Aranna XVIII
Lalaith estaba sentada al borde de una oquedad en el grueso tronco del olivo que había adoptado como hogar, justo sobre la tumba de la antigua bruja. Prefería vivir allí. Había hecho muy buenas migas con el viejo árbol, aunque ella decía que era un poco cascarrabias. Por su parte, el olivo sentía fluir su savia con más fuerza.
“Eres un viejo verde” -le decía ella riendo. El árbol crujía protestando, pero ambos sabían que todo era broma.
Aranna había dormido mal aquella noche. Se había despertado antes de clarear el alba. Había aireado la casa, había desayunado frugalmente -unos cuantos higos secos y un generoso tazón de agua clara-, y había limpiado las cenizas del hogar. Estaba estirando la manta del jergón cuando Lalaith entró volando como una exhalación.
- ¡Aranna, un jinete se acerca por el camino!
Aranna se incorporó como empujada por un resorte. Neithan, desde un rincón en sombras, hizo destellar sus ojos con malicia.
- ¿Te vas a volver a ir? -preguntó el hada flotando frente a los ojos de Aranna.
- No, Lalaith. Nos traen un regalo -explicó la hechicera.
- ¡Un regalo! ¿Qué es?
- Un par de gallinas, creo.
- Gallinas -dijo el hada con decepción-. Me voy a mi árbol.
Lalaith salió flotando desganadamente para refugiarse en su hueco. No convenía que la viese nadie, la reina Shail podría tener espías buscándola.
Aranna esperaba al visitante frente a la puerta de su hogar. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pudo ver que traía algo más que dos gallinas. El jinete la saludó con la mano y puso su caballo al trote. Neithan se situó detrás de la hechicera, atento a cada una de sus reacciones.
Cuando llegó a la casa Gargund desmontó de un salto y, sujetando a su caballo por las riendas, se acercó a la bruja.
- Buenos días, Aranna. Aquí estoy como prometí.
- Buenos días -saludó ella-. ¿Cómo están Ammya y el niño?
- Estupendamente, gracias. Todos te envían recuerdos.
Aranna agradeció la atención con una inclinación de cabeza y una sonrisa, pero algo la puso alerta. ¿Por qué le daba un trato tan familiar? Ayer la trataba con la obligada cortesía que se le debe a un desconocido. Neithan captó su inquietud y avanzó un paso, lo que puso nervioso al caballo que comenzó a patear en el suelo, con las orejas vueltas hacia atrás. El hijo del Maestro Herrero le acarició el cuello para tranquilizarlo.
- Así que ese es el demonio del que me hablaba Hathu -dijo Gargund-. Me cuesta creer que ayer fuese un pajarraco.
A Neithan le dio un ataque de orgullo. Hizo centellear sus ojos verdes, y a continuación se contrajo hasta adoptar la forma de un cuervo. Aranna aguantó la risa. Resulta que el Gran Príncipe Desterrado también tenía debilidades sospechosamente humanas.
- ¡Vaya! -exclamó Gargund-. Es un truco estupendo.
- Neithan dice que gracias.
- ¡Mentirosa! -le espetó el cuervo, sintiéndose impotente.
Aranna decidió ir directa al grano.
- ¿Conocéis a Hathu el hobbit?
- Claro que sí. Somos amigos desde hace tiempo. Anoche me lo encontré bailando sobre un barril frente a mi casa y me contó cosas sobre ti. Por cierto, me ha dicho que el sábado tendremos el placer de contar contigo, ¿no?
Aranna comenzó a sudar.
- Eh... sí, claro -dijo forzando una sonrisa.
- ¡Muy bien! Anda, ayúdame con esto.
Sobre la grupa del caballo había un saco bastante voluminoso, y sobre éste, un cesto de junco con tapadera. Gargund alargó el cesto a Aranna y luego desató el saco, cargándoselo sobre los hombros.
- Esto es grano. Pensamos que como acababas de llegar, no tendrías reservas para este invierno. ¿Dónde te lo dejo?
- Dentro, en la casa.
- ¿No tienes granero, o algún cobertizo?
Aranna negó con la cabeza.
- ¡Pues eso hay que solucionarlo! -dijo el hijo del herrero mientras descargaba el saco en el suelo.
“Eres un viejo verde” -le decía ella riendo. El árbol crujía protestando, pero ambos sabían que todo era broma.
Aranna había dormido mal aquella noche. Se había despertado antes de clarear el alba. Había aireado la casa, había desayunado frugalmente -unos cuantos higos secos y un generoso tazón de agua clara-, y había limpiado las cenizas del hogar. Estaba estirando la manta del jergón cuando Lalaith entró volando como una exhalación.
- ¡Aranna, un jinete se acerca por el camino!
Aranna se incorporó como empujada por un resorte. Neithan, desde un rincón en sombras, hizo destellar sus ojos con malicia.
- ¿Te vas a volver a ir? -preguntó el hada flotando frente a los ojos de Aranna.
- No, Lalaith. Nos traen un regalo -explicó la hechicera.
- ¡Un regalo! ¿Qué es?
- Un par de gallinas, creo.
- Gallinas -dijo el hada con decepción-. Me voy a mi árbol.
Lalaith salió flotando desganadamente para refugiarse en su hueco. No convenía que la viese nadie, la reina Shail podría tener espías buscándola.
Aranna esperaba al visitante frente a la puerta de su hogar. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pudo ver que traía algo más que dos gallinas. El jinete la saludó con la mano y puso su caballo al trote. Neithan se situó detrás de la hechicera, atento a cada una de sus reacciones.
Cuando llegó a la casa Gargund desmontó de un salto y, sujetando a su caballo por las riendas, se acercó a la bruja.
- Buenos días, Aranna. Aquí estoy como prometí.
- Buenos días -saludó ella-. ¿Cómo están Ammya y el niño?
- Estupendamente, gracias. Todos te envían recuerdos.
Aranna agradeció la atención con una inclinación de cabeza y una sonrisa, pero algo la puso alerta. ¿Por qué le daba un trato tan familiar? Ayer la trataba con la obligada cortesía que se le debe a un desconocido. Neithan captó su inquietud y avanzó un paso, lo que puso nervioso al caballo que comenzó a patear en el suelo, con las orejas vueltas hacia atrás. El hijo del Maestro Herrero le acarició el cuello para tranquilizarlo.
- Así que ese es el demonio del que me hablaba Hathu -dijo Gargund-. Me cuesta creer que ayer fuese un pajarraco.
A Neithan le dio un ataque de orgullo. Hizo centellear sus ojos verdes, y a continuación se contrajo hasta adoptar la forma de un cuervo. Aranna aguantó la risa. Resulta que el Gran Príncipe Desterrado también tenía debilidades sospechosamente humanas.
- ¡Vaya! -exclamó Gargund-. Es un truco estupendo.
- Neithan dice que gracias.
- ¡Mentirosa! -le espetó el cuervo, sintiéndose impotente.
Aranna decidió ir directa al grano.
- ¿Conocéis a Hathu el hobbit?
- Claro que sí. Somos amigos desde hace tiempo. Anoche me lo encontré bailando sobre un barril frente a mi casa y me contó cosas sobre ti. Por cierto, me ha dicho que el sábado tendremos el placer de contar contigo, ¿no?
Aranna comenzó a sudar.
- Eh... sí, claro -dijo forzando una sonrisa.
- ¡Muy bien! Anda, ayúdame con esto.
Sobre la grupa del caballo había un saco bastante voluminoso, y sobre éste, un cesto de junco con tapadera. Gargund alargó el cesto a Aranna y luego desató el saco, cargándoselo sobre los hombros.
- Esto es grano. Pensamos que como acababas de llegar, no tendrías reservas para este invierno. ¿Dónde te lo dejo?
- Dentro, en la casa.
- ¿No tienes granero, o algún cobertizo?
Aranna negó con la cabeza.
- ¡Pues eso hay que solucionarlo! -dijo el hijo del herrero mientras descargaba el saco en el suelo.
El mecanismo de los botijos
Ya estoy aquí de nuevo. Ojalá los ordenadores fuesen como los botijos, que los vuelcas y sale agua por el pitorro y ya está.
No, ya sé que para beber hay objetos y artilugios especialmente diseñados para ello. Los ordenadores sirven para otra cosa. Por ejemplo, para hacerte tomar disgustos cuando gritas “¡A mí la guardia!” y te das cuenta de que se han ido todos de fiesta y te han dejado el castillo con el culo al aire.
Once días han tardado en volver, once días con las puertas cerradas a cal y canto. Hasta Firewall, el dragón que lo vigilaba todo desde lo alto de la torre del Homenaje, se fue en busca de ovejitas tiernas al ver que los demás abandonaban sus puestos. Y ahí me quedé yo, incomunicada al no poder salir ni dejar que nadie entrase.
El botijo sí que es práctico. Si se agrieta, se tira y se compra otro. Y para evitar que entren cuerpos extraños, se le pone un trapito en cada orificio y santas pascuas. El chisme este no. Tirarlo y comprarte otro no es tan fácil. Además, una vez que consigues que funcione como tú quieres… o mejor dicho, una vez que consigues convencerle para que te haga algo de caso, haces lo imposible por no empezar otra vez de cero. Es como un entrenamiento, aunque no tengo yo muy claro quién entrena a quién.
En fin… otra vez todos en sus puestos. Eso sí, el botijo al lao. ;o)

No, ya sé que para beber hay objetos y artilugios especialmente diseñados para ello. Los ordenadores sirven para otra cosa. Por ejemplo, para hacerte tomar disgustos cuando gritas “¡A mí la guardia!” y te das cuenta de que se han ido todos de fiesta y te han dejado el castillo con el culo al aire.
Once días han tardado en volver, once días con las puertas cerradas a cal y canto. Hasta Firewall, el dragón que lo vigilaba todo desde lo alto de la torre del Homenaje, se fue en busca de ovejitas tiernas al ver que los demás abandonaban sus puestos. Y ahí me quedé yo, incomunicada al no poder salir ni dejar que nadie entrase.
El botijo sí que es práctico. Si se agrieta, se tira y se compra otro. Y para evitar que entren cuerpos extraños, se le pone un trapito en cada orificio y santas pascuas. El chisme este no. Tirarlo y comprarte otro no es tan fácil. Además, una vez que consigues que funcione como tú quieres… o mejor dicho, una vez que consigues convencerle para que te haga algo de caso, haces lo imposible por no empezar otra vez de cero. Es como un entrenamiento, aunque no tengo yo muy claro quién entrena a quién.
En fin… otra vez todos en sus puestos. Eso sí, el botijo al lao. ;o)

Dolor
Hace tiempo que no escribo nada. Supongo que te habrás dado cuenta que voy tirando de historia, aprovechándome de la buena de Aranna y de otras cosillas que encuentro por ahí. Vamos, que no me mato. Pero es que... ¿qué voy a contar? Y de lo que cuente... ¿habrá algo que pueda interesarte?
Me duele un pie. Mi esguince se rebela con la humedad, el muy ****** no quiere que me olvide de él. Hay otras cosas que me duelen. La cabeza, de vez en cuando. No sé si por una gripe incipiente o por lo que me la caliento, que también puede ser. Calentarse la cabeza está bien si es con un gorro de lana, pero yo no tengo. Aquí no hace frío como para eso, y encima te miran raro. Me gustan los gorros, pero me da vergüenza ponérmelos sin excusa.
También me duele el pulgar de la mano derecha. Hace casi tres meses cerré la puerta de un coche y se me olvidó el dedo dentro. El pobre sigue de luto. Da un poco de grima, pero ya va teniendo mejor pinta.
¿Y qué más cosas me duelen? A ver...
Ah sí, me duelen los golpes que me dan sin manos. Me duele la garganta cuando lloro. Me duele el corazón cuando late y nadie lo escucha, pero la culpa es mía. Me inquieta oírlo, y me horroriza pensar que alguien más pueda escucharlo. Y se queja así, con dolor.
El dolor es necesario, avisa cuando algo no va bien. Sin él iríamos por la vida sin sufrimiento, pero a saber con cuántos miembros de menos. El dolor nos hace cuidarnos de lo que nos hace mal, y su recuerdo nos aleja de lo que nos hizo daño una vez.
¿Por qué me duele estar lejos entonces?
No entiendo nada. Prefiero ser un trasto.

Me duele un pie. Mi esguince se rebela con la humedad, el muy ****** no quiere que me olvide de él. Hay otras cosas que me duelen. La cabeza, de vez en cuando. No sé si por una gripe incipiente o por lo que me la caliento, que también puede ser. Calentarse la cabeza está bien si es con un gorro de lana, pero yo no tengo. Aquí no hace frío como para eso, y encima te miran raro. Me gustan los gorros, pero me da vergüenza ponérmelos sin excusa.
También me duele el pulgar de la mano derecha. Hace casi tres meses cerré la puerta de un coche y se me olvidó el dedo dentro. El pobre sigue de luto. Da un poco de grima, pero ya va teniendo mejor pinta.
¿Y qué más cosas me duelen? A ver...
Ah sí, me duelen los golpes que me dan sin manos. Me duele la garganta cuando lloro. Me duele el corazón cuando late y nadie lo escucha, pero la culpa es mía. Me inquieta oírlo, y me horroriza pensar que alguien más pueda escucharlo. Y se queja así, con dolor.
El dolor es necesario, avisa cuando algo no va bien. Sin él iríamos por la vida sin sufrimiento, pero a saber con cuántos miembros de menos. El dolor nos hace cuidarnos de lo que nos hace mal, y su recuerdo nos aleja de lo que nos hizo daño una vez.
¿Por qué me duele estar lejos entonces?
No entiendo nada. Prefiero ser un trasto.

Aranna XVII
La música llegaba hasta las afueras del pueblo transportada por la brisa proveniente del mar. Aranna caminaba a la luz de la Luna seguida de Neithan, devuelto a su aspecto original. Aún quedaban tres días para el sábado y ya sentía mariposas en el estómago.
Enfiló el camino a casa desconsolada. Neithan había contribuido a ello, comentándole a título informativo que para salir con sus queridos amigos necesitaba dinero, algo de lo que carecía. Y también algo decente con que cubrirse. Había estado subsistiendo con apenas un par de túnicas ya raídas y de color indefinido, una capa prácticamente hecha jirones y unas botas virtualmente destrozadas. Una indumentaria que dejaba mucho que desear, desde luego.
- Podría utilizar un hechizo de apariencia -propuso Aranna a la desesperada.
- ¿Tan pronto has olvidado lo que te enseñaron? -la reprendió Neithan-. ¿Acaso la tranquila vida del campo te ha reblandecido los sesos, muchacha?
- Sólo era una sugerencia, no hace falta que te pongas así -protestó ella, con la cabeza gacha-. No he olvidado lo que soy, y mucho menos mis obligaciones como tal.
- Tarde o temprano tu debilidad humana te hará fallar.
-Descuida, no fallaré -repuso Aranna con orgullo.
- Ya... -la hechicera captó cierto desdén-. ¿Y cómo te las vas a apañar con la castidad, por ejemplo? Mañana vendrá el hijo del herrero con esos ajustados pantalones de cuero y...
-¡Sal de mi cabeza ahora mismo! -ordenó. No tienes derecho a violar así mis pensamientos, Neithan. Recuerda que te tengo en mis manos.
La presencia del ente desapareció de la mente de Aranna a la vez que ella apretaba el paso, como si pudiese dejarle atrás.
La muchacha sabía que si acompañaba a su amigo Hathu el sábado se vería expuesta al peligro de faltar a sus votos, pero estaba dispuesta a demostrarle al pájaro de mal agüero que llevaba pegado como un parásito que con ella se equivocaba de plano.
Se sentía muy irritada, no tanto por el comentario insultante que acababa de hacerle Neithan, sino porque tenía toda la razón del mundo. Aunque los miembros de las Órdenes que participaron en la última guerra se dispersaron al finalizar ésta, sabían que podían ser reclamados en cualquier momento sin posibilidad de negarse. Si llegaba a suceder, debían estar en óptimas condiciones para actuar. Por esta razón no podían poseer nada que les atara materialmente y no podían unirse sentimentalmente a nadie, pues habrían de abandonarlo todo cuando el Alto Consejo se reuniera.
Un hechicero soportaba duros años de entrenamiento en el que aprendía a controlar cuerpo y mente y a permanecer siempre alerta. Cualquier cosa que le desconcentrase le haría vulnerable en todos los sentidos y podría ser aniquilado fácilmente. En tiempos de paz, el hechicero no podía abandonar esos hábitos porque correría el riesgo de relajar su disciplina y romper su equilibrio interior. Uno de sus mayores enemigos era la embriaguez. El otro, el sexo. En ambas situaciones el autocontrol es imposible.
Cuando Aranna llegó a la Casa de la Abuela no quiso pensar en la posibilidad de ponerse otra vez en camino. Quizá transcurriesen años hasta que volviese a ser convocada. La paz reinaba y las alianzas habían sido fuertemente consolidadas. A lo mejor no la volvían a llamar. Anhelaba vivir como cualquier muchacha de su edad, tener la esperanza de formar un hogar algún día, con niños correteando por ahí y eso... Aranna era una maga poderosa, pero su vida ya no le pertenecía.
Ya no había vuelta atrás.
Enfiló el camino a casa desconsolada. Neithan había contribuido a ello, comentándole a título informativo que para salir con sus queridos amigos necesitaba dinero, algo de lo que carecía. Y también algo decente con que cubrirse. Había estado subsistiendo con apenas un par de túnicas ya raídas y de color indefinido, una capa prácticamente hecha jirones y unas botas virtualmente destrozadas. Una indumentaria que dejaba mucho que desear, desde luego.
- Podría utilizar un hechizo de apariencia -propuso Aranna a la desesperada.
- ¿Tan pronto has olvidado lo que te enseñaron? -la reprendió Neithan-. ¿Acaso la tranquila vida del campo te ha reblandecido los sesos, muchacha?
- Sólo era una sugerencia, no hace falta que te pongas así -protestó ella, con la cabeza gacha-. No he olvidado lo que soy, y mucho menos mis obligaciones como tal.
- Tarde o temprano tu debilidad humana te hará fallar.
-Descuida, no fallaré -repuso Aranna con orgullo.
- Ya... -la hechicera captó cierto desdén-. ¿Y cómo te las vas a apañar con la castidad, por ejemplo? Mañana vendrá el hijo del herrero con esos ajustados pantalones de cuero y...
-¡Sal de mi cabeza ahora mismo! -ordenó. No tienes derecho a violar así mis pensamientos, Neithan. Recuerda que te tengo en mis manos.
La presencia del ente desapareció de la mente de Aranna a la vez que ella apretaba el paso, como si pudiese dejarle atrás.
La muchacha sabía que si acompañaba a su amigo Hathu el sábado se vería expuesta al peligro de faltar a sus votos, pero estaba dispuesta a demostrarle al pájaro de mal agüero que llevaba pegado como un parásito que con ella se equivocaba de plano.
Se sentía muy irritada, no tanto por el comentario insultante que acababa de hacerle Neithan, sino porque tenía toda la razón del mundo. Aunque los miembros de las Órdenes que participaron en la última guerra se dispersaron al finalizar ésta, sabían que podían ser reclamados en cualquier momento sin posibilidad de negarse. Si llegaba a suceder, debían estar en óptimas condiciones para actuar. Por esta razón no podían poseer nada que les atara materialmente y no podían unirse sentimentalmente a nadie, pues habrían de abandonarlo todo cuando el Alto Consejo se reuniera.
Un hechicero soportaba duros años de entrenamiento en el que aprendía a controlar cuerpo y mente y a permanecer siempre alerta. Cualquier cosa que le desconcentrase le haría vulnerable en todos los sentidos y podría ser aniquilado fácilmente. En tiempos de paz, el hechicero no podía abandonar esos hábitos porque correría el riesgo de relajar su disciplina y romper su equilibrio interior. Uno de sus mayores enemigos era la embriaguez. El otro, el sexo. En ambas situaciones el autocontrol es imposible.
Cuando Aranna llegó a la Casa de la Abuela no quiso pensar en la posibilidad de ponerse otra vez en camino. Quizá transcurriesen años hasta que volviese a ser convocada. La paz reinaba y las alianzas habían sido fuertemente consolidadas. A lo mejor no la volvían a llamar. Anhelaba vivir como cualquier muchacha de su edad, tener la esperanza de formar un hogar algún día, con niños correteando por ahí y eso... Aranna era una maga poderosa, pero su vida ya no le pertenecía.
Ya no había vuelta atrás.
¡¡MUA!!

Aranna XVI
Aranna iba a darle las gracias cuando oyó unos pasos que subían apresuradamente por la escalera. Acto seguido vio aparecer a una mujer no mayor de veinticinco años ataviada con una ligera coraza de cuero, consistente en un peto y un espaldar sujeto con correas a ambos lados.
Bajo la protección, llevaba una túnica corta de suave lana teñida de azul celeste que dejaba al descubierto unas piernas fuertes y bien torneadas, calzadas con botas de montar. De su costado izquierdo pendía una espada, del derecho una daga. Bajo su brazo portaba un capacete, también de cuero, reforzado con metal. Una espesa melena ondulada flotaba alrededor de su rostro. Su piel estaba bronceada por el sol.
Por la indumentaria, Aranna dedujo que se trataba de una guardiana del Templo de las Sacerdotisas de la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean, comunidad dedicada exclusivamente al cuidado de niños, ancianos y enfermos.
Al acercarse pudo apreciar sus rasgos. Tenía unos grandes ojos verdes, una nariz ligeramente aguileña y unos labios carnosos que sonrieron cuando su mirada se encontró con la del hijo del Herrero. Cada uno de sus gestos denotaba un fuerte carácter y una irresistible seguridad en sí misma.
Cuando llegó hasta donde ellos estaban, saludó a la hechicera con una leve inclinación de cabeza y dio un cariñoso beso a Gargund. Aranna se apartó discretamente a un lado para no molestar.
- ¿Qué ha pasado? ¿Cómo están? -preguntó la guardiana a Gargund.
El joven la puso en antecedentes.
- Las sacerdotisas me han dado permiso para quedarme hasta que Ammya se recupere.
La noticia hizo que a Gargund se le iluminaran los ojos.
- ¡Estupendo!
La cogió por la cintura y la atrajo hacia sí. Aranna tosió para llamar su atención. Ambos la miraron como si hubiese aparecido allí de repente, y lo que ella quería precisamente era desaparecer.
- Lo siento -se disculpó-. Permitid que os presente a Warin, mi prometida. Cariño, ella es Aranna.
Warin dedicó una amable sonrisa a la hechicera.
- Yo también os doy las gracias, Aranna.
- Será mejor que vayáis a verla -sugirió. Quería salir de allí a toda costa.
En aquel momento, tres pequeñas cabezas asomaron por el quicio de una puerta.
- Tío Gar, ¿podemos salir ya? -preguntó uno de ellos. Los otros dos -un niño y una niña- observaban a la bruja y al cuervo que llevaba sobre el hombro. El mayor de ellos no tendría más de doce años.
- ¿Podrían ver a su madre? -consultó Gargund de modo que los pequeños no pudiesen oírle.
La hechicera asintió, advirtiéndole que no armaran mucho jaleo para no perturbar a la convaleciente. Warin se los llevó con ella. Gargund acompañó a Aranna escaleras abajo y la despidió en la puerta, prometiéndole que al día siguiente iría a llevarle las gallinas.
Frente a la casa habían montado una fiesta impresionante. La Luna llena parecía querer sumarse a la celebración aportando su luz argéntea. Algunos de los vecinos habían sacado instrumentos musicales y tocaban alegres melodías mientras la cerveza seguía corriendo como el agua. En el centro de un corro, Boldo giraba como una peonza al ritmo de la tonada con el dedo índice apoyado sobre la calva coronilla.
“Mañana vas a saber lo que siente tu yunque, Maestro Herrero” -pensó Aranna para sus adentros. Antes de salir al exterior había considerado el celebrar su éxito como los demás vecinos, pero una vez en medio de la multitud se arrepintió y decidió irse a casa. Estaba cansada y aún le quedaba un largo trecho a pie para llegar a su hogar.
Echó a andar hacia el final de la calle. No había doblado la esquina cuando sintió un familiar tirón de la manga.
- Oye, no te vayas tan pronto! Esto acaba de empezar.
Aranna se enfrentó a su interlocutor.
- Hola, Hathu. ¿Tú también te has unido a la fiesta? -preguntó ella.
- ¡Pues claro! Hay cerveza gratis, ¿te traigo un poco? -dijo mostrándole un cuenco de madera ya vacío.
- Te lo agradezco, pero no. Ha sido una tarde un tanto difícil. Sólo tengo ganas de llegar a casa. Quizá otro día.
El hobbit se encogió de hombros.
- Como quieras, pero el sábado que viene te espero en la posada de Karl al anochecer. Ya va siendo hora de que te integres en la vida social del pueblo.
- ¿Yo? -fue lo único que se le ocurrió preguntar. Se había quedado en blanco.
- ¡Pues claro! -respondió Hathu sorprendido por la reacción de su amiga-. Estarás conmigo, con Brun, con Sanghayando... Ya sabes, con los amigos de siempre más algunos que todavía no conoces.
A Aranna comenzó a entrarle el pánico. Aquel no era su ambiente. Ella era una hechicera, una servidora de la Orden del Dragón. Estaba preparada para combatir terribles amenazas provenientes de otras dimensiones, pero no para la “vida social” que decía Hathu. Decididamente no, aquello no era lo suyo. No sabría cómo comportarse.
- Mira, Hathu, no te ofendas, pero no creo que sea una buena idea.
Hathu frunció el ceño. A cabezota no le ganaba nadie, y esta vez se había empeñado hacer de cicerone con ella.
-Dame una buena razón para no venir -dijo en tono desafiante, con los brazos puestos en jarras.
Aranna meditó unos instantes.
- Bueno, pues... una buena razón sería...
El cuervo aleteó.
- ¡Neithan! Eso es, no puedo llevar a Neithan por ahí. La gente se asustaría.
- ¡Ja! Te aseguro que hay tipos que dan mucho más miedo que tu demonio, aunque se presente con su verdadera apariencia.
-¡No soy un demonio! -protestó Neithan a sabiendas de que era inútil.
Aranna se dio por vencida. No tenía fuerzas para discutir.
- Está bien -transigió-, sábado noche en el “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN”. Allí estaré.





