La espera
Cuando llegamos a la consulta del médico sólo había una persona en la sala y otra dentro, con el doctor. A los cinco minutos llegó una mujer de raza gitana con su hija, de unos 20 años. Me preguntaron por qué hora iba y se sentaron a esperar su turno. Al poco llegó una señora. Consultó la lista, me preguntó ella también por el turno y se sentó a mi lado.
Hacía calor allí. El perfume de la señora se me estaba metiendo en las fosas nasales de forma implacable. Excesivo, como el collar de perlas sobre el jersey de angorina. Vulgar, como el peinado y el tinte rubio que le tapaba las canas a sus sesentaylargos. Ostentoso, como las sortijas de sus dedos y las pulseras por fuera de las mangas. Conjuntada a la perfección, la mujer ocupaba el tiempo de espera en mirar a las gitanas de reojo.
Por impulso, yo también las miré. La madre, oronda en la silla, se ajustaba la goma que sujetaba sus cabellos, largos hasta la cintura y de un negro azabache jaspeado por algunas canas. El delantal que llevaba sobre la falda me hizo recordar a mi abuela (q.e.p.d.), que tenía los de estar por casa y los de salir a “los mandaos”. Los pendientes, de coral. La piel aceitunada, los ojos verdes, hermosos, enmarcados por el negro de las pestañas y las cejas. La hija le cuchicheaba algo al oído y ella reía.
Salió el señor que había en la consulta y entraron las dos. Yo estaba atenta al mango de mi paraguas a falta de otra cosa de más interés, hasta que me distrajo una pareja que también me preguntó por el turno. El iba vestido al modo occidental. Ella con una túnica sobre la ropa y un pañuelo cubriendo su pelo. Eran de Marruecos. Esto lo sé porque el señor que había llegado antes que yo les preguntó. Les dijo que él había estado trabajando muchos años allí. Hablaron unos minutos al respecto y me di cuenta de que el hombre imitaba su acento, cosa que me pareció un tanto ridícula y que hizo sonreír al marroquí.
Salieron madre e hija y entró el imitador de dejes autóctonos. La de las perlas se aferró al bolso y se removió en su asiento. Miró su reloj y me dio un codazo. Yo la miré y aprovechó para decirme:
- Desde luego… No tenemos bastante con los gitanos. Nos faltaban los moros también. Yo no sé dónde vamos a ir a parar.
No le respondí. Miré a los marroquíes y sentí vergüenza.
Hacía calor allí. El perfume de la señora se me estaba metiendo en las fosas nasales de forma implacable. Excesivo, como el collar de perlas sobre el jersey de angorina. Vulgar, como el peinado y el tinte rubio que le tapaba las canas a sus sesentaylargos. Ostentoso, como las sortijas de sus dedos y las pulseras por fuera de las mangas. Conjuntada a la perfección, la mujer ocupaba el tiempo de espera en mirar a las gitanas de reojo.
Por impulso, yo también las miré. La madre, oronda en la silla, se ajustaba la goma que sujetaba sus cabellos, largos hasta la cintura y de un negro azabache jaspeado por algunas canas. El delantal que llevaba sobre la falda me hizo recordar a mi abuela (q.e.p.d.), que tenía los de estar por casa y los de salir a “los mandaos”. Los pendientes, de coral. La piel aceitunada, los ojos verdes, hermosos, enmarcados por el negro de las pestañas y las cejas. La hija le cuchicheaba algo al oído y ella reía.
Salió el señor que había en la consulta y entraron las dos. Yo estaba atenta al mango de mi paraguas a falta de otra cosa de más interés, hasta que me distrajo una pareja que también me preguntó por el turno. El iba vestido al modo occidental. Ella con una túnica sobre la ropa y un pañuelo cubriendo su pelo. Eran de Marruecos. Esto lo sé porque el señor que había llegado antes que yo les preguntó. Les dijo que él había estado trabajando muchos años allí. Hablaron unos minutos al respecto y me di cuenta de que el hombre imitaba su acento, cosa que me pareció un tanto ridícula y que hizo sonreír al marroquí.
Salieron madre e hija y entró el imitador de dejes autóctonos. La de las perlas se aferró al bolso y se removió en su asiento. Miró su reloj y me dio un codazo. Yo la miré y aprovechó para decirme:
- Desde luego… No tenemos bastante con los gitanos. Nos faltaban los moros también. Yo no sé dónde vamos a ir a parar.
No le respondí. Miré a los marroquíes y sentí vergüenza.
Comentario:
Num, no te preocupes que sólo fui de acompañante y de visita rutinaria. De todas formas los besos me los quedo y los meto en el botiquín de mimos curativos, que más vale prevenir.
Un beso para ti también, micaniwapa.
Un beso para ti también, micaniwapa.
Comentario:
NiBuenoNiMalo:
Quien esté libre de prejuicios que tire la primera piedra, pero al menos hay quien se esfuerza en ver más allá de ellos.
Gracias por tu historia. Un beso del trasto.
Quien esté libre de prejuicios que tire la primera piedra, pero al menos hay quien se esfuerza en ver más allá de ellos.
Gracias por tu historia. Un beso del trasto.
Comentario:
A todo esto... me he quedado sin saber qué te ha llevado al médico...
Besos en tus presuntas pupitas.
Besos a esta sociedad, en toda su enfermedad.
Besos en tus presuntas pupitas.
Besos a esta sociedad, en toda su enfermedad.
Comentario:
Voy a cambiar la historia a mi antojo, porque no recuerdo siquiera dónde la ví ni cómo era:
Sentada en clase turista se encontraba (Bueno la del collar de tu consulta)cuando en el asiento de al lado llega para sentarse (En fin, alguien de cualqier otra raza). Indignada por la situación, nuestra querida amiga comienza a quejarse: que si no se puede consentir, que si ella no ha pagado el billete para viajar al lado de una persona así, que a dónde vamos a parar, que es una situación muy desagradable, que los extranjeros deberían viajar a parte, mas quejas y algunos improperios.
Entonces la azafata, amablemente se acerca diciendo: Sentimos mucho lo incómodo de la situación, ha sido un lamentable error, y bajo ningún concepto pretendíamos que tubiera que viajar al lado de tan desagradable compañia. Si le parece bien, tenemos un sitio de sobra en primera clase para que no tenga que viajar a lado de semejante persona.
La señora satisfecha se levanta para acudir a su nuevo asiento en primera, cuando la azafata le dice: Disculpe, no hablaba con usted, sino con su compañero de asiento...
Tenemos la mala costumbre de juzgar a las personas por su aspecto o por su raza. No me quito del saco porque muchas veces yo también me sorprendo haciéndolo, pero me da tanta verguenza, tanto propia como ajena que me cuido muy ucho de hacer cierto tipo de comentarios. Una cosa tengo muy clara, al que no le guste que se pire.
Sentada en clase turista se encontraba (Bueno la del collar de tu consulta)cuando en el asiento de al lado llega para sentarse (En fin, alguien de cualqier otra raza). Indignada por la situación, nuestra querida amiga comienza a quejarse: que si no se puede consentir, que si ella no ha pagado el billete para viajar al lado de una persona así, que a dónde vamos a parar, que es una situación muy desagradable, que los extranjeros deberían viajar a parte, mas quejas y algunos improperios.
Entonces la azafata, amablemente se acerca diciendo: Sentimos mucho lo incómodo de la situación, ha sido un lamentable error, y bajo ningún concepto pretendíamos que tubiera que viajar al lado de tan desagradable compañia. Si le parece bien, tenemos un sitio de sobra en primera clase para que no tenga que viajar a lado de semejante persona.
La señora satisfecha se levanta para acudir a su nuevo asiento en primera, cuando la azafata le dice: Disculpe, no hablaba con usted, sino con su compañero de asiento...
Tenemos la mala costumbre de juzgar a las personas por su aspecto o por su raza. No me quito del saco porque muchas veces yo también me sorprendo haciéndolo, pero me da tanta verguenza, tanto propia como ajena que me cuido muy ucho de hacer cierto tipo de comentarios. Una cosa tengo muy clara, al que no le guste que se pire.





