Como iba diciendo...
Vengo aquí un poco a regañadientes. No me he podido traer todo, me lo ha secuestrado el maldito tucán. Así que he puesto un enlace para que puedas echar un vistazo si el puñetero pájaro te deja. Está en los enlaces, abajo del todo. “Reflexiones anteriores” se llama. Ahí han quedado mis textos anteriores, y un montón de comentarios vuestros que conservaré en mi disco duro (arduo trabajo de copy-paste), pero si el tucán se cae no pienso quedarme sin ellos. Por eso he reubicado mi blog, para no quedarme sin vosotros.
Y tal como terminé, empiezo. Traslado mi último post tal cual, para seguir a partir de ahí. Eso sí, a la vuelta de vacaciones. ;o)
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Bueno, aquí está la continuación del texto del post anterior. (Si es que no os puedo negar nada, coñe). Que conste que la historia está escrita para unas personas concretas en un momento determinado, así que algunos nombres, en apariencia absurdos, tienen su por qué. Los habría cambiado para colgarlos aquí, pero prefiero conservar la forma original.
Con todo mi cariño, para mis amigos. (Sí, para vosotros también).
Aranna
Capítulo I
Tan triste y silenciosa como las nubes que aquella noche ocultaban la cara de la Luna, llegó Aranna a la aldea en la que vivió los años dorados de su infancia. Se trataba de un pueblecito pesquero llamado Villamarcha del que salió siendo casi una niña para unirse a los servidores de la Orden del Dragón. Con ellos se adentró en el oscuro mundo de la Magia, consiguiendo formar parte del Cónclave de los Nombres. Llegó a ser una gran hechicera, pero el poder tiene su precio, y ella se vio obligada a utilizarlo para luchar contra adversarios que el resto de los mortales no podría imaginar ni en sus más terroríficas pesadillas.
Aranna regresaba de entre los muertos. Ella y sus compañeros lograron derrotar a duras penas al Enemigo, que se cernía como una negra sombra sobre el mundo. Lucharon durante mucho tiempo en la oscuridad más profunda, hasta que lograron abrir una brecha en las tinieblas y escapar del mismo corazón del Infierno. Pero Aranna no volvió sola; un poderoso hechizo la unió a un oscuro ser que la seguía a todas partes formando una especie de extraña simbiosis, tan odiada como necesaria para ambos. A lo largo de su viaje de regreso, más de un salteador de caminos se arrepintió de abordarla al aparecer súbitamente detrás de ella un caballero negro con pinta de tener muy malas pulgas.
El viento helado y húmedo de la costa se clavaba en los huesos de Aranna a cada paso. La casa de la Abuela -el único lugar al que podía llamar hogar- quedaba lejos del pueblo y sus pies trazaban surcos en la tierra del camino, así que decidió pasar la noche en alguna posada y retrasar su llegada a casa hasta el día siguiente. Para ella suponía un despilfarro del poco dinero que le quedaba en la bolsa, pero no podía dar un paso más y estaba harta del trozo de queso rancio y del pan seco que había tragado a duras penas desde la última semana. ¡Y qué demonios!, se merecía un capricho.
Atravesó el pueblo y llegó a la playa donde se levantaban, apoyados unos contra otros, multitud de edificios alineados dedicados única y exclusivamente al descanso y divertimento de la tripulación de los barcos que atracaban en aquellas costas. Cualquiera con sentido común pensaría que, en un pueblo relativamente pequeño como Villamarcha, con un par de tabernas y una posada habría suficiente. Pero sus habitantes, gente alegre y amante de la fiesta, adoptaron la costumbre de los marineros y durante los fines de semana se mezclaban con ellos en la multitud de antros de dudosa reputación que florecían a raíz de la necesidad de abarcar y satisfacer a tanta gente. En “La Curva”, como se dio en llamar a aquella zona de tabernas y posadas dada su forma semicircular, se daban cita aventureros en busca de acción, galanes en busca de otro tipo de “acción”, jóvenes ávidos de historias de países extraños y, cómo no, todos los borrachos, pendencieros, juglares de poca monta, mercenarios, nobles aburridos de la vida de la corte, “damas de la Noche”, y demás personajes -humanos y no humanos- atraídos por la fama de aquel lugar.
La gente iba y venía de unos locales a otros y Aranna se perdía entre la multitud. Buscar hospedaje un sábado por la noche no era cosa fácil, por lo que podía recordar. Procurando no tropezarse con nadie para no desatar la ira de aquello que la seguía -fuese lo que fuese-, encaminó sus pasos hacia la posada de un antiguo amigo llamado Karl.
Cuando llegó a la taberna Aranna dudó de su memoria. Colgado de una barra de hierro junto a la puerta, un cartel se mecía perezosamente lanzando su mensaje a quien quisiera leerlo: “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN”. En el cansado rostro de la chica se dibujó una sonrisa. “O esto ha cambiado de dueño, o Karl ya no es lo que era” -pensó.
La “cosa” se había agazapado detrás de ella, haciendo que su sombra pareciese densa, casi líquida. Dos óvalos verdes refulgían en el lugar correspondiente a los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo Aranna se preocupó por su aspecto. Parecía una pordiosera con la ropa hecha jirones y las botas llenas de barro. La capa de viaje había cambiado su color original por un tono parduzco ideal para camuflarse en los pantanos, pero allí era perfecta para causar el efecto contrario. Dos sacos de viaje colgaban de su espalda, y un largo bastón de madera de tejo le servía de apoyo suplementario y de defensa, si se terciaba.
Aranna se enfadó consigo misma. “Vamos, se alegrarán de verte” -se animó, pero no le sirvió de mucho. Había pasado tanto tiempo en la Orden -primero aprendiendo y luego luchando junto a ellos- que ya no sabía si le sería posible relacionarse con nadie sin lanzarle un hechizo de parálisis, por si las moscas. Recompuso como pudo su maltrecho vestuario y se dispuso a empujar la puerta, pero la detuvo la sensación de que la estaban observando. Al darse la vuelta se encontró cara a cara con una de las siete cabezas de una enorme Hydra negra como el azabache. El cuerpo del fabuloso animal taponaba la calle de punta a punta, y los que aun estaban suficientemente sobrios huían despavoridos en todas direcciones. Muchos de ellos se declararon abstemios al día siguiente.
La chica lanzó un bufido de exasperación.
- ¿ Pero tú eres tonto, o qué te pasa?
Siete pares de ojos como esmeraldas gigantes centraron su atención en la figura que se erguía ante ellos en toda su escasa estatura.
- Mira, especie de pesadilla inmunda: estoy cansada, tengo hambre, estoy muerta de sueño, helada de frío y mi mala leche está creciendo por momentos. Así que, o te transformas en algo más discreto, o soy capaz de suicidarme aquí mismo.
El gigantesco animal se las apañó para encogerse de hombros y su volumen se contrajo hasta quedar convertido en un precioso ejemplar de cuervo, que se posó desmañadamente sobre el hombro de Aranna. Ella lo miró por el rabillo del ojo.
- No es por nada, pero... ¿no se te ha ocurrido convertirte en un anillo mágico, o algo así?
El animal movió la cabeza negativamente.
- Vale, nada de objetos inanimados. Ahora escúchame: vamos a entrar ahí e intentar comportarnos lo más discretamente posible, ¿de acuerdo?
El pájaro le dedicó una mirada oblicua.
- Estupendo -dijo ella no muy convencida-. Vamos allá.
Y tal como terminé, empiezo. Traslado mi último post tal cual, para seguir a partir de ahí. Eso sí, a la vuelta de vacaciones. ;o)
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Bueno, aquí está la continuación del texto del post anterior. (Si es que no os puedo negar nada, coñe). Que conste que la historia está escrita para unas personas concretas en un momento determinado, así que algunos nombres, en apariencia absurdos, tienen su por qué. Los habría cambiado para colgarlos aquí, pero prefiero conservar la forma original.
Con todo mi cariño, para mis amigos. (Sí, para vosotros también).
Aranna
Capítulo I
Tan triste y silenciosa como las nubes que aquella noche ocultaban la cara de la Luna, llegó Aranna a la aldea en la que vivió los años dorados de su infancia. Se trataba de un pueblecito pesquero llamado Villamarcha del que salió siendo casi una niña para unirse a los servidores de la Orden del Dragón. Con ellos se adentró en el oscuro mundo de la Magia, consiguiendo formar parte del Cónclave de los Nombres. Llegó a ser una gran hechicera, pero el poder tiene su precio, y ella se vio obligada a utilizarlo para luchar contra adversarios que el resto de los mortales no podría imaginar ni en sus más terroríficas pesadillas.
Aranna regresaba de entre los muertos. Ella y sus compañeros lograron derrotar a duras penas al Enemigo, que se cernía como una negra sombra sobre el mundo. Lucharon durante mucho tiempo en la oscuridad más profunda, hasta que lograron abrir una brecha en las tinieblas y escapar del mismo corazón del Infierno. Pero Aranna no volvió sola; un poderoso hechizo la unió a un oscuro ser que la seguía a todas partes formando una especie de extraña simbiosis, tan odiada como necesaria para ambos. A lo largo de su viaje de regreso, más de un salteador de caminos se arrepintió de abordarla al aparecer súbitamente detrás de ella un caballero negro con pinta de tener muy malas pulgas.
El viento helado y húmedo de la costa se clavaba en los huesos de Aranna a cada paso. La casa de la Abuela -el único lugar al que podía llamar hogar- quedaba lejos del pueblo y sus pies trazaban surcos en la tierra del camino, así que decidió pasar la noche en alguna posada y retrasar su llegada a casa hasta el día siguiente. Para ella suponía un despilfarro del poco dinero que le quedaba en la bolsa, pero no podía dar un paso más y estaba harta del trozo de queso rancio y del pan seco que había tragado a duras penas desde la última semana. ¡Y qué demonios!, se merecía un capricho.
Atravesó el pueblo y llegó a la playa donde se levantaban, apoyados unos contra otros, multitud de edificios alineados dedicados única y exclusivamente al descanso y divertimento de la tripulación de los barcos que atracaban en aquellas costas. Cualquiera con sentido común pensaría que, en un pueblo relativamente pequeño como Villamarcha, con un par de tabernas y una posada habría suficiente. Pero sus habitantes, gente alegre y amante de la fiesta, adoptaron la costumbre de los marineros y durante los fines de semana se mezclaban con ellos en la multitud de antros de dudosa reputación que florecían a raíz de la necesidad de abarcar y satisfacer a tanta gente. En “La Curva”, como se dio en llamar a aquella zona de tabernas y posadas dada su forma semicircular, se daban cita aventureros en busca de acción, galanes en busca de otro tipo de “acción”, jóvenes ávidos de historias de países extraños y, cómo no, todos los borrachos, pendencieros, juglares de poca monta, mercenarios, nobles aburridos de la vida de la corte, “damas de la Noche”, y demás personajes -humanos y no humanos- atraídos por la fama de aquel lugar.
La gente iba y venía de unos locales a otros y Aranna se perdía entre la multitud. Buscar hospedaje un sábado por la noche no era cosa fácil, por lo que podía recordar. Procurando no tropezarse con nadie para no desatar la ira de aquello que la seguía -fuese lo que fuese-, encaminó sus pasos hacia la posada de un antiguo amigo llamado Karl.
Cuando llegó a la taberna Aranna dudó de su memoria. Colgado de una barra de hierro junto a la puerta, un cartel se mecía perezosamente lanzando su mensaje a quien quisiera leerlo: “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN”. En el cansado rostro de la chica se dibujó una sonrisa. “O esto ha cambiado de dueño, o Karl ya no es lo que era” -pensó.
La “cosa” se había agazapado detrás de ella, haciendo que su sombra pareciese densa, casi líquida. Dos óvalos verdes refulgían en el lugar correspondiente a los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo Aranna se preocupó por su aspecto. Parecía una pordiosera con la ropa hecha jirones y las botas llenas de barro. La capa de viaje había cambiado su color original por un tono parduzco ideal para camuflarse en los pantanos, pero allí era perfecta para causar el efecto contrario. Dos sacos de viaje colgaban de su espalda, y un largo bastón de madera de tejo le servía de apoyo suplementario y de defensa, si se terciaba.
Aranna se enfadó consigo misma. “Vamos, se alegrarán de verte” -se animó, pero no le sirvió de mucho. Había pasado tanto tiempo en la Orden -primero aprendiendo y luego luchando junto a ellos- que ya no sabía si le sería posible relacionarse con nadie sin lanzarle un hechizo de parálisis, por si las moscas. Recompuso como pudo su maltrecho vestuario y se dispuso a empujar la puerta, pero la detuvo la sensación de que la estaban observando. Al darse la vuelta se encontró cara a cara con una de las siete cabezas de una enorme Hydra negra como el azabache. El cuerpo del fabuloso animal taponaba la calle de punta a punta, y los que aun estaban suficientemente sobrios huían despavoridos en todas direcciones. Muchos de ellos se declararon abstemios al día siguiente.
La chica lanzó un bufido de exasperación.
- ¿ Pero tú eres tonto, o qué te pasa?
Siete pares de ojos como esmeraldas gigantes centraron su atención en la figura que se erguía ante ellos en toda su escasa estatura.
- Mira, especie de pesadilla inmunda: estoy cansada, tengo hambre, estoy muerta de sueño, helada de frío y mi mala leche está creciendo por momentos. Así que, o te transformas en algo más discreto, o soy capaz de suicidarme aquí mismo.
El gigantesco animal se las apañó para encogerse de hombros y su volumen se contrajo hasta quedar convertido en un precioso ejemplar de cuervo, que se posó desmañadamente sobre el hombro de Aranna. Ella lo miró por el rabillo del ojo.
- No es por nada, pero... ¿no se te ha ocurrido convertirte en un anillo mágico, o algo así?
El animal movió la cabeza negativamente.
- Vale, nada de objetos inanimados. Ahora escúchame: vamos a entrar ahí e intentar comportarnos lo más discretamente posible, ¿de acuerdo?
El pájaro le dedicó una mirada oblicua.
- Estupendo -dijo ella no muy convencida-. Vamos allá.
Comentario:
Te sigo la estela desde lo alto del palo mayor con el catalejo bien pegado al ojo..., y que no se te olvide, tengo un virotazo para tí como te desvíes, ¡y no fallo!
Un besazo enorme y ya sabes por donde navego
Un besazo enorme y ya sabes por donde navego
Comentario:
Disfruta de tus vacaciones. Esperaremos ansiosos. Un Beso.





