Aranna XXXI
Lalaith oyó cerrar la puerta de la cabaña desde su hueco en el árbol. El sol se había puesto hacía rato y era viernes por la noche, así que aquello sólo podía significar una cosa: Aranna se iba de marcha. El hada reflexionó durante largo rato (una milésima de segundo era lo habitual) y acto seguido voló en su busca.
- Me voy con vosotros –dijo de forma inapelable flotando ante los ojos de la hechicera.
Neithan le dedicó una mirada fulminante.
- Verás, no creo que... –comenzó a explicar la hechicera.
- ¡Porfavorporfavorporfavorporfavorporf...
- Es que no...
- ...avorporfavorporfavorporfa...
- ¡Vale, haz lo que te dé la gana, pero cállate!
- ...vorpor... ¿¿Puedo ir, de verdad?? –el diminuto rostro se iluminó con una sonrisa.
- Bajo tu responsabilidad. Recuerda que eres una proscrita –advirtió con la esperanza de que recapacitara.
No lo hizo.
- ¿Sabes lo que voy a hacer? Voy a cambiar de aspecto y así no me reconocerá nadie.
Lalaith descendió hasta el suelo y comenzó a desprender una luz tenue. Aranna sintió cómo la magia se concentraba alrededor de la pequeña criatura, convirtiéndose al instante en una esfera luminosa. Esta aumentó de tamaño hasta doblar en altura a la hechicera. Cuando el resplandor cesó, frente a Aranna había un magnífico ejemplar de gigante.
- Un poco drástico, ¿no te parece?
- ¡Qué va! Está de puta madre –respondió el hada-gigante entusiasmada con su nuevo aspecto-. ¿Quieres que te lleve sobre mis hombros?
Lalaith extendió sus enormes brazos hacia ella.
- Nonono, déjalo, gracias. Prefiero ir andando.
La hechicera pudo percibir un tenue suspiro de alivio dentro de su cabeza al tiempo que se desvanecía la imagen de su propio cuerpo desnucado yaciendo en el suelo.
Neithan se estaba dando cuenta de que los humanos eran realmente frágiles, lo que le producía cierta angustia dada su penosa condición. A menudo se preguntaba cómo habían conseguido sobrevivir aquellas insignificantes criaturas con tendencia al autoaniquilamiento. Era asombroso.
Comenzó a avanzar tras la peculiar pareja absorto en sus pensamientos. Había pasado más de un año desde que le obligaron a depender de la humana y todavía no tenía ni idea de cómo resolver el problema. Ella aún era joven, así que todavía disponía de algún tiempo para descubrir una forma de escapar. La clave podía estar en los Nombres que Aranna se negaba a pronunciar, ¿pero y si no era así? No tenía ninguna garantía de que las cosas cambiaran una vez que su identidad le fuera devuelta.
Tal vez si encontrara la forma de concluir el hechizo interrumpido...
El caso es no parar
Madrugar, abrir los ojos como si los párpados pesasen un quintal. Están hinchados, quieren seguir durmiendo como el resto de mi cuerpo.
- ¡No es justo! Anoche me acosté a las tantas.
- ¿Haciendo qué?
- Hablando.
- ¿Es más importante hablar que dar a tu cuerpo el merecido descanso?
- Indudablemente. Para dormir no necesito a nadie.
- Pues entonces no te quejes.
- ¿Por qué no? Es gratis.
Comer en dos bocados, no hay tiempo para el café con mi madre y ese bicho verde que me reclama su trocito de galleta.
- ¡No hay derecho! Otra vez sin postre.
- ¿Por qué no te sentaste antes a la mesa?
- No estábamos todos.
- ¿Y qué? ¿Acaso ellos comen por tu boca?
- No, pero la comida sabe mejor con ellos.
- Pues entonces…
- Ya… Que no me queje, ¿no?
Cenar… a veces. Tomar algo a las mil por no acostarme con el estómago vacío… lo más frecuente.
- ¡Vaya tela…! Las doce de la noche y todavía dando tumbos.
- ¿Por qué no dijiste que no?
- Me gusta echar una mano si puedo.
- ¿Y los disgustos que te llevas? Sabes que es muy difícil sacarles punta. A esas alturas no aprenden.
- Ya lo sé, pero son felices cuando consiguen hacerlo bien.
- No tienes remedio, ¿sabes?
- ¿Y qué será de mí cuando lo tenga?
- ¡No es justo! Anoche me acosté a las tantas.
- ¿Haciendo qué?
- Hablando.
- ¿Es más importante hablar que dar a tu cuerpo el merecido descanso?
- Indudablemente. Para dormir no necesito a nadie.
- Pues entonces no te quejes.
- ¿Por qué no? Es gratis.
Comer en dos bocados, no hay tiempo para el café con mi madre y ese bicho verde que me reclama su trocito de galleta.
- ¡No hay derecho! Otra vez sin postre.
- ¿Por qué no te sentaste antes a la mesa?
- No estábamos todos.
- ¿Y qué? ¿Acaso ellos comen por tu boca?
- No, pero la comida sabe mejor con ellos.
- Pues entonces…
- Ya… Que no me queje, ¿no?
Cenar… a veces. Tomar algo a las mil por no acostarme con el estómago vacío… lo más frecuente.
- ¡Vaya tela…! Las doce de la noche y todavía dando tumbos.
- ¿Por qué no dijiste que no?
- Me gusta echar una mano si puedo.
- ¿Y los disgustos que te llevas? Sabes que es muy difícil sacarles punta. A esas alturas no aprenden.
- Ya lo sé, pero son felices cuando consiguen hacerlo bien.
- No tienes remedio, ¿sabes?
- ¿Y qué será de mí cuando lo tenga?
Aranna XXX
Hulla, la Madre Priora del Templo de la Misericordiosa... etc., no tardó en averiguarlo. Se hallaba meditando en sus aposentos con la cabeza colgando hacia la izquierda y un hilillo de baba viscosa en la comisura de sus labios cuando llamaron suavemente a la puerta. Estaba expresamente prohibido molestarla en ese momento de recogimiento y comunicación directa con la Diosa, a no ser en casos de extrema urgencia. De hecho tuvieron que llamar repetidas veces antes de que Hulla saliera de su abstracción con un peculiar resoplido.
- Mñadelantem... –farfulló.
Las dos mensajeras aparecieron en la habitación. La Madre Priora luchaba por ponerse en pie aferrándose al reclinatorio donde había estado “orando”. Cuando llegaron frente a ella hicieron una profunda reverencia rodilla en tierra. Ella les dio su bendición y acto seguido preguntó por el motivo de aquella irrupción tan precipitada.
- Traemos un mensaje de la Suma Sacerdotisa –dijo una de ellas, entregándole un pergamino enrollado y lacrado.
La anciana lo agarró con una mano temblorosa y se acercó a una lámpara para poder leer el mensaje. A medida que iba descifrando las líneas su rostro iba pasando del blanco al rojo, al púrpura, y finalmente al amarillo verdoso. Las dos guardianas permanecían arrodilladas en actitud de respeto y se preguntaban si se habría olvidado de ellas.
Finalmente el rostro de la Madre Priora optó por un tono cerúleo bastante acorde con la gravedad del asunto.
- Retiraos –ordenó a las guardianas. Seguidamente se dirigió a una figura que esperaba discretamente junto al marco de la puerta-. Tú, muchacha, ve a buscar a la hermana Vahnene y dile que quiero verla inmediatamente.
Cuando se quedó sola, Hulla volvió a leer el pergamino. Debería partir a primera hora de la mañana si quería llegar a tiempo a la reunión. Sus múltiples achaques parecían haberse acentuado nada más conocer la noticia, pero el hecho de ver a la Suma Sacerdotisa la llenaba de fuerza. Aquella era una oportunidad única para ponerla al tanto de su labor evangelizadora. Quizá la trasladaran a la capital como recompensa. Así podría dedicarse a la contemplación y dejar la vida activa. Tardaría semanas –quizá un mes- en llegar a la Capital de la Fe, pero merecería la pena.
- Mñadelantem... –farfulló.
Las dos mensajeras aparecieron en la habitación. La Madre Priora luchaba por ponerse en pie aferrándose al reclinatorio donde había estado “orando”. Cuando llegaron frente a ella hicieron una profunda reverencia rodilla en tierra. Ella les dio su bendición y acto seguido preguntó por el motivo de aquella irrupción tan precipitada.
- Traemos un mensaje de la Suma Sacerdotisa –dijo una de ellas, entregándole un pergamino enrollado y lacrado.
La anciana lo agarró con una mano temblorosa y se acercó a una lámpara para poder leer el mensaje. A medida que iba descifrando las líneas su rostro iba pasando del blanco al rojo, al púrpura, y finalmente al amarillo verdoso. Las dos guardianas permanecían arrodilladas en actitud de respeto y se preguntaban si se habría olvidado de ellas.
Finalmente el rostro de la Madre Priora optó por un tono cerúleo bastante acorde con la gravedad del asunto.
- Retiraos –ordenó a las guardianas. Seguidamente se dirigió a una figura que esperaba discretamente junto al marco de la puerta-. Tú, muchacha, ve a buscar a la hermana Vahnene y dile que quiero verla inmediatamente.
Cuando se quedó sola, Hulla volvió a leer el pergamino. Debería partir a primera hora de la mañana si quería llegar a tiempo a la reunión. Sus múltiples achaques parecían haberse acentuado nada más conocer la noticia, pero el hecho de ver a la Suma Sacerdotisa la llenaba de fuerza. Aquella era una oportunidad única para ponerla al tanto de su labor evangelizadora. Quizá la trasladaran a la capital como recompensa. Así podría dedicarse a la contemplación y dejar la vida activa. Tardaría semanas –quizá un mes- en llegar a la Capital de la Fe, pero merecería la pena.
Aranna XXIX
A las afueras del pueblo, y frente a una de las vías más transitadas de la zona, se levantaba uno de los focos de información más importante de toda Villamarcha. Los establos públicos albergaban las monturas de los más variopintos personajes. Ango, la mano derecha del dueño de tan lucrativo negocio, era el encargado de recibir a los clientes y de invitarles a una jarra de cerveza o sidra para refrescar las gargantas resecas por el polvo del camino. En ese momento de abandono al que se entregaba agradecido el viajero, Ango desplegaba sus artes para el interrogatorio. Así conseguía enterarse de lo que pasaba en el resto del mundo (conocido) en cuestiones de “relaciones sociales”. Matrimonios de conveniencia, escándalos sexuales... Los cotilleos de Villamarcha estaban bien, pero les faltaba el glamour de la Corte. Entre la gente importante los líos de faldas cobran dimensiones desconocidas. Aunque tampoco despreciaba el enterarse de quién había sido la última damisela víctima de Brun, por ejemplo. O a qué mancebo había conquistado Alexi últimamente.
Después de un duro día de trabajo, Ango cenaba frente a su mujer en la pequeña pero acogedora casita que el propietario había construido para ellos cerca de los establos. Sólo tenía dos habitaciones: el salón y el dormitorio. La primera servía de cocina y comedor, a la que se añadía la función de aula. Norna, mujer inteligente e instruida, enseñaba a leer y a escribir a algunos niños del pueblo, con lo que sacaba algunos Úros extra o, al menos, algún que otro saco de patatas. La otra habitación... bueno, pues eso. Era un dormitorio. No creo que haga falta explicar para qué sirven los dormitorios.
Norna escuchaba divagar a su esposo entre bocado y bocado.
- ¡Y dicen que le curó el hombro al hijo de Smyer Retales cuando se lo sacó de su sitio! ¿Pero sabes qué es lo más interesante?
Norna negó con la cabeza.
- Pues que siempre va acompañada de un fantasma negro que la sigue a todos lados. ¡Imagínate!
Ango estudió el fino y pálido rostro de su esposa buscando una reacción, pero ella se limitó a mirarle enarcando las cejas en un gesto de completa incredulidad.
- ¡Que sí, mujer!
- ¡Y tú vas y te lo crees! –se burló ella.
- Pues claro, me lo ha dicho Ferdinand. Me lo encontré ayer cerca del embarcadero. Además, dice que él la conocía antes de que se fuera de la casa de la Abuela y que siempre había sido un poco rara.
Norna conocía el significado de aquel brillo en los ojos de ave rapaz que la escrutaban desde el caballete imponente de la nariz que los separaba. Había encontrado otra de sus “historias interesantes”.
- ¿Y cómo quieres que sea? Se crió con una vieja chiflada, recuérdalo.
- Eso sí –masculló removiendo con la cuchara los restos del estofado.
- Anda, deja ya de marear las sobras y no le des más vueltas al asunto –le reprendió con fingida severidad mientras retiraba los platos-. Además, ya tendremos oportunidad de conocerla cuando...
El repiquetear de los cascos de caballos al galope interrumpió la frase. Escucharon. Se acercaban a la casa. Ambos se interrogaron con la mirada. Al cabo de un momento golpearon la puerta. Ango se acercó y abrió el pequeño ventanuco que servía de mirilla mientras Norna, recelosa, terminaba de recoger la mesa.
- Son Guardianas del Templo –dijo para tranquilizar a su mujer, y les franqueó la entrada.
- Disculpad que os molestemos a estas horas, señor. ¿Podríais indicarnos el camino hacia el Templo de la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean? –dijo una de ellas.
- Sí, claro. Está en la otra punta del pueblo. Seguid esta calzada y lo encontraréis enseguida –señaló Ango mientras diseccionaba a ambas mujeres con la mirada-. Tal vez queráis hospedar a vuestros caballos en los establos. Es tarde, pero podría hacer una excepción.
- Os lo agradecemos, pero debemos llegar cuanto antes.
Si Ango hubiese podido levantar las orejas, lo habría hecho. ¿A qué venían esas prisas?
- ¿Es que hay algún problema en el Templo? –la pregunta sonó tímida pero anhelante a la vez.
Norna, que escuchaba desde el fondo de la habitación, puso los ojos en blanco. Su esposo había encontrado otro tema en el que centrar su interés.
- Llevamos un mensaje para la Madre Priora –respondió la guardiana-. Ahora, si nos disculpáis, debemos cumplir nuestro encargo. Gracias por la información.
Ango se quedó apoyado en el quicio de la puerta, observándolas volver grupas y enfilar la calzada que cruzaba Villamarcha de punta a punta. Norna había terminado de fregar los platos y los estaba colocando en la alacena.
- Cierra ya la puerta, que hace frío –dijo ella sin volverse.
El encargado de los establos públicos obedeció sin rechistar, pero su mente bullía torturada por la irreprimible curiosidad que lo invadía. ¿Qué sería tan importante como para no poder esperar ni un segundo?
Fruto del fruto de un momento
Nadie lo sabe.
El caso es que se desgajaron la una de la otra, matando dependencias y reclamando su sitio. Del contacto en la piel suave sólo queda un estremecimiento. La necesidad mudó las sábanas de esparto por quién sabe qué nueva fibra. Se fue la tarántula, cansada de buscar dueño y de aguantar desplantes. Se quedó la bruja con el hueco hecho a los pies de la cama, como una palma de mano vacía.
La magia sigue chisporroteando desde el pábilo de la vela encendida que nunca se apaga. Las sombras, inquietas, siguen acechando desde la pared. El texto ininteligible sigue brillando en el pergamino, gritando sin ser oído. El aire es menos denso ahora, pero aún se palpa su presencia. No se van, no se irán hasta que dejen de aborrecerse. De aborrecerla. De aborrecerlas. Ellos no están, y ser conscientes de ello les quema como fuego eterno.
Ella sigue durmiendo, ya sin la criatura. Estira los pies y algo la inquieta: su recuerdo.
Tranquila…
>>>*<<<
A mi Num y a mi Lycosa Tarentula, que a saber dónde andará. Y a ti… seas quien seas.
Tienes razón //haha

Para una vez que me dejo llevar...
No sé qué pasa últimamente. Ahora ha sido YoMiS el que me ha pillado "in fraganti".

Aranna XXVIII
Hulla, la Madre Priora del Templo de la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean en Villamarcha, frunció el ceño cuando golpearon la puerta. El gobernador se sintió aliviado por librarse unos instantes de su mirada escrutadora. Llevaba horas allí dentro y no había podido rehusar la invitación de comer con ella, así que agradeció la interrupción. Tres muchachas con el hábito blanco de las novicias entraron portando exquisitos manjares sobre unas bandejas, que colocaron con presteza en una mesa situada a la izquierda de la amplia habitación.
El gobernador las contempló con una sonrisa en los labios. Apenas tendrían catorce años, pero sus curvas comenzaban ya a marcarse debajo de la suave tela. El hombre sintió removerse el gusanillo del deseo en su interior. Pasaba ya de los cuarenta, pero seguía teniendo la energía de un muchacho. Le habría encantado arrebatarles los hábitos de un tirón, acariciar sus pequeños pechos desnudos, penetrarlas salvajemente, hacerlas gritar de dolor mientras se retorcían sollozantes bajo su peso. Las observó ávidamente mientras se alejaban y desaparecían a través de la puerta de entrada. El hábito no llevaba ceñidor; era un saco que caía sin gracia sobre los cuerpos de las niñas, pero aún así acertó a adivinar el movimiento de sus caderas al caminar. La sangre había comenzado a fluir con fuerza amenazando con acumularse toda en cierta parte de su cuerpo. Para evitar esta reacción volvió la vista hasta la Madre Priora. Esto fue suficiente para que todo tornara a su sitio.
Hulla rondaba los setenta años. Una sucesión de varias papadas ocultaban su cuello. Su enorme cuerpo estaba embutido en un hábito de color lila, acorde con su rango dentro de la Orden. Cada vez que se movía, diversas partes de su anatomía parecían adquirir vida propia. Su cabello, canoso y más bien ralo, se hallaba recogido en un diminuto rodete en la parte posterior de la cabeza.
La Madre Priora invitó al gobernador a acercarse a la mesa. Una vez convenientemente acomodados, ella bendijo los alimentos y dio las gracias a la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean. El gobernador sirvió el vino, un excelente caldo de Jumelia, en unas copas de plata maravillosamente trabajadas. Todo en aquella habitación era exquisito. Los tapices, las alfombras, los muebles... El hombre dedujo que las cosas le iban bien a aquella charlatana. Le convenía tenerla como aliada. ¿Qué le costaba participar en aquellas pantomimas que tenían como ceremonias? El pueblo estaba contento –o al menos lo parecía- y la vieja también. Por su parte, la Orden pagaba religiosamente sus impuestos a las arcas municipales y no estaba dispuesto a arriesgarse a que las cosas cambiaran.
- Habladme de esa... hechicera, gobernador –inquirió Hulla desmenuzando una perdiz asada.
- La verdad es que no se mucho, Madre Priora. Las pocas referencias que tengo de ella son buenas, salvo por ese ser que la acompaña siempre. Aun así, en el tiempo que lleva viviendo aquí nunca ha perjudicado a nadie. Al contrario, por lo que me han dicho es buena sanadora y ayuda a la gente.
- Nosotras ayudamos a la gente –repuso severamente-. La verdadera sanación ha de venir a través de la voluntad de nuestra Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean, bendito sea su Nombre, y no de las manos pecaminosas de una bruja. Sus actos son obra del Mal, y no pienso consentir eso en mi comunidad.
- Pero no puedo arrestarla si no ha cometido ningún delito, señora –dijo el gobernador intentando librarse de aquel incómodo asunto-. Me temo que no puedo hacer nada al respecto.
La anciana reflexionó durante unos instantes, sus diminutos ojos azules clavados en el plato.
- No os preocupéis. Yo me encargaré de que abrace la verdadera Fe.
El gobernador las contempló con una sonrisa en los labios. Apenas tendrían catorce años, pero sus curvas comenzaban ya a marcarse debajo de la suave tela. El hombre sintió removerse el gusanillo del deseo en su interior. Pasaba ya de los cuarenta, pero seguía teniendo la energía de un muchacho. Le habría encantado arrebatarles los hábitos de un tirón, acariciar sus pequeños pechos desnudos, penetrarlas salvajemente, hacerlas gritar de dolor mientras se retorcían sollozantes bajo su peso. Las observó ávidamente mientras se alejaban y desaparecían a través de la puerta de entrada. El hábito no llevaba ceñidor; era un saco que caía sin gracia sobre los cuerpos de las niñas, pero aún así acertó a adivinar el movimiento de sus caderas al caminar. La sangre había comenzado a fluir con fuerza amenazando con acumularse toda en cierta parte de su cuerpo. Para evitar esta reacción volvió la vista hasta la Madre Priora. Esto fue suficiente para que todo tornara a su sitio.
Hulla rondaba los setenta años. Una sucesión de varias papadas ocultaban su cuello. Su enorme cuerpo estaba embutido en un hábito de color lila, acorde con su rango dentro de la Orden. Cada vez que se movía, diversas partes de su anatomía parecían adquirir vida propia. Su cabello, canoso y más bien ralo, se hallaba recogido en un diminuto rodete en la parte posterior de la cabeza.
La Madre Priora invitó al gobernador a acercarse a la mesa. Una vez convenientemente acomodados, ella bendijo los alimentos y dio las gracias a la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean. El gobernador sirvió el vino, un excelente caldo de Jumelia, en unas copas de plata maravillosamente trabajadas. Todo en aquella habitación era exquisito. Los tapices, las alfombras, los muebles... El hombre dedujo que las cosas le iban bien a aquella charlatana. Le convenía tenerla como aliada. ¿Qué le costaba participar en aquellas pantomimas que tenían como ceremonias? El pueblo estaba contento –o al menos lo parecía- y la vieja también. Por su parte, la Orden pagaba religiosamente sus impuestos a las arcas municipales y no estaba dispuesto a arriesgarse a que las cosas cambiaran.
- Habladme de esa... hechicera, gobernador –inquirió Hulla desmenuzando una perdiz asada.
- La verdad es que no se mucho, Madre Priora. Las pocas referencias que tengo de ella son buenas, salvo por ese ser que la acompaña siempre. Aun así, en el tiempo que lleva viviendo aquí nunca ha perjudicado a nadie. Al contrario, por lo que me han dicho es buena sanadora y ayuda a la gente.
- Nosotras ayudamos a la gente –repuso severamente-. La verdadera sanación ha de venir a través de la voluntad de nuestra Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean, bendito sea su Nombre, y no de las manos pecaminosas de una bruja. Sus actos son obra del Mal, y no pienso consentir eso en mi comunidad.
- Pero no puedo arrestarla si no ha cometido ningún delito, señora –dijo el gobernador intentando librarse de aquel incómodo asunto-. Me temo que no puedo hacer nada al respecto.
La anciana reflexionó durante unos instantes, sus diminutos ojos azules clavados en el plato.
- No os preocupéis. Yo me encargaré de que abrace la verdadera Fe.
El himno del vientre
Activando una cuenta de correo que tenía olvidada más del tiempo pertinente, me he encontrado con una noticia sorprendente para mí en la página principal de la web. A lo mejor esto ya lo sabe todo el mundo, pero como yo siempre me entero de todo la última…
La noticia habla del himno nacional español. La melodía proviene de un toque militar llamado “Marcha Granadera”, cuya primera referencia escrita data del año 1761. Hasta ahí bien, ¿no?
Pues vale: resulta que hay una composición de un filósofo y músico árabe del S. XII llamado Obn Báyya, también conocido como Avempace, que se parece mucho a nuestro himno nacional. Se trata de la Núba al-Istihal, grabada por Omar Metiou y Eduardo Paniagua.
¿Será cierto que el “chuuuuunda chuuuuunda tachunda chunda chunda”… etc de toda la vida tiene origen árabe? Pos no lo sé. La verdad es que a mí me da igual. Pero si fuese así, ya vería mesarse las barbas a más de cuatro. Jijiji… En fin… que la música es universal, por muy “himnótica” que sea.
A ver si sé poner yo esto aquí pa que lo oigas…
http://www.webislam.com/?ida=216
La noticia habla del himno nacional español. La melodía proviene de un toque militar llamado “Marcha Granadera”, cuya primera referencia escrita data del año 1761. Hasta ahí bien, ¿no?
Pues vale: resulta que hay una composición de un filósofo y músico árabe del S. XII llamado Obn Báyya, también conocido como Avempace, que se parece mucho a nuestro himno nacional. Se trata de la Núba al-Istihal, grabada por Omar Metiou y Eduardo Paniagua.
¿Será cierto que el “chuuuuunda chuuuuunda tachunda chunda chunda”… etc de toda la vida tiene origen árabe? Pos no lo sé. La verdad es que a mí me da igual. Pero si fuese así, ya vería mesarse las barbas a más de cuatro. Jijiji… En fin… que la música es universal, por muy “himnótica” que sea.
A ver si sé poner yo esto aquí pa que lo oigas…
http://www.webislam.com/?ida=216
Aranna XXVII
El templo de la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean resplandecía con la luz del sol. Las mujeres que habían consagrado su vida a esta deidad construyeron el edificio gracias a los donativos de sus fieles, cada vez más numerosos. Era una diosa que había ido ganando adeptos, y había conseguido relegar a un segundo plano –por no decir al olvido- a sus antiguos predecesores, que parecían haberse tomado unas largas vacaciones.
La verdad es que resultaba mucho más cómodo adorar a la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean que al resto de los dioses -que algunos habían comenzado a llamar “paganos”-, pues Ella no exigía grandes sacrificios ni derramamientos de sangre. Al contrario, se conformaba con una sencilla liturgia oficiada por sus sacerdotisas. Incluso se dejaba ver alguna vez que otra envuelta en una blanca aureola y realizaba portentosos juegos de luces en el cielo ante la mirada estupefacta de los presentes. Su culto se había iniciado en las lejanas tierras de Oriente, y sus predicadores se habían encargado de esparcir su mensaje por los cuatro puntos cardinales.
Las Hermanas Azules, como habían dado en llamar las gentes a las monjas y sacerdotisas que honraban a esta diosa dado el color de sus hábitos, eran un ejemplo de entrega a los demás. En las dependencias anexas al blanco templo construido en la zona más moderna del pueblo, las Hermanas daban cobijo a todo aquel que no pudiese valerse por sí mismo. Ancianos, huérfanos, tullidos, enfermos...
Las Guardianas del Templo velaban por la seguridad de la comunidad. Se trataba de una verdadera orden de caballería formada únicamente por mujeres magistralmente adiestradas en el arte de la Guerra. La mayoría de ellas eran niñas abandonadas que no habían mostrado el suficiente espíritu religioso como para consagrarse en cuerpo y alma a su Diosa. Las que no pertenecían al grupo anterior tenían procedencias de lo más variopintas: desde mercenarias conversas hasta hijas de la nobleza. Cuando ingresaban en la Orden de las Guardianas del Templo se despojaban de los lastres que habían arrastrado hasta entonces. Una vez que se ajustaban la túnica azul, sólo les serían reconocidas las distinciones que ellas mismas lograran en el cumplimiento de su deber. Como su posición dentro del templo era puramente laica, tenían libertad para casarse sin que por ello tuviesen que renunciar a su puesto.
Villamarcha había adoptado a esta Diosa de buena gana, convirtiéndose sus habitantes en devotos seguidores de su nueva religión. El culto a los viejos dioses estaba prácticamente extinto. Ya nadie se acordaba de ellos. Las órdenes religiosas que les rendían culto desaparecieron, pues sus miembros ya no sentían la presencia de las deidades que antaño les daban poder para realizar todo tipo de milagros. Todavía quedaban algunos grupos reducidos que seguían adorándoles, pero la creencia general era que los dioses que desde la Creación se habían ocupado del mundo habían desaparecido. Los más osados se atrevían a decir que habían muerto.
A Warin le daba lo mismo. Le gustaba su trabajo, y aquellas gentes se habían portado estupendamente con ella. Había sido abandonada por su madre a las puertas de uno de los templos consagrados a la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean. Las Hermanas Azules la habían criado y se habían encargado de su formación como Guardiana, ya que habría sido una pésima sacerdotisa dado su carácter inquieto y su fuerte temperamento. De pequeña era incapaz de concentrarse en los oficios religiosos a la que la obligaban a asistir. Al final se acababa durmiendo arrullada por los interminables cánticos de la ceremonia. Un pescozón la sacaba bruscamente de su sueño, y las risitas ahogadas de sus compañeras la terminaban de malhumorar.
Recordaba todo esto con una sonrisa mientras hacía guardia frente a los aposentos de Hulla, la Madre Priora, junto con otra compañera. Era casi la hora de comer. Desde la cocina, en el piso de abajo, subía el aroma de los alimentos que estaban preparando. Hulla se encontraba departiendo con el gobernador de Villamarcha. Warin oyó pasos que se acercaban escaleras arriba. Al pronto, tres novicias aparecieron portando bandejas con lo que iba a ser el almuerzo de la Madre Priora y su invitado. El estómago de la guardiana rugió feroz. Su compañera, algo más menuda que ella y con una ondulada melena rubia recogida en la nuca, la miró con los ojos muy abiertos y luego sonrió frotándose su propio estómago.
Las tres muchachas llegaron hasta la puerta de doble hoja y solicitaron permiso para entrar. Warin llamó y seguidamente facilitó la entrada a las novicias. Una vez hubieron depositado los platos en el interior, salieron de la estancia. Warin se extrañó. Normalmente, cuando la Madre Priora almorzaba en sus aposentos, una de las novicias se quedaba para servir la comida y escanciar el vino. Pero habían salido las tres.
“Se debe estar cociendo algo importante ahí dentro” –pensó.





