Reflexiones on-line
Ballesta dice:
Ay cani... tanto cariño esparcido por el mundo...
Ballesta dice:
y se cuela por los agujeros de la red
Ballesta dice:
porca miseria
Num dice:
( eso es de escribir y colgar )
Num dice:
es una verdad asi de grande
Ballesta dice:
A que lo cuelgo?
Num dice:
a que si!
Ay cani... tanto cariño esparcido por el mundo...
Ballesta dice:
y se cuela por los agujeros de la red
Ballesta dice:
porca miseria
Num dice:
( eso es de escribir y colgar )
Num dice:
es una verdad asi de grande
Ballesta dice:
A que lo cuelgo?
Num dice:
a que si!
Aranna XI
El trayecto hacia la Casa de la Abuela estaba resultando más duro de lo que Aranna había pensado en un principio. No para sus piernas, sino para su corazón. Se había empeñado en enfrentarse sola a aquel amargo trance y echaba de menos la jovialidad de su amigo Hathu.
Neithan caminaba tras ella, haciendo que la gente con la que se cruzaban rehuyera atemorizada ante su paso. Por los alrededores ya corría la noticia de que una nueva bruja había llegado para ocupar el puesto de la Abuela. Algunos habían reconocido a la discípula de la vieja hechicera. Decían que había vuelto muy cambiada y que tenía un demonio como servidor, cosa que a los habitantes de aquella comarca les hacía poca gracia. Para colmo la historia del “numerito” de la posada había corrido como la pólvora, lo que no ayudaba a la integración de la recién llegada entre sus nuevos vecinos. De todas formas, Aranna tampoco era de las que invitaban a tomar el té a los de la casa de al lado.
Al cabo de media hora de camino, la Casa de la Abuela apareció ante los ojos de la muchacha y su acompañante. Era una humilde construcción de una sola estancia, con paredes de adobe y techo de paja. La cal de sus muros azulaba con la luz del sol, todavía alto en el cielo. Junto a la casa, un olivo centenario parecía proteger con sus ramas retorcidas un pequeño montículo de piedras. Aranna cubrió el último tramo casi a la carrera. Jadeando, más por la congoja que por el esfuerzo realizado, se arrodilló ante la tumba de la mujer que la había criado y lloró en silencio.
Neithan caminaba tras ella, haciendo que la gente con la que se cruzaban rehuyera atemorizada ante su paso. Por los alrededores ya corría la noticia de que una nueva bruja había llegado para ocupar el puesto de la Abuela. Algunos habían reconocido a la discípula de la vieja hechicera. Decían que había vuelto muy cambiada y que tenía un demonio como servidor, cosa que a los habitantes de aquella comarca les hacía poca gracia. Para colmo la historia del “numerito” de la posada había corrido como la pólvora, lo que no ayudaba a la integración de la recién llegada entre sus nuevos vecinos. De todas formas, Aranna tampoco era de las que invitaban a tomar el té a los de la casa de al lado.
Al cabo de media hora de camino, la Casa de la Abuela apareció ante los ojos de la muchacha y su acompañante. Era una humilde construcción de una sola estancia, con paredes de adobe y techo de paja. La cal de sus muros azulaba con la luz del sol, todavía alto en el cielo. Junto a la casa, un olivo centenario parecía proteger con sus ramas retorcidas un pequeño montículo de piedras. Aranna cubrió el último tramo casi a la carrera. Jadeando, más por la congoja que por el esfuerzo realizado, se arrodilló ante la tumba de la mujer que la había criado y lloró en silencio.
Errata en un periódico de ámbito regional
La noticia habla de la solicitud de ayuda en la financiación para construir una sala de estimulación multisensorial en un centro de discapacitados, así como un centro de atención temprana.
En teoría, al lado del texto debería ir una foto de objetos de decoración fabricados por los discapacitados. Estos se pusieron a la venta para recaudar fondos y ayudar a la construcción de las instalaciones que he mencionado antes. En su lugar ya ves lo que sale. ¿Cuánto habrá costado todo eso?

En teoría, al lado del texto debería ir una foto de objetos de decoración fabricados por los discapacitados. Estos se pusieron a la venta para recaudar fondos y ayudar a la construcción de las instalaciones que he mencionado antes. En su lugar ya ves lo que sale. ¿Cuánto habrá costado todo eso?

Aranna X
- No le tengas miedo -dijo la hechicera-. ¿Te acuerdas del cuervo que traía conmigo?
- ¿El del truco de magia? -el hobbit olvidó su miedo ante la posibilidad de una respuesta a la pregunta que se había estado haciendo toda la noche.
- Sí, el del truco de magia. Bueno, pues él es el cuervo -dijo Aranna, señalando a Neithan.
- ¿En serio? -exclamó Hathu lleno de asombro-. ¿Y cómo lo hizo?
Aranna sonrió. Su amigo era el único ser viviente que aceptaría aquella afirmación sin cuestionársela.
- Pues no te lo sabría decir, pero sí puedo asegurarte que es un ser extraordinario -dijo la hechicera en tono misterioso.
Hathu lo observó con curiosidad y admiración. Luego se acercó a él. El color azul de sus ropas parecía brillar en contraste con el ser oscuro que tenía enfrente.
- Hola, me llamo Hathu -saludó el hobbit-. ¿Cómo te llamas?
No obtuvo respuesta, así que lo intentó de nuevo con la técnica que se usa para los extranjeros, que consiste en hablar a gritos, con infinitivos y separando las sílabas.
- YO HA-THU. ¿CO-MO LLA- MAR TÚ?
Nada.
De pronto la luz se hizo en el cerebro del hobbit. Lanzó una sonrisa de circunstancias a Neithan, que permanecía impasible, y se acercó a Aranna. Con toda la pena de su corazón, le dijo:
- Lo siento, no sabía que era sordo.
La chica se pasó una mano por la cara y respiró profundamente antes de contestar.
- Te oye perfectamente, Hathu, pero no puede hablar. Al menos, como lo estamos haciendo tú y yo ahora.
- ¿No? ¿Entonces cómo habla? ¿Por señas? -inquirió el hobbit.
- Por telepatía -dijo Aranna-, pero sólo puede comunicarse conmigo.
Hathu se sintió decepcionado.
- Anda, ¿y eso por qué? -preguntó a la hechicera.
- Porque estamos unidos de una forma muy especial -le espetó Aranna de forma concluyente.
Quería zanjar el asunto, pero sabía que su amigo no se daría por vencido.
- ¿Y qué forma es esa?
- ¿Sabes lo que es una simbiosis?
- No.
- ¿Sabes lo que es un cocodrilo?
- No.
- Entonces, digamos que yo le rasco la espalda a él, y él me la rasca a mí. ¿Entiendes?
- Hmm... -el hobbit se frotó la barbilla pensativo-. Más o menos.
Aranna aprovechó los breves instantes de reflexión de Hathu para ajustarse el gastado cinturón de cuero a la túnica y recoger sus bártulos. Neithan, al verla, comenzó a disminuir de tamaño para transformarse en cuervo, pero ella lo detuvo.
- No -le dijo-. Aunque lleven grilletes en los pies, los príncipes siempre caminan con la cabeza alta.
- Hasta que se la cortan -pensó Neithan para sí.
Había conseguido ganarse el respeto de la humana, pero no su confianza. Ella se negaba a revelarle su nombre de Poder hasta saber cuáles podrían ser las consecuencias, cosa que ni él mismo conocía. ¡Y encima se permitía ser condescendiente con él! Aquel detalle por parte de la hechicera le había dolido más que tener que rebajarse a tomar la forma de un bichejo cualquiera. Aún así, conservó su forma original.
- Vamos a comer algo, Hathu -propuso Aranna.
La palabra “comer” sacó al hobbit de su ensimismamiento. Con una carrerilla alcanzó a su amiga y a la sombra, que ya habían llegado al pasillo. El extraño grupo bajó las escaleras en silencio. El salón seguía estando vacío.
Aranna sintió que le tiraban de la manga. Bajó la vista hacia Hathu, que la mirada con su permanente expresión de curiosidad. La vocecilla del hobbit resonó en la estancia, rompiendo el silencio.
- ¿Qué es un cocodrilo?
- ¿El del truco de magia? -el hobbit olvidó su miedo ante la posibilidad de una respuesta a la pregunta que se había estado haciendo toda la noche.
- Sí, el del truco de magia. Bueno, pues él es el cuervo -dijo Aranna, señalando a Neithan.
- ¿En serio? -exclamó Hathu lleno de asombro-. ¿Y cómo lo hizo?
Aranna sonrió. Su amigo era el único ser viviente que aceptaría aquella afirmación sin cuestionársela.
- Pues no te lo sabría decir, pero sí puedo asegurarte que es un ser extraordinario -dijo la hechicera en tono misterioso.
Hathu lo observó con curiosidad y admiración. Luego se acercó a él. El color azul de sus ropas parecía brillar en contraste con el ser oscuro que tenía enfrente.
- Hola, me llamo Hathu -saludó el hobbit-. ¿Cómo te llamas?
No obtuvo respuesta, así que lo intentó de nuevo con la técnica que se usa para los extranjeros, que consiste en hablar a gritos, con infinitivos y separando las sílabas.
- YO HA-THU. ¿CO-MO LLA- MAR TÚ?
Nada.
De pronto la luz se hizo en el cerebro del hobbit. Lanzó una sonrisa de circunstancias a Neithan, que permanecía impasible, y se acercó a Aranna. Con toda la pena de su corazón, le dijo:
- Lo siento, no sabía que era sordo.
La chica se pasó una mano por la cara y respiró profundamente antes de contestar.
- Te oye perfectamente, Hathu, pero no puede hablar. Al menos, como lo estamos haciendo tú y yo ahora.
- ¿No? ¿Entonces cómo habla? ¿Por señas? -inquirió el hobbit.
- Por telepatía -dijo Aranna-, pero sólo puede comunicarse conmigo.
Hathu se sintió decepcionado.
- Anda, ¿y eso por qué? -preguntó a la hechicera.
- Porque estamos unidos de una forma muy especial -le espetó Aranna de forma concluyente.
Quería zanjar el asunto, pero sabía que su amigo no se daría por vencido.
- ¿Y qué forma es esa?
- ¿Sabes lo que es una simbiosis?
- No.
- ¿Sabes lo que es un cocodrilo?
- No.
- Entonces, digamos que yo le rasco la espalda a él, y él me la rasca a mí. ¿Entiendes?
- Hmm... -el hobbit se frotó la barbilla pensativo-. Más o menos.
Aranna aprovechó los breves instantes de reflexión de Hathu para ajustarse el gastado cinturón de cuero a la túnica y recoger sus bártulos. Neithan, al verla, comenzó a disminuir de tamaño para transformarse en cuervo, pero ella lo detuvo.
- No -le dijo-. Aunque lleven grilletes en los pies, los príncipes siempre caminan con la cabeza alta.
- Hasta que se la cortan -pensó Neithan para sí.
Había conseguido ganarse el respeto de la humana, pero no su confianza. Ella se negaba a revelarle su nombre de Poder hasta saber cuáles podrían ser las consecuencias, cosa que ni él mismo conocía. ¡Y encima se permitía ser condescendiente con él! Aquel detalle por parte de la hechicera le había dolido más que tener que rebajarse a tomar la forma de un bichejo cualquiera. Aún así, conservó su forma original.
- Vamos a comer algo, Hathu -propuso Aranna.
La palabra “comer” sacó al hobbit de su ensimismamiento. Con una carrerilla alcanzó a su amiga y a la sombra, que ya habían llegado al pasillo. El extraño grupo bajó las escaleras en silencio. El salón seguía estando vacío.
Aranna sintió que le tiraban de la manga. Bajó la vista hacia Hathu, que la mirada con su permanente expresión de curiosidad. La vocecilla del hobbit resonó en la estancia, rompiendo el silencio.
- ¿Qué es un cocodrilo?
La espera
Cuando llegamos a la consulta del médico sólo había una persona en la sala y otra dentro, con el doctor. A los cinco minutos llegó una mujer de raza gitana con su hija, de unos 20 años. Me preguntaron por qué hora iba y se sentaron a esperar su turno. Al poco llegó una señora. Consultó la lista, me preguntó ella también por el turno y se sentó a mi lado.
Hacía calor allí. El perfume de la señora se me estaba metiendo en las fosas nasales de forma implacable. Excesivo, como el collar de perlas sobre el jersey de angorina. Vulgar, como el peinado y el tinte rubio que le tapaba las canas a sus sesentaylargos. Ostentoso, como las sortijas de sus dedos y las pulseras por fuera de las mangas. Conjuntada a la perfección, la mujer ocupaba el tiempo de espera en mirar a las gitanas de reojo.
Por impulso, yo también las miré. La madre, oronda en la silla, se ajustaba la goma que sujetaba sus cabellos, largos hasta la cintura y de un negro azabache jaspeado por algunas canas. El delantal que llevaba sobre la falda me hizo recordar a mi abuela (q.e.p.d.), que tenía los de estar por casa y los de salir a “los mandaos”. Los pendientes, de coral. La piel aceitunada, los ojos verdes, hermosos, enmarcados por el negro de las pestañas y las cejas. La hija le cuchicheaba algo al oído y ella reía.
Salió el señor que había en la consulta y entraron las dos. Yo estaba atenta al mango de mi paraguas a falta de otra cosa de más interés, hasta que me distrajo una pareja que también me preguntó por el turno. El iba vestido al modo occidental. Ella con una túnica sobre la ropa y un pañuelo cubriendo su pelo. Eran de Marruecos. Esto lo sé porque el señor que había llegado antes que yo les preguntó. Les dijo que él había estado trabajando muchos años allí. Hablaron unos minutos al respecto y me di cuenta de que el hombre imitaba su acento, cosa que me pareció un tanto ridícula y que hizo sonreír al marroquí.
Salieron madre e hija y entró el imitador de dejes autóctonos. La de las perlas se aferró al bolso y se removió en su asiento. Miró su reloj y me dio un codazo. Yo la miré y aprovechó para decirme:
- Desde luego… No tenemos bastante con los gitanos. Nos faltaban los moros también. Yo no sé dónde vamos a ir a parar.
No le respondí. Miré a los marroquíes y sentí vergüenza.
Hacía calor allí. El perfume de la señora se me estaba metiendo en las fosas nasales de forma implacable. Excesivo, como el collar de perlas sobre el jersey de angorina. Vulgar, como el peinado y el tinte rubio que le tapaba las canas a sus sesentaylargos. Ostentoso, como las sortijas de sus dedos y las pulseras por fuera de las mangas. Conjuntada a la perfección, la mujer ocupaba el tiempo de espera en mirar a las gitanas de reojo.
Por impulso, yo también las miré. La madre, oronda en la silla, se ajustaba la goma que sujetaba sus cabellos, largos hasta la cintura y de un negro azabache jaspeado por algunas canas. El delantal que llevaba sobre la falda me hizo recordar a mi abuela (q.e.p.d.), que tenía los de estar por casa y los de salir a “los mandaos”. Los pendientes, de coral. La piel aceitunada, los ojos verdes, hermosos, enmarcados por el negro de las pestañas y las cejas. La hija le cuchicheaba algo al oído y ella reía.
Salió el señor que había en la consulta y entraron las dos. Yo estaba atenta al mango de mi paraguas a falta de otra cosa de más interés, hasta que me distrajo una pareja que también me preguntó por el turno. El iba vestido al modo occidental. Ella con una túnica sobre la ropa y un pañuelo cubriendo su pelo. Eran de Marruecos. Esto lo sé porque el señor que había llegado antes que yo les preguntó. Les dijo que él había estado trabajando muchos años allí. Hablaron unos minutos al respecto y me di cuenta de que el hombre imitaba su acento, cosa que me pareció un tanto ridícula y que hizo sonreír al marroquí.
Salieron madre e hija y entró el imitador de dejes autóctonos. La de las perlas se aferró al bolso y se removió en su asiento. Miró su reloj y me dio un codazo. Yo la miré y aprovechó para decirme:
- Desde luego… No tenemos bastante con los gitanos. Nos faltaban los moros también. Yo no sé dónde vamos a ir a parar.
No le respondí. Miré a los marroquíes y sentí vergüenza.
Aranna IX
Hathu se desperezó al límite del descoyuntamiento. Casi no había pegado ojo aquella noche pensando en todo lo que había pasado. La inesperada aparición de su amiga, el truco de magia... Bajó de la cama de un salto. Decidió ir a comer con ella, así podrían hablar con más tranquilidad. Abrió la ventana para dejar entrar la luz. El sol estaba muy alto ya, así que se dio prisa en vestirse y asearse. Había elegido unos pantalones de color azul hasta la rodilla, una camisa blanca y un chaleco a juego con los pantalones, con brillantes botones de latón. En los pies, nada, por supuesto. Los hobbits siempre van descalzos -salvo raras excepciones- porque poseen una gruesa piel en la planta de los pies que les permite caminar cómodamente sin calzarse. Además, sus piernas están cubiertas de vello desde las rodillas hasta casi la punta de los dedos, lo que les protege del frío y la humedad.
Hathu se miró al espejo. “¡Vaya pelos!” -se dijo. Intentó amagarlos con un poco de agua, pero los del flequillo se negaron a obedecer. Los demás siguieron su ejemplo. El resultado final fue el de siempre: un desastre. El hobbit frunció el ceño, arrepintiéndose de haberse cortado la melena. “Por lo menos, antes los llevaba atados” -se lamentó mientras se pasaba la mano por los crespos cabellos de color castaño (oscuro).
El viento helado de la noche anterior había dejado paso a una cálida y espléndida mañana de primavera, por lo que Hathu decidió prescindir del abrigo. Antes de salir pasó por la cocina y picó algo. Le gustaba dormir hasta tarde, pero le fastidiaba perderse las dos primeras comidas del día -los hobbits desayunan dos veces. O tres, o cuatro. Según-. Cogió un saquito con algo de dinero, cerró la puerta con llave y encaminó sus pasos hacia la posada de Karl.
Prajt barría vigorosamente la puerta del “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN”. Le encantaba levantar grandes polvaredas con la escoba. Lara le tenía dicho que rociara un poco de agua antes de empezar a barrer, pero a él lo que le gustaba era remover el polvo. Era uno de los mejores momentos del día y lo disfrutaba al máximo. Incluso se permitía cantar alguna que otra cancioncilla en su lengua, cosa que ponía los pelos de punta a aquel que tenía el dudoso privilegio de escucharle. Justo en medio de un escobazo especialmente enérgico alguien le llamó la atención.
-¡Eh, tú! ¿Quieres parar de hacer eso y dejarme pasar?
El trasgo dejó de barrer y se apoyó en el mango de la escoba, dos palmos más alto que él. Entre la nube de polvo pudo ver lo que en principio creyó que era un niño humano de unos ocho años, pero enseguida se dio cuenta de que se trataba del hobbit amigo de su amo. Se apartó a un lado y Hathu pasó frente a él, con una sonrisa de oreja a oreja. Una vez hubo desaparecido bajo el umbral de la posada, el trasgo reinició su tarea, pero no de tan buen humor como al principio. No le gustaban los hobbits, y menos el que acababa de ver. “Siempre traen problemas” -se dijo.
El salón de la posada estaba desierto. Hathu llamó un par de veces pero no apareció nadie, así que decidió subir al piso de arriba en busca de Aranna. Golpeó la puerta de la habitación donde se hospedaba su amiga.
-¿Quién es? -preguntaron desde dentro.
-Soy yo, Hathu. ¿Puedo pasar?
-Sí, adelante.
El hobbit empujó la puerta, y nada más entrar en el cuarto se quedó pegado al suelo. Detrás de la muchacha había una especie de sombra de casi dos metros de altura. Sus ojos, verdes y brillantes, se clavaban en la pequeña figura como un par de dagas afiladas. Hathu se quedó allí, con la boca abierta, como hipnotizado.
Tonterías
La gente está rara. Alguien comentaba que se encontraba mal anímicamente de un tiempo a esta parte y al momento, los que compartían conversación, dijeron que de una u otra forma también estaban afectados. Pero… ¿por qué? ¿Es algo que hay en el aire?
Mira que siempre he dicho que los humanos sois extraños, y cuanto más sé de vosotros más me lo parece. Hay muchos motivos para estar triste, no hay más que dar un repaso a la actualidad informativa. ¿Es por eso por lo que muchos andáis como almas en pena? No. Desafortunadamente poco podéis hacer de forma individual, y no quiero ahora hablar de utopías sino del mundo que cada cual lleva dentro de sí.
La culpa de todo la tiene lo que vosotros llamáis tonterías. “Tengo el día tonto” es, en sus diversas variantes, una frase que me llega muchas veces hasta la alcayata desde donde os observo. Y me da rabia que penséis que toda esa amalgama de sentimientos y sensaciones que os zarandean el estado de ánimo sean consideradas así. Pero así las llamáis porque os da vergüenza reconocer que en realidad son importantes. El sentirse solo, el necesitar un abrazo o un beso, el no tener a nadie con quién compartir un pensamiento… todas esas cosas os pesan como una losa sobre vuestras espaldas. Y estáis tristes, y con razón.
Demostrar afecto o cariño o incluso amor es tomado como síntoma de debilidad muchas veces. Admitir que se necesita es, hoy por hoy, una locura que sólo cometéis ante alguien que os ha tensado al máximo. O por el contrario, ante alguien ajeno a vuestro entorno que no pueda acercarse a vosotros lo suficiente como para haceros daño. Porque estas tonterías duelen, están bajo el escudo. Y una vez traspasado ya no hay remedio.
No sé por que fingís tomaros a la ligera todo este asunto, pero en fin… allá vosotros. Quizá es la madera y el metal la que evita que os entienda. Un día de estos echaré mano de la magia y la cambiaré por carne y hueso. Lo mismo así…
Por cierto, últimamente me noto algo desajustada… Serán tonterías mías.
Mira que siempre he dicho que los humanos sois extraños, y cuanto más sé de vosotros más me lo parece. Hay muchos motivos para estar triste, no hay más que dar un repaso a la actualidad informativa. ¿Es por eso por lo que muchos andáis como almas en pena? No. Desafortunadamente poco podéis hacer de forma individual, y no quiero ahora hablar de utopías sino del mundo que cada cual lleva dentro de sí.
La culpa de todo la tiene lo que vosotros llamáis tonterías. “Tengo el día tonto” es, en sus diversas variantes, una frase que me llega muchas veces hasta la alcayata desde donde os observo. Y me da rabia que penséis que toda esa amalgama de sentimientos y sensaciones que os zarandean el estado de ánimo sean consideradas así. Pero así las llamáis porque os da vergüenza reconocer que en realidad son importantes. El sentirse solo, el necesitar un abrazo o un beso, el no tener a nadie con quién compartir un pensamiento… todas esas cosas os pesan como una losa sobre vuestras espaldas. Y estáis tristes, y con razón.
Demostrar afecto o cariño o incluso amor es tomado como síntoma de debilidad muchas veces. Admitir que se necesita es, hoy por hoy, una locura que sólo cometéis ante alguien que os ha tensado al máximo. O por el contrario, ante alguien ajeno a vuestro entorno que no pueda acercarse a vosotros lo suficiente como para haceros daño. Porque estas tonterías duelen, están bajo el escudo. Y una vez traspasado ya no hay remedio.
No sé por que fingís tomaros a la ligera todo este asunto, pero en fin… allá vosotros. Quizá es la madera y el metal la que evita que os entienda. Un día de estos echaré mano de la magia y la cambiaré por carne y hueso. Lo mismo así…
Por cierto, últimamente me noto algo desajustada… Serán tonterías mías.
Aranna VIII
La hechicera abrió los ojos de par en par, atónita, soltándole de repente.
-No puede ser -susurró.
-¿Qué es lo que no puede ser? -preguntó Neithan utilizando la telepatía.
-¡Tú no puedes ser! -dijo Aranna, alzando la voz. Los dioses te eliminaron, acabaron contigo.
Si hubiese podido, Neithan habría soltado una carcajada. Así que se conformó con reírse para sus adentros.
-¿Los dioses? Los dioses son un atajo de viejos chochos y decadentes incapaces de controlar a las criaturas que crean -sus ojos destellaron maliciosamente-. Cuando nació la Humanidad, me enviaron a mí para... supervisaros, por decirlo de alguna manera; pero vosotros erais distintos a los demás seres creados. En un principio pensé que era un crimen manteneros en la ignorancia, así que escogí a unos cuantos humanos para transmitirles los conocimientos que los que llamáis dioses os habían negado. Mientras el resto de los humanos malgastaban tiempo y energía en hacer ofrendas inútiles para ganarse la protección de su Dios favorito, yo adiestraba a mis alumnos en las Ciencias, en las Artes... y en la Magia. Solo trece llegaron al final.
-¡Los Trece Ancianos! -exclamó la chica estupefacta.
-Exacto -transmitió el ente, cruzando los brazos sobre el pecho-. Luego viajaron a todos los rincones del mundo, difundiendo mis enseñanzas a los que ellos creyeron idóneos y fundando las Ordenes que conoces, entre ellas, la tuya.
Aranna se sentó en el borde de la cama, incapaz de aguantarse de pie. Aquello la desbordaba completamente. Neithan prosiguió:
-Mi proyecto funcionaba a la perfección. Una vez que los Hombres estuviesen preparados, serían capaces de enfrentarse a los mismos dioses. Juntos derrocaríamos el gobierno de caos al que estaba sometido el mundo e instauraríamos un nuevo orden... en el que yo sería el Dios Supremo, por supuesto.
La encarnación de la Oscuridad se quedó mirando al techo, sumida en sus pensamientos.
Después de un largo rato, todavía seguía mirando al techo.
Aranna, temiendo que le hubiese dado un mal aire, se atrevió a preguntar:
-¿Y qué fue lo que falló?
La última sílaba todavía resonaba en la habitación cuando su campo de visión se llenó completamente de verde. Neithan, inclinado sobre ella, la miraba fijamente a los ojos.
-¿Qué falló? ¡Vosotros! ¡Vuestra soberbia! ¡Vuestra estupidez! Fui requerido por los dioses para uno de sus absurdos desatinos. Debía mostrarme servicial con ellos para que no sospecharan nada, así que os dejé solos durante un tiempo. ¿Y qué fue lo que hicisteis en mi ausencia? ¡Convertir el mundo en un espectáculo de fuegos artificiales!
La sombra se incorporó lentamente, lo que supuso un alivio para la asustada muchacha.
-Ebrios de poder, declarasteis la guerra a los demás pueblos para dominarlos. Los Enanos, los Hobbits y los Gigantes os combatieron con las armas. Los Elfos y los demás seres llamados del Otro Mundo, con la Magia. Aquel estado de anarquía llamó la atención de los dioses, que decidieron acabar con el problema de raíz. El mismo Gran Patriarca bajó a la Tierra sobre un carro de fuego, como de costumbre, y pidió responsabilidades. Los hombres que me juraron lealtad a cambio del Conocimiento se postraron ante él y me traicionaron. Luego imploraron su perdón, pero el Creador los mandó exterminar. Cuando regresé, me capturaron y me convirtieron en lo que soy ahora. Me despojaron de mi identidad. ¡Me arrebataron mi Nombre, mi esencia! Me condenaron a vagar por el éter, y allí permanecí hasta que fui invocado para poseerte. Ahora me encuentro unido a ti, a una criatura de la especie que provocó mi caída, y me veo obligado a protegerte para sobrevivir. Ya que no puedo volver a ser lo que fui, devuélveme al menos mi Nombre.
Aranna dudó. Si él era el maestro de todos los magos del mundo, ¿por qué no era capaz de averiguar su propio nombre? Formuló la pregunta y de nuevo sintió su mente invadida por la de Neithan.
-¿Es que no has entendido nada? ¡Me arrebataron todo mi poder! ¿Puedes llegar a imaginarte lo duro que es para mí verme rebajado de esta manera? Ni siquiera pude negarme a acudir cuando me invocaron.
Un sentimiento de compasión llenó el pecho de la hechicera. Ella conocía parte de la historia, pero no tenía nada que ver con la versión que acababa de escuchar. Sólo sabía que los dioses habían exterminado a los miembros de las Trece Ordenes por haber secundado la rebelión de su enviado a la Tierra. Algunos de los que lograron escapar a la masacre siguieron fieles a su Maestro. Intentaron reorganizar las Órdenes, pero sólo consiguieron recuperar siete de ellas. Con el tiempo, los conocimientos se fueron degradando y el Príncipe Desterrado pasó a ser una leyenda. Aranna intentaba recordar todo lo que aprendió acerca de él en sus tiempos de estudiante, y se maldijo por no haber prestado más atención a sus mentores.
La sombra se acuclilló frente a ella, mirándola a los ojos.
-Aranna -la hechicera casi pudo oír la voz argentina de Neithan-, tú puedes enmendar una parte del daño que me hicieron los de tu especie, tú puedes ganar mi perdón para ellos. Vamos, pronuncia mi Nombre.
Sentada aún en la cama, la hechicera entrelazó las manos y las aprisionó entre las rodillas. Bajó la cabeza hasta que el pelo le cubrió la cara y dijo:
-Lo siento, pero no puedo.
-No puede ser -susurró.
-¿Qué es lo que no puede ser? -preguntó Neithan utilizando la telepatía.
-¡Tú no puedes ser! -dijo Aranna, alzando la voz. Los dioses te eliminaron, acabaron contigo.
Si hubiese podido, Neithan habría soltado una carcajada. Así que se conformó con reírse para sus adentros.
-¿Los dioses? Los dioses son un atajo de viejos chochos y decadentes incapaces de controlar a las criaturas que crean -sus ojos destellaron maliciosamente-. Cuando nació la Humanidad, me enviaron a mí para... supervisaros, por decirlo de alguna manera; pero vosotros erais distintos a los demás seres creados. En un principio pensé que era un crimen manteneros en la ignorancia, así que escogí a unos cuantos humanos para transmitirles los conocimientos que los que llamáis dioses os habían negado. Mientras el resto de los humanos malgastaban tiempo y energía en hacer ofrendas inútiles para ganarse la protección de su Dios favorito, yo adiestraba a mis alumnos en las Ciencias, en las Artes... y en la Magia. Solo trece llegaron al final.
-¡Los Trece Ancianos! -exclamó la chica estupefacta.
-Exacto -transmitió el ente, cruzando los brazos sobre el pecho-. Luego viajaron a todos los rincones del mundo, difundiendo mis enseñanzas a los que ellos creyeron idóneos y fundando las Ordenes que conoces, entre ellas, la tuya.
Aranna se sentó en el borde de la cama, incapaz de aguantarse de pie. Aquello la desbordaba completamente. Neithan prosiguió:
-Mi proyecto funcionaba a la perfección. Una vez que los Hombres estuviesen preparados, serían capaces de enfrentarse a los mismos dioses. Juntos derrocaríamos el gobierno de caos al que estaba sometido el mundo e instauraríamos un nuevo orden... en el que yo sería el Dios Supremo, por supuesto.
La encarnación de la Oscuridad se quedó mirando al techo, sumida en sus pensamientos.
Después de un largo rato, todavía seguía mirando al techo.
Aranna, temiendo que le hubiese dado un mal aire, se atrevió a preguntar:
-¿Y qué fue lo que falló?
La última sílaba todavía resonaba en la habitación cuando su campo de visión se llenó completamente de verde. Neithan, inclinado sobre ella, la miraba fijamente a los ojos.
-¿Qué falló? ¡Vosotros! ¡Vuestra soberbia! ¡Vuestra estupidez! Fui requerido por los dioses para uno de sus absurdos desatinos. Debía mostrarme servicial con ellos para que no sospecharan nada, así que os dejé solos durante un tiempo. ¿Y qué fue lo que hicisteis en mi ausencia? ¡Convertir el mundo en un espectáculo de fuegos artificiales!
La sombra se incorporó lentamente, lo que supuso un alivio para la asustada muchacha.
-Ebrios de poder, declarasteis la guerra a los demás pueblos para dominarlos. Los Enanos, los Hobbits y los Gigantes os combatieron con las armas. Los Elfos y los demás seres llamados del Otro Mundo, con la Magia. Aquel estado de anarquía llamó la atención de los dioses, que decidieron acabar con el problema de raíz. El mismo Gran Patriarca bajó a la Tierra sobre un carro de fuego, como de costumbre, y pidió responsabilidades. Los hombres que me juraron lealtad a cambio del Conocimiento se postraron ante él y me traicionaron. Luego imploraron su perdón, pero el Creador los mandó exterminar. Cuando regresé, me capturaron y me convirtieron en lo que soy ahora. Me despojaron de mi identidad. ¡Me arrebataron mi Nombre, mi esencia! Me condenaron a vagar por el éter, y allí permanecí hasta que fui invocado para poseerte. Ahora me encuentro unido a ti, a una criatura de la especie que provocó mi caída, y me veo obligado a protegerte para sobrevivir. Ya que no puedo volver a ser lo que fui, devuélveme al menos mi Nombre.
Aranna dudó. Si él era el maestro de todos los magos del mundo, ¿por qué no era capaz de averiguar su propio nombre? Formuló la pregunta y de nuevo sintió su mente invadida por la de Neithan.
-¿Es que no has entendido nada? ¡Me arrebataron todo mi poder! ¿Puedes llegar a imaginarte lo duro que es para mí verme rebajado de esta manera? Ni siquiera pude negarme a acudir cuando me invocaron.
Un sentimiento de compasión llenó el pecho de la hechicera. Ella conocía parte de la historia, pero no tenía nada que ver con la versión que acababa de escuchar. Sólo sabía que los dioses habían exterminado a los miembros de las Trece Ordenes por haber secundado la rebelión de su enviado a la Tierra. Algunos de los que lograron escapar a la masacre siguieron fieles a su Maestro. Intentaron reorganizar las Órdenes, pero sólo consiguieron recuperar siete de ellas. Con el tiempo, los conocimientos se fueron degradando y el Príncipe Desterrado pasó a ser una leyenda. Aranna intentaba recordar todo lo que aprendió acerca de él en sus tiempos de estudiante, y se maldijo por no haber prestado más atención a sus mentores.
La sombra se acuclilló frente a ella, mirándola a los ojos.
-Aranna -la hechicera casi pudo oír la voz argentina de Neithan-, tú puedes enmendar una parte del daño que me hicieron los de tu especie, tú puedes ganar mi perdón para ellos. Vamos, pronuncia mi Nombre.
Sentada aún en la cama, la hechicera entrelazó las manos y las aprisionó entre las rodillas. Bajó la cabeza hasta que el pelo le cubrió la cara y dijo:
-Lo siento, pero no puedo.





