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Reflexiones de un trasto
Están locos estos humanos
Acerca de
Soy una ballesta, por si no te has puesto las gafas para mirar la foto.
Sindicación
 
¿¿Pero a quién se le ocurrirán estas cosas??
No suelo responder a tests de este tipo, pero esta vez no me he podido resistir. Así que ahí va mi respuesta al “meme” de NiBuenoNiMalo. (En menudos fregaos me meto)
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Escoge una banda/grupo favorito, y responde sólo con títulos de sus canciones. Escoge 5 personas para que sigan el test, sin olvidar avisarles de que han sido elegidos:

Cuestionario hecho por: Ballesta
Nominado por: NiBuenoNiMalo
Banda o grupo elegido: No es una banda ni un grupo, es Silvio Rodríguez.

¿Eres hombre o mujer?:
“La oveja negra” (Disco: Cuando digo futuro. 1977)

Descríbete:
“Yo soy como soy” (Disco: Tríptico III. (1984)

Qué sienten las personas acerca de ti:
"El día feliz que está llegando” (Disco: Rabo de nube. 1980)

Cómo describirías tu anterior relación sentimental:
"Entre el espanto y la cordura" (Disco: Oh, melancolía. 1988)

Describe tu actual relación con tu novio(a) o pretendiente:
"Se demora" (Disco: Domínguez. 1996)

Dónde quisieras estar ahora:
"Hoy no quiero estar lejos de la casa y el árbol" (Disco: Mujeres. 1978)

Cómo eres respecto al amor:
"Imagínate" (Disco: Rabo de nube. 1980)

Cómo es tu vida:
"Sin hijo ni árbol ni libro" (Disco: Mariposas. 1999)

Qué pedirías si tuvieras un solo deseo:
"Soltar todo y largarse" (Disco: Domínguez. 1996)

Escribe una cita o frase sabia:
"Lo más terrible se aprende enseguida, y lo hermoso nos cuesta la vida" (Canción del elegido. Disco: Cuando digo futuro. 1997)

Ahora despídete:
"Y nada más" (Disco: Mujeres. 1978)
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Yo prefiero no “nominar” a nadie. Si lo has leído y te apetece, recoge el testigo. Eso sí… avísame pa que vaya a cotillear, ¿eh? ;o)

 
Aranna VII

El sol estaba en su punto más alto cuando Aranna despertó. No tenía ni idea de dónde se encontraba. Los postigos de la ventana estaban cerrados y la luz del día se filtraba por las rendijas de la madera aportando algo de claridad. Poco a poco sus ojos se fueron habituando y comenzó a distinguir las formas que la rodeaban. La mesita junto a la cama, la tina en medio de la habitación, la pequeña cómoda en la pared de enfrente... y dos pequeñas rendijas de luz esmeralda flotando allí donde la oscuridad se hacía más densa. ¿Quizá un mínimo indicio de expresión en aquellos ojos?

Sintió un escalofrío al recordar los sueños de aquella noche. Salió de entre las mantas y abrió la ventana para que entraran la luz y el aire. A pesar de la terrorífica experiencia onírica de las últimas horas se sentía despejada y con fuerzas para afrontar su nueva vida. Se dio la vuelta hacia el interior de la habitación y se quedó observando al espect... Perdón, al misterioso ser.

-Gracias.
-(De nada).

La luz del sol arrancaba destellos cobrizos a los enmarañados cabellos de la joven, y la blancura de la camisa que Karl le había prestado para dormir le daba un aspecto luminoso e irreal.

-Así que quieres un nombre, ¿eh?

Aquella “cosa negra” parecía mirarla expectante. Aranna sonrió.

-Bueno, todo el mundo tiene derecho a saber cómo se llama. Pero antes debo advertirte algo. Todo lo que existe tiene tres nombres: el Familiar, el de Identidad y el de Poder o Esencial. Aquel que conozca este último, tu verdadero Nombre, será capaz de utilizarlo en tu favor o en tu contra. ¿Quieres seguir adelante?

El ente pareció dudar durante un momento, pero al final asintió.

-Bien -dijo Aranna-, entonces hagámoslo ya. Dame tus manos.

La hechicera avanzó hacia él con los brazos extendidos y las palmas hacia arriba. Él depositó sus manos sobre las de ella y sintió como la ira iba creciendo en su interior. La tenía firmemente agarrada pero era incapaz de sentir su calor, la suavidad de su piel, su pulso, su aliento. Notó cómo ella rechazaba su contacto, frío y muerto, y odiaba su valor al no soltarle, al sujetarle firmemente a pesar de su repulsa. Durante los pocos segundos que consiguió adueñarse del cuerpo de Aranna antes de que acabaran con el brujo, había podido experimentar la sensación de estar vivo. Pese a su brevedad, el recuerdo de aquellos instantes le atormentaba continuamente.

-Neithan -dijo la hechicera de repente-. El Ofendido, el que fue despojado. Te doy ese nombre como Familiar.

Neithan asintió lentamente. Al parecer se sentía a gusto con su nuevo nombre. ¿Que por qué? Bueno, es que es una historia muy larga. Mejor la dejamos para otra ocasión.

Aranna siguió aferrada a sus manos. Cerró los ojos y dejó la mente en blanco para estar lo más receptiva posible. Al principio le costó un poco, porque aquello que tenía delante no era nada convencional. Una vez eliminado todo pensamiento intentó centrarse en lo que tenía frente a ella, pero nada. No percibía ninguna sensación. Estaba a punto de abandonar cuando sintió un fuerte impacto en el centro de la frente, efecto al que estaba acostumbrada. Pero aquella vez había sido diferente. El hormigueo que sentía habitualmente en aquel punto de su cabeza había sido sustituido por un intenso dolor. Aranna se echó hacia atrás en un acto reflejo, pero se negó a abrir los ojos. Siguió buscando algo a lo que asirse, luchando por permanecer consciente. Al fin, dos palabras en el lenguaje de los Antiguos cobraron forma en su mente.
 
Tesoros, recuerdos, cosas… ¿para qué guardar el envoltorio de un caramelo?
Leo a Num y a NiBuenoNiMalo desde mi esquinita y pienso en qué guardo yo bajo la cama. Pelusas, claro. Las zapatillas por si me levanto a media noche… Están frías y se me hielan los pies. Tendré que sacar ya las de invierno, pero al monstruo le gusta mordisquear éstas. Dice que con las otras es como si se metiese un gato en la boca. Claro, como éstas son de goma… Al pobre bicho le están saliendo los dientes. Bueno, las aguantaré un poco más. O mejor, dejaré que se las termine de comer. Tan guapo él...

Mis recuerdos los tengo por ahí, repartidos por los cajones. Provisionalmente, aunque ya llevan allí demasiado tiempo como para eso. Pero si los guardo “oficialmente” ya no tendré la posibilidad de abocar directamente el cajón en una bolsa y tirarlos a la basura. Así, sin mirarlos, para que no les dé tiempo a darme pena. Total, sólo son cosas. Papeles inútiles, algún mechero vacío, una servilleta de un bar con un dibujillo, algún recuerdo de boda que me da palo tirar en la papelera de la sala de banquetes, bolígrafos que no pintan… en fin.

No hay nada más, no tengo cofres del tesoro. Será porque no tengo tesoros, ¿para qué voy a querer un cofre? Aunque ahora que lo pienso… tengo una caja de puros de esas de madera, pirograbadas con la marca de tabaco y un pequeño cierre metálico. Está llena de cartas. Sigue en el penúltimo estante, escondida, clandestina y resentida conmigo.

¿Mi caja de herramientas? Mis libros. Y tú. Quizá porque no has dejado ningún recuerdo en mi cajón.



 
Aranna VI

Aranna caía por un pozo sin fondo. En su descenso veía los cuerpos putrefactos de sus compañeros muertos, que intentaban agarrarla para llevársela con ellos. Deseaba que llegase el final cuanto antes, estrellarse contra el suelo y acabar con todo. En su cabeza resonaba la voz de la anciana que la había criado, maldiciéndola por haberla dejado morir sola y abandonada. Aranna gritaba con todas sus fuerzas, pero no conseguía que el sonido saliese de sus labios.

Al fondo, oscuridad.

Vacío.

La Nada.

-¡Aranna!

Una voz desconocida pronunciaba su nombre, eclipsando los demás sonidos. Su corazón estuvo al borde del colapso cuando sintió que su caída cesaba bruscamente, quedando suspendida en el aire. Sus ojos se negaban a abrirse para comprobar quién o qué había detenido el descenso y esperó lo peor, pero no sucedió nada. Bajó lentamente hasta notar un punto de apoyo bajo sus pies. Una vez en tierra firme, escuchó otra vez aquella voz masculina, que le dijo:

-No te preocupes, estás a salvo.

Aranna abrió los ojos despacio, aturdida aún. Se encontraba en un lugar invadido por una espesa niebla gris. Delante de ella una silueta comenzó a tomar forma. Al cabo de unos segundos tenía frente a sí al espectro que se había convertido en su compañero inseparable. Sus ojos verdes refulgían enmarcados por un halo de oscuridad impenetrable, observándola. Le dio la impresión de que él era lo único real en aquel lugar. Se miró las manos y comprobó aterrorizada que podía ver a través de ellas. Intentó preguntar por qué, pero era incapaz de articular palabra.

-Ahora estás en mi elemento, Aranna. Aquí sólo eres una vaga imagen de ti misma.

La hechicera se aproximó para tocarle, pero él se apartó.
-No lo hagas. Tu mano me atravesaría y te aseguro que la sensación no es muy agradable.

Aranna cayó en la cuenta de que le estaba oyendo hablar, en vez de percibir sus pensamientos. Era una voz suave, modulada de forma exquisita, pero fría al mismo tiempo.

-He venido a librarte de tus pesadillas -prosiguió- sólo porque tu debilidad supone también la mía. Mi misión cuando fui invocado era penetrar en ti hasta destruirte. Mi recompensa, un cuerpo con el que poder existir en tu mundo y dejar de vagar en la sombra. Tus amigos hechiceros, malditos sean, mataron al brujo antes de que pudiera concluir el hechizo y me obligaron a sufrir una existencia mucho más cruel de la que tenía antes.

El resentimiento puesto en aquellas palabras hizo que Aranna retrocediese unos pasos.

-Mi odio hacia ti y hacia los de tu especie me impulsa a matarte, pero yo también tengo instinto de supervivencia y pienso mantenerte con vida hasta que encuentre la manera de deshacerme de ti. Mientras tanto será mejor que nos llevemos bien.

El espectro giró sobre sus talones y desapareció entre la niebla. Aranna permaneció allí sin saber qué hacer. Pero antes de que pudiese tomar una decisión, dos puntos de luz verde aparecieron ante ella.

-Por cierto. Ya que eres un miembro del Cónclave de los Nombres, ¿te importaría averiguar los míos? Estoy harto de que la autora de esta absurda historia me llame espectro cada dos por tres.
 
Agua para... ¿¿CUÁNTOS??
Hace tiempo que no arremeto contra alguna barbaridad que me salta directamente a los ojos desde el telediario o la prensa. Creo que tiene que ver en gran medida a que casi voy esquivando las noticias, por ser malas en su mayoría, y que no se me atragante el café o la leche (mala), según la hora.

Pero hay cosas que empiezan con un “run-rún”, metiéndose subliminalmente en el subconsciente hasta que terminan subiéndosete piernas arriba y columpiándose en los párpados, que eso suele fastidiar bastante.

Dice la Wikipedia:

“En economía, la especulación es el conjunto de prácticas comerciales tendientes a modificar el precio de mercado de un bien o servicio con el único efecto de obtener un rédito financiero de la operación. Un especulador no busca disfrutar del bien que compra, sino beneficiarse de las fluctuaciones de su precio.”

Te suena, ¿verdad? Desafortunadamente quien más y quien menos ya sabe de qué va el asunto. Compras un terrenito por cuatro duros y lo vendes por una millonada. ¿Qué es zona protegida? ¿Qué son tierras de cultivo? Bah, ¿qué más da? Si todo el mundo sabe que las lechugas se crían en la sección de Verduras del super de la esquina.

Aquí lo que importa es que el “green” crezca sano y fuerte. Al fin y al cabo eso es una zona verde, ¿no? Fíjate si se preocuparán por integrar a la Naturaleza en el paisaje urbano (o ya no sé si viceversa) que nada más en la provincia de Alicante hay proyectados más de 25 campos de Golf. Naturalmente con tanto verde es una lástima que los humanos no estén cerquita para disfrutarlo. Así que nuestras queridas empresas urbanizadoras nos van a solucionar el problema: si Mahoma no va a la montaña… le vendemos un bonito bungalow de los 700.000 que se van a construir.

Y es que claro, el turismo en esta zona decae. Hay que buscar nuevos horizontes para quienes piensan comprar su segunda vivienda en un lugar bonito y soleado, con playa, piscina (y Golf). Las ciudades que antiguamente eran prácticamente segundas residencias se han masificado. Ahora lo de regalar un apartamento en Torrevieja no está bien visto. Más que nada porque nada más poner un pie fuera del coche, ya te han robado el zapato. Sin contar los atascos de la N-332, los problemas de aparcamiento, y que los servicios públicos (lo de la Policía lo dejo para otra ocasión) no dan abasto para tanta gente, contando núcleo urbano y urbanizaciones.

Así que ahora los programas de la tele regalan los apartamentos en Marina D’Or (ciudad de vacaciones). Un mastodonte urbanístico más muerto que vivo, que sin embargo haría que a cualquier alcalde le hiciesen los ojos chirivitas si pudiese colocarlo en su municipio. Y es que el manejo de las arcas municipales es tarea compleja. Así, gracias a la Ley 6/1998 sobre régimen del suelo y valoraciones, se ha permitido transformar suelo no urbanizable en urbanizable con el consiguiente engrosamiento del capital (y de los bolsillos de muchos, me temo). En teoría esta ley pretendía que bajase el precio de los terrenos, que se habían puesto por las nubes, y así facilitar la adquisición a gente con recursos más modestos que los que vienen a comprarse el chalecito para pasar las vacaciones. Pero ya ves, lo que ha provocado en realidad es la destrucción sistemática de los espacios ecológicos y agrícolas. Y total… pa ná. Porque la gente no es tonta y se está desplazando a zonas más tranquilas y menos masificadas.

Y a todo esto, digo yo… ¿dónde narices se va a meter tanta gente? Y lo más importante: ¿de dónde demonios vamos a sacar AGUA PARA TODOS? Si ya con los que somos tenemos problemas de abastecimiento, imagínate con 700.000 viviendas más funcionando. Mas los campos de golf, claro. Como leía en un artículo de la prensa local, que decía que Alicante podría ser al Golf lo que Brasil al fútbol. ¿Tratarán así de justificar la repentina pasión constructora por este deporte?

Mi solidaridad para las víctimas de “Ciudad del Golf”, en Navas del Marqués (Ávila).


 
Sonetillo

¿Quién fuerza mi puerta? ¿Quién ha osado
traquetear de noche mis postigos?
¿Cómo puedo yo llamar amigo
a quien encontré a mi reja encaramado?

Que nunca hube negado a nadie abrigo,
y quien lloró ante mí fue consolado.
¿Entonces, por qué sigue empecinado
en colgar de mi fachada cual racimo?

Fácil halló, quien con permiso ha entrado,
el acceso a la casa y a la dueña,
y no está el caserón deshabitado.

Y así, este ser mezquino que se acerca
a mi ventana, cual arácnido apurado,
obtendrá de mí una flor… con su maceta.

 
Aranna V
Después de los saludos de rigor y de una ronda gratis para celebrar el reencuentro, y una vez que Aranna dio buena cuenta de la cena que le sirvió Lara, llegó el momento del interrogatorio. La joven no podía contar toda la verdad porque aquélla estaba reservada para los Iniciados, los que debían salvaguardar el orden del mundo en el que vivían. Si se hallaba algún elemento perturbador de éste, debían eliminarlo lo más discretamente posible. Y como ha sucedido y sucederá hasta el fin del Universo, siempre hay alguien que intenta imponer su particular sentido del orden a base de conquistar el mundo y esclavizar a todos sus habitantes. Normalmente se le identifica porque se ríe muchísimo y de forma estentórea, con los brazos alzados y las manos crispadas, en lo alto de algún promontorio mientras estalla una terrible tormenta.

Total, que lo que podría haber sido la mayor aventura épica de todos los tiempos, quedó convertida en una historia de lo más vulgar. Aranna se inventó una versión alternativa, en la que explicó que había estado viajando para aprender los secretos curativos de las cosas, algo sobre Música y Poesía, Astrología... y todo lo que su querida Abuela -así llamaba a la anciana mujer que la crió- no le había podido enseñar, amén de algunos hechizos meteorológicos, bendición de los campos de cultivo y todo lo que debe saber una bruja que se precie.

-Tengo muchas ganas de verla.

Los rostros de sus amigos se tornaron sombríos.

-Creo que será mejor que te lo digamos ahora -dijo Brun. Aranna se puso tensa y el hobbit, sentado a su lado, le cogió la mano.

-Habla -exigió la hechicera. Brun miró a sus compañeros deseando que alguno tomase la palabra en su lugar, pero ninguno parecía dispuesto a librarle del mal trago.

-La Abuela murió el año pasado. Un pastor la encontró una mañana en su cabaña, frente a la chimenea apagada. Parecía haberse quedado dormida. La enterraron frente al olivo que hay junto a su casa. Lo siento.

Aranna asintió, porque era incapaz de articular palabra. El cuervo, que había volado hacia una viga del techo, sintió el dolor de su compañera y bajó para posarse en su hombro. Sentía una ira irreprimible, pero debía respetar su promesa. Esperaría órdenes.

Leuba decidió hacerse cargo de la situación.

-Bueno, ya está bien por hoy. ¡Todos a casa ahora mismo!

Parecía increíble que aquella muchacha de aspecto tan frágil tuviese tal poder de persuasión, pero todos la obedecieron sin rechistar. Leuba tenía la capacidad de provocar la misma sensación que tiene un niño cuando su madre le da un ultimátum. Acompañó a Aranna a su habitación, la ayudó a acostarse y se quedó con ella hasta que, rendida por el llanto, consiguió dormirse. Después fue en busca de Ferdinand, que la esperaba abajo, y se marcharon.

El salón de la posada quedó vacío por fin. El bullicio de la gente llegaba desde la calle y se prolongaría hasta primeras horas de la mañana. Karl terminaba de colocar la vajilla en una alacena y el trasgo apagaba los rescoldos de la chimenea, contento de que la jornada concluyera por fin. Arriba, en la única habitación que permanecía ocupada, la hechicera se convulsionaba presa de terribles pesadillas. Al pie de la cama, el cuervo había aumentado de tamaño hasta convertirse en un oscuro espectro de forma humana. La sombra avanzó sin ruido hasta situarse a la altura del cabezal. Retazos de noche se retorcían a su alrededor, creando la sensación de que vestía una amplia túnica -o una capa- con un capuchón que le caía sobre la cara.

Aranna comenzó a manotear en sueños, gimiendo angustiada. El espectro posó una mano sobre su frente, utilizando su energía para intentar que aquella extremidad adquiriese calidez, pero estaba demasiado débil. Se percató de que su mano se había hundido parcialmente en la cabeza de la joven, como un fantasma que atraviesa una pared. La debilidad de ella le hacía ser más inconsistente y le daba la sensación de que se desharía como una voluta de humo. Decidió intentar librarla de los malos sueños. Se concentró unos momentos, condensando el poder que le quedaba en aquel propósito. Observó aquel cuerpo exhausto envolviéndolo con la luz de sus ojos glaucos y la llamó mentalmente.
 
Ángela
Ángela tiene la carita más dulce que existe. Una melena castaña y ondulada y unos ojos verdes de mirada traviesa. Sonríe siempre, iluminándolo todo y contagiándote de tal manera que al final, sin darte cuenta, terminas tú también con una sonrisa de oreja a oreja. Es coqueta. No me lo ha dicho pero yo me he dado cuenta. Lleva pulseras en la muñeca derecha, y en la izquierda un reloj con la esfera de color rosa, unos pendientes de colores con forma de osito y un bolso blanco y plateado con un colgante en la cremallera. Usa una colonia fresca y alegre, como ella.

Ángela pone toda su atención en lo que le dices para hacer las cosas lo mejor que puede. A través de la petición de un familiar vino a echarnos una mano a colocar pegatinas en unos libros. Se aburre en casa, ya es mayor para ir al centro de educación especial y debido a sus problemas auditivos y a sus dificultades para hablar le es difícil desenvolverse en la vida cotidiana. Se mostraba tímida al principio. Ella conocía a mi compañera, pero a mí no, y seguramente se estaría preguntando: “¿y esta qué pinta aquí?”, pero una vez dada mi aprobación a lo que estaba haciendo se rompieron todas las barreras. Quizá más las mías que las suyas, porque admito que me sentía insegura al no saber cómo tratarla. La cara de alegría que puso cuando la felicité por su trabajo terminó de tirar por tierra mis inquietudes, y respiré aliviada al ver que habíamos conectado.

Hoy ha sido su segunda y última mañana hasta que tengamos otra tarea que pueda desempeñar. Me ha echado un cable tachando los nombres de una lista de personas a las que tenía que llamar por teléfono. Le cuesta manejar el rotulador fosforito, y se partía de la risa cuando se le torcía la raya y yo me echaba las manos a la cabeza. A los que me cogían la llamada, rayajo amarillo. A los que no, castigados con un punto rojo.

Me ha gustado estar con Ángela.


 
Aranna IV
El respetable dueño del “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN” fue a limpiar la mesa de sus amigos, pero se lo pensó mejor y se sentó con ellos. Los sábados había mucho trabajo a primera hora y estaba agotado. A esas alturas de la noche, la gente había emigrado a las tabernas que quedaban más cerca de la playa donde seguía bebiendo y bailando hasta el amanecer, al son de músicos enloquecidos que se esforzaban en interpretar al volumen más alto posible los últimos éxitos en cuestión de música popular.

Brun interrogaba a Hathu sobre lo sucedido arriba. El hobbit, más que explicar nada, se deshacía en conjeturas imposibles sobre los últimos años en blanco de Aranna. Hathu vivía en su propio mundo, quizá como sistema de defensa ante el modo de vivir humano donde los Hobbits apenas tenían cabida. El trasiego de aquel pueblo era demasiado para la relajada existencia que las familias Hobbits acostumbraban a llevar, así que la mayoría de ellas emigraron al interior donde abundaban las huertas y todo era más sosegado. Pero algunas se adaptaron y se las arreglaron para sobrevivir entre el bullicio.

Hathu estaba directamente en su salsa. Tenía una facilidad asombrosa para entablar amistad con cualquiera de los seres que le rodeaban, cualidad que compartía con su viejo amigo Brun. Pero lo que Brun conseguía debido a su personalidad carismática, su atractivo físico y un pico de oro, Hathu lo lograba gracias a su simpatía, su ingenuidad -algo muy difícil de encontrar por aquellos pagos- y su encantadora forma de “meter la pata”, fruto de su completa carencia de picardía y de su nula habilidad para captar las palabras con doble sentido. Todo eso, y su tremenda facilidad para sonrojarse, le hacían ser alguien tan sumamente cándido y dulce que se colaba en el corazón de aquel que le conocía. Lo que no excluye que, en determinadas ocasiones, dieran ganas de meterle la cabeza en un cubo de agua. Sobre todo cuando metía la pata.

Brun acababa de adornar su mejor camisa -blanca y de amplias mangas- con una espectacular mancha de vino, cosa que le sucedía bastante a menudo. Karl iba a levantarse para buscar un poco de agua cuando oyeron unos pasos que descendían por la escalera. Si ésta fuera una historia más o menos decente, cuando nuestros amigos hubiesen girado la cabeza se habrían encontrado con una hermosa dama vestida de blanco, con sus brillantes tirabuzones rubios flotándole sobre los hombros y un porte digno de una reina. Pero se tuvieron que conformar con algo menos. Aranna trataba de alisar las arrugas de su túnica verde mientras bajaba. Sus cabellos -de un vulgar color castaño- todavía estaban húmedos y le mojaban la espalda. Un cuervo miraba altanero desde su hombro izquierdo a todos los presentes. Se le ocurrían millones de cosas horribles en las que transformarse, pero su compañera le había hecho prometer que no lo haría, y le pidió que tratara de relajarse.

Un pensamiento surcó los negros entresijos de aquella mente hecha de caos y oscuridad, y dos palabras se formaron para ser transportadas telepáticamente al cerebro de la hechicera:

-“Muy graciosa”.

La verdad es que aquello era como pedirle a la Muerte que se tomara unas vacaciones.
 
De cómo te llenan de babas y encima te hace gracia
Me recibió con su retoño en brazos. Un elemento de cuatro meses embutido en un pijamilla de monigotes que se partía el c*** viéndome subir la escalera. Los bebés se ríen por todo, incluso de las tonterías típicas que me sorprendí pronunciando nada más verle aparecer por la puerta.

Yo iba a rescatar a su madre, o más bien a secuestrarla y llevármela un rato lejos (no mucho) de sus pequeños tiranos. Su marido me dijo: “Anda, sácala de aquí que falta le hace”. Es cierto, no hay más que ver sus ojeras. Admiro su fortaleza y su espíritu de lucha.

Al llegar arriba el bebé se quedó bizco. Seguía con la boca abierta en una sonrisa de oreja a oreja, mirándome con esa forma extraña que tienen de mirar a esa edad. Debe ser difícil manejar una maquinaria tan compleja así, recién llegado. Las manos, los pies, la cabeza… todo va a su bola. Es divertido mirarle intentando atrapar las cosas y llevárselas a la boca. Al final termina la boca yendo a las cosas y las extremidades haciendo su vida independiente del resto del cuerpo.

Le cogí aún antes de dar dos besos a mi amiga. Carcajada. Y yo que pensaba que iba a llorar… Le sostuve mientras su madre iba a cambiarse de ropa. Con críos ya se sabe… Daniel, que así se llama el “novato”, se empeñó en clavarme las encías en la camiseta y lo único que logró fue llenármela de babas. Yo no sé cómo podía salir tal cantidad de un cuerpo tan pequeño. “¡Pero chico!” – le dije. Le miré la carilla y él me correspondió agarrándome del pelo como si le fuese la vida en ello. Su padre nos miraba divertido, y yo recordaba avergonzada las tropecientas mil veces que le había dicho que no me gustaban los niños.

Cuando su madre consiguió dormirle nos fuimos. Y ya abajo, en la calle, le oímos llorar. Me la llevé casi a la fuerza. La cena fue bien, casi idéntica a la última vez que quedamos cuando ella aún estaba embarazada de éste. ¿Los temas de conversación? Roberto, que tiene ahora 3 años, su primer día de cole, el uniforme, el material escolar, la santa de su suegra, las arpías de las cuñadas (que lo son), los horarios ajustados al milímetro…

… y yo, como siempre, viviendo en la otra cara de la vida.