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Reflexiones de un trasto
Están locos estos humanos
Acerca de
Soy una ballesta, por si no te has puesto las gafas para mirar la foto.
Sindicación
 
Aranna XXVI
La mente de la bruja trabajaba a toda máquina mientras bordeaba la última casa del pueblo camino de su hogar. Había decidido no llevar su vieja capa, pero ahora la echaba de menos. Neithan caminaba tras ella, fundiéndose con las sombras de la noche.

- ¡Increíble! -dijo Aranna de repente-. Nunca había visto tanta gente junta en un local de esas dimensiones. Me he divertido mucho.

- Mentira -repuso Neithan con toda tranquilidad-. Estabas nerviosa y te has pasado toda la noche intentando no molestar. Por si fuera poco, te asustan las multitudes. Incluso he visto pasar por tu mente un hechizo de aniquilación. Suerte que decidiste salir de allí en vez de acabar con todo vestigio de vida en cien metros a la redonda. ¿Eso es para ti divertirse?

- No exactamente -concedió ella-, pero no todo ha sido malo. He visto a mis antiguos amigos, he conocido gente nueva...

El Oscuro se colocó frente a la muchacha, lo que le obligó a desplazarse hacia atrás para mantener esa posición.

- Sí, a una especie de vampiro envenenador y a un elfo renegado. La flor y nata de este cochambroso pueblo.

Aranna le amenazó con un dedo.

- ¡Cuidado con lo que dices! Al menos ellos son de carne y hueso...

- ...no como yo. ¿Es eso lo que ibas a decir? ¿Acaso crees que deseo ser un pedazo de carne putrefacta como tú y tus amigos?

Sus ojos relampaguearon. Aranna no replicó. Si hubiese sido otro el curso de la historia, Neithan habría reinado sobre el Mundo. Aquella idea la golpeó con fuerza. ¿Debería ayudarle en su propósito? Quizá si le devolviese su Nombre de Poder... Lo había desterrado a un rincón de su mente. Había intentado olvidarlo pero le había sido imposible. Estaba allí, como aletargado, esperando...

El frío aire de levante había dejado paso a una suave y cálida brisa. El empedrado de la calzada se había vuelto esponjoso, como tierra recién removida.

Ya no sentía la presión de sus pies contra el suelo.

¿Se había parado? No lo sabía.

No le importaba.

¿Estaba flotando en el aire?

El Nombre...

- El Nombre...

...

- El Nombre... -musitó Aranna soñolienta. El sonido de su propia voz la ayudó a reaccionar-. ¡Eh! ¿Qué estás haciendo?

De repente vio a Neithan frente a ella, como un desgarrón de oscuridad en el fondo estrellado del cielo. Apartó la mirada para recuperar el control. Aún así seguía viendo sus ojos apuñalando la negrura de lo que debería haber sido el rostro de un dios. Estaba asustada, pero no podía dejarse llevar. La delgada cuerda que mantenía el equilibrio entre los dos se estaba tensando demasiado y no debía permitir que se rompiera.

Se obligó a espabilarse. Reinició la marcha, sintiendo otra vez el frío en los huesos. Eso la ayudó a bloquear su mente y recobrar el control.

Neithan recuperó su posición habitual, siempre un paso tras ella.

- Demasiado pronto -se dijo.

 
Aranna XXV
El troll que vigilaba la puerta tenía cara de pocos amigos. Miró de reojo al grupo y les dejó entrar. Eran clientes fijos los fines de semana, pero la mujer vestida de negro y el fantasma de los ojos verdes le eran desconocidos. Decidió franquearles el paso. Aquella gente nunca había dado problemas.

El local estaba lleno a rebosar, así que echaron delante a Sanghayando para que abriese el camino. Por fin encontraron un sitio cerca de la barra en el que se podía respirar, así que se acomodaron como pudieron. La música era infinitamente mejor que la de “EL BAKALAO FELIZ”, y la gente bailaba, bebía y se divertía. Aranna procuró acomodarse en un rincón donde no la pisaran demasiado, y Neithan comprobó con asombro cómo allí pasaba desapercibido. Como había dicho el hobbit la noche del alumbramiento del nieto del herrero, por allí pululaban multitud de seres extraños. Así que nadie se fijaba en uno más.

La hechicera se dedicó a observar a la gente que había a su alrededor mientras seguía los compases de la melodía con el pie. De repente se dio cuenta de que Brun, Sanghayando y Falmarin sujetaban sus copas con ambas manos y comenzaban a ejecutar un movimiento de rotación, como si removieran el contenido de una gran marmita con un enorme cucharón. Al mismo tiempo, emitían un extraño sonido. Algo así como:

- ¡HuuuuuUUUUUUWWWWWWOOOOOOooooo...!

Gargund y Warin se miraron con complicidad.

Aranna no pudo aguantar su curiosidad.

- ¿Qué hacen? -preguntó a Hathu.

- Es una especie de conjuro “atrapachicas” -contestó él-. Dicen que cuando hacen eso, todas las chicas guapas del lugar sienten unas ganas irreprimibles de pasar por su lado. Entonces ellos sólo tienen que escoger a una y lanzarse a por ella.

- Ya -dijo la muchacha sin dar crédito a lo que estaba oyendo-. ¿Y funciona?

- Por lo visto sí.

Para sorpresa de la hechicera en ese momento pasó frente a ellos un tropel de muchachitas encantadoras, pero al final del pequeño tumulto el único que desapareció fue Brun.

- Nunca viene ninguna de mi tamaño -se quejó Sanghayando.

Aranna se hizo el firme propósito de repasar sus conocimientos sobre Magia Supersticiosa del Pueblo Llano.

- Casualidad -comentó Neithan.

El fracaso del gigante era comprensible. Buscarle una compañera era algo complicado. Pero el elfo también seguía allí, apoyado en la barra. La muchacha interrogó al hobbit sobre este aspecto.

- Falmarin es... un poco raro. Las asusta. Además, cuando el Maestro actúa no hay posibilidad para los demás.

- ¡Ya lo he visto, ya! -corroboró la muchacha con énfasis-. La verdad es que Brun tiene un encanto irresistible.

La Sombra se removió y pareció estirarse ligeramente.

- Claro -se apresuró a añadir Aranna-, que a mí me da igual. Jugamos juntos de pequeños, ¿sabes? Para mí es como un hermano.

- Oye, que yo no he dicho nada -advirtió el hobbit.

- Ya lo sé, pero me gusta dejar las cosas claras -refunfuñó ella.

- ¡Pues hija, qué mosqueos más tontos te pillas! Me voy a pedir algo para beber.

Aranna se quedó mirando la pequeña figura de Hathu mientras conseguía abrirse paso hasta el mostrador. Intentó llamar la atención de la tabernera dando unos saltitos, pero al final tuvo que ser Falmarin quien le consiguiera una jarra de cerveza. La vida de un hobbit se hacía bastante complicada cuando todo estaba pensado para la Gente Grande.

 
Ballesta Sexy
Aquí un amigo me ha dejado un mensaje diciéndome que tenía una foto mía de la última vez que me vio tiraíta en la cama.

Siempre me sentó bien el negro ;o)

(Prrrrrr…)


 
Aranna XXIV

Fue precisamente eso lo que llamó la atención de Falmarin respecto a la humana que acababa de conocer. Cuando le fue presentada le miró directamente a los ojos, y ahora lo había vuelto a hacer. Aquel gesto le provocaba cierta inquietud. Necesitaba desconcertarla, hacerla sentirse insegura.

-¿Fuerte? No, demasiado malo -contestó ella.- Pensaba que los de tu raza tenían un paladar lo suficientemente refinado como para no tolerar semejante atrocidad.

La tajante respuesta de la humana le hizo enfurecer, pero no iba a darle la satisfacción de demostrárselo. Su condición de elfo le daba ciertas ventajas por encima de los humanos con los que convivía. Su carácter reservado y su inquietante aspecto habían formado en torno a él un halo de misterio que resultaba, cuando menos, desestabilizador. Por eso nadie osaba cuestionar sus razones ni poner objeciones a sus afilados comentarios que, aunque cargados de sabiduría, a veces podían resultar demasiado dolorosos quizá por la agria manera en la que solía exponerlos.

Falmarin iba a fulminar a la hechicera con una aguda réplica pero se quedó con las ganas, cosa que le indignó aún más.
Alexi había llamado la atención de Aranna, instándola a que se acercara.

- Hola, yo soy Alexi. ¿Y tú? -le dijo.

- Soy Aranna -contestó ella inclinándose sobre la barra todo lo que podía.

Ante la sorpresa de la muchacha, Alexi le espetó dos sonoros besos en sendas mejillas.

- Encantado. Esta gente tiene la mala costumbre de no presentarme a nadie, ¿sabes? Oye, ¿tu amigo se va a beber el tapón? -preguntó, señalando a Neithan con el pulgar. A la hora de la invitación le había contado como uno más, por lo que sobraba un cubilete.

- Creo que no.
- ¡Pues me lo bebo yo! -y, acto seguido, se lo encajó entre pecho y espalda-. Bueno, te dejo que tengo que dar una vuelta. Ya sabes, para recoger vasos y eso.

Alexi desapareció por una puerta situada tras el mostrador. A Aranna le llamó la atención la palidez de su rostro. Parecía no haber visto la luz del sol en mucho tiempo.

Los “falúos” seguían pegando saltos al compás de la música. Leuba comenzó a tirar de la manga de Ferdinand, que conversaba animadamente con Brun.

- Un momento, mujer.

- ¡Es que llevas media hora diciéndome eso! -protestó ella.
Ferdinand rodeó la cintura de la chica.

- Está bien. Nosotros nos vamos, Brun.

- De acuerdo -dijo él-. Ya verás como al final encontramos la solución.

- ¡Claro! -dijo Ferdinand con sorna-. A lo mejor descubrimos un tesoro.

La palabra “tesoro” actuó como un resorte en el hobbit, que inmediatamente quiso estar al tanto.

- ¿Tesoro? ¿Qué tesoro? -dijo.

Brun y Ferdinand se echaron a reír.

- ¡Joder, Hathu! Pareces un enano -bromeó Brun.

El hobbit se sobresaltó y automáticamente se llevó las manos a la cara, como si fuese a aparecerle súbitamente una espesa barba. Su amigo captó el gesto, y le dijo condescendiente:

- ¡No, hombre! Lo digo por lo del tesoro. Ya sabes: los enanos, el oro... -intentó explicar Brun.

- ¿Qué? -preguntó el hobbit encogiéndose de hombros.

- Olvídalo, no hay tesoro -concluyó el joven dándole unas palmaditas en la espalda.

Ferdinand y Leuba se tropezaron al salir con Gargund, el hijo del Maestro Herrero, y Warin, guardiana del Templo de las Sacerdotisas de la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean. Aranna se percató de que había cambiado su atuendo de guerrera por otro más apropiado para la ocasión: un hermoso vestido azul con un ceñidor bordado de plata. Un generoso escote remataba la prenda y realzaba la tersura de su piel. Aranna recordó el rollo de seda púrpura. Ahora agradecía a Neithan que hubiese escogido por ella. Se habría sentido como una boya luminosa en medio del mar.

Una vez intercambiados los saludos de rigor, decidieron salir de aquel antro e ir a otro lugar.

- ¿Dónde vamos ahora? -preguntó Aranna a Hathu.

- ¡A “LA DIOSA MADRE” !.*

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*N. de la A.:<i> “LA DIOSA MADRE” era el nombre de la taberna con más éxito de toda Villamarcha. Se llamaba así en memoria del navío de un famoso descubridor -muy devoto, por cierto- que, según cuenta la leyenda, terminó sus días en aquel mismo lugar por no se sabe qué turbio asunto relacionado con un huevo.
 
Aranna XXIII
Aranna no podía creer lo que tenía delante. ¡Era un elfo! ¿Qué hacía allí un elfo? Los Elfos rompieron las relaciones con los Humanos cuando se vieron obligados a luchar contra los discípulos del Príncipe Desterrado. Dejaron las costas, donde la población humana crecía y se fortalecía, y se retiraron a los bosques del Norte. En muchos lugares se habían convertido en un mito, y la gente comenzaba a dudar de su existencia.

- Ven, Aranna. Quiero presentarte a alguien -gritó el hobbit al oído de la muchacha.

Tiró de ella hasta situarla frente al elfo. El elfo se agachó hasta quedar a la altura de Hathu para que éste pudiera hacerse entender. Intercambiaron unas palabras y luego el hobbit le dijo a Aranna:

- El es Falmarin.

Falmarin se volvió hacia ella e hizo una leve inclinación de cabeza, a la que Aranna correspondió igualmente. Después, el elfo apoyó un pie en la columna que tenía detrás y se dedicó a estudiar la pared que tenía enfrente.

La hechicera se sintió como una estúpida. Obviamente la estaba ignorando, lo que le hizo sentirse fuera de lugar. Inmediatamente se arrepintió de haber acompañado a su amigo aquella noche. Le buscó con la mirada, pero éste se encontraba charlando animadamente con Brun, Leuba y Ferdinand y le daba vergüenza interrumpirles.

La enorme mano de Sanghayando se posó en su hombro, sobresaltándola. La potente voz del gigante resonó por encima de la canción que estaban destrozando en ese momento como el sonoro tañido de una gran campana. Al menos eso pensó Aranna. A Neithan le pareció más bien un coro de fanfarrias mal afinadas.

- ¡Menos mal que te vemos el pelo! ¿Qué tal te va?

- Bien -mintió Aranna intentando hacerse oír. Le habría gustado añadir algo más, pero no se le ocurría nada interesante.

- Me alegro. ¿Quieres algo de beber?

- No, gracias. No tengo sed.

- Querrás decir que no tienes un Úro -comentó Neithan como quien no quiere la cosa.

Aranna se contuvo para no contestarle.

- ¿Y él? -preguntó el gigante señalando a Neithan.

Sanghayando no sabía nada sobre criaturas sobrenaturales, así que prefería caerle bien por si acaso. A los fantasmas no se les podía aplastar de un manotazo.

- No, mi demonio no bebe -dijo Aranna.

- ¡Y dale! -protestó Neithan herido en su orgullo.

El tañido de una pequeña campana sobresalió entre el barullo. Aranna y Neithan se miraron preguntándose qué pasaba.
Brun pasó un brazo por los hombros de la hechicera, no sin antes mirar de soslayo a su oscuro acompañante.

- Vamos, Aranna. Alexi nos invita a un tapón. Acércate a la barra.

La muchacha obedeció, no muy segura de lo que iba a suceder a continuación.

Alexi tiraba enérgicamente de la cuerda, haciendo sonar una campana que pendía de la pared situada tras la barra al compás de la música. Esto pareció sacar al elfo de su ensimismamiento. Se despegó de la columna y se acercó al resto del grupo. Cuando estaban todos juntos, Alexi comenzó a llenar los pequeños cubiletes con algo que Aranna no supo identificar. Luego los repartió entre todos y lanzó un alegre brindis:

- ¡Por la amistad!

- ¡Por la amistad! -dijeron todos al unísono, y acto seguido se tragaron el ardiente líquido de un solo trago.

A la muchacha se le saltaron las lágrimas para regocijo de sus acompañantes.

- Has violado una norma, Aranna -le informó Neithan-. ¿Cuál será la próxima?

- No estoy borracha, ¿sabes? -masculló ella, consciente de que el Oscuro podía entenderla sin necesidad de alzar la voz por encima del sonido ambiente-. Además, a veces hay que hacer ciertas concesiones si la ocasión lo requiere.

La chica utilizó la amplia manga de su nueva túnica negra para secarse los dos lagrimones que corrían por sus mejillas, detalle que no escapó a la aguda vista de Falmarin. Se acercó a ella y le dijo al oído en tono mordaz:

- ¿Demasiado fuerte para ti, hechicera?

Aranna se sorprendió. Los elfos que había tenido la oportunidad de conocer eran heraldos enviados por sus reyes con mensajes para el Alto Consejo, un ejemplo a seguir en cuanto a diplomacia y buenas formas.

De la misma talla que los Hombres, los Elfos poseían un cuerpo inmortal y siempre permanecían jóvenes, ganando con los años en belleza y sabiduría. Sin embargo no estaban libres de morir aniquilados por las armas, el fuego, o incluso la pena. Dominaban las artes del Canto, la Oratoria y la Poesía y eran excelentes artesanos, capaces de crear las joyas más exquisitas y las armas más mortíferas. Sus voces tenían la cadencia de las olas, sutil y adormecedora, y la magia de la brisa jugando entre las hojas de los árboles.

En fin, las criaturas más bellas y sabias de toda la Creación.
Por eso la muchacha volvió a observar a Falmarin, por si se había confundido.

Pero no. Era un auténtico elfo, delgado y ágil pero fuerte a la vez. Llevaba el oscuro cabello sujeto por una cinta de cuero, lo que dejaba sus orejas puntiagudas al descubierto. Su rostro, de rasgos duros pero hermosos, reflejaba la terrible belleza de los de su raza. La luz de las estrellas brillaba en sus ojos, a los que nadie se había atrevido a mirar hacía mucho tiempo.

 
Primavera
La otra noche fui a tirar la basura y se me cayó encima de golpe. Hala, toda la Primavera ahí, cual luchador de sumo. El aire ése que se te mete por todos los sitios y te hace vibrar como un diapasón…

-Pero una nota que no es la tuya – dice mi Num.

- No. Mi nota suena a otoño. A recogerse, a esperar el frío. A cosa que se asienta, no a calores a destiempo ni a galopes de corazones desbocados.

Miré al cielo nada más desprenderme de la bolsa y aguzé el oído, escuchando.

Sí… se oye.

Esa quietud molesta, de algo que se revuelve impaciente, tiene un sonido especial. Imaginé las yemas en las ramas de los árboles. Los capullos incipientes asomados a la intemperie y obligados a arriesgarse, por nacer a destiempo, a morir prematuramente.

Arriba ellas, cabezas de alfiler iridiscentes tachonando la noche, se burlaban de mi desazón.

Me fui a casa renegando de mis átomos danzarines y sintiéndome como un oso que pide cinco minutos más para hibernar.

No sé dónde irá Perséfone con tanta prisa.