logotipo

img_google
Reflexiones de un trasto
Están locos estos humanos
Acerca de
Soy una ballesta, por si no te has puesto las gafas para mirar la foto.
Sindicación
 
Divinas efemérides
En estas fechas tan entrañables en las que se celebra el nacimiento de Jesús –aunque el feliz acontecimiento sucedió en primavera-, me gustaría felicitar a las demás divinidades, que también eligieron tan significativo día para venir a este valle de lágrimas.

Así pues, mi más sincera felicitación a:

ATTIS, de Frigia

BUDA, de India y China

DIONISOS, de Atenas

HERACLES, de Grecia

KRISHNA, de la India

MITRA, de Persia

ZOROASTRO, de Babilonia

HORUS, de Egipto

BOCHICA, de los Chibchas de Colombia

KULKUKÁ, del pueblo Maya

QUETZALCOATL, del pueblo Azteca

WIRACOCHA, del pueblo Inca...

...y a alguno que me dejaré en el tintero.

A todos ellos, y a todos vosotros… ¡¡Feliz Solsticio de Invierno!!




 
Aranna XV

Aranna se aferraba al cuello del caballo sobre el que galopaba, sujetándose a las crines desesperadamente. Boldo, el Maestro Herrero de Villamarcha, había ido a buscarla para solicitar su ayuda. A él no le asustaban los cuentos de viejas sobre brujas malas y demonios de ojos centelleantes. Lo único que sabía era que aquella mujer podía ayudar a su nuera. Estaba dando a luz y el parto se presentaba difícil.

Entraron en el pueblo como alma que lleva el diablo, haciendo que los vecinos se asomasen a las ventanas y a los quicios de las puertas. Muchos les siguieron para ver lo que había pasado, así que llegaron a la Herrería escoltados por una multitud cuchicheante. A pesar de su avanzada edad, el Maestro Herrero desmontó de un salto y atravesó corriendo la entrada de la casa. Era un edificio de piedra, sólidamente construido. La Herrería ocupaba la planta baja y arriba habitaban Boldo, su hijo Holrod con su esposa, sus tres nietos -hijos de los anteriores-, y el más joven de sus vástagos, Gargund.

Aranna siguió al anciano y subió los escalones lo más rápido que pudo, con Neithan detrás transformado en cuervo.

- ¡Por aquí! -gritó el herrero frente a la puerta de una estancia al final del pasillo.

La muchacha hizo un “sprint” para salvar los últimos metros y casi se traga al pobre hombre, que tuvo que servirle de freno.

Cuando entró en el dormitorio se le encogió el estómago. En una cama yacía una mujer que luchaba con todas sus fuerzas por traer un hijo al mundo. Un hombre, que Aranna supuso su marido, aferraba su mano intentando reprimir las lágrimas. La sangre había empapado las sábanas y había inundado el aire con su olor acre y dulzón.

Aranna se acercó a la cama y palpó el vientre de la mujer mientras le dirigía palabras de aliento. Después introdujo su mano para hacerse una idea de la situación, y dijo:

- Este niño viene de culo.

Holrod y Boldo la fulminaron con la mirada. Al darse cuenta, Aranna rectificó.

- Quiero decir que viene de nalgas, ¡que está del revés, vaya!

El anciano se mesó los ralos y canosos cabellos y apretó el hombro de su hijo para infundirle valor. La mujer gritaba y jadeaba, al límite de su resistencia. De pronto arqueó la espalda y puso los ojos en blanco.

- ¡No! -gritó Aranna-, ¡te necesito aquí!

Se desprendió de una bolsa que llevaba sujeta a la espalda y sacó un frasquito de color azul. Quitó el tapón y vertió unas gotas en la boca de la parturienta. Pasados unos interminables segundos, su cuerpo se relajó y la mujer recuperó la consciencia. Aranna echó un vistazo a su alrededor y vio que habían hecho los preparativos para el parto. Un balde de agua caliente, toallas limpias, cordel... Perfecto.

Los dos hombres permanecían quietos y en silencio. Holrod secaba la frente de su esposa con un paño mientras ella miraba a su alrededor. Aranna aprovechó para captar su atención.

- ¿Cómo te llamas? -preguntó.

La mujer intentó centrar la vista en ella, pero sus ojos bizqueaban.

- A... Ammya.

Aranna le sonrió, intentando transmitirle tranquilidad.

- Bueno, Ammya. Todo va a salir bien, ¿de acuerdo? Tú haz lo que yo te diga.

Aranna volvió a introducir su mano para intentar calcular la posición exacta del niño. Tendría que darle la vuelta si quería sacarlo, así que se puso manos a la obra.

Una multitud se había congregado frente a la Herrería de Boldo. Sabían que la mujer de Holrod iba a tener un bebé, y que la bruja estaba con ella. Se barajaba la hipótesis de que la madre había muerto, pues los gritos habían cesado de repente. Sin embargo, a veces se oía la voz de la hechicera ordenándole que empujara, o solicitando alguna cosa.

El ocaso había caído sobre el pueblo cuando estalló un llanto nacido de unos pulmones recién estrenados. Los vecinos que poco a poco habían ido congregándose frente a la Herrería celebraron la buena noticia con gritos y aplausos, cosa que sobresaltó a los agotados protagonistas del finalmente feliz acontecimiento.

Una de las ventanas se abrió y apareció la cabeza del Maestro Herrero con una desdentada sonrisa de oreja a oreja.

- ¡Es un niño! -gritó-. ¡La madre vivirá!

Todos aplaudieron con renovado entusiasmo. El Maestro Herrero no era muy rico, pero seguro que estaba deseando celebrar la llegada de un nuevo miembro de la familia. Así que nadie se movió de allí hasta que comenzó a correr la cerveza (a cuenta del flamante abuelo, naturalmente).

Aranna dejó a Ammya y al niño al cuidado de Holrod y abandonó el dormitorio con el pecho henchido de alegría y orgullo. El cuervo, que hasta entonces había pasado desapercibido para todos, salió tras ella y voló hasta su hombro.

- ¡Hola, Neithan! ¿Acaso hay algo en este mundo que se pueda comparar al milagro que acabamos de presenciar? -dijo, con la voz cargada de emoción.

- Francamente -respondió Neithan por vía telepática-, sería difícil encontrar algo tan sumamente repulsivo como la cosa amoratada y llena de arrugas que ha salido del cuerpo de esa humana.

- Puedes decir lo que quieras, pero no me vas a amargar este momento. ¡Me voy a celebrarlo!

Estaba llegando al final del pasillo cuando llamaron su atención desde atrás. Al girarse vio un hombre -un magnífico ejemplar de hombre, pensó ella- que se acercaba. Era alto y corpulento, de rasgos vigorosos y ojos profundos y penetrantes. El pelo, fino y lacio, le caía sobre los anchos hombros. Vestía una túnica corta de cuero suave y sin mangas, ceñida con un ancho cinturón, lo que remarcaba el esplendor de su anatomía. El cuervo abrió las alas con gesto amenazador.

- Soy Gargund, cuñado de Ammya. Mi padre me ha encargado que os recompense por vuestros servicios. Pedid lo que queráis.

Aranna sonrió estúpidamente, ruborizada hasta el límite. El pensamiento de Neithan llegó a su cabeza como un latigazo:

- ¡No puedes pedirle eso!

La muchacha carraspeó incómoda.

Aranna dejó a un lado sus fantasías y pensó en algo más práctico. Por ejemplo, una cabra que la abasteciera de leche. Eso sería estupendo. Leche fresca todos los días, y queso, y cuajada... pero le parecía un precio excesivo. No tenía ni idea del estado actual de las tarifas, así que se limitó a solicitar lo que le pareció justo.

- Esto... Bueno, un par de gallinas será suficiente -aventuró.

- Las tendréis. Yo mismo me encargaré de llevarlas a vuestra casa.

 
Aranna XIV
Tras una corta primavera y un eterno verano, el otoño llegó a Villamarcha. Se presentó de repente, como era su costumbre en aquellas tierras. Las noches comenzaban a ser frías y todo el mundo se preparaba para la pronta venida del invierno. Todo el mundo menos la bruja del pueblo, que veía su futuro bastante negro.

Aquel año nadie requirió sus servicios para bendecir los campos, nadie necesitó un filtro de amor, nadie enfermó, ninguna criatura vino al mundo...

Naturalmente, todos esos acontecimientos tuvieron lugar, pero ninguno de los habitantes de los alrededores quería la ayuda de una bruja que tenía un demonio como servidor. No inspiraba confianza.

El único que se sentía orgulloso de tener algo que ver con ella era un hobbit llamado Hathu. La había visitado alguna vez después de su llegada, pero últimamente no sabía nada de ella. Había estado muy ocupado administrando varias fincas de los alrededores.

Hathu estaba terminando el postre -llevaba media hora haciéndolo- cuando decidió ir a ver a Aranna. Una vez dada buena cuenta de un magnífico y variado surtido de repostería, ensilló su pony y se encaminó hacia la senda que conducía a las afueras. Tanto el animal como su dueño disfrutaban del paseo, y la mente del hobbit divagaba ayudada por el suave balanceo y el rítmico golpeteo de los cascos sobre el suelo.

Estaba a mitad de camino cuando divisó a lo lejos una polvareda. En menos que canta un gallo, dos jinetes pasaron a su lado a toda velocidad. Su sorpresa fue mayúscula cuando cayó en la cuenta de que Aranna era uno de ellos. Más que montar, luchaba por sostenerse sobre la silla. Su acompañante llevaba sujetas las riendas de su montura, por lo que la muchacha se agarraba desesperadamente a las crines de su caballo para no salir despedida. Un cuervo les perseguía.

Hathu hizo girar al pony.

- ¡Arre, Panda! ¡Vamos tras ellos! -gritó y le clavó los talones en el vientre.

El pony le miró pausadamente, mordisqueó el bocado y emprendió la marcha al trote, pero Hathu se inclinaba sobre su cuello como si cabalgara sobre el viento.

Dos labriegos que tomaban un respiro le vieron pasar, apoyados en sendos legones.

- Mira -le dijo uno al otro dándole un codazo-, una alegoría del Optimismo.

El segundo escupió una brizna de hierba seca que le colgaba del labio, se enderezó el
sombrero y contestó:

- Yo más bien diría que se trata de una representación metafórica del autoengaño, ¿no crees?

- Podría ser, pero ¿podría hablarse de autoengaño si el propio “yo” no es consciente de la falsa realidad que él mismo produce?

El primero se rascó el cogote, sopesó la pregunta durante unos segundos y luego dijo:

- ¿Y a mí qué me cuentas? ¡Yo soy de Ciencias!


 
Melodía
A veces la música que es capaz de conmover hasta la última fibra de tu cuerpo y hasta el último rincón de tu alma sale del lugar más insospechado.

Y el aliento que la impulsa no surge de los pulmones ni acaricia labio alguno.

Y el sonido más limpio, el que atraviesa tus oídos sin apenas rozar los tímpanos, no proviene de instrumentos hechos de oro ni maderas preciosas.

Los dedos que dan forma a esa melodía quizá no existan para otra cosa.

Es más, quizá no existan. Como la partitura, como los ojos que la leen, como el mismo compositor.

El intérprete sabe para quién toca.

Siempre lo sabe.

 
Aranna XIII

El hogar se encontraba en la pared opuesta a la puerta de entrada, y a ambos lados se extendían dos jergones. Uno de ellos había pertenecido a la Abuela, pero Aranna no había querido deshacerse de él ni de otras muchas cosas que se la recordaban, como la mecedora en la que solía sentarse frente a la chimenea. Una alacena, un gran baúl y tres taburetes completaban el parco mobiliario, amén de las lejas cubiertas con multitud de recipientes y demás enseres brujeriles, que ocupaban cualquier sitio libre en las paredes.

Neithan permanecía en un rincón, confundiéndose con la oscuridad que crecía conforme el sol descendía en el horizonte. Únicamente sus ojos eran visibles, vigilando a la pequeña criatura sentada sobre la madera de la mesa, atenta a cualquier sonido extraño.

Aranna cogió un taburete y se sentó frente a ella. El hada, una vez recuperada la compostura, irguió la espalda y esperó a que hablara.

- Dime quién eres y de dónde vienes -ordenó Aranna.

- Me llamo Lalaith, y soy un hada nómada.

- ¡No me mientas! -dijo la hechicera levantando la voz y dando una palmada en la mesa. En realidad no estaba segura de que la pequeña criatura estuviese mintiendo, pero por probar...

Lalaith fijó la vista en sus manos, apoyadas en el regazo. Estaba asustada y aturdida. La bruja le daba miedo. Tenía cara de pocos amigos, y el ser que había en el rincón ni siquiera tenia cara. Su engaño había sido descubierto. Definitivamente estaba a merced de aquellos dos, así que decidió colaborar.

- En realidad no soy un hada nómada -balbuceó.

“¡Toma ya, qué buena soy!” -pensó Aranna para sí.

- Vengo de los bosques del interior, en la comarca de Arbajete. Pertenezco al Clan de la Reina Shail. Pertenecía, mejor dicho.

El hada titubeó.

- ¿Qué pasó? -exigió Aranna.

- Quebranté una regla muy importante para los de mi raza.

- ¿Cuál? -inquirió la Hechicera.

- Bueno, -Lalaith se concentró unos instantes para hacer memoria, cogió aire y recitó de carrerilla: -según la “Ley de los Duendes, Hadas, Gnomos y demás Gente Menuda”, artículo nº 187 del Código de Conducta (anexo III), “ningún Duende, Hada, Gnomo y/o cualquier otro ser perteneciente a la llamada “Gente Menuda” debe influir en los criterios o decisiones de los demás, sea cual sea su raza o condición”. A mí me pillaron dando un consejo.


Aranna comprendió de pronto la magnitud de la falta cometida por Lalaith. Las Hadas tenían una visión muy particular de las cosas. La Ética y la Moral no existían para ellas, hasta el punto de arrebatar un bebé de los brazos de su madre simplemente porque les parecía un encanto. La hechicera no quiso ni pensar en las consecuencias de un consejo dado por un hada.

- Y ahora te andan buscando, ¿no?

- Sí. Me perseguían al menos veinte excompañeras cuando me estrellé contra vuestra casa. Por cierto -se palpó la frente con los dedos-, me va a salir un chichón de tres pares de c... narices. ¡Joder, cómo duele!

La pequeña criatura frotó sus diminutas manos unos segundos hasta que comenzaron a brillar con una tenue luz verde. Luego las presionó contra la incipiente hinchazón de su frente, y ésta desapareció. (La hinchazón, no la frente).

- Mucho mejor -afirmó.

Aranna la observaba con curiosidad. No había tenido mucha relación con las Hadas, pero sabía lo suficiente sobre ellas como para no fiarse de su apariencia frágil y su dulce vocecilla aflautada. Aunque aquélla tenía un timbre un tanto peculiar y un vocabulario no muy acorde con su aspecto.

Estuvo a punto de preguntarle si tenían tabernas en el Otro Mundo, pero se lo pensó mejor y cambió la pregunta.

- ¿Por qué quebrantaste las normas si sabías a lo que te exponías?

- Pues porque pensé que no había nada malo en ayudar al prójimo. Esa norma es estúpida. Además, no creo que hubiese tardado mucho tiempo en largarme. Estaba harta de bailar al son que toca la Reina.

“¡Dioses, un hada rebelde! Esto puede ser terrible” -pensó Aranna.

- ¿Sabes que puedo entregarte en cualquier momento, Lalaith?

Odiaba amenazar a nadie, pero no podía consentir que el cóctel explosivo que tenía delante se le descontrolara. Al menos, hasta saber cuáles eran sus intenciones.

El hada se incorporó de un salto y su cuerpo comenzó a brillar con una tenue luz dorada. Neithan, al sentir una repentina concentración de magia en torno a la criatura, avanzó hasta la mesa.

- No... no pensaréis entregarme, ¿verdad? -preguntó el hada con una risilla desesperada.

Aranna no contestó.

El hada palideció y se volvió a sentar en la mesa, hundida en su desesperación. A la hechicera se le partía el corazón, pero debía mostrarse implacable. Los ojos arrasados de lágrimas de la criatura se elevaron hasta encontrar los de Aranna.

- Si me entregáis me encerrarán en una roca por toda la eternidad, o algo peor. Estoy en vuestras manos, señora, vos decidís -concluyó con toda la entereza de la que fue capaz.

Aranna decidió no presionarla más.

- Está bien, no te entregaré -concedió.

- ¡Estupendo! -palmoteó el hada, sorprendentemente recuperada-. ¡Entonces me quedo!

- ¡Eh, yo no he dicho eso! -protestó la hechicera, cogida por sorpresa. Neithan miró a Aranna y frunció el entrecejo, o al menos esa fue su intención.

Lalaith se puso de pie sobre la mesa.

- ¡Pero si me voy ahora me atraparán! Están cerca, puedo sentirlas -dijo en tono siniestro.

La muchacha se rindió.

- Está bien, puedes quedarte. ¡Pero no quiero problemas! -amenazó con un dedo.

- ¡De puta madre! -celebró la nueva inquilina-. ¿Tienes algo comestible por aquí? Me muero de hambre. ¿Y quién es el “cansao” éste?

“Me costará acostumbrarme a esto” -pensó Aranna, aunque en el fondo casi estaba agradecida por el soplo de aire fresco que había traído consigo aquella loca en miniatura. Neithan comenzaba a resultar demasiado tétrico incluso para ella. “Quizá si fuese un poco más humano...”.

- ¿Humano? ¡Cualquier cosa menos eso! -protestó Neithan.
-
Aranna sonrió. Precisamente protestar era lo más humano del mundo.

 
Aranna XII
La última semana había resultado agotadora, pero al fin consiguió hacer de aquel estropicio un lugar habitable al cabo de un año de abandono absoluto. Después de desbrozar el pequeño huerto de detrás de la casa, Aranna decidió que se merecía un descanso. La primavera estaba anunciando su llegada y el sol calentaba con fuerza. Sacó agua del aljibe, la vertió en una palangana y, sentada en el portal, comenzó a lavarse bajo la atenta mirada de su guardián.

- ¿Sabes una cosa? -dijo la muchacha mientras se humedecía la nuca-. Se me hace extraño pensar que voy a establecerme aquí, pero no me desagrada la idea. Incluso puede que me permita tener vida social, mira tú por dónde.

Neithan se giró bruscamente y avanzó unos pasos alejándose de ella.

- ¡Pues si no te gusta la idea, te aguantas! -protestó Aranna-. Una tiene sus necesidades, y no pienso...

La sombra alzó una mano pidiendo silencio. La hechicera se levantó, poniéndose en guardia con la destreza que da la práctica. Al momento pudo ver un puntito luminoso que se aproximaba a gran velocidad hacia ellos.

- ¿Pero qué...?

Únicamente les dio tiempo a girarse y ver cómo una bola de luz dorada del tamaño de un puño les esquivaba y se estrellaba contra la pared de la casa. Asombrados, fueron hacia el lugar del impacto. En el suelo yacía una personita de unos diez centímetros tendida de bruces. Tenía una melena lisa y cobriza y estaba vestida con un ligero tul de color rosa. A la altura de sus omoplatos nacían dos élitros iridiscentes.

Aranna se arrodilló ante ella y le dio la vuelta, empujándola con un dedo.

- ¡Es un hada! -dijo levantando la vista hacia Neithan-. ¿Qué estará haciendo aquí?

- ¿Y yo qué se? -respondió él, telepáticamente.

- No es necesario que me contestes. Es una pregunta retórica.

- Es una pregunta inútil.

- Ya, pero...

La muchacha no terminó la frase porque se percató de que la pequeña criatura se estaba incorporando trabajosamente. El hada sacudió su diminuta cabeza, los miró con unos ojos negros y almendrados, y exclamó con voz de tabernera:

- ¡Me cago en la puta...!

Los testigos del accidentado suceso esperaban cualquier cosa menos eso. Quizá un leve tintineo de campanillas...

Pues no.

El hada consiguió ponerse en pie, todavía aturdida y tambaleante, ante la mirada estupefacta de Neithan y Aranna.

- Escucha, eh... Escuchad, buena señora -dijo la criatura dulcificando la voz considerablemente-. ¿Seríais tan amable de ofrecerme vuestro auxilio? Me siento incapaz de volar debido a la host... esto... al fuerte golpe que acabo de sufrir.

Acto seguido, hizo una pésima representación de desmayo.

- Está bien -transigió Aranna-, ya te pediré explicaciones más tarde.

Tiró el agua que había utilizado para lavarse y, con la palangana en una mano y el hada en la otra, penetró en la casa seguida de Neithan. Nada más cerrar la puerta, oyeron un zumbido que fue aumentando gradualmente, como si se les viniera encima un ejército de libélulas gigantes. El hada olvidó que estaba fingiendo y se acurrucó en la mano de la hechicera, cubriéndose la cabeza con los brazos y temblando como un cachorrillo asustado.

Al cabo de unos segundos volvió el silencio. El sol se estaba poniendo y comenzaba a refrescar. Aranna depositó el diminuto cuerpecito, todavía hecho un ovillo, sobre la mesa situada en el centro de la estancia y se dedicó a encender el fuego.