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Reflexiones de un trasto
Están locos estos humanos
Acerca de
Soy una ballesta, por si no te has puesto las gafas para mirar la foto.
Sindicación
 
La Ninfa
El hombrecillo enjuto salió del pueblo como alma que lleva el diablo. Se fue antes de amanecer, mucho antes de que Ferrán pudiese reaccionar y salir a buscarle para que le llevase a la tierra prometida donde habitan las hermosas damas que le hizo desear. Colgada de su hombro de forma desmañada, enfadada por haberme separado de mi dueño, iba yo meditando en los motivos de mi hurto traicionero.

Había sido arrebatada de mi tranquila existencia en manos de un centinela que sólo me disparaba para cazar algún jabalí sarnoso, y llevada por caminos secretos entre bosques oscuros e inquietantes. Yo sabía perfectamente que mi condición de arma mágica no había pasado desapercibida a los ojos de mi nuevo portador, y también sabía que él tenía mucho que ver con la magia. Pues su voz, su canto y sus malas artes fueron las culpables del encantamiento de mi buen amo.

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Las aguas cristalinas caían en cascada entre la frondosa vegetación, vertiéndose en un remanso del río y formando un estanque donde el ímpetu del agua se sosegaba y parecía descansar antes de proseguir su camino hacia el mar. La ninfa peinaba su larga cabellera con un peine de plata, sentada en una roca que sobresalía justo en el centro del pequeño lago que era su dominio.

Le vio venir mucho antes de que él divisase siquiera el reflejo del sol en las aguas. Le esperó paciente, pues sabía que todo viajero que recorría aquellos parajes no podía evitar saciar su sed allí. Antes de que pudiese percatarse de su presencia, la ninfa se sumergió y desapareció bajo la superficie.

El extraño hombrecillo se sentó en la orilla, se inclinó y bebió. Dejó la ballesta a un lado, se descalzó y recibió la bendición del agua fresca en sus pies. Él sabía que allí habitaba una ninfa, pues los magos son capaces de ver cosas que permanecen ocultas al resto de los mortales. Con gran parsimonia, acomodó su sombrero bajo la nuca y se dispuso a descansar. Sabía que la bella criatura no tardaría en hacer su aparición.

Y tal como esperaba, así fue.

Primero, apenas un borboteo en la superficie para captar la atención. El hombre se incorporó sobre los codos y pudo ver cómo surgía del agua la encarnación misma de la belleza. Fingiose encantado por la aparición, pues no surtió en él efecto alguno. Puso cuidado de no hacérselo notar a la criatura con el propósito de que le tomase por hombre normal y corriente. Ya se sabe, los magos son capaces de ver lo oculto. Pero también son capaces de ocultar lo evidente. Con lo cual, ante los ojos de nuestra preciosa dama del lago, era el mismo hombrecillo desamparado que conmovió al bueno de Ferrán a base de lástima.

Con gotas diamantinas sobre la piel de alabastro, con el azul del cielo en los iris protegidos por largas pestañas rubias, como su largo y sedoso cabello, con el grácil movimiento robado a las ondas que se formaban a cada paso de sus delicados pies sobre las aguas, comenzó la ninfa a acercarse mientras recitaba con voz solemne:

- ¡Oh, mortal que profanas mi morada! ¡Habrás de pagar tu osadía, pues todo aquél que se atreva a posar su mirada sobre mí, sucumbirá ante mi poder y su alma estará condenada por siempre a alabar mi belleza!

A pesar de las terroríficas palabras, su voz era la música más deliciosa que oírse pudiera. El mago resistió el primer envite. Era humano al fin y al cabo, y cada fibra de su ser pugnaba por obedecer y sucumbir ante la hermosa criatura. Pero al fin consiguió recuperarse. Se hizo con la ballesta, la tensó y la cargó tan rápidamente que daba la impresión de que el arma se adelantaba una milésima de segundo al movimiento de su mano.

Cuando la criatura fue a darse cuenta de lo que estaba pasando, la saeta estaba ya de camino.

Trastabilló unos pasos y cayó frente al mago, lanzándole una última mirada de sorpresa y odio con unos ojos carentes de párpados. El mago sintió sus garras membranosas aferrarse a su tobillo, y se deshizo del contacto frío y escamoso de su piel. La empujó con el pie y recuperó el proyectil. Miró su cara, tan hermosa unos segundos antes, medio cubierta por las ralas fibras verdosas que nacían de su cráneo. Por un momento sintió piedad de la criatura, y de todas las almas que ahora se arremolinaban a su alrededor antes de desvanecerse entre los árboles circundantes con un último canto a la belleza desaparecida.

Tras evocar unos segundos la imagen de la dulce ninfa, rompió los dedos de la mano que aún sujetaba el peine de plata para hacerse con él.

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Retomamos el sendero que se adentraba en el bosque. El hombrecillo enjuto, el extraño mago asesino de ninfas o salvador de almas, caminaba a buen paso mientras silbaba una melodía monótona que me invitaba a la inconsciencia.

- “Duerme –le oí decir sin palabras-. Mañana te explicaré”.