuando vio aparecer por la puerta entreabierta la cabeza sonriente del hobbit. Aranna, ya más repuesta, revisaba su equipaje en busca de algo medio limpio para ponerse.
-¿Se puede? -preguntó el hobbit-. Traigo agua caliente.
-Pasa Hathu -respondió Aranna-. Y bonita excusa para colarse en mi cuarto.
Hathu se sonrojó hasta las orejas.
-Ya, pero es que me muero por saber cómo hiciste el truco de antes. ¿Sabes magia? ¿Y dónde está el lobo? ¿Cómo...?
-¡Si me pongo a contestarte ahora me tendré que bañar en agua fría, Señor Preguntón! -dijo ella con una sonrisa. Se fue hacia él y le dio un abrazo-. Me alegro de estar de nuevo entre vosotros.
-¡Y más que lo vas a estar! Los demás dicen que no se marcharán hasta que bajes.
-Pues será mejor que me dé prisa. Gracias a los dos por todo.
-Te llevaré la cena a su mesa -dijo el posadero mientras arrastraba al hobbit fuera de la habitación.
La puerta se cerró y se hizo el silencio. En ese momento, Aranna se dio cuenta de que aquel siniestro espectro que nunca se separaba de ella había desaparecido. Miró a su alrededor buscándolo. Se preguntó si habría logrado librarse de él con el truco de las mariposas, pero no. Era demasiado sencillo para terminar con un ser tan poderoso. Se concentró unos instantes y percibió su presencia, pero no podía ubicarla exactamente. Decidió aprovechar aquellos momentos de intimidad para disfrutar del deseado baño y comenzó a desnudarse.
Fuera, en el pasillo, lo que parecía ser una sombra humana en tres dimensiones montaba guardia.
Fue el propio Karl quien se encargó de llevarla hasta la habitación, en el piso de arriba, sujetándola por la cintura. Detrás de ellos iba el trasgo cargado con los bultos de la hechicera. El bastón le producía un desagradable hormigueo en la palma de la mano y estaba deseando soltarlo. No le gustaba aquella mujer, con sus extrañas ropas y sus trucos de magia. Estaba seguro de que traería complicaciones. De momento ya había recibido dos escobazos de Lara por habérsele quemado el cochinillo, pero aquella terrorífica aparición le había hecho huir como alma que lleva el diablo con el consiguiente abandono del apetitoso asado. Nada más entrar en el cuarto, dejó caer todo lo que llevaba como si le quemara la piel. Karl le envió a calentar agua para llenar una tina situada en el centro de la estancia, y el trasgo casi le agradeció aquella tarea con tal de perderla de vista por un rato.
Aranna se dejó caer en la cama. Se echó hacia atrás y respiró profundamente. Karl se acercó a ella con la intención de ayudarla a desprenderse de sus botas, pero ella se incorporó y, apoyándose con los codos en el lecho, le dijo:
-Te aconsejo que no lo hagas.
-Me parece que te voy a hacer caso -concedió el posadero entre risas-. No quiero que me asustes con otro juego de manos.
Aranna sonrió amargamente.
-Últimamente no he hecho otra cosa. La Magia...
-¡Vamos, Aranna! ¿Después de todo este tiempo me vas a decir que sigues creyendo en esas tonterías?
La hechicera se mordió la lengua para no contestar. La Orden Del Dragón, el Cónclave, incluso la guerra contra la Oscuridad carecían de sentido en aquel lugar. El campo de batalla quedaba muy lejos, y nadie era capaz de imaginar que un día estuvo a punto de no amanecer.
-¿Sabes, Karl? Ojalá nunca tengas que darme la razón.
-No pienso hacerlo, créeme.
Brun, Hathu, Sanghayando, Ferdinand y Leuba eran los únicos clientes que quedaban en el “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN”. Habían vuelto a sentarse en la mesa del fondo y esperaban el regreso de Karl para preguntarle por la recién llegada, pero éste se retrasaba. El hobbit vio la figura menuda del trasgo dirigirse hacia la escalera con dos cubos humeantes y, sin pensárselo dos veces, le cortó el paso en el primer escalón.
-¡Hola! ¿Dónde vas tan cargado? -le preguntó.
-Mi amo dice que Prajt llevo agua caliente a mujer -respondió el trasgo con la voz más desagradable del mundo-, y si Prajt no prisa amo castiga.
La criatura hizo ademán de esquivar a Hathu, pero éste agarró los dos cubos y se los arrebató de las manos.
-Deja, yo los subiré y le diré a tu amo que no te castigue -dijo mientras comenzaba a ascender.
Prajt le dedicó una mirada asesina, pero por otra parte se sintió aliviado al no tener que encontrarse de nuevo con “ella”.
Karl preparaba los utensilios para el baño cuando vio aparecer por la puerta entreabierta la cabeza sonriente del hobbit. Aranna, ya más repuesta, revisaba su equipaje en busca de algo medio limpio para ponerse.
-¿Se puede? -preguntó el hobbit-. Traigo agua caliente.
-Pasa Hathu -respondió Aranna-. Y bonita excusa para colarse en mi cuarto.
Hathu se sonrojó hasta las orejas.
-Ya, pero es que me muero por saber cómo hiciste el truco de antes. ¿Sabes magia? ¿Y dónde está el lobo? ¿Cómo...?
-¡Si me pongo a contestarte ahora me tendré que bañar en agua fría, Señor Preguntón! -dijo ella con una sonrisa. Se fue hacia él y le dio un abrazo-. Me alegro de estar de nuevo entre vosotros.
-¡Y más que lo vas a estar! Los demás dicen que no se marcharán hasta que bajes.
-Pues será mejor que me dé prisa. Gracias a los dos por todo.
-Te llevaré la cena a su mesa -dijo el posadero mientras arrastraba al hobbit fuera de la habitación.
La puerta se cerró y se hizo el silencio. En ese momento, Aranna se dio cuenta de que aquel siniestro espectro que nunca se separaba de ella había desaparecido. Miró a su alrededor buscándolo. Se preguntó si habría logrado librarse de él con el truco de las mariposas, pero no. Era demasiado sencillo para terminar con un ser tan poderoso. Se concentró unos instantes y percibió su presencia, pero no podía ubicarla exactamente. Decidió aprovechar aquellos momentos de intimidad para disfrutar del deseado baño y comenzó a desnudarse.
Fuera, en el pasillo, lo que parecía ser una sombra humana en tres dimensiones montaba guardia.
De mis descubrimientos acerca de la magia de andar por casa
Subió la cuesta arremangándose las faldas. Sudorosa, con los rizos rubios pegados a la frente y los tirabuzones bamboleándose cual muelles locos entre multitud de lacitos rosa y florecillas de pega, abrió la puerta de la casa de la bruja como si una tempestad, una fuerza de la Naturaleza testaruda e implacable, se hubiese ensañado con los goznes y hubiese intentado abatirlos por interponerse en su camino.
Si yo hubiese tenido ojos, los habría abierto de par en par. ¡Que susto! La bruja apenas se inmutó. Se dio la vuelta despacito y se enfrentó a aquella especie de pastelito de fresa con un aplomo admirable.
-Buenas tardes, Rosita. ¿Qué te trae por aquí?
-¡Quiero un filtro de amor!
-Vaya, ¿ya te has vuelto a encaprichar?
Rosita hizo un mohín.
-¡No es un capricho! ¡Estoy enamorada de verdad!
-Ya…
Desde la alcayata que me sujetaba tenía una buena perspectiva. La bruja, sobria en el vestir, seca en el carácter y parca en las palabras, contrastaba enormemente con el pastelito, que ya había llenado con una nube de perfume empalagoso toda la habitación y se me filtraba por los poros de la madera.
-¡No me hace caso! ¡Me huye! ¡Me esquiva! ¡Y no entiendo cómo puede resistirse a mis encantos, la verdad! Soy tan mona…
Dos lagrimones como puños rodaron por sus mejillas de porcelana. La verdad es que la chica era mona… si lograbas encontrarla debajo de aquella masa de tul que llevaba por vestido.
-Está bien, Rosita, vamos a hacer una cosa: Esta vez te voy a dar algo muy poderoso pero que tendrás que manejar con mucho cuidado, ¿de acuerdo? Voy a prepararlo, espérame aquí.
Rosita asintió, secándose las mejillas con un pañuelito bordado y procurando no estropearse el maquillaje. Se acercó a mí, me miró durante un rato, me pasó el dedo, le dio calambre (ejem…), se chupó la yema del dedo y se derrumbó en una silla a llorar su desdicha.
Al cabo de unos minutos, volvió la bruja agitando un frasquito.
-Bueno, aquí está el remedio a tus males. Pero esta vez tendrás que seguir mis instrucciones al pie de la letra.
-¡Lo que sea! ¡Haré lo que me digas! –dijo el repollo andante con un estudiado ademán, para que quedase bien claro que estaba al límite de la desesperación.
-Bien. Tomarás tres gotitas antes de dormir durante una semana y siempre a media noche. Pero para que la poción sea efectiva tendrás que seguir tres normas: primero, tendrás que pasear por los lugares por donde suele ir él, pero habrás de evitar que te vea. Así que nada de salirle al paso por las esquinas.
-Pero…
-Nada de peros, que esta vez vamos en serio. Segundo, para que el filtro de amor funcione, habrás de dejar que tu piel respire para que tu esencia pueda escapar de ti y buscarle. Así que lávate la cara con agua clara y nada de maquillaje ni de cremas olorosas por todo el cuerpo. Deberás lavarte con jabón hecho con lavanda. Y el pelo tienes que dejártelo suelto, sin ningún adorno, sin pañuelos y sin sombreros.
-¡No puedo hacer eso!
-Sí que puedes, ya lo creo. Y tercero, deberás usar durante ese tiempo un vestido blanco de algodón, de una sola pieza y hasta los tobillos. Así no bloqueará el poder de la poción.
-¿Quieres que vista con un saco? ¡Tú estás loca, bruja! ¡No puedo ir así por la calle! Además, ¿cómo me va a mirar el hombre que amo con esas pintas? ¡No, imposible! Sin mi maquillaje, sin mi perfume, sin mis vestidos… -gemía desesperada nuestra Rosita.
La bruja le puso el frasco en la mano, le guiñó un ojo y le dijo:
-Si le quieres, prueba. Ven en una semana, a esta misma hora y vestida como te dije. Ya me contarás
Y allí nos quedamos la bruja y yo, viendo cómo la nube de tul desaparecía tras la puerta. Al volverse hacia mí, vi que se estaba aguantando la risa y yo también reí a mi manera. Las ballestas estamos bastante limitadas en según qué aspectos por muy mágicas que seamos.
Al poco tiempo recibimos una visita. Entró un muchacho y dijo que quería pedirle algo muy importante. La bruja le ofreció una silla y se sentó a escucharle.
-Verás, yo no es que crea en estas cosas, pero por probar…
-¿Te has enamorado?
-Sí… Es un ángel. La vi al doblar una esquina, vestida de blanco, con los cabellos mecidos por el viento y llegó hasta mí su olor… tan puro… y…
-¿Y no fuiste hacia ella? ¿No le dijiste nada?
-Iba a hacerlo, pero en cuanto me vio salió corriendo y desde entonces no me la puedo quitar de la cabeza.
-Ya…
La bruja consultó el calendario, se fue a la habitación contigua y después de un rato volvió con una vela de color rosa con muchos lazos y abalorios.
-Enciende esta vela durante tres noches, y piensa en ella mientras contemplas cómo se consume la llama. Al cuarto día vuelve a mi casa a la puesta de sol y será tuya.
Y tan contento que se fue el muchacho con su vela debajo del brazo.
Supongo que ya te imaginarás el final de la historia, con perdices y todo eso. Lo que no supieron nunca los dos afortunados es que en el agua con azúcar y en la cera de abeja no hay más magia que la que nosotros queramos poner. Pero claro… eso son secretos de brujas. ;o)
Si yo hubiese tenido ojos, los habría abierto de par en par. ¡Que susto! La bruja apenas se inmutó. Se dio la vuelta despacito y se enfrentó a aquella especie de pastelito de fresa con un aplomo admirable.
-Buenas tardes, Rosita. ¿Qué te trae por aquí?
-¡Quiero un filtro de amor!
-Vaya, ¿ya te has vuelto a encaprichar?
Rosita hizo un mohín.
-¡No es un capricho! ¡Estoy enamorada de verdad!
-Ya…
Desde la alcayata que me sujetaba tenía una buena perspectiva. La bruja, sobria en el vestir, seca en el carácter y parca en las palabras, contrastaba enormemente con el pastelito, que ya había llenado con una nube de perfume empalagoso toda la habitación y se me filtraba por los poros de la madera.
-¡No me hace caso! ¡Me huye! ¡Me esquiva! ¡Y no entiendo cómo puede resistirse a mis encantos, la verdad! Soy tan mona…
Dos lagrimones como puños rodaron por sus mejillas de porcelana. La verdad es que la chica era mona… si lograbas encontrarla debajo de aquella masa de tul que llevaba por vestido.
-Está bien, Rosita, vamos a hacer una cosa: Esta vez te voy a dar algo muy poderoso pero que tendrás que manejar con mucho cuidado, ¿de acuerdo? Voy a prepararlo, espérame aquí.
Rosita asintió, secándose las mejillas con un pañuelito bordado y procurando no estropearse el maquillaje. Se acercó a mí, me miró durante un rato, me pasó el dedo, le dio calambre (ejem…), se chupó la yema del dedo y se derrumbó en una silla a llorar su desdicha.
Al cabo de unos minutos, volvió la bruja agitando un frasquito.
-Bueno, aquí está el remedio a tus males. Pero esta vez tendrás que seguir mis instrucciones al pie de la letra.
-¡Lo que sea! ¡Haré lo que me digas! –dijo el repollo andante con un estudiado ademán, para que quedase bien claro que estaba al límite de la desesperación.
-Bien. Tomarás tres gotitas antes de dormir durante una semana y siempre a media noche. Pero para que la poción sea efectiva tendrás que seguir tres normas: primero, tendrás que pasear por los lugares por donde suele ir él, pero habrás de evitar que te vea. Así que nada de salirle al paso por las esquinas.
-Pero…
-Nada de peros, que esta vez vamos en serio. Segundo, para que el filtro de amor funcione, habrás de dejar que tu piel respire para que tu esencia pueda escapar de ti y buscarle. Así que lávate la cara con agua clara y nada de maquillaje ni de cremas olorosas por todo el cuerpo. Deberás lavarte con jabón hecho con lavanda. Y el pelo tienes que dejártelo suelto, sin ningún adorno, sin pañuelos y sin sombreros.
-¡No puedo hacer eso!
-Sí que puedes, ya lo creo. Y tercero, deberás usar durante ese tiempo un vestido blanco de algodón, de una sola pieza y hasta los tobillos. Así no bloqueará el poder de la poción.
-¿Quieres que vista con un saco? ¡Tú estás loca, bruja! ¡No puedo ir así por la calle! Además, ¿cómo me va a mirar el hombre que amo con esas pintas? ¡No, imposible! Sin mi maquillaje, sin mi perfume, sin mis vestidos… -gemía desesperada nuestra Rosita.
La bruja le puso el frasco en la mano, le guiñó un ojo y le dijo:
-Si le quieres, prueba. Ven en una semana, a esta misma hora y vestida como te dije. Ya me contarás
Y allí nos quedamos la bruja y yo, viendo cómo la nube de tul desaparecía tras la puerta. Al volverse hacia mí, vi que se estaba aguantando la risa y yo también reí a mi manera. Las ballestas estamos bastante limitadas en según qué aspectos por muy mágicas que seamos.
Al poco tiempo recibimos una visita. Entró un muchacho y dijo que quería pedirle algo muy importante. La bruja le ofreció una silla y se sentó a escucharle.
-Verás, yo no es que crea en estas cosas, pero por probar…
-¿Te has enamorado?
-Sí… Es un ángel. La vi al doblar una esquina, vestida de blanco, con los cabellos mecidos por el viento y llegó hasta mí su olor… tan puro… y…
-¿Y no fuiste hacia ella? ¿No le dijiste nada?
-Iba a hacerlo, pero en cuanto me vio salió corriendo y desde entonces no me la puedo quitar de la cabeza.
-Ya…
La bruja consultó el calendario, se fue a la habitación contigua y después de un rato volvió con una vela de color rosa con muchos lazos y abalorios.
-Enciende esta vela durante tres noches, y piensa en ella mientras contemplas cómo se consume la llama. Al cuarto día vuelve a mi casa a la puesta de sol y será tuya.
Y tan contento que se fue el muchacho con su vela debajo del brazo.
Supongo que ya te imaginarás el final de la historia, con perdices y todo eso. Lo que no supieron nunca los dos afortunados es que en el agua con azúcar y en la cera de abeja no hay más magia que la que nosotros queramos poner. Pero claro… eso son secretos de brujas. ;o)
Aranna II
Lo prometido es deuda ;o)
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Karl limpiaba una mesa con desgana mientras su hermana, cargada de jarras vacías y de platos sucios, le dirigía una mirada ceñuda. El fuego de la gran chimenea que presidía la sala lamía un cochinillo ensartado en un asador, al cuidado de un trasgo con los jugos gástricos bastante revolucionados. Un par de pesadas lámparas de hierro colgadas del techo intentaban disipar la penumbra que envolvía el comedor, naturalmente sin conseguirlo, aunque a los huéspedes parecía no importarles demasiado ni la oscuridad ni el ambiente cargado de humo.
Alrededor de una mesa situada al fondo de la estancia, un grupo de amigos charlaba animadamente. Un gigante, con las rodillas casi a la altura de las orejas, intentaba reírse sin caerse de la silla que lo sostenía a duras penas. Frente a él, un joven de piel morena y ojos oscuros y penetrantes cruzaba los brazos con evidentes muestras de disgusto. Un hobbit intentaba poner paz entre los dos, mientras los demás comensales escuchaban expectantes.
-¿Pero cómo vamos a ir por ahí con dos...? Juá, juá... -el gigante juntaba los dedos índice y pulgar de ambas manos y luego miraba a través de los huecos formados por éstos, lo que le daba una extraña apariencia de búho.
-Pues si Brun lo dice, yo me lo creo -terció el hobbit.
-Gracias, Hathu. Me ha llevado mucho tiempo llegar a este descubrimiento y estoy seguro de que tendrá éxito -lanzó una mirada desafiante al gigante, que se retorcía de la risa.
-¿Y cómo piensas sujetar los cristales frente a los ojos? -preguntó Leuba mientras introducía amorosamente un trocito de pollo en la boca de Ferdinand.
-Pues aun no lo sé, pero ya se me ocurrirá algo. ¡Sanghayando! ¿Quieres callarte ya de una vez? ¡Me estás poniendo de los nervios!
El gigante se tapó la boca con las manos, pero el movimiento espasmódico de sus hombros lo delataba.
-Creo que tengo la solución al problema -dijo Ferdinand. ¿Qué tal si ajustas las... ¿cómo las llamas?
-Lentes.
-Eso. Podrías ajustar las lentes en un par de aros de metal y sujetarlas a la nariz mediante un puente que vaya desde un aro a otro.
A Brun se le iluminaron los ojos.
-Oye, pues no es mala idea. Pero tendría que ser un metal ligero y maleable. Plata, por ejemplo. Incluso oro.
Hathu se frotaba las manos.
-¿Os dais cuenta de que éste puede ser el negocio del siglo? Ya estoy viendo el cartel en la puerta: “LA LENTERÍA DE BRUN”. ¿Qué os parece?
-No sé, Hathu. No me acaba de convencer el nombre -objetó el aludido.
En éstas estaban cuando se abrió la puerta de la calle. Karl, que seguía limpiando la misma mesa, se dispuso a recibir al nuevo cliente. Lo miró con desconfianza, pues a primera vista podría haber sido cualquier cosa no más alta de metro sesenta. El recién llegado avanzó un par de pasos, acercándose al radio de acción de una de las lámparas. La cara del posadero pasó del rojo al blanco en un instante.
-¡Por el Martillo del Dios del Trueno! Pero... ¿eres tú de verdad?
-Hola, Karl. Yo también me alegro de verte.
-¿Dónde demonios has estado metida durante todo este tiempo? ¡Eh, mirad quién ha llegado! -gritó a los de la mesa del fondo, que no se enteraron porque en ese momento se esforzaban al unísono para levantar un gigante desparramado por los suelos-. ¿Qué es eso que llevas en el hombro?
Karl apuntó al cuervo con el dedo índice.
-Digamos que es un compañero de viaje.
-Pues no me gusta nada.
Aranna puso la mano a la altura de su hombro y el cuervo se posó en ella.
-No te preocupes por él. Se portará bien, ¿a que sí? -las palabras salieron de su boca como agudos cristales de hielo. Impulsó el brazo hacia arriba y el cuervo salió volando para posarse en una de las vigas del techo. Sus ojos verdes y luminosos destacaban en la oscuridad, vigilando continuamente a la joven. Ni que decir tiene que los demás clientes del “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN” no daban a basto entre el espectáculo del gigante caído y la novedad de la recién llegada.
-Da gusto volver a casa -dijo Aranna.
De repente, el peso del cansancio acumulado cayó sobre ella como una losa de mármol-. ¿Tienes alojamiento para mí por esta noche? Me conformo con el establo, de veras. Donde sea.
-¡Pues claro! Siempre hay un sitio para ti en esta casa, así tuviese que echar a la calle al mismo Príncipe. ¡Lara, ven un momento!
La hermosa hermana de Karl apareció secándose las manos en el delantal y esquivando grácilmente, con la soltura que da la práctica, multitud de muestras de cariño por parte de los clientes de sexo masculino.
Entretanto, los de la mesa del fondo habían conseguido que Sanghayando recuperara una postura más o menos decorosa. Se había sentado directamente en el suelo. Iban a reanudar su charla de negocios cuando el hobbit se percató de lo que pasaba cerca de la puerta de entrada. Vio que Lara estaba ayudando a alguien a descargarse los bultos de viaje, y cuando reconoció a su antigua amiga echó a correr hacia ella gritando su nombre.
Aranna vio la figura menuda de Hathu e hincó la rodilla en tierra para recibirle. El cuervo, creyéndola en peligro, se lanzó en picado para interponerse entre el hobbit y la hechicera. Pero lo que aterrizó entre ambos ya no era un cuervo, sino un enorme lobo negro de centelleantes ojos verdes.
Hathu se quedó clavado en el suelo, presa del pánico. Sus amigos, que habían presenciado la escena, fueron incapaces de reaccionar. Por unos instantes el tiempo pareció detenerse en un latido de puro terror. Lo único que acertó a hacer Aranna fue desprenderse de su capa y cubrir con ella al animal. Todo el mundo soltó al unísono el aire aprisionado en los pulmones, pero aquel gesto no contribuyó a relajar el ambiente. La capa había caído al suelo de golpe, como si el horrible animal se hubiese esfumado en el aire. Aranna susurró una palabra y tiró de la capa con un movimiento rápido, liberando una nube de brillantes mariposas de colores que revolotearon unos instantes entre la gente antes de desaparecer. Algunos aplaudieron el truco. Otros se dieron cuenta repentinamente de que era tardísimo y salieron apresuradamente del local.
Aranna intentó ponerse de pie apoyándose en el bastón, pero sus piernas fallaron. Aquel truco, que cualquier aprendiz de brujo podría haber hecho con relativa facilidad, había extenuado las pocas fuerzas que le quedaban. Hathu y sus amigos acudieron a socorrerla mientras la última mariposita revoloteaba sobre sus cabezas. Era negra.
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Karl limpiaba una mesa con desgana mientras su hermana, cargada de jarras vacías y de platos sucios, le dirigía una mirada ceñuda. El fuego de la gran chimenea que presidía la sala lamía un cochinillo ensartado en un asador, al cuidado de un trasgo con los jugos gástricos bastante revolucionados. Un par de pesadas lámparas de hierro colgadas del techo intentaban disipar la penumbra que envolvía el comedor, naturalmente sin conseguirlo, aunque a los huéspedes parecía no importarles demasiado ni la oscuridad ni el ambiente cargado de humo.
Alrededor de una mesa situada al fondo de la estancia, un grupo de amigos charlaba animadamente. Un gigante, con las rodillas casi a la altura de las orejas, intentaba reírse sin caerse de la silla que lo sostenía a duras penas. Frente a él, un joven de piel morena y ojos oscuros y penetrantes cruzaba los brazos con evidentes muestras de disgusto. Un hobbit intentaba poner paz entre los dos, mientras los demás comensales escuchaban expectantes.
-¿Pero cómo vamos a ir por ahí con dos...? Juá, juá... -el gigante juntaba los dedos índice y pulgar de ambas manos y luego miraba a través de los huecos formados por éstos, lo que le daba una extraña apariencia de búho.
-Pues si Brun lo dice, yo me lo creo -terció el hobbit.
-Gracias, Hathu. Me ha llevado mucho tiempo llegar a este descubrimiento y estoy seguro de que tendrá éxito -lanzó una mirada desafiante al gigante, que se retorcía de la risa.
-¿Y cómo piensas sujetar los cristales frente a los ojos? -preguntó Leuba mientras introducía amorosamente un trocito de pollo en la boca de Ferdinand.
-Pues aun no lo sé, pero ya se me ocurrirá algo. ¡Sanghayando! ¿Quieres callarte ya de una vez? ¡Me estás poniendo de los nervios!
El gigante se tapó la boca con las manos, pero el movimiento espasmódico de sus hombros lo delataba.
-Creo que tengo la solución al problema -dijo Ferdinand. ¿Qué tal si ajustas las... ¿cómo las llamas?
-Lentes.
-Eso. Podrías ajustar las lentes en un par de aros de metal y sujetarlas a la nariz mediante un puente que vaya desde un aro a otro.
A Brun se le iluminaron los ojos.
-Oye, pues no es mala idea. Pero tendría que ser un metal ligero y maleable. Plata, por ejemplo. Incluso oro.
Hathu se frotaba las manos.
-¿Os dais cuenta de que éste puede ser el negocio del siglo? Ya estoy viendo el cartel en la puerta: “LA LENTERÍA DE BRUN”. ¿Qué os parece?
-No sé, Hathu. No me acaba de convencer el nombre -objetó el aludido.
En éstas estaban cuando se abrió la puerta de la calle. Karl, que seguía limpiando la misma mesa, se dispuso a recibir al nuevo cliente. Lo miró con desconfianza, pues a primera vista podría haber sido cualquier cosa no más alta de metro sesenta. El recién llegado avanzó un par de pasos, acercándose al radio de acción de una de las lámparas. La cara del posadero pasó del rojo al blanco en un instante.
-¡Por el Martillo del Dios del Trueno! Pero... ¿eres tú de verdad?
-Hola, Karl. Yo también me alegro de verte.
-¿Dónde demonios has estado metida durante todo este tiempo? ¡Eh, mirad quién ha llegado! -gritó a los de la mesa del fondo, que no se enteraron porque en ese momento se esforzaban al unísono para levantar un gigante desparramado por los suelos-. ¿Qué es eso que llevas en el hombro?
Karl apuntó al cuervo con el dedo índice.
-Digamos que es un compañero de viaje.
-Pues no me gusta nada.
Aranna puso la mano a la altura de su hombro y el cuervo se posó en ella.
-No te preocupes por él. Se portará bien, ¿a que sí? -las palabras salieron de su boca como agudos cristales de hielo. Impulsó el brazo hacia arriba y el cuervo salió volando para posarse en una de las vigas del techo. Sus ojos verdes y luminosos destacaban en la oscuridad, vigilando continuamente a la joven. Ni que decir tiene que los demás clientes del “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN” no daban a basto entre el espectáculo del gigante caído y la novedad de la recién llegada.
-Da gusto volver a casa -dijo Aranna.
De repente, el peso del cansancio acumulado cayó sobre ella como una losa de mármol-. ¿Tienes alojamiento para mí por esta noche? Me conformo con el establo, de veras. Donde sea.
-¡Pues claro! Siempre hay un sitio para ti en esta casa, así tuviese que echar a la calle al mismo Príncipe. ¡Lara, ven un momento!
La hermosa hermana de Karl apareció secándose las manos en el delantal y esquivando grácilmente, con la soltura que da la práctica, multitud de muestras de cariño por parte de los clientes de sexo masculino.
Entretanto, los de la mesa del fondo habían conseguido que Sanghayando recuperara una postura más o menos decorosa. Se había sentado directamente en el suelo. Iban a reanudar su charla de negocios cuando el hobbit se percató de lo que pasaba cerca de la puerta de entrada. Vio que Lara estaba ayudando a alguien a descargarse los bultos de viaje, y cuando reconoció a su antigua amiga echó a correr hacia ella gritando su nombre.
Aranna vio la figura menuda de Hathu e hincó la rodilla en tierra para recibirle. El cuervo, creyéndola en peligro, se lanzó en picado para interponerse entre el hobbit y la hechicera. Pero lo que aterrizó entre ambos ya no era un cuervo, sino un enorme lobo negro de centelleantes ojos verdes.
Hathu se quedó clavado en el suelo, presa del pánico. Sus amigos, que habían presenciado la escena, fueron incapaces de reaccionar. Por unos instantes el tiempo pareció detenerse en un latido de puro terror. Lo único que acertó a hacer Aranna fue desprenderse de su capa y cubrir con ella al animal. Todo el mundo soltó al unísono el aire aprisionado en los pulmones, pero aquel gesto no contribuyó a relajar el ambiente. La capa había caído al suelo de golpe, como si el horrible animal se hubiese esfumado en el aire. Aranna susurró una palabra y tiró de la capa con un movimiento rápido, liberando una nube de brillantes mariposas de colores que revolotearon unos instantes entre la gente antes de desaparecer. Algunos aplaudieron el truco. Otros se dieron cuenta repentinamente de que era tardísimo y salieron apresuradamente del local.
Aranna intentó ponerse de pie apoyándose en el bastón, pero sus piernas fallaron. Aquel truco, que cualquier aprendiz de brujo podría haber hecho con relativa facilidad, había extenuado las pocas fuerzas que le quedaban. Hathu y sus amigos acudieron a socorrerla mientras la última mariposita revoloteaba sobre sus cabezas. Era negra.
Regreso
Ya estoy en casa. Mañana volveré a lo de siempre, pero hoy aún ando refugiada en mis últimas 24 horas libres.
No voy a contar qué he hecho durante mis vacaciones porque no tienen nada de excepcional, al menos para alguien que no sea yo. Viajé donde quería viajar, visité a quien quería visitar aunque me costó soportar el peso del cielo sobre mi cabeza. Y esto no es metafórico, que una granizada de las que hacen historia casi me hizo perder el tren. Debí imaginar a qué me exponía cuando bromeaba sobre el asunto. Los hados son vengativos, aunque no sé qué narices les habré hecho yo…
El caso es que ya estoy de vuelta. Las plantas están marchitas, se nota en sus hojas la violencia del hielo. Ya no hay flores, y la terraza parece un cementerio de tiestos inútiles.
La maleta sigue en mi habitación con la boca abierta y el estómago vacío. Se resiste a entrar en el armario. Cuesta horrores abrir las puertas que se quejan sobre sus rieles. Devolver todo a su sitio esta vez me produce enojo cuando en ocasiones anteriores deshacer el equipaje me suponía el alivio de regresar a mi casa, a mi cama, a mis cosas y a la rutina que me adormece con el sonido de su perfecto engranaje.
Necesito tiempo para rehacer mis sueños.

No voy a contar qué he hecho durante mis vacaciones porque no tienen nada de excepcional, al menos para alguien que no sea yo. Viajé donde quería viajar, visité a quien quería visitar aunque me costó soportar el peso del cielo sobre mi cabeza. Y esto no es metafórico, que una granizada de las que hacen historia casi me hizo perder el tren. Debí imaginar a qué me exponía cuando bromeaba sobre el asunto. Los hados son vengativos, aunque no sé qué narices les habré hecho yo…
El caso es que ya estoy de vuelta. Las plantas están marchitas, se nota en sus hojas la violencia del hielo. Ya no hay flores, y la terraza parece un cementerio de tiestos inútiles.
La maleta sigue en mi habitación con la boca abierta y el estómago vacío. Se resiste a entrar en el armario. Cuesta horrores abrir las puertas que se quejan sobre sus rieles. Devolver todo a su sitio esta vez me produce enojo cuando en ocasiones anteriores deshacer el equipaje me suponía el alivio de regresar a mi casa, a mi cama, a mis cosas y a la rutina que me adormece con el sonido de su perfecto engranaje.
Necesito tiempo para rehacer mis sueños.

Como iba diciendo...
Vengo aquí un poco a regañadientes. No me he podido traer todo, me lo ha secuestrado el maldito tucán. Así que he puesto un enlace para que puedas echar un vistazo si el puñetero pájaro te deja. Está en los enlaces, abajo del todo. “Reflexiones anteriores” se llama. Ahí han quedado mis textos anteriores, y un montón de comentarios vuestros que conservaré en mi disco duro (arduo trabajo de copy-paste), pero si el tucán se cae no pienso quedarme sin ellos. Por eso he reubicado mi blog, para no quedarme sin vosotros.
Y tal como terminé, empiezo. Traslado mi último post tal cual, para seguir a partir de ahí. Eso sí, a la vuelta de vacaciones. ;o)
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Bueno, aquí está la continuación del texto del post anterior. (Si es que no os puedo negar nada, coñe). Que conste que la historia está escrita para unas personas concretas en un momento determinado, así que algunos nombres, en apariencia absurdos, tienen su por qué. Los habría cambiado para colgarlos aquí, pero prefiero conservar la forma original.
Con todo mi cariño, para mis amigos. (Sí, para vosotros también).
Aranna
Capítulo I
Tan triste y silenciosa como las nubes que aquella noche ocultaban la cara de la Luna, llegó Aranna a la aldea en la que vivió los años dorados de su infancia. Se trataba de un pueblecito pesquero llamado Villamarcha del que salió siendo casi una niña para unirse a los servidores de la Orden del Dragón. Con ellos se adentró en el oscuro mundo de la Magia, consiguiendo formar parte del Cónclave de los Nombres. Llegó a ser una gran hechicera, pero el poder tiene su precio, y ella se vio obligada a utilizarlo para luchar contra adversarios que el resto de los mortales no podría imaginar ni en sus más terroríficas pesadillas.
Aranna regresaba de entre los muertos. Ella y sus compañeros lograron derrotar a duras penas al Enemigo, que se cernía como una negra sombra sobre el mundo. Lucharon durante mucho tiempo en la oscuridad más profunda, hasta que lograron abrir una brecha en las tinieblas y escapar del mismo corazón del Infierno. Pero Aranna no volvió sola; un poderoso hechizo la unió a un oscuro ser que la seguía a todas partes formando una especie de extraña simbiosis, tan odiada como necesaria para ambos. A lo largo de su viaje de regreso, más de un salteador de caminos se arrepintió de abordarla al aparecer súbitamente detrás de ella un caballero negro con pinta de tener muy malas pulgas.
El viento helado y húmedo de la costa se clavaba en los huesos de Aranna a cada paso. La casa de la Abuela -el único lugar al que podía llamar hogar- quedaba lejos del pueblo y sus pies trazaban surcos en la tierra del camino, así que decidió pasar la noche en alguna posada y retrasar su llegada a casa hasta el día siguiente. Para ella suponía un despilfarro del poco dinero que le quedaba en la bolsa, pero no podía dar un paso más y estaba harta del trozo de queso rancio y del pan seco que había tragado a duras penas desde la última semana. ¡Y qué demonios!, se merecía un capricho.
Atravesó el pueblo y llegó a la playa donde se levantaban, apoyados unos contra otros, multitud de edificios alineados dedicados única y exclusivamente al descanso y divertimento de la tripulación de los barcos que atracaban en aquellas costas. Cualquiera con sentido común pensaría que, en un pueblo relativamente pequeño como Villamarcha, con un par de tabernas y una posada habría suficiente. Pero sus habitantes, gente alegre y amante de la fiesta, adoptaron la costumbre de los marineros y durante los fines de semana se mezclaban con ellos en la multitud de antros de dudosa reputación que florecían a raíz de la necesidad de abarcar y satisfacer a tanta gente. En “La Curva”, como se dio en llamar a aquella zona de tabernas y posadas dada su forma semicircular, se daban cita aventureros en busca de acción, galanes en busca de otro tipo de “acción”, jóvenes ávidos de historias de países extraños y, cómo no, todos los borrachos, pendencieros, juglares de poca monta, mercenarios, nobles aburridos de la vida de la corte, “damas de la Noche”, y demás personajes -humanos y no humanos- atraídos por la fama de aquel lugar.
La gente iba y venía de unos locales a otros y Aranna se perdía entre la multitud. Buscar hospedaje un sábado por la noche no era cosa fácil, por lo que podía recordar. Procurando no tropezarse con nadie para no desatar la ira de aquello que la seguía -fuese lo que fuese-, encaminó sus pasos hacia la posada de un antiguo amigo llamado Karl.
Cuando llegó a la taberna Aranna dudó de su memoria. Colgado de una barra de hierro junto a la puerta, un cartel se mecía perezosamente lanzando su mensaje a quien quisiera leerlo: “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN”. En el cansado rostro de la chica se dibujó una sonrisa. “O esto ha cambiado de dueño, o Karl ya no es lo que era” -pensó.
La “cosa” se había agazapado detrás de ella, haciendo que su sombra pareciese densa, casi líquida. Dos óvalos verdes refulgían en el lugar correspondiente a los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo Aranna se preocupó por su aspecto. Parecía una pordiosera con la ropa hecha jirones y las botas llenas de barro. La capa de viaje había cambiado su color original por un tono parduzco ideal para camuflarse en los pantanos, pero allí era perfecta para causar el efecto contrario. Dos sacos de viaje colgaban de su espalda, y un largo bastón de madera de tejo le servía de apoyo suplementario y de defensa, si se terciaba.
Aranna se enfadó consigo misma. “Vamos, se alegrarán de verte” -se animó, pero no le sirvió de mucho. Había pasado tanto tiempo en la Orden -primero aprendiendo y luego luchando junto a ellos- que ya no sabía si le sería posible relacionarse con nadie sin lanzarle un hechizo de parálisis, por si las moscas. Recompuso como pudo su maltrecho vestuario y se dispuso a empujar la puerta, pero la detuvo la sensación de que la estaban observando. Al darse la vuelta se encontró cara a cara con una de las siete cabezas de una enorme Hydra negra como el azabache. El cuerpo del fabuloso animal taponaba la calle de punta a punta, y los que aun estaban suficientemente sobrios huían despavoridos en todas direcciones. Muchos de ellos se declararon abstemios al día siguiente.
La chica lanzó un bufido de exasperación.
- ¿ Pero tú eres tonto, o qué te pasa?
Siete pares de ojos como esmeraldas gigantes centraron su atención en la figura que se erguía ante ellos en toda su escasa estatura.
- Mira, especie de pesadilla inmunda: estoy cansada, tengo hambre, estoy muerta de sueño, helada de frío y mi mala leche está creciendo por momentos. Así que, o te transformas en algo más discreto, o soy capaz de suicidarme aquí mismo.
El gigantesco animal se las apañó para encogerse de hombros y su volumen se contrajo hasta quedar convertido en un precioso ejemplar de cuervo, que se posó desmañadamente sobre el hombro de Aranna. Ella lo miró por el rabillo del ojo.
- No es por nada, pero... ¿no se te ha ocurrido convertirte en un anillo mágico, o algo así?
El animal movió la cabeza negativamente.
- Vale, nada de objetos inanimados. Ahora escúchame: vamos a entrar ahí e intentar comportarnos lo más discretamente posible, ¿de acuerdo?
El pájaro le dedicó una mirada oblicua.
- Estupendo -dijo ella no muy convencida-. Vamos allá.
Y tal como terminé, empiezo. Traslado mi último post tal cual, para seguir a partir de ahí. Eso sí, a la vuelta de vacaciones. ;o)
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Bueno, aquí está la continuación del texto del post anterior. (Si es que no os puedo negar nada, coñe). Que conste que la historia está escrita para unas personas concretas en un momento determinado, así que algunos nombres, en apariencia absurdos, tienen su por qué. Los habría cambiado para colgarlos aquí, pero prefiero conservar la forma original.
Con todo mi cariño, para mis amigos. (Sí, para vosotros también).
Aranna
Capítulo I
Tan triste y silenciosa como las nubes que aquella noche ocultaban la cara de la Luna, llegó Aranna a la aldea en la que vivió los años dorados de su infancia. Se trataba de un pueblecito pesquero llamado Villamarcha del que salió siendo casi una niña para unirse a los servidores de la Orden del Dragón. Con ellos se adentró en el oscuro mundo de la Magia, consiguiendo formar parte del Cónclave de los Nombres. Llegó a ser una gran hechicera, pero el poder tiene su precio, y ella se vio obligada a utilizarlo para luchar contra adversarios que el resto de los mortales no podría imaginar ni en sus más terroríficas pesadillas.
Aranna regresaba de entre los muertos. Ella y sus compañeros lograron derrotar a duras penas al Enemigo, que se cernía como una negra sombra sobre el mundo. Lucharon durante mucho tiempo en la oscuridad más profunda, hasta que lograron abrir una brecha en las tinieblas y escapar del mismo corazón del Infierno. Pero Aranna no volvió sola; un poderoso hechizo la unió a un oscuro ser que la seguía a todas partes formando una especie de extraña simbiosis, tan odiada como necesaria para ambos. A lo largo de su viaje de regreso, más de un salteador de caminos se arrepintió de abordarla al aparecer súbitamente detrás de ella un caballero negro con pinta de tener muy malas pulgas.
El viento helado y húmedo de la costa se clavaba en los huesos de Aranna a cada paso. La casa de la Abuela -el único lugar al que podía llamar hogar- quedaba lejos del pueblo y sus pies trazaban surcos en la tierra del camino, así que decidió pasar la noche en alguna posada y retrasar su llegada a casa hasta el día siguiente. Para ella suponía un despilfarro del poco dinero que le quedaba en la bolsa, pero no podía dar un paso más y estaba harta del trozo de queso rancio y del pan seco que había tragado a duras penas desde la última semana. ¡Y qué demonios!, se merecía un capricho.
Atravesó el pueblo y llegó a la playa donde se levantaban, apoyados unos contra otros, multitud de edificios alineados dedicados única y exclusivamente al descanso y divertimento de la tripulación de los barcos que atracaban en aquellas costas. Cualquiera con sentido común pensaría que, en un pueblo relativamente pequeño como Villamarcha, con un par de tabernas y una posada habría suficiente. Pero sus habitantes, gente alegre y amante de la fiesta, adoptaron la costumbre de los marineros y durante los fines de semana se mezclaban con ellos en la multitud de antros de dudosa reputación que florecían a raíz de la necesidad de abarcar y satisfacer a tanta gente. En “La Curva”, como se dio en llamar a aquella zona de tabernas y posadas dada su forma semicircular, se daban cita aventureros en busca de acción, galanes en busca de otro tipo de “acción”, jóvenes ávidos de historias de países extraños y, cómo no, todos los borrachos, pendencieros, juglares de poca monta, mercenarios, nobles aburridos de la vida de la corte, “damas de la Noche”, y demás personajes -humanos y no humanos- atraídos por la fama de aquel lugar.
La gente iba y venía de unos locales a otros y Aranna se perdía entre la multitud. Buscar hospedaje un sábado por la noche no era cosa fácil, por lo que podía recordar. Procurando no tropezarse con nadie para no desatar la ira de aquello que la seguía -fuese lo que fuese-, encaminó sus pasos hacia la posada de un antiguo amigo llamado Karl.
Cuando llegó a la taberna Aranna dudó de su memoria. Colgado de una barra de hierro junto a la puerta, un cartel se mecía perezosamente lanzando su mensaje a quien quisiera leerlo: “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN”. En el cansado rostro de la chica se dibujó una sonrisa. “O esto ha cambiado de dueño, o Karl ya no es lo que era” -pensó.
La “cosa” se había agazapado detrás de ella, haciendo que su sombra pareciese densa, casi líquida. Dos óvalos verdes refulgían en el lugar correspondiente a los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo Aranna se preocupó por su aspecto. Parecía una pordiosera con la ropa hecha jirones y las botas llenas de barro. La capa de viaje había cambiado su color original por un tono parduzco ideal para camuflarse en los pantanos, pero allí era perfecta para causar el efecto contrario. Dos sacos de viaje colgaban de su espalda, y un largo bastón de madera de tejo le servía de apoyo suplementario y de defensa, si se terciaba.
Aranna se enfadó consigo misma. “Vamos, se alegrarán de verte” -se animó, pero no le sirvió de mucho. Había pasado tanto tiempo en la Orden -primero aprendiendo y luego luchando junto a ellos- que ya no sabía si le sería posible relacionarse con nadie sin lanzarle un hechizo de parálisis, por si las moscas. Recompuso como pudo su maltrecho vestuario y se dispuso a empujar la puerta, pero la detuvo la sensación de que la estaban observando. Al darse la vuelta se encontró cara a cara con una de las siete cabezas de una enorme Hydra negra como el azabache. El cuerpo del fabuloso animal taponaba la calle de punta a punta, y los que aun estaban suficientemente sobrios huían despavoridos en todas direcciones. Muchos de ellos se declararon abstemios al día siguiente.
La chica lanzó un bufido de exasperación.
- ¿ Pero tú eres tonto, o qué te pasa?
Siete pares de ojos como esmeraldas gigantes centraron su atención en la figura que se erguía ante ellos en toda su escasa estatura.
- Mira, especie de pesadilla inmunda: estoy cansada, tengo hambre, estoy muerta de sueño, helada de frío y mi mala leche está creciendo por momentos. Así que, o te transformas en algo más discreto, o soy capaz de suicidarme aquí mismo.
El gigantesco animal se las apañó para encogerse de hombros y su volumen se contrajo hasta quedar convertido en un precioso ejemplar de cuervo, que se posó desmañadamente sobre el hombro de Aranna. Ella lo miró por el rabillo del ojo.
- No es por nada, pero... ¿no se te ha ocurrido convertirte en un anillo mágico, o algo así?
El animal movió la cabeza negativamente.
- Vale, nada de objetos inanimados. Ahora escúchame: vamos a entrar ahí e intentar comportarnos lo más discretamente posible, ¿de acuerdo?
El pájaro le dedicó una mirada oblicua.
- Estupendo -dijo ella no muy convencida-. Vamos allá.
Una nueva alcayata
A ver si aquí no se desconcha la pared.
Bienvenid@.
Bienvenid@.





