Aranna VIII
La hechicera abrió los ojos de par en par, atónita, soltándole de repente.
-No puede ser -susurró.
-¿Qué es lo que no puede ser? -preguntó Neithan utilizando la telepatía.
-¡Tú no puedes ser! -dijo Aranna, alzando la voz. Los dioses te eliminaron, acabaron contigo.
Si hubiese podido, Neithan habría soltado una carcajada. Así que se conformó con reírse para sus adentros.
-¿Los dioses? Los dioses son un atajo de viejos chochos y decadentes incapaces de controlar a las criaturas que crean -sus ojos destellaron maliciosamente-. Cuando nació la Humanidad, me enviaron a mí para... supervisaros, por decirlo de alguna manera; pero vosotros erais distintos a los demás seres creados. En un principio pensé que era un crimen manteneros en la ignorancia, así que escogí a unos cuantos humanos para transmitirles los conocimientos que los que llamáis dioses os habían negado. Mientras el resto de los humanos malgastaban tiempo y energía en hacer ofrendas inútiles para ganarse la protección de su Dios favorito, yo adiestraba a mis alumnos en las Ciencias, en las Artes... y en la Magia. Solo trece llegaron al final.
-¡Los Trece Ancianos! -exclamó la chica estupefacta.
-Exacto -transmitió el ente, cruzando los brazos sobre el pecho-. Luego viajaron a todos los rincones del mundo, difundiendo mis enseñanzas a los que ellos creyeron idóneos y fundando las Ordenes que conoces, entre ellas, la tuya.
Aranna se sentó en el borde de la cama, incapaz de aguantarse de pie. Aquello la desbordaba completamente. Neithan prosiguió:
-Mi proyecto funcionaba a la perfección. Una vez que los Hombres estuviesen preparados, serían capaces de enfrentarse a los mismos dioses. Juntos derrocaríamos el gobierno de caos al que estaba sometido el mundo e instauraríamos un nuevo orden... en el que yo sería el Dios Supremo, por supuesto.
La encarnación de la Oscuridad se quedó mirando al techo, sumida en sus pensamientos.
Después de un largo rato, todavía seguía mirando al techo.
Aranna, temiendo que le hubiese dado un mal aire, se atrevió a preguntar:
-¿Y qué fue lo que falló?
La última sílaba todavía resonaba en la habitación cuando su campo de visión se llenó completamente de verde. Neithan, inclinado sobre ella, la miraba fijamente a los ojos.
-¿Qué falló? ¡Vosotros! ¡Vuestra soberbia! ¡Vuestra estupidez! Fui requerido por los dioses para uno de sus absurdos desatinos. Debía mostrarme servicial con ellos para que no sospecharan nada, así que os dejé solos durante un tiempo. ¿Y qué fue lo que hicisteis en mi ausencia? ¡Convertir el mundo en un espectáculo de fuegos artificiales!
La sombra se incorporó lentamente, lo que supuso un alivio para la asustada muchacha.
-Ebrios de poder, declarasteis la guerra a los demás pueblos para dominarlos. Los Enanos, los Hobbits y los Gigantes os combatieron con las armas. Los Elfos y los demás seres llamados del Otro Mundo, con la Magia. Aquel estado de anarquía llamó la atención de los dioses, que decidieron acabar con el problema de raíz. El mismo Gran Patriarca bajó a la Tierra sobre un carro de fuego, como de costumbre, y pidió responsabilidades. Los hombres que me juraron lealtad a cambio del Conocimiento se postraron ante él y me traicionaron. Luego imploraron su perdón, pero el Creador los mandó exterminar. Cuando regresé, me capturaron y me convirtieron en lo que soy ahora. Me despojaron de mi identidad. ¡Me arrebataron mi Nombre, mi esencia! Me condenaron a vagar por el éter, y allí permanecí hasta que fui invocado para poseerte. Ahora me encuentro unido a ti, a una criatura de la especie que provocó mi caída, y me veo obligado a protegerte para sobrevivir. Ya que no puedo volver a ser lo que fui, devuélveme al menos mi Nombre.
Aranna dudó. Si él era el maestro de todos los magos del mundo, ¿por qué no era capaz de averiguar su propio nombre? Formuló la pregunta y de nuevo sintió su mente invadida por la de Neithan.
-¿Es que no has entendido nada? ¡Me arrebataron todo mi poder! ¿Puedes llegar a imaginarte lo duro que es para mí verme rebajado de esta manera? Ni siquiera pude negarme a acudir cuando me invocaron.
Un sentimiento de compasión llenó el pecho de la hechicera. Ella conocía parte de la historia, pero no tenía nada que ver con la versión que acababa de escuchar. Sólo sabía que los dioses habían exterminado a los miembros de las Trece Ordenes por haber secundado la rebelión de su enviado a la Tierra. Algunos de los que lograron escapar a la masacre siguieron fieles a su Maestro. Intentaron reorganizar las Órdenes, pero sólo consiguieron recuperar siete de ellas. Con el tiempo, los conocimientos se fueron degradando y el Príncipe Desterrado pasó a ser una leyenda. Aranna intentaba recordar todo lo que aprendió acerca de él en sus tiempos de estudiante, y se maldijo por no haber prestado más atención a sus mentores.
La sombra se acuclilló frente a ella, mirándola a los ojos.
-Aranna -la hechicera casi pudo oír la voz argentina de Neithan-, tú puedes enmendar una parte del daño que me hicieron los de tu especie, tú puedes ganar mi perdón para ellos. Vamos, pronuncia mi Nombre.
Sentada aún en la cama, la hechicera entrelazó las manos y las aprisionó entre las rodillas. Bajó la cabeza hasta que el pelo le cubrió la cara y dijo:
-Lo siento, pero no puedo.
-No puede ser -susurró.
-¿Qué es lo que no puede ser? -preguntó Neithan utilizando la telepatía.
-¡Tú no puedes ser! -dijo Aranna, alzando la voz. Los dioses te eliminaron, acabaron contigo.
Si hubiese podido, Neithan habría soltado una carcajada. Así que se conformó con reírse para sus adentros.
-¿Los dioses? Los dioses son un atajo de viejos chochos y decadentes incapaces de controlar a las criaturas que crean -sus ojos destellaron maliciosamente-. Cuando nació la Humanidad, me enviaron a mí para... supervisaros, por decirlo de alguna manera; pero vosotros erais distintos a los demás seres creados. En un principio pensé que era un crimen manteneros en la ignorancia, así que escogí a unos cuantos humanos para transmitirles los conocimientos que los que llamáis dioses os habían negado. Mientras el resto de los humanos malgastaban tiempo y energía en hacer ofrendas inútiles para ganarse la protección de su Dios favorito, yo adiestraba a mis alumnos en las Ciencias, en las Artes... y en la Magia. Solo trece llegaron al final.
-¡Los Trece Ancianos! -exclamó la chica estupefacta.
-Exacto -transmitió el ente, cruzando los brazos sobre el pecho-. Luego viajaron a todos los rincones del mundo, difundiendo mis enseñanzas a los que ellos creyeron idóneos y fundando las Ordenes que conoces, entre ellas, la tuya.
Aranna se sentó en el borde de la cama, incapaz de aguantarse de pie. Aquello la desbordaba completamente. Neithan prosiguió:
-Mi proyecto funcionaba a la perfección. Una vez que los Hombres estuviesen preparados, serían capaces de enfrentarse a los mismos dioses. Juntos derrocaríamos el gobierno de caos al que estaba sometido el mundo e instauraríamos un nuevo orden... en el que yo sería el Dios Supremo, por supuesto.
La encarnación de la Oscuridad se quedó mirando al techo, sumida en sus pensamientos.
Después de un largo rato, todavía seguía mirando al techo.
Aranna, temiendo que le hubiese dado un mal aire, se atrevió a preguntar:
-¿Y qué fue lo que falló?
La última sílaba todavía resonaba en la habitación cuando su campo de visión se llenó completamente de verde. Neithan, inclinado sobre ella, la miraba fijamente a los ojos.
-¿Qué falló? ¡Vosotros! ¡Vuestra soberbia! ¡Vuestra estupidez! Fui requerido por los dioses para uno de sus absurdos desatinos. Debía mostrarme servicial con ellos para que no sospecharan nada, así que os dejé solos durante un tiempo. ¿Y qué fue lo que hicisteis en mi ausencia? ¡Convertir el mundo en un espectáculo de fuegos artificiales!
La sombra se incorporó lentamente, lo que supuso un alivio para la asustada muchacha.
-Ebrios de poder, declarasteis la guerra a los demás pueblos para dominarlos. Los Enanos, los Hobbits y los Gigantes os combatieron con las armas. Los Elfos y los demás seres llamados del Otro Mundo, con la Magia. Aquel estado de anarquía llamó la atención de los dioses, que decidieron acabar con el problema de raíz. El mismo Gran Patriarca bajó a la Tierra sobre un carro de fuego, como de costumbre, y pidió responsabilidades. Los hombres que me juraron lealtad a cambio del Conocimiento se postraron ante él y me traicionaron. Luego imploraron su perdón, pero el Creador los mandó exterminar. Cuando regresé, me capturaron y me convirtieron en lo que soy ahora. Me despojaron de mi identidad. ¡Me arrebataron mi Nombre, mi esencia! Me condenaron a vagar por el éter, y allí permanecí hasta que fui invocado para poseerte. Ahora me encuentro unido a ti, a una criatura de la especie que provocó mi caída, y me veo obligado a protegerte para sobrevivir. Ya que no puedo volver a ser lo que fui, devuélveme al menos mi Nombre.
Aranna dudó. Si él era el maestro de todos los magos del mundo, ¿por qué no era capaz de averiguar su propio nombre? Formuló la pregunta y de nuevo sintió su mente invadida por la de Neithan.
-¿Es que no has entendido nada? ¡Me arrebataron todo mi poder! ¿Puedes llegar a imaginarte lo duro que es para mí verme rebajado de esta manera? Ni siquiera pude negarme a acudir cuando me invocaron.
Un sentimiento de compasión llenó el pecho de la hechicera. Ella conocía parte de la historia, pero no tenía nada que ver con la versión que acababa de escuchar. Sólo sabía que los dioses habían exterminado a los miembros de las Trece Ordenes por haber secundado la rebelión de su enviado a la Tierra. Algunos de los que lograron escapar a la masacre siguieron fieles a su Maestro. Intentaron reorganizar las Órdenes, pero sólo consiguieron recuperar siete de ellas. Con el tiempo, los conocimientos se fueron degradando y el Príncipe Desterrado pasó a ser una leyenda. Aranna intentaba recordar todo lo que aprendió acerca de él en sus tiempos de estudiante, y se maldijo por no haber prestado más atención a sus mentores.
La sombra se acuclilló frente a ella, mirándola a los ojos.
-Aranna -la hechicera casi pudo oír la voz argentina de Neithan-, tú puedes enmendar una parte del daño que me hicieron los de tu especie, tú puedes ganar mi perdón para ellos. Vamos, pronuncia mi Nombre.
Sentada aún en la cama, la hechicera entrelazó las manos y las aprisionó entre las rodillas. Bajó la cabeza hasta que el pelo le cubrió la cara y dijo:
-Lo siento, pero no puedo.
Comentario:
Que no puede?. Cómo que no puede?. Qué es eso de que no puede?. Por qué no puede?. Qué es Poder?.
A que lo digo yo... man que falle!.
( kwentó... )
Ah!, ese besazo para la transcriptora de la historia ( cacho trasto! ).
A que lo digo yo... man que falle!.
( kwentó... )
Ah!, ese besazo para la transcriptora de la historia ( cacho trasto! ).
Comentario:
Cuánta responsabilidad para nuestra querida hechicera. Entiendo que de momento nos tengamos que conformar con el nombre de Neithan, pero ¡Ainsss! lo que nos haces "desufrí"





