Aranna XXII
Alexi colocaba los vasos que acababa de fregar en una repisa detrás del mostrador, al lado de las jarras que se utilizaban para la cerveza. Trabajaba en una taberna llamada “EL BAKALAO FELIZ”. Como todos los sábados a partir del mes de septiembre, las tabernas y demás antros de alrededor estaban llenos a rebosar. Todas menos aquélla. Alexi lo achacaba a los músicos, capaces de crisparle los nervios al más templado. Compadecía a sus amigos que, por visitarle y pasar un rato con él, soportaban estoicamente los ritmos machacones y las melodías estridentes de la pandilla de locos que contrataba su jefe para amenizar la noche. Sacrificio que el hábil muchacho contrarrestaba a base de “tapones”, que eran una especie de cubiletes de cristal llenos de extrañas mezclas de licores y elixires que había que echarse al coleto de un golpe y sin dejar una gota. Era costumbre hacer un brindis y beberlos de un solo trago. Más que nada para que nadie se arrepintiese, pues los efectos dependían de la pericia del que preparaba las mezclas -o de lo borracho que estuviese-, y se consideraba de mala educación no correr la misma suerte que los demás.
Aquel sábado se presentaba especialmente aburrido. Hacía un tiempo desapacible y mucha gente había preferido quedarse en casa, pero los amigos de Alexi no se arredraban fácilmente. Así que, después de haberse tomado el primer trago en la taberna de Karl, fueron a cubrir el segundo objetivo de la noche.
Alexi hizo una primera evaluación cuando los vio entrar. Los de siempre. ¡No, un momento! Faltaba Hathu, el hobbit. “Qué raro -pensó-, éste es de los que nunca fallan”.
Su preocupación duró poco. Al cabo de un rato la puerta de la taberna se abrió y Alexi no dio crédito a sus ojos. Allí estaba Hathu ¡acompañado de la bruja y de su demonio! Aquel hobbit nunca dejaría de sorprenderle. Iba a acercarse a ellos pero tuvo que atender a una pandilla de “falúos” que entraron detrás de la pareja.
Los “falúos” eran unos seres con aspecto humano, pero su comportamiento hacía plantearse serias dudas al respecto. Curiosamente les gustaba reunirse en “EL BAKALAO FELIZ” atraídos por su delirante música, que les hacía entrar en una especie de trance. Aquella cuadrilla inclasificable solía consumir bebidas que ellos llamaban “BEINFíTER” o “JEINEKÉR”. El jefe de la cuadrilla de músicos pertenecía a esta tribu. Su canción favorita era una que él denominaba “BREINJíAR” en su extraño dialecto.
Cuando Aranna entró en la taberna pensó en salir corriendo. En el “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN” se había sentido más o menos cómoda. Conocía el lugar y a sus dueños. Pero ahora estaba pisando territorio desconocido. Hathu la animaba a acercarse al resto del grupo empujándola suavemente. Neithan, tras ellos, permanecía alerta.
Los ojos de la hechicera se acostumbraron a la oscuridad del lugar, iluminado escasamente con antorchas sujetas a las paredes. Al cabo de unos segundos distinguió la enorme silueta de Sanghayando el Grande, con su cabeza casi rozando el alto techo. Junto a él, Brun se esforzaba para que Ferdinand consiguiera entenderle a pesar de la estridente música y del bullicio de los demás clientes. Leuba permanecía junto a Ferdinand visiblemente molesta, a juzgar por los brazos cruzados sobre el pecho y el golpetear nervioso de su pie contra el suelo.
Cuando estaba a escasos pasos del grupo, a Aranna le dio un vuelco el corazón. Pensó que Neithan había desaparecido para aparecer unos metros más allá, junto a sus amigos, pero volvió la cabeza y comprobó que seguía tras ella.
Se había confundido. Quizá porque aquel personaje iba vestido de negro, y porque sus ojos, tan verdes como los de Neithan, refulgieron cuando se fijaron en ella por un breve instante.
Pedagogía
Apareces, me rebolicas el pelo y me besas por lo bien que me porto. Hoy me encerraron en un cuarto oscuro, ¿sabes? Por eso llegué a casa con los ojos enrojecidos de tanto llorar, pero no le diste importancia.
Ella dijo que yo no había parado en toda la tarde, que había sido malo. Pero no te comentó que me mantuvo en la oscuridad durante unos segundos que a mí se me hicieron eternos. Que grité y pateé la puerta, mientras desde fuera me decía que me iba a quedar ahí hasta que vinieras tú. (Que siempre llegas la última, por cierto).
Le di una patada en la espinilla y me encerró en el cuarto de la limpieza. Tú nunca has hecho eso, yo pensaba que iba a reaccionar igual. Que me diría que parase, que eso no se hacía y todas esas cosas que dices cuando por fin consigo que me hagas caso. Pero no, me encerró ahí y se me llenaron los ojos de negro y no veía nada. Sólo oía eso: “ahí te vas a quedar”.
Sólo tengo cuatro años. Soy inmune, nadie me puede hacer nada. Ni siquiera tú. He aprendido el juego de hacerte rabiar. Pongo a prueba tu paciencia a ver hasta dónde llegas. Cada día tardas menos en desquiciarte, y también menos en darme lo que quiero. El silencio es una moneda valiosa.
Hoy he decidido portarme bien, como tú quieres que lo haga. Me voy a sentar aquí, como todos los días, hasta desaparecer.

Aranna XXI
Aranna cruzó el umbral del pequeño negocio de Smyer Retales seguida de Neithan. Estaba muy enfadada con él por lo que había hecho, así que no le dirigió la palabra hasta que salieron del pueblo.
Cuando tomaron el camino hacia las afueras, Aranna le espetó:
- ¿Desde cuándo te interesa la moda, señor buen gusto? ¡Me pregunto por qué no me hiciste pedir un vulgar saco de arpillera en lugar de este delicado tejido! –gritó situando el fardo de tela negra ante las narices -metafóricamente hablando- del ente, que por otra parte parecía disfrutar con todo aquello.
- ¡Me decepcionas, Aranna! -transmitió Neithan burlonamente a la mente de la chica-. ¿En serio pretendías abusar de la generosidad de aquel hombre? ¡Qué vergüenza! ¡Y a costa de herir a la pobre criatura, tan débil e indefensa...!
Aranna se paró en seco.
¿Qué era lo que había hecho?
Todo aquello había sucedido de una forma tan extraña que todavía dudaba si realmente había sido ella la artífice de tan vergonzosas acciones. Miró la tela que llevaba bajo el brazo y luego a Neithan, intentando hallar una explicación que la exculpara.
Se tapó la boca, horrorizada.
- La verdad es que los humanos nunca dejaréis de sorprenderme -reflexionó el Príncipe Desterrado-. Querías una tela, ¿no? ¡Pues ya la tienes! Al fin y al cabo no ha muerto nadie.
- ¿Pero es que no te das cuenta de lo que he hecho? -preguntó Aranna con los ojos arrasados de lágrimas y agitando el cuerpo el delito.
- ¿Qué? Al mocoso no le ha pasado nada y los padres te adoran, circunstancia que habría cambiado desfavorablemente para ti si hubiese permitido que te llevases lo que tú querías.
Aranna estaba desbordada por sus sentimientos. Hundida por la vergüenza siguió caminando, despreciándose a sí misma. Curiosamente en su interior ardía un diminuto rescoldo de satisfacción por haber quebrantado las reglas que le habían impuesto desde niña, y Neithan lo sabía. Había utilizado aquel atisbo de rebeldía para instarla a conseguir lo que anhelaba.
“Un ligero soplo y el ascua resucitará y reavivará las llamas extinguidas”.
Estaban llegando a la casa. Aranna había mantenido su silencio desde la última conversación, pero había algo que la desazonaba.
- Neithan, dime una cosa.
La sombra esperó.
- ¿Por qué te empeñaste en que me llevase el algodón negro?
El Oscuro se estremeció ligeramente, como si descargase su peso de una pierna a otra.
- Bueno, es muy sencillo de explicar. Si vamos a salir este sábado, me niego a ser el acompañante de un enorme farolillo de color púrpura.
Porque sí
Desmayarse
Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso:
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso:
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño:
creer que el cielo en un infierno cabe;
dar la vida y el alma a un desengaño,
¡esto es amor! quien lo probó lo sabe.
Lope de Vega

Aranna XX
- ¿Os habéis decidido ya, señora? -preguntó el hombrecillo cortésmente, parapetado detrás de un pequeño mostrador de madera.
Era un hombre enjuto y encorvado de grandes orejas amarillentas y calva incipiente, no mucho más alto que ella. Aranna observó sus ropas. Una fina camisa de hilo blanco y un hermoso jubón de terciopelo verde eran la mejor propaganda para el negocio que regentaba.
- Creo que sí. ¿Podéis bajarme aquella pieza? -señaló con el dedo-. Me gustaría examinarla.
El comerciante sonrió como un conejo. “Podría haber sido peor” -pensó, al ver que sus pérdidas no iban a ser tan cuantiosas como había esperado. Encaramado a una pequeña escalerilla, alcanzó un enorme rollo de género negro y lo depositó sobre la gastada madera del mostrador. La hechicera sonrió ante el despiste del complaciente propietario.
- Disculpadme -dijo Aranna condescendiente-, pero os habéis equivocado de tela.
El mercader pareció sorprendido. Miró el rollo y el lugar que había ocupado momentos antes en la estantería.
- No, es éste el que me indicasteis. Pero si habéis cambiado de opinión, decidme lo que queréis y os lo alcanzaré.
- Algodón negro.
- Algodón negro -pronunció Aranna, sin dar crédito a lo que estaba diciendo.
- Pues éste es -dijo el hombre, rascándose el cogote.
La hechicera se giró hacia Neithan que permanecía a su espalda con los ojos entornados, apenas un par de rendijas de luz esmeralda. La estaba controlando, pero le suponía un enorme desgaste de energía. Podía sentirlo porque ella también se debilitaba.
Lo intentó de nuevo, a sabiendas de que aquella lucha contra su forzoso aliado terminaría agotándola tanto como a él mismo.
Dejó la mente en blanco y luego pensó muy detenidamente lo que quería decir: “Seda púrpura” -repitió mentalmente una y otra vez, como el niño que va al mercado con un importante encargo. El mercader la miraba con una mezcla de impaciencia y curiosidad.
Cuando se sintió preparada dijo:
- Algodón negro. ¡Maldita sea...!
Había comenzado a sudar.
El hombrecillo se sorprendió por la extraña reacción de la hechicera, que se aferraba al mostrador como si en ello le fuera la vida. Por si acaso, agarró una punta del grueso y tosco género y lo examinó concienzudamente.
- Perdonadme, pero esto es...
- Algodón negro, ya lo sé -interrumpió Aranna secamente, dándose por vencida-. Me lo llevo.
Los ojos de Neithan recuperaron su tamaño original y la muchacha dejó de sentir el ominoso control de éste sobre su voluntad. Se sentía como si le hubieran dado una paliza, y esperaba con todo su corazón que él sintiera algo parecido.
- Muy bien -dijo el mercader algo más aliviado-. ¿Cuánto queréis?
Con un diestro movimiento desenrolló un buen trozo del tosco tejido sobre la superficie del mostrador.
- Pues no lo sé -dijo Aranna deseando acabar cuanto antes con aquel incómodo asunto-. Lo suficiente para hacerme una túnica amplia.
El comerciante la examinó con ojo experto, cosa que la incomodó sobremanera. Digamos que su silueta siempre había sido más bien... generosa, y en aquellos momentos parecía que su cuerpo estaba dispuesto a hacer alarde de ello. La tranquilidad de su nueva vida se había hecho notar, haciendo que las ropas que vestía comenzaran a ceñirse insolentemente a sus redondeadas formas. Su abdomen se contrajo en un gesto involuntario, movimiento que resaltó otras partes de su anatomía femenina. Al final terminó ruborizándose.
El mercader utilizó como medida unas muescas en el borde interior del mostrador para calcular la tela que iba a cortar. Luego hizo una pequeña incisión en uno de sus extremos y tiró con fuerza. Dobló cuidadosamente el trozo cortado y se lo entregó a Aranna.
- Habéis elegido con acierto. Este género es muy resistente. Os durará décadas.
- Ya. Qué bien -musitó ella apáticamente-. Muchas gracias.
- De nada. Si lo deseáis Petunia, mi mujer, os puede coser la túnica. Por un módico precio, claro. Es muy buena costurera.
- No, prefiero hacérmela yo. Gracias de todas formas.
La muchacha decidió que se parecía más a una rata que a un conejo. Casi pudo ver una enorme cola rosada saliendo de la parte baja de su espalda.
- Gracias a vos por socorrer a mi pequeño. Smyer Retales a vuestra disposición -dijo mientras hacía una pequeña genuflexión, a la que Aranna correspondió con una inclinación de cabeza.
- Igualmente os digo. Si me necesitáis, vivo en la vieja casa de la Abuela. No dudéis en llamarme.
Comercio injusto
Hoy me tengo que poner seria. Hace unos días, en el pueblo donde vivo, un colectivo que ha tomado el nombre de “Paz Justa” organizó una serie de actos contra el terrorismo. María del Mar Blanco, hermana del edil del PP Miguel Ángel Blanco al que ETA asesinó hace ahora 10 años, fue la principal invitada junto a Toñi Santiago, madre de una niña que fue víctima mortal de un atentado en Santa Pola (Alicante).
María del Mar dio una conferencia seguida de una charla – coloquio en la que analizó la situación actual de las víctimas del terrorismo, como consecuencia de las negociaciones entre Rodríguez Zapatero y la banda terrorista. Durante la conferencia hizo un relato escalofriante de las angustiosas horas vividas por ella y su familia, arropados – eso sí- por miles de personas que mostraban su repulsa primero ante el secuestro de Miguel Ángel, y luego ante su asesinato.
María del Mar, en un momento de la conferencia, dijo: “Todos sabíamos que ningún Gobierno democrático podía ceder. Así lo entendieron mis padres y así lo entendí yo. Por eso no entendemos por qué se está cediendo a una negociación en estos momentos, en los que ni siquiera tienen a nadie como entonces tenían a mi hermano.”
Y digo yo… ¿Hay que esperar a que se dé otro caso similar para negociar? Entiendo el inmenso dolor que debieron sufrir ella y su familia, pero ¿qué quieren que se haga? Ojalá todo fuese tan fácil como decir que paren, pero visto lo visto creo que exigen más argumentos (y más motivos) que ése. De todas formas, no quiero hablar de política aunque sí observo la penosa politización por parte de algunos de las víctimas del terrorismo y de sus familiares. Me consta que hay muchas personas afectadas que muestran su repulsa ante esta manipulación del dolor, y no quieren saber nada de la “Asociación de Víctimas del Terrorismo”, presidida ahora por un tal José Alcaraz y vinculado al PP. Y lo malo es que hablan en nombre de todos, sin tener en cuenta que hay otras organizaciones desvinculadas de cualquier partido político.
María del Mar Blanco apelaba al “espíritu de Ermua”. ¿Qué es eso? ¿Resucitarlo ahora, después de 10 años? Emocionó al público asistente con el relato de las últimas horas de Miguel Ángel, y arrancó ovaciones en más de una ocasión. Le entregaron un ramo de flores que después, en la misa ofrecida en la iglesia parroquial en memoria de las víctimas, ofrendó a la Virgen del Pilar de la que su hermano era devoto. Luego, en la puerta del templo, puso una foto de él para que la rodearan de velas en su memoria.
¿Qué está haciendo? ¿Convertirle en un mártir? ¿Seguro que eso es honrar la memoria de alguien que murió injustamente? No sé… a mí me parece lamentable. Y siento mucho si puedo herir susceptibilidades, pero para mí no está bien pasear y exhibir la foto de un difunto (y más de un hermano) y menos prestarla para este tipo de… no sé cómo calificarlo. ¿Espectáculos?
En fin… que no lo entiendo. Hay que apoyar a las víctimas y a sus familiares, pero no aprovecharse del desamparo y de la desgracia para sacar partido, o como ariete contra el Gobierno sea del color que sea.
Aprovecho para manifestar mi repulsa contra cualquier acto terrorista, y mi deseo de que todo esto acabe. Eso sí, sin violencia.

María del Mar dio una conferencia seguida de una charla – coloquio en la que analizó la situación actual de las víctimas del terrorismo, como consecuencia de las negociaciones entre Rodríguez Zapatero y la banda terrorista. Durante la conferencia hizo un relato escalofriante de las angustiosas horas vividas por ella y su familia, arropados – eso sí- por miles de personas que mostraban su repulsa primero ante el secuestro de Miguel Ángel, y luego ante su asesinato.
María del Mar, en un momento de la conferencia, dijo: “Todos sabíamos que ningún Gobierno democrático podía ceder. Así lo entendieron mis padres y así lo entendí yo. Por eso no entendemos por qué se está cediendo a una negociación en estos momentos, en los que ni siquiera tienen a nadie como entonces tenían a mi hermano.”
Y digo yo… ¿Hay que esperar a que se dé otro caso similar para negociar? Entiendo el inmenso dolor que debieron sufrir ella y su familia, pero ¿qué quieren que se haga? Ojalá todo fuese tan fácil como decir que paren, pero visto lo visto creo que exigen más argumentos (y más motivos) que ése. De todas formas, no quiero hablar de política aunque sí observo la penosa politización por parte de algunos de las víctimas del terrorismo y de sus familiares. Me consta que hay muchas personas afectadas que muestran su repulsa ante esta manipulación del dolor, y no quieren saber nada de la “Asociación de Víctimas del Terrorismo”, presidida ahora por un tal José Alcaraz y vinculado al PP. Y lo malo es que hablan en nombre de todos, sin tener en cuenta que hay otras organizaciones desvinculadas de cualquier partido político.
María del Mar Blanco apelaba al “espíritu de Ermua”. ¿Qué es eso? ¿Resucitarlo ahora, después de 10 años? Emocionó al público asistente con el relato de las últimas horas de Miguel Ángel, y arrancó ovaciones en más de una ocasión. Le entregaron un ramo de flores que después, en la misa ofrecida en la iglesia parroquial en memoria de las víctimas, ofrendó a la Virgen del Pilar de la que su hermano era devoto. Luego, en la puerta del templo, puso una foto de él para que la rodearan de velas en su memoria.
¿Qué está haciendo? ¿Convertirle en un mártir? ¿Seguro que eso es honrar la memoria de alguien que murió injustamente? No sé… a mí me parece lamentable. Y siento mucho si puedo herir susceptibilidades, pero para mí no está bien pasear y exhibir la foto de un difunto (y más de un hermano) y menos prestarla para este tipo de… no sé cómo calificarlo. ¿Espectáculos?
En fin… que no lo entiendo. Hay que apoyar a las víctimas y a sus familiares, pero no aprovecharse del desamparo y de la desgracia para sacar partido, o como ariete contra el Gobierno sea del color que sea.
Aprovecho para manifestar mi repulsa contra cualquier acto terrorista, y mi deseo de que todo esto acabe. Eso sí, sin violencia.

Aranna XIX
La reputación de la nueva bruja del pueblo había sufrido un cambio sustancialmente beneficioso para ella. Al día siguiente del nacimiento del nieto del Maestro Herrero, todo Villamarcha sabía lo eficiente que era la discípula de la vieja hechicera. Aranna pudo comprobarlo cuando decidió dar una vuelta por el pueblo aquella tarde. Aunque la mayoría de los vecinos aún seguían mostrando cierta reserva debido a la oscura sombra que la seguía a todas partes, algunos -los menos supersticiosos-, se decidían a saludarla.
Había salido de su casa con la idea de visitar a la convaleciente Ammya y a su bebé, pero cuando se dio cuenta se hallaba en la calle de los Tintoreros. Los talleres se apiñaban unos contra otros, y daba la impresión que los edificios habían crecido allí como al azar. Los operarios desempeñaban su trabajo bajo la atenta mirada de los maestros artesanos. En la puerta de un almacén, varios jóvenes maceaban grandes piezas de tela en cubetas de madera llenas de diversos tintes. Aquí y allá se escuchaba el monótono sonido de los telares, accionados rítmicamente por expertas manos. Algunas costureras habían sacado sus labores a la puerta para aprovechar mejor la luz del día. Aranna se acercó a una de ellas, que bordaba un exquisito corpiño de terciopelo granate con fino hilo de oro. La mujer no levantó la vista de su labor, pero las otras dos muchachas que estaban con ella -posiblemente aprendices- comenzaron a cuchichear entre sí y a examinarla concienzudamente, con el descaro que da la adolescencia.
Aranna se alejó de allí mientras escuchaba unas risillas sofocadas, cortadas de raíz por una severa reprimenda. La maldición de una bruja podía ser terrible. Se echó una punta de su vieja capa sobre el hombro y siguió caminando calle abajo mientras se miraba las botas al andar. Neithan iba como aletargado, siempre un paso por detrás de ella: una tenebrosa silueta de dos metros de altura que la gente, por una especie de acuerdo inconsciente y universal, había decidido ignorar en la medida de lo posible.
“¿De qué se habrán reído esas dos arpías?” -se preguntó malhumorada, aunque ya conocía la respuesta.- “Si Neithan se convirtiese en perrillo faldero sería la pordiosera perfecta. ¡Tengo que hacer algo!”
Unos niños que jugaban a luchar con espadas de madera llamaron su atención. Estaban frente a una pequeña tienda de telas. Dos mujeres salieron en ese momento y los pequeños comenzaron a corretear alrededor de ellas, siendo reprendidos por una mujer desde el interior. El belicoso juego cesó unos instantes hasta que las dos mujeres se alejaron, para ser reanudado aún con más brío.
Aranna se situó cerca de ellos y efectuó un ligero ademán con la mano izquierda, lo que provocó que Neithan se espabilara súbitamente. En ese mismo momento el menor de los niños tropezó de manera inexplicable y cayó al suelo sobre un costado, dislocándose un hombro. El chiquillo comenzó a gritar sujetándose el brazo. Al instante una mujer salió de la tienda, seguida por un hombre que maldecía sin cesar. La mujer intentó levantar al pequeño, pero el niño gritó con todas sus fuerzas. El hombre agarró al otro muchacho de la oreja y lo metió en la tienda sin parar de maldecir.
- ¡Pero papá, si se ha caído solo! -protestaba entre lágrimas.
La madre no sabía qué hacer. No se atrevía a levantar al pequeño herido por miedo a dañarlo, así que Aranna pensó que era el momento de entrar en acción.
Se abrió paso entre la pequeña multitud que se había congregado en torno a la escena, cosa que le fue sumamente fácil debido a la inseparable presencia de su espectral guardaespaldas. La madre del chico la reconoció y, entre lágrimas, solicitó su ayuda.
“Perfecto” -se jactó la hechicera.
Con ayuda de la mujer incorporó al niño y, con un rápido tirón, devolvió el hueso a su sitio. El pequeño dejó de llorar en cuanto Aranna puso la mano sobre el maltrecho hombro, proporcionándole un delicioso alivio.
La muchacha levantó al pequeño del suelo depositándolo en brazos de su madre, lo que provocó algunos aplausos entre los testigos del suceso.
- Llevadlo a la cama y que descanse -recomendó-. Mañana estará jugando otra vez.
- Os estoy muy agradecida. Por favor, pasad y mi esposo se encargará de recompensaros.
La mujer entró en el establecimiento seguida de la hechicera y desapareció por una puerta al fondo de la estancia, por la que apareció segundos después el propietario. Salía abrochándose el cinturón.
- Os agradezco lo que habéis hecho por mi pequeño, señora. Mirad y elegid lo que más os agrade de mi humilde negocio -dijo abarcando la estancia con un amplio gesto.
Aranna echó un vistazo a las telas, cuidadosamente enrolladas y colocadas en estanterías que cubrían las paredes de toda la habitación. Lino, algodón, lana, seda... Aquel negocio no tenía nada de humilde. Había una pieza de seda de color púrpura que llamó su atención. Sabía que aquel tejido era muy costoso, pero el mercader no podría negarse a regalárselo. La sola presencia de Neithan, a quien el propietario evitaba mirar a toda costa, era suficiente motivo para ser generoso.
Había salido de su casa con la idea de visitar a la convaleciente Ammya y a su bebé, pero cuando se dio cuenta se hallaba en la calle de los Tintoreros. Los talleres se apiñaban unos contra otros, y daba la impresión que los edificios habían crecido allí como al azar. Los operarios desempeñaban su trabajo bajo la atenta mirada de los maestros artesanos. En la puerta de un almacén, varios jóvenes maceaban grandes piezas de tela en cubetas de madera llenas de diversos tintes. Aquí y allá se escuchaba el monótono sonido de los telares, accionados rítmicamente por expertas manos. Algunas costureras habían sacado sus labores a la puerta para aprovechar mejor la luz del día. Aranna se acercó a una de ellas, que bordaba un exquisito corpiño de terciopelo granate con fino hilo de oro. La mujer no levantó la vista de su labor, pero las otras dos muchachas que estaban con ella -posiblemente aprendices- comenzaron a cuchichear entre sí y a examinarla concienzudamente, con el descaro que da la adolescencia.
Aranna se alejó de allí mientras escuchaba unas risillas sofocadas, cortadas de raíz por una severa reprimenda. La maldición de una bruja podía ser terrible. Se echó una punta de su vieja capa sobre el hombro y siguió caminando calle abajo mientras se miraba las botas al andar. Neithan iba como aletargado, siempre un paso por detrás de ella: una tenebrosa silueta de dos metros de altura que la gente, por una especie de acuerdo inconsciente y universal, había decidido ignorar en la medida de lo posible.
“¿De qué se habrán reído esas dos arpías?” -se preguntó malhumorada, aunque ya conocía la respuesta.- “Si Neithan se convirtiese en perrillo faldero sería la pordiosera perfecta. ¡Tengo que hacer algo!”
Unos niños que jugaban a luchar con espadas de madera llamaron su atención. Estaban frente a una pequeña tienda de telas. Dos mujeres salieron en ese momento y los pequeños comenzaron a corretear alrededor de ellas, siendo reprendidos por una mujer desde el interior. El belicoso juego cesó unos instantes hasta que las dos mujeres se alejaron, para ser reanudado aún con más brío.
Aranna se situó cerca de ellos y efectuó un ligero ademán con la mano izquierda, lo que provocó que Neithan se espabilara súbitamente. En ese mismo momento el menor de los niños tropezó de manera inexplicable y cayó al suelo sobre un costado, dislocándose un hombro. El chiquillo comenzó a gritar sujetándose el brazo. Al instante una mujer salió de la tienda, seguida por un hombre que maldecía sin cesar. La mujer intentó levantar al pequeño, pero el niño gritó con todas sus fuerzas. El hombre agarró al otro muchacho de la oreja y lo metió en la tienda sin parar de maldecir.
- ¡Pero papá, si se ha caído solo! -protestaba entre lágrimas.
La madre no sabía qué hacer. No se atrevía a levantar al pequeño herido por miedo a dañarlo, así que Aranna pensó que era el momento de entrar en acción.
Se abrió paso entre la pequeña multitud que se había congregado en torno a la escena, cosa que le fue sumamente fácil debido a la inseparable presencia de su espectral guardaespaldas. La madre del chico la reconoció y, entre lágrimas, solicitó su ayuda.
“Perfecto” -se jactó la hechicera.
Con ayuda de la mujer incorporó al niño y, con un rápido tirón, devolvió el hueso a su sitio. El pequeño dejó de llorar en cuanto Aranna puso la mano sobre el maltrecho hombro, proporcionándole un delicioso alivio.
La muchacha levantó al pequeño del suelo depositándolo en brazos de su madre, lo que provocó algunos aplausos entre los testigos del suceso.
- Llevadlo a la cama y que descanse -recomendó-. Mañana estará jugando otra vez.
- Os estoy muy agradecida. Por favor, pasad y mi esposo se encargará de recompensaros.
La mujer entró en el establecimiento seguida de la hechicera y desapareció por una puerta al fondo de la estancia, por la que apareció segundos después el propietario. Salía abrochándose el cinturón.
- Os agradezco lo que habéis hecho por mi pequeño, señora. Mirad y elegid lo que más os agrade de mi humilde negocio -dijo abarcando la estancia con un amplio gesto.
Aranna echó un vistazo a las telas, cuidadosamente enrolladas y colocadas en estanterías que cubrían las paredes de toda la habitación. Lino, algodón, lana, seda... Aquel negocio no tenía nada de humilde. Había una pieza de seda de color púrpura que llamó su atención. Sabía que aquel tejido era muy costoso, pero el mercader no podría negarse a regalárselo. La sola presencia de Neithan, a quien el propietario evitaba mirar a toda costa, era suficiente motivo para ser generoso.
Historias de los días de lluvia
Me gustan los días de lluvia. Y no sólo por los cambios que percibo a mi alrededor. Ya sabes… el olor a tierra mojada y eso. Sino porque esos días, la bruja que vive en lo alto de la cuesta se queda en casa atizando la lumbre y contándome historias de las que tanto me gusta escuchar. Hoy me ha descolgado de la pared porque sabía que nadie estaría dispuesto a hacer el engorroso camino de ascenso a su casa con este tiempo. Y así, ella a su manera y yo a la mía, hemos hablado de todo lo que nos atrevemos a contarnos la una a la otra.
Ahora que se ha ido a dormir voy a compartir contigo una de sus historias, porque así la recordaré yo también y volveré a disfrutar de ella.
Verás…
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Había una vez un hombre que no se merecía este principio por no ser un caballero de brillante armadura, ni uno de esos príncipes de los cuentos de hadas. Su vida era tranquila. Tan tranquila que nada perturbaba ni su alma ni su corazón, y para él los días se sucedían unos a otros sin pena ni gloria.
Lo había conseguido desterrando de sí todo lo que pudiese abrir un mínimo resquicio a lo no previsible, a lo incontrolable. En fin, a todo aquello que pudiese trastocar lo que él llamaba “su ideal de vida”.
Salió a pasear un domingo por la tarde. El cielo estaba despejado, la temperatura era agradable y, en realidad, no tenía otra cosa que hacer. Cruzó la calle en dirección al parque. Hacía tiempo que no pasaba por allí. En realidad hacía tiempo que no caminaba por placer, porque siempre iba con prisas para no trastocar en un ápice su magníficamente organizado horario, pero esta vez decidió adentrarse en él y recorrerlo despacio.
Allí estaba todo. El arco de la entrada, la vereda, los rosales, los árboles inmensos… Siguió el camino empedrado. Quería llegar hasta la pérgola y sentarse allí un rato. Cuando era pequeño solía ir allí a jugar con otros chicos. Se subían a ella y daban conciertos imaginarios, como habían visto hacer a los músicos de verdad. Se tocó la nariz en un gesto involuntario. Martín, su mejor amigo, le reventó las narices una vez que peleaban por el puesto de director. Qué manera de sangrar. Recordó el susto y sonrió.
Y siguió sonriendo vereda arriba, buscando lo que había sido barco, atalaya, defensa contra los piratas, castillo encantado, tiovivo sin caballitos… Y se le heló la sonrisa. Cuando dejó el amparo de los árboles, descubrió que la pérgola no estaba. Ahora el centro del parque era una torre de piedra. Una versión estilizada y ridícula de la torre del ajedrez. Alta, demasiado alta. Y gris.
Decidió acercarse para ver si había alguna indicación de quién había sido el autor de semejante aberración. “A cualquier cosa le llaman monumento” – pensó. “Gris… claro. Blanco y negro. Muy listo el artista.” Dio tres vueltas alrededor de ella. Miró por los alrededores. Nada. Ni una mísera placa con el nombre del artífice, ni una sola persona a la que preguntar.
- Eres horrible – le dijo a la torre.
Se dio la vuelta para marcharse por donde había venido. No quería seguir hasta el otro lado. ¿Para qué? Sintió que estaba perdiendo el tiempo
- Más horrible eres tú – contestó la torre.
El hombre se paró en seco. Miró hacia arriba y vio las almenas, apenas distinguibles desde su posición justo al pie. Dio unos pasos atrás. No tenía ventanas, ni troneras o como demonios se llamase aquello. Ni puertas tampoco. Sería algún bromista, o algún crío por ahí escondido. Volvió a darse la vuelta, y a sus espaldas oyó un sonido extraño. Campanillas. Cascabeles… Risas. “Será algún chisme interactivo” – se dijo.
Se acercó a tocarlo. El muro le devolvió el pulso de su mano.
- No te vayas –dijo la torre.- Háblame. No tienes nada más importante que hacer.
El hombre reflexionó unos instantes y decidió hacer algo, por una vez, que no estuviese ni en su agenda ni en su rutina diaria. Se sentó al pie de la torre y comenzó a hablar. Al principio se sentía idiota, pero no había nadie alrededor que pudiese escucharle. Así que apoyó la espalda contra la piedra y comenzó a relatar metódicamente y punto por punto lo que hacía de la mañana a la noche.
Acabó muy pronto, porque contando un día los había contado todos. Ya no tenía nada más que decir y eso le inquietó. No podía acabar todo ahí, ¿no? Había más cosas en su vida… ¿o no?
Sabía que no debía pararse a pensar, y lo había hecho. Se había sentado al pie de una estúpida torre y estaba pensando. Pensando en su amigo Martín, en la Pérgola, en aquella vez que quiso ser actor, en aquella vez que tocó un timbre y salió corriendo, en aquella chica… en todas esas cosas que desterró de su vida por no ser previsibles ni controlables, y en todas las situaciones que evitó por miedo de perder el control y terminar estrellándose contra… ¿contra qué? ¿Contra la vida de lleno?
Sintió rabia y pena de sí mismo, y presa de la ira y de la impotencia, dio un golpe al muro de piedra. Al no encontrar apenas resistencia se levantó de un salto, y vio cómo en ese justo momento la torre se deshacía para, en apenas unos segundos, quedar convertida en un enorme montón de arena.
El hombre quedó perplejo, con los pies enterrados en lo que había sido la torre. Miró hacia la cima de la insólita duna y vio un destello dorado. Subió como pudo, clavando los pies y las manos en la arena hasta que llegó, agotado, hasta el objeto que brillaba.
Lo cogió y acarició las tapas de cartón y el candado sin abrir. Su diario, en el que había escrito tantos sueños. No se había acordado de él desde hacía muchos años. Un día desapareció de casa. Justo el día en el que decidió desterrar de sí todo lo que pudiese abrir un mínimo resquicio a lo no previsible, a lo incontrolable. En fin, a todo aquello que pudiese trastocar lo que él llamaba “su ideal de vida”.
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La bruja dice que es un cuento, pero yo la vi volver un día con un montón de arena en los bolsillos.
;o)
Ahora que se ha ido a dormir voy a compartir contigo una de sus historias, porque así la recordaré yo también y volveré a disfrutar de ella.
Verás…
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Había una vez un hombre que no se merecía este principio por no ser un caballero de brillante armadura, ni uno de esos príncipes de los cuentos de hadas. Su vida era tranquila. Tan tranquila que nada perturbaba ni su alma ni su corazón, y para él los días se sucedían unos a otros sin pena ni gloria.
Lo había conseguido desterrando de sí todo lo que pudiese abrir un mínimo resquicio a lo no previsible, a lo incontrolable. En fin, a todo aquello que pudiese trastocar lo que él llamaba “su ideal de vida”.
Salió a pasear un domingo por la tarde. El cielo estaba despejado, la temperatura era agradable y, en realidad, no tenía otra cosa que hacer. Cruzó la calle en dirección al parque. Hacía tiempo que no pasaba por allí. En realidad hacía tiempo que no caminaba por placer, porque siempre iba con prisas para no trastocar en un ápice su magníficamente organizado horario, pero esta vez decidió adentrarse en él y recorrerlo despacio.
Allí estaba todo. El arco de la entrada, la vereda, los rosales, los árboles inmensos… Siguió el camino empedrado. Quería llegar hasta la pérgola y sentarse allí un rato. Cuando era pequeño solía ir allí a jugar con otros chicos. Se subían a ella y daban conciertos imaginarios, como habían visto hacer a los músicos de verdad. Se tocó la nariz en un gesto involuntario. Martín, su mejor amigo, le reventó las narices una vez que peleaban por el puesto de director. Qué manera de sangrar. Recordó el susto y sonrió.
Y siguió sonriendo vereda arriba, buscando lo que había sido barco, atalaya, defensa contra los piratas, castillo encantado, tiovivo sin caballitos… Y se le heló la sonrisa. Cuando dejó el amparo de los árboles, descubrió que la pérgola no estaba. Ahora el centro del parque era una torre de piedra. Una versión estilizada y ridícula de la torre del ajedrez. Alta, demasiado alta. Y gris.
Decidió acercarse para ver si había alguna indicación de quién había sido el autor de semejante aberración. “A cualquier cosa le llaman monumento” – pensó. “Gris… claro. Blanco y negro. Muy listo el artista.” Dio tres vueltas alrededor de ella. Miró por los alrededores. Nada. Ni una mísera placa con el nombre del artífice, ni una sola persona a la que preguntar.
- Eres horrible – le dijo a la torre.
Se dio la vuelta para marcharse por donde había venido. No quería seguir hasta el otro lado. ¿Para qué? Sintió que estaba perdiendo el tiempo
- Más horrible eres tú – contestó la torre.
El hombre se paró en seco. Miró hacia arriba y vio las almenas, apenas distinguibles desde su posición justo al pie. Dio unos pasos atrás. No tenía ventanas, ni troneras o como demonios se llamase aquello. Ni puertas tampoco. Sería algún bromista, o algún crío por ahí escondido. Volvió a darse la vuelta, y a sus espaldas oyó un sonido extraño. Campanillas. Cascabeles… Risas. “Será algún chisme interactivo” – se dijo.
Se acercó a tocarlo. El muro le devolvió el pulso de su mano.
- No te vayas –dijo la torre.- Háblame. No tienes nada más importante que hacer.
El hombre reflexionó unos instantes y decidió hacer algo, por una vez, que no estuviese ni en su agenda ni en su rutina diaria. Se sentó al pie de la torre y comenzó a hablar. Al principio se sentía idiota, pero no había nadie alrededor que pudiese escucharle. Así que apoyó la espalda contra la piedra y comenzó a relatar metódicamente y punto por punto lo que hacía de la mañana a la noche.
Acabó muy pronto, porque contando un día los había contado todos. Ya no tenía nada más que decir y eso le inquietó. No podía acabar todo ahí, ¿no? Había más cosas en su vida… ¿o no?
Sabía que no debía pararse a pensar, y lo había hecho. Se había sentado al pie de una estúpida torre y estaba pensando. Pensando en su amigo Martín, en la Pérgola, en aquella vez que quiso ser actor, en aquella vez que tocó un timbre y salió corriendo, en aquella chica… en todas esas cosas que desterró de su vida por no ser previsibles ni controlables, y en todas las situaciones que evitó por miedo de perder el control y terminar estrellándose contra… ¿contra qué? ¿Contra la vida de lleno?
Sintió rabia y pena de sí mismo, y presa de la ira y de la impotencia, dio un golpe al muro de piedra. Al no encontrar apenas resistencia se levantó de un salto, y vio cómo en ese justo momento la torre se deshacía para, en apenas unos segundos, quedar convertida en un enorme montón de arena.
El hombre quedó perplejo, con los pies enterrados en lo que había sido la torre. Miró hacia la cima de la insólita duna y vio un destello dorado. Subió como pudo, clavando los pies y las manos en la arena hasta que llegó, agotado, hasta el objeto que brillaba.
Lo cogió y acarició las tapas de cartón y el candado sin abrir. Su diario, en el que había escrito tantos sueños. No se había acordado de él desde hacía muchos años. Un día desapareció de casa. Justo el día en el que decidió desterrar de sí todo lo que pudiese abrir un mínimo resquicio a lo no previsible, a lo incontrolable. En fin, a todo aquello que pudiese trastocar lo que él llamaba “su ideal de vida”.
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La bruja dice que es un cuento, pero yo la vi volver un día con un montón de arena en los bolsillos.
;o)





