Si es que les tengo que querer
Anoche invité a mis compañeros a cenar en un sitio que les gusta mucho. Quería celebrar con ellos el principio del resto de mi vida. A diferencia de los cumpleaños (que no es el caso), hay cosas que sólo suceden una vez.
La velada transcurrió tal como se esperaba cuando nos juntamos.
A saber:
- Tres riegos por aspersión bucal provocados por carcajadas a destiempo, que bañaron a todo aquél que se encontraba (nos encontrábamos) dentro del radio de acción.
- Manchas varias. La más espectacular fue una de vino sobre la camisa blanca de uno de los comensales, culpa del camarero que golpeó una copa. El asunto se resolvió con el apurado camarero frotando el desaguisado con una mezcla infalible de agua y Fairy, y la víctima con las manos entrelazadas en la nuca y pidiendo másssssss.
- Lanzamiento de un plato de mayonesa que fue a parar a una fuente por cortesía del cafre de siempre (los del restaurante nos acomodaron en la terraza porque ya nos conocen) tras rebotar en el cráneo del que se encontraba en la trayectoria del improvisado proyectil. Menos mal que lo tiene duro. Después de unos momentos de desconcierto, el dueño del local consiguió remontar los ánimos cantando la “ma-yo-neeeeeeesa” con coreografía incluida, lo que nos devolvió la hilaridad perdida.
- Ducha de cava estilo podium de F-1 por parte también del dueño para curarle el chichón a la víctima del plato de mayonesa volante.
- Lamentos a priori de lo que dirían las/los cónyuges cuando los respectivos llegasen a casa en tan lamentable estado. El lunes me enteraré de lo que dijeron a posteriori.
- Sustos a la víctima de siempre. Un día se nos queda en el sitio, pero es que pone una carita de espanto muy graciosa. Y claro…
- Propuesta de enchufar la manguera del jardín y regar al lanzador de platos de mayonesa. Fue rechazada a causa de hallarse entre nosotros una compañera en estado de buena esperanza, lo cual dificultaba su retirada para evitar el remojón.
¿Lo más sorprendente de todo? La despedida del dueño del restaurante: “Volved cuando queráis” –nos dijo. Si es que en el fondo son buenos chicos. Mira, si no, qué regalos me hicieron. Aún estoy reflexionando al respecto, que hay cosas que no entiendo muy bien ;O)

La velada transcurrió tal como se esperaba cuando nos juntamos.
A saber:
- Tres riegos por aspersión bucal provocados por carcajadas a destiempo, que bañaron a todo aquél que se encontraba (nos encontrábamos) dentro del radio de acción.
- Manchas varias. La más espectacular fue una de vino sobre la camisa blanca de uno de los comensales, culpa del camarero que golpeó una copa. El asunto se resolvió con el apurado camarero frotando el desaguisado con una mezcla infalible de agua y Fairy, y la víctima con las manos entrelazadas en la nuca y pidiendo másssssss.
- Lanzamiento de un plato de mayonesa que fue a parar a una fuente por cortesía del cafre de siempre (los del restaurante nos acomodaron en la terraza porque ya nos conocen) tras rebotar en el cráneo del que se encontraba en la trayectoria del improvisado proyectil. Menos mal que lo tiene duro. Después de unos momentos de desconcierto, el dueño del local consiguió remontar los ánimos cantando la “ma-yo-neeeeeeesa” con coreografía incluida, lo que nos devolvió la hilaridad perdida.
- Ducha de cava estilo podium de F-1 por parte también del dueño para curarle el chichón a la víctima del plato de mayonesa volante.
- Lamentos a priori de lo que dirían las/los cónyuges cuando los respectivos llegasen a casa en tan lamentable estado. El lunes me enteraré de lo que dijeron a posteriori.
- Sustos a la víctima de siempre. Un día se nos queda en el sitio, pero es que pone una carita de espanto muy graciosa. Y claro…
- Propuesta de enchufar la manguera del jardín y regar al lanzador de platos de mayonesa. Fue rechazada a causa de hallarse entre nosotros una compañera en estado de buena esperanza, lo cual dificultaba su retirada para evitar el remojón.
¿Lo más sorprendente de todo? La despedida del dueño del restaurante: “Volved cuando queráis” –nos dijo. Si es que en el fondo son buenos chicos. Mira, si no, qué regalos me hicieron. Aún estoy reflexionando al respecto, que hay cosas que no entiendo muy bien ;O)

¡Señor, qué hartita estoy!
Y mira que yo no quería entrar en la vorágine electoral de los días que corremos, pero ya no me aguanto.
Ya sabemos todos que a los políticos se les va la cabeza con la campaña electoral. Nos levantan las aceras, nos ponen farolas a diestro y siniestro, inauguran las cosas más inverosímiles y aprovechan cualquiera de ellas para llenarle la barriga al pueblo con paella o con empanadillas, según la hora.
Ellos son así de campechanos, oye. Todo sonrisas y apretones de manos, y palmadita en la espalda, y colarte el sobre con el voto en el bolsillo… Pero los de aquí es que ya son de lo más.
¿Un ejemplo?
El viernes pasado, hace ahora justo una semana, fue la clausura de un certamen instrumental a nivel comarcal organizado por el conservatorio municipal. El acto fue aprovechado por la concejala de educación para subir al escenario y hacer su discursito, por supuesto. Había miles de argumentos. El apoyo a la cultura a través de la música, la promoción del conservatorio, becas a alumnos, ayudas, programas culturales…
Pero no. A ver si recuerdo más o menos sus palabras…
Fue algo así:
“Al terminar el acto, hemos preparado un pequeño convite con cerveza, refrescos y unos bocadillos y unas patatas. Y como dicen por ahí que vamos derrochando el dinero… el año que viene, con permiso del alcalde, habrá mucho más dinero para los premios del certamen. ¡Y más vino! ¡Y más cerveza y más empanadillas para todos!”
Silencio absoluto entre el público y un par de aplausos despistados que sacaron del estupor al resto y consiguieron una ovación de nivel moderado tirando a bajo.
¿Otro ejemplo de la misma señora?
Antes de ayer estaba yo hablando con la empleada que hay en el mostrador de la entrada de la casa de la cultura, cuando interrumpió nuestra conversación una chica preguntando si allí hacía falta gente para trabajar.
Te cuento:
esta persona es bastante conocida (aquí nos conocemos prácticamente todos). No está bien de la cabeza. Para que te hagas una idea, y con todos mis respetos, “le falta un hervor”.
Te reproduzco la conversación:
- Es que me han dicho que aquí hace falta mucha gente para trabajar.
- Pues no… no tenemos conocimiento de eso. Si quieres, acércate a preguntar en Servicios Sociales que siempre hay alguna oferta de empleo.
-No, no. A mí me han dicho que es aquí. Que había mucho trabajo y necesitaban mucha gente.
- Pues no sé…
- ¿Y sabes quién me lo ha dicho? La concejala Fulanita. Me ha dicho que me viniera para acá que me iban a dar trabajo porque aquí siempre había mucho, pero que tenía que votarle a Menganito.
En fin… como dicen ellos, en política todo vale. También el engaño, los chantajes, las amenazas, el miedo, y todo lo que sirva para manipular.
Esto son sólo dos anécdotas que calificaría de amables, incluso. De los despidos de personal del ayuntamiento por pertenecer a otro partido, de la compra de votos a cambio de favores, de la prohibición de abastecerse en determinados comercios por ser sus propietarios de otro color político cuando se llenan la boca al decir que hay que promocionar el comercio local… mejor no hablo.
La situación política donde yo vivo es peculiar, con moción de censura incluida. Habría mucho que escribir al respecto pero prefiero dedicarme a otras cosas. Bastante tienes tú con tus propias aceras levantadas.
Ya sabemos todos que a los políticos se les va la cabeza con la campaña electoral. Nos levantan las aceras, nos ponen farolas a diestro y siniestro, inauguran las cosas más inverosímiles y aprovechan cualquiera de ellas para llenarle la barriga al pueblo con paella o con empanadillas, según la hora.
Ellos son así de campechanos, oye. Todo sonrisas y apretones de manos, y palmadita en la espalda, y colarte el sobre con el voto en el bolsillo… Pero los de aquí es que ya son de lo más.
¿Un ejemplo?
El viernes pasado, hace ahora justo una semana, fue la clausura de un certamen instrumental a nivel comarcal organizado por el conservatorio municipal. El acto fue aprovechado por la concejala de educación para subir al escenario y hacer su discursito, por supuesto. Había miles de argumentos. El apoyo a la cultura a través de la música, la promoción del conservatorio, becas a alumnos, ayudas, programas culturales…
Pero no. A ver si recuerdo más o menos sus palabras…
Fue algo así:
“Al terminar el acto, hemos preparado un pequeño convite con cerveza, refrescos y unos bocadillos y unas patatas. Y como dicen por ahí que vamos derrochando el dinero… el año que viene, con permiso del alcalde, habrá mucho más dinero para los premios del certamen. ¡Y más vino! ¡Y más cerveza y más empanadillas para todos!”
Silencio absoluto entre el público y un par de aplausos despistados que sacaron del estupor al resto y consiguieron una ovación de nivel moderado tirando a bajo.
¿Otro ejemplo de la misma señora?
Antes de ayer estaba yo hablando con la empleada que hay en el mostrador de la entrada de la casa de la cultura, cuando interrumpió nuestra conversación una chica preguntando si allí hacía falta gente para trabajar.
Te cuento:
esta persona es bastante conocida (aquí nos conocemos prácticamente todos). No está bien de la cabeza. Para que te hagas una idea, y con todos mis respetos, “le falta un hervor”.
Te reproduzco la conversación:
- Es que me han dicho que aquí hace falta mucha gente para trabajar.
- Pues no… no tenemos conocimiento de eso. Si quieres, acércate a preguntar en Servicios Sociales que siempre hay alguna oferta de empleo.
-No, no. A mí me han dicho que es aquí. Que había mucho trabajo y necesitaban mucha gente.
- Pues no sé…
- ¿Y sabes quién me lo ha dicho? La concejala Fulanita. Me ha dicho que me viniera para acá que me iban a dar trabajo porque aquí siempre había mucho, pero que tenía que votarle a Menganito.
En fin… como dicen ellos, en política todo vale. También el engaño, los chantajes, las amenazas, el miedo, y todo lo que sirva para manipular.
Esto son sólo dos anécdotas que calificaría de amables, incluso. De los despidos de personal del ayuntamiento por pertenecer a otro partido, de la compra de votos a cambio de favores, de la prohibición de abastecerse en determinados comercios por ser sus propietarios de otro color político cuando se llenan la boca al decir que hay que promocionar el comercio local… mejor no hablo.
La situación política donde yo vivo es peculiar, con moción de censura incluida. Habría mucho que escribir al respecto pero prefiero dedicarme a otras cosas. Bastante tienes tú con tus propias aceras levantadas.
Aranna XXXIII
La posada estaba en todo lo suyo. El fuego ardía en la gran chimenea al constante cuidado de Prajt, y Karl y Lara se afanaban en atender a los clientes. En la mesa del fondo, como de costumbre, un grupo bastante escandaloso berreaba una canción de moral dudosa:
- De agujeritos, ¡qué, qué!, de agujeritos...
La voz de Sanghayando el Grande resonaba por encima de las de sus compañeros de juerga, y se habría lanzado a la ejecución del baile típico correspondiente si no hubiese sido porque una hembra de gigante lo miraba sonriendo.
Aranna acompañaba con las palmas porque no se sabía la letra. Al parecer el hobbit tampoco, pero él no se arredraba ante aquel inconveniente y cantaba a voz en grito algo parecido a:
- ...itos, aom...araaaagas de aoojeritos... paque... aaaaches... treeeeeito...
Una ráfaga de aire puro removió el humo concentrado en el salón, tras la cual entraron tres humanos y una enana. Seguidamente se dirigieron hasta la mesa donde se encontraban los individuos más escandalosos del local. Después de los saludos de rigor, se iniciaron las presentaciones. Aranna les fue presentada como una antigua amiga. Ella, a su vez, se encargó de presentar a Lalaith. El grupo de recién llegados se comportó de un modo frío y distante. La hechicera lo achacó a que podían resultar un poco extraños, tanto el hada-gigante como ella misma y su acompañante, así que se dedicó a observar en silencio.
Lalaith parecía haber hecho buenas migas con Sanghayando, que parecía más alegre y dicharachero que nunca. Sus amigos le lanzaban miraditas de complicidad. Aranna se vio volviendo a casa con la única compañía de Neithan.
Karl aprovechaba los momentos de calma para sentarse con ellos y charlar un rato. Odiaba aquel negocio tan esclavo. Sus amigos no tardarían en irse y él tendría que quedarse allí, sirviendo cerveza a individuos de lo más variopinto con infinita paciencia y eterna sonrisa. Algún día se desharía de la posada, pero no lo veía llegar nunca.
Hathu se entretenía pellizcando insistentemente el codo de Musolette mientras Garry, su acompañante, reía la broma ignorante del significado erótico-festivo que tenía aquel gesto para el hobbit.
Ango y su esposa ponían al corriente de todos los chismes ocurridos durante la semana a Ferdinand y Leuba, cosa que Aranna agradecía sobremanera. Nada más llegar, había sido sometida a un exhaustivo interrogatorio por parte del encargado de los establos públicos.
Los demás charlaban animadamente, incluido Falmarin, que parecía haber salido de su habitual estado de abstracción. Aquella noche hacía honor a los de su raza. El resplandor élfico que emanaba de su cuerpo parecía haberse intensificado, lo que llamaba la atención de Aranna. Neithan también parecía haberse dado cuenta y no le perdía de vista. Cualquier concentración anómala de energía le ponía nervioso.
Prajt había sido reclamado en las caballerizas, y allá que se fue rápidamente temeroso de la escoba asesina de Lara, farfullando no sé qué de problemas. A Ango no se le escapó el hecho y volvía la cabeza insistentemente hacia la puerta. A los pocos minutos su curiosidad tuvo la ansiada recompensa. Un caballero entró en la posada envuelto en una amplia capa de color grana. Miró a su alrededor unos instantes y seguidamente se encaminó con paso decidido a la mesa más concurrida de toda la sala. Con un enérgico movimiento de su brazo se echó la capa hacia atrás, dejando al descubierto una armadura tan plateada y resplandeciente que hizo entrecerrar los ojos al personal allí presente, que tampoco perdía detalle. Sobre su pecho un Grifo en rojo, símbolo de la Orden de Caballería a la que pertenecía. Se quitó los guanteletes conforme llegaba junto a sus amigos, a los que fue abrazando uno a uno. Un beso en el dorso de la mano para las damas acompañado de una cortés reverencia.
A Aranna le temblaron las rodillas. Tragó saliva cuando el caballero se acercó para darse a conocer. Era sencillamente perfecto.
- Permitid que me presente, mi señora. Soy Siegfrid del Valle Profundo, caballero de la Orden del Grifo. A vuestro servicio.
La hechicera tuvo que hacer un gran esfuerzo por no salir corriendo. Decididamente aquella vida no era para ella. ¡Un caballero de brillante armadura se acababa de poner a su servicio! Sonrió para sus adentros. Por unos instantes se había sentido una princesita. Pero enseguida recobró la compostura.
- Aranna –se presentó. Lamentablemente no podía decir más, aunque le habría gustado añadir alguna coletilla que la hiciese parecer más importante a los ojos de tan noble presencia.
_______________________________________________________
Esto apenas es el principio de una historia que aún continúa. A ellos y a vosotros, gracias.
- De agujeritos, ¡qué, qué!, de agujeritos...
La voz de Sanghayando el Grande resonaba por encima de las de sus compañeros de juerga, y se habría lanzado a la ejecución del baile típico correspondiente si no hubiese sido porque una hembra de gigante lo miraba sonriendo.
Aranna acompañaba con las palmas porque no se sabía la letra. Al parecer el hobbit tampoco, pero él no se arredraba ante aquel inconveniente y cantaba a voz en grito algo parecido a:
- ...itos, aom...araaaagas de aoojeritos... paque... aaaaches... treeeeeito...
Una ráfaga de aire puro removió el humo concentrado en el salón, tras la cual entraron tres humanos y una enana. Seguidamente se dirigieron hasta la mesa donde se encontraban los individuos más escandalosos del local. Después de los saludos de rigor, se iniciaron las presentaciones. Aranna les fue presentada como una antigua amiga. Ella, a su vez, se encargó de presentar a Lalaith. El grupo de recién llegados se comportó de un modo frío y distante. La hechicera lo achacó a que podían resultar un poco extraños, tanto el hada-gigante como ella misma y su acompañante, así que se dedicó a observar en silencio.
Lalaith parecía haber hecho buenas migas con Sanghayando, que parecía más alegre y dicharachero que nunca. Sus amigos le lanzaban miraditas de complicidad. Aranna se vio volviendo a casa con la única compañía de Neithan.
Karl aprovechaba los momentos de calma para sentarse con ellos y charlar un rato. Odiaba aquel negocio tan esclavo. Sus amigos no tardarían en irse y él tendría que quedarse allí, sirviendo cerveza a individuos de lo más variopinto con infinita paciencia y eterna sonrisa. Algún día se desharía de la posada, pero no lo veía llegar nunca.
Hathu se entretenía pellizcando insistentemente el codo de Musolette mientras Garry, su acompañante, reía la broma ignorante del significado erótico-festivo que tenía aquel gesto para el hobbit.
Ango y su esposa ponían al corriente de todos los chismes ocurridos durante la semana a Ferdinand y Leuba, cosa que Aranna agradecía sobremanera. Nada más llegar, había sido sometida a un exhaustivo interrogatorio por parte del encargado de los establos públicos.
Los demás charlaban animadamente, incluido Falmarin, que parecía haber salido de su habitual estado de abstracción. Aquella noche hacía honor a los de su raza. El resplandor élfico que emanaba de su cuerpo parecía haberse intensificado, lo que llamaba la atención de Aranna. Neithan también parecía haberse dado cuenta y no le perdía de vista. Cualquier concentración anómala de energía le ponía nervioso.
Prajt había sido reclamado en las caballerizas, y allá que se fue rápidamente temeroso de la escoba asesina de Lara, farfullando no sé qué de problemas. A Ango no se le escapó el hecho y volvía la cabeza insistentemente hacia la puerta. A los pocos minutos su curiosidad tuvo la ansiada recompensa. Un caballero entró en la posada envuelto en una amplia capa de color grana. Miró a su alrededor unos instantes y seguidamente se encaminó con paso decidido a la mesa más concurrida de toda la sala. Con un enérgico movimiento de su brazo se echó la capa hacia atrás, dejando al descubierto una armadura tan plateada y resplandeciente que hizo entrecerrar los ojos al personal allí presente, que tampoco perdía detalle. Sobre su pecho un Grifo en rojo, símbolo de la Orden de Caballería a la que pertenecía. Se quitó los guanteletes conforme llegaba junto a sus amigos, a los que fue abrazando uno a uno. Un beso en el dorso de la mano para las damas acompañado de una cortés reverencia.
A Aranna le temblaron las rodillas. Tragó saliva cuando el caballero se acercó para darse a conocer. Era sencillamente perfecto.
- Permitid que me presente, mi señora. Soy Siegfrid del Valle Profundo, caballero de la Orden del Grifo. A vuestro servicio.
La hechicera tuvo que hacer un gran esfuerzo por no salir corriendo. Decididamente aquella vida no era para ella. ¡Un caballero de brillante armadura se acababa de poner a su servicio! Sonrió para sus adentros. Por unos instantes se había sentido una princesita. Pero enseguida recobró la compostura.
- Aranna –se presentó. Lamentablemente no podía decir más, aunque le habría gustado añadir alguna coletilla que la hiciese parecer más importante a los ojos de tan noble presencia.
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Esto apenas es el principio de una historia que aún continúa. A ellos y a vosotros, gracias.
Aranna XXXII
La posada de Karl hervía de actividad aquel viernes. Incluso había dos huéspedes en las habitaciones de arriba. El fuego de la chimenea ardía alegremente y la mayoría de las mesas estaban ocupadas. Aquel había sido un buen año para Villamarcha. La pesca era abundante, el comercio floreciente y los campos habían sido generosos. El invierno no les había cogido por sorpresa, y quien más y quien menos tenían sus necesidades cubiertas.
Arenisca había decidido salir aquella noche después de media hora de súplicas por parte de Trágala. A Arenisca no le gustaba el “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN” ni la gente que solía frecuentarlo, pero estaba dispuesta a hacer un sacrificio por su amiga.
Formaban una extraña pareja. Arenisca era una de las pocas mujeres de la raza de los Enanos que quedaban en la comarca.
Principalmente eran un pueblo vinculado a las montañas, algo que no abundaba por aquellas tierras. En su interior construían, o mejor dicho, esculpían sus enormes palacios subterráneos con inmensas salas y kilométricos pasillos. A pesar de que muy pocos superaban el metro cincuenta, tenían especial predilección por los techos altos.
Trágala era humana y bastante bárbara. No, no es que fuese por ahí arrancando cabezas, sino que cuando alguien la miraba solía pensar: esta chica es bárbara. ¿Que qué era lo que inducía a la gente a tener este extraño concepto? Quizá podría deberse a su atuendo, principalmente compuesto de cuero negro. Todo el mundo coincidía en que una fusta y unas botas de tacón de aguja serían los complementos ideales junto con un buen par de grilletes.
Iban de camino hacia la posada cuando una voz llamó su atención. Arenisca buscó instintivamente el mango de su hacha de doble hoja, pero su mano se cerró sobre la empuñadura de una larga y mortífera daga. El hacha le había parecido excesiva para acudir a una reunión de amigos, pero aún así echaba de menos su peso colgando de la cadera. Trágala llevaba una espada al cinto, pero no la tanteó. Había reconocido la voz de Musolette que caminaba hacia ellas con aire desenvuelto, con la larga y rizada melena ondeando al viento y la falda del vestido sujeta con una mano. Con la otra remolcaba a un rubio galán envuelto en terciopelo granate. Una vez hechos los saludos de rigor, entraron todos al “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN”.
Arenisca había decidido salir aquella noche después de media hora de súplicas por parte de Trágala. A Arenisca no le gustaba el “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN” ni la gente que solía frecuentarlo, pero estaba dispuesta a hacer un sacrificio por su amiga.
Formaban una extraña pareja. Arenisca era una de las pocas mujeres de la raza de los Enanos que quedaban en la comarca.
Principalmente eran un pueblo vinculado a las montañas, algo que no abundaba por aquellas tierras. En su interior construían, o mejor dicho, esculpían sus enormes palacios subterráneos con inmensas salas y kilométricos pasillos. A pesar de que muy pocos superaban el metro cincuenta, tenían especial predilección por los techos altos.
Trágala era humana y bastante bárbara. No, no es que fuese por ahí arrancando cabezas, sino que cuando alguien la miraba solía pensar: esta chica es bárbara. ¿Que qué era lo que inducía a la gente a tener este extraño concepto? Quizá podría deberse a su atuendo, principalmente compuesto de cuero negro. Todo el mundo coincidía en que una fusta y unas botas de tacón de aguja serían los complementos ideales junto con un buen par de grilletes.
Iban de camino hacia la posada cuando una voz llamó su atención. Arenisca buscó instintivamente el mango de su hacha de doble hoja, pero su mano se cerró sobre la empuñadura de una larga y mortífera daga. El hacha le había parecido excesiva para acudir a una reunión de amigos, pero aún así echaba de menos su peso colgando de la cadera. Trágala llevaba una espada al cinto, pero no la tanteó. Había reconocido la voz de Musolette que caminaba hacia ellas con aire desenvuelto, con la larga y rizada melena ondeando al viento y la falda del vestido sujeta con una mano. Con la otra remolcaba a un rubio galán envuelto en terciopelo granate. Una vez hechos los saludos de rigor, entraron todos al “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN”.
Porque sueño…
Espero la noche para envolverme en terciopelo. Taparme hasta el último milímetro, cubrirme la cabeza y los sentidos con la suavidad negra y cálida que amortigua los sonidos y las inclemencias. La espero ansiosamente, mientras terminan las prisas, las voces cansadas al final de la jornada. Y con ellas me voy acabando yo también, para terminar vacía de todo y parar de morir sólo por un momento.
El manto está roto, el terciopelo hendido por lo más ridículo del mundo. El silencio violado por el sonido atronador de la moto de las tres cuarenta y cinco. Les molesta el silencio. Les asusta, diría yo. Me hiere los oídos y mi ira crece y decrece en una oleada de impotencia y frustración. Ahora soy yo quien se asusta por dar cabida a esa ira en un pecho que intenta respirar acompasadamente.
Mi carne y mi sangre son meras interferencias. Mis sentidos, un ancla que me encadena al cieno del fondo. Flotar al pairo, quizá hinchar las velas de aire de otro mundo…
La televisión, los comentarios, compartir a la fuerza. No hay más espacio, al menos aquí fuera. Tironean, me resisto. Me aferro con uñas y dientes pero no consigo más que desgarrar el terciopelo que al final cae a mis pies, vencido.
A ti, forastero… gracias.






