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Reflexiones de un trasto
Están locos estos humanos
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Soy una ballesta, por si no te has puesto las gafas para mirar la foto.
Sindicación
 
El entierro de José Luis el contable
Una mañana, poco después de sentarse en la silla que había ocupado durante 40 años y un día, empezó a encontrarse mal. Al muchacho que se ocupaba del correo se le antojó más pálido que de costumbre y con las ojeras alarmantemente acentuadas. Le preguntó si se sentía bien y José Luis, con un hilo de voz, le dijo que no.

Poco después moría en la sala de urgencias del hospital. Alguien que dijo ser su sobrino reclamó su cadáver y se ocupó de los trámites. Pasó el tiempo de rigor en el tanatorio. Algunos compañeros, sobre todo los más veteranos, fueron a darle su último adiós y entre todos compraron una corona de flores, sobria y discreta como él había sido siempre.

Al día siguiente su cuerpo fue llevado hacia la iglesia del pueblo en el interior de un coche fúnebre, seguido por un pequeño cortejo. No llovía, ni había niebla, ni siquiera una pequeña nube en el cielo que indicase que el mundo se quedaba sin José Luis. El cura lo esperaba a la puerta del templo y lo hizo introducir en él con más prisa que otra cosa. No era una buena forma de empezar el día.

- Oremos… - dijo el cura.

Todos bajaron sus cabezas obedientes, y acto seguido las volvieron a subir no para mirar al oficiante, sino a la puerta. Un retumbar de tambores atronaba tras ella. Cerca, cada vez más cerca.

Asustados y con el vello de punta, vieron abrirse las grandes hojas de recia madera. Fuera, una densa niebla inundaba la plaza y amortiguaba el rítmico sonido que seguía redoblando insistentemente mientras dos siluetas avanzaban por el pasillo central entre tintineos metálicos y rechinar de cuero. Dos caballeros que parecían surgir de tiempos remotos se situaron a ambos lados del ataúd y desenvainaron sus espadas para recibir al resto del cortejo.

Una mujer vestida de blanco avanzaba ahora entre los gastados bancos de madera, los cabellos sujetos por una diadema de plata. Dos hombres y dos mujeres con túnicas rojas, verdes, azules y negras la seguían. Detrás de ellos, una multitud de extraños personajes fueron ocupando los asientos vacíos al ritmo insistente de los tambores.

La dama de blanco se acercó al sacerdote y con un ademán de su mano le invitó a abandonar su lugar en el altar. El hombre asintió y cedió su lugar a la dama, yéndose a sentar en uno de los asientos próximos al púlpito con la mirada extraviada. Los compañeros de José Luis permanecían en su sitio ahora rodeados por la extraña gente que había surgido de la niebla, sin poder hablar ni moverse.

De pronto, los tambores callaron y la voz de la dama resonó alta y clara por todo el templo. Habló durante largo tiempo para los presentes y también para los que esperaban fuera de la iglesia. El aroma del incienso fue sustituido por el de los jazmines en flor, la llama mortecina de las velas por luces azules que flameaban arrancando destellos de armaduras, joyas y bordados de oro y plata.

Los compañeros del contable no entendieron ni una palabra de lo que habló la dama, pero su corazón actuaba de forma sabia y respondía sobrecogiéndose ante las inflexiones y matices de la voz hasta comprender de alguna forma lo que decía.

Cuando terminó fue a arrodillarse ante el cuerpo inerte de José Luis. Pasados unos momentos, se levantó y cantó con una voz tan dulce que arrancó lágrimas de los ojos de todos los presentes. Después, cuatro porteadores sacaron el cadáver de la caja y lo acomodaron en una camilla cubierta de pieles. Una doncella lo cubrió entonces con un manto raído de color grisáceo, y al contacto con el cuerpo se renovó recuperando su antiguo color azul, como el mismo manto de la noche.

Los porteadores lo levantaron y lo sacaron a hombros custodiado siempre por los dos caballeros con las espadas desenvainadas, seguido de la dama de blanco, los cuatro hombres y mujeres de túnicas rojas, verdes, azules y negras. Y detrás, el resto de las gentes con sus destellos de plata y oro.

La niebla seguía envolviéndolo todo cuando los compañeros del contable se asomaron a la puerta, después de que el extraño cortejo hubiese salido. Los tambores volvieron a retumbar, apagados sus ecos en la densa bruma. Y allí, en la plaza del pueblo, pudieron contemplar todo un ejército en perfecta formación. Los capitanes a caballo al frente, junto a los paladines. Caballeros, arqueros, alabarderos, soldados de a pie se perdían por las calles adyacentes. Y muy al fondo, detrás de un edificio que sobresalía sobre los demás, acertaron a vislumbrar la silueta de la cabeza de un enorme reptil que les miró con dos refulgentes ojos esmeralda. Y obedeciendo la intención de aquellos ojos, volvieron a ocupar su sitio en los bancos de la iglesia.

Entre tanto, la comitiva se puso en marcha presidida por la dama de blanco y sus cuatro acompañantes. De forma sorprendentemente silenciosa, el dragón dio un gran salto y custodió la procesión desde el aire. De este modo enfilaron la calle mayor, con paso solemne y entonando cánticos de alabanza para el mago más grande de todos los tiempos. Y así llegaron hasta la costa, donde una flota de naves de velas blancas esperaba meciéndose al pairo.

Una vez embarcados se hicieron a la mar y, con un destello, desaparecieron en el horizonte.

A la mañana siguiente, los compañeros de José Luis comentaban el entierro con el resto, al calor del primer café.

- Fue muy triste. Nosotros tres y el cura. Su sobrino ni siquiera apareció – dijo el primero-. Nunca le oí hablar de su familia, ni de amigos...

- Cierto –comentó el segundo-. Nos dio pena dejarle solo y le acompañamos hasta el cementerio.

- Sí. Fue todo un poco tétrico por la niebla. El caso es que nada más meter la caja en el nicho se despejó y volvió a lucir el sol.

- Me pregunto –volvió a decir el primero- qué hacía José Luis cuando salía de aquí.


Y mientras, en un lugar lejano y cercano al mismo tiempo, ardía una pira funeraria.