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Reflexiones de un trasto
Están locos estos humanos
Acerca de
Soy una ballesta, por si no te has puesto las gafas para mirar la foto.
Sindicación
 
Aranna XIII

El hogar se encontraba en la pared opuesta a la puerta de entrada, y a ambos lados se extendían dos jergones. Uno de ellos había pertenecido a la Abuela, pero Aranna no había querido deshacerse de él ni de otras muchas cosas que se la recordaban, como la mecedora en la que solía sentarse frente a la chimenea. Una alacena, un gran baúl y tres taburetes completaban el parco mobiliario, amén de las lejas cubiertas con multitud de recipientes y demás enseres brujeriles, que ocupaban cualquier sitio libre en las paredes.

Neithan permanecía en un rincón, confundiéndose con la oscuridad que crecía conforme el sol descendía en el horizonte. Únicamente sus ojos eran visibles, vigilando a la pequeña criatura sentada sobre la madera de la mesa, atenta a cualquier sonido extraño.

Aranna cogió un taburete y se sentó frente a ella. El hada, una vez recuperada la compostura, irguió la espalda y esperó a que hablara.

- Dime quién eres y de dónde vienes -ordenó Aranna.

- Me llamo Lalaith, y soy un hada nómada.

- ¡No me mientas! -dijo la hechicera levantando la voz y dando una palmada en la mesa. En realidad no estaba segura de que la pequeña criatura estuviese mintiendo, pero por probar...

Lalaith fijó la vista en sus manos, apoyadas en el regazo. Estaba asustada y aturdida. La bruja le daba miedo. Tenía cara de pocos amigos, y el ser que había en el rincón ni siquiera tenia cara. Su engaño había sido descubierto. Definitivamente estaba a merced de aquellos dos, así que decidió colaborar.

- En realidad no soy un hada nómada -balbuceó.

“¡Toma ya, qué buena soy!” -pensó Aranna para sí.

- Vengo de los bosques del interior, en la comarca de Arbajete. Pertenezco al Clan de la Reina Shail. Pertenecía, mejor dicho.

El hada titubeó.

- ¿Qué pasó? -exigió Aranna.

- Quebranté una regla muy importante para los de mi raza.

- ¿Cuál? -inquirió la Hechicera.

- Bueno, -Lalaith se concentró unos instantes para hacer memoria, cogió aire y recitó de carrerilla: -según la “Ley de los Duendes, Hadas, Gnomos y demás Gente Menuda”, artículo nº 187 del Código de Conducta (anexo III), “ningún Duende, Hada, Gnomo y/o cualquier otro ser perteneciente a la llamada “Gente Menuda” debe influir en los criterios o decisiones de los demás, sea cual sea su raza o condición”. A mí me pillaron dando un consejo.


Aranna comprendió de pronto la magnitud de la falta cometida por Lalaith. Las Hadas tenían una visión muy particular de las cosas. La Ética y la Moral no existían para ellas, hasta el punto de arrebatar un bebé de los brazos de su madre simplemente porque les parecía un encanto. La hechicera no quiso ni pensar en las consecuencias de un consejo dado por un hada.

- Y ahora te andan buscando, ¿no?

- Sí. Me perseguían al menos veinte excompañeras cuando me estrellé contra vuestra casa. Por cierto -se palpó la frente con los dedos-, me va a salir un chichón de tres pares de c... narices. ¡Joder, cómo duele!

La pequeña criatura frotó sus diminutas manos unos segundos hasta que comenzaron a brillar con una tenue luz verde. Luego las presionó contra la incipiente hinchazón de su frente, y ésta desapareció. (La hinchazón, no la frente).

- Mucho mejor -afirmó.

Aranna la observaba con curiosidad. No había tenido mucha relación con las Hadas, pero sabía lo suficiente sobre ellas como para no fiarse de su apariencia frágil y su dulce vocecilla aflautada. Aunque aquélla tenía un timbre un tanto peculiar y un vocabulario no muy acorde con su aspecto.

Estuvo a punto de preguntarle si tenían tabernas en el Otro Mundo, pero se lo pensó mejor y cambió la pregunta.

- ¿Por qué quebrantaste las normas si sabías a lo que te exponías?

- Pues porque pensé que no había nada malo en ayudar al prójimo. Esa norma es estúpida. Además, no creo que hubiese tardado mucho tiempo en largarme. Estaba harta de bailar al son que toca la Reina.

“¡Dioses, un hada rebelde! Esto puede ser terrible” -pensó Aranna.

- ¿Sabes que puedo entregarte en cualquier momento, Lalaith?

Odiaba amenazar a nadie, pero no podía consentir que el cóctel explosivo que tenía delante se le descontrolara. Al menos, hasta saber cuáles eran sus intenciones.

El hada se incorporó de un salto y su cuerpo comenzó a brillar con una tenue luz dorada. Neithan, al sentir una repentina concentración de magia en torno a la criatura, avanzó hasta la mesa.

- No... no pensaréis entregarme, ¿verdad? -preguntó el hada con una risilla desesperada.

Aranna no contestó.

El hada palideció y se volvió a sentar en la mesa, hundida en su desesperación. A la hechicera se le partía el corazón, pero debía mostrarse implacable. Los ojos arrasados de lágrimas de la criatura se elevaron hasta encontrar los de Aranna.

- Si me entregáis me encerrarán en una roca por toda la eternidad, o algo peor. Estoy en vuestras manos, señora, vos decidís -concluyó con toda la entereza de la que fue capaz.

Aranna decidió no presionarla más.

- Está bien, no te entregaré -concedió.

- ¡Estupendo! -palmoteó el hada, sorprendentemente recuperada-. ¡Entonces me quedo!

- ¡Eh, yo no he dicho eso! -protestó la hechicera, cogida por sorpresa. Neithan miró a Aranna y frunció el entrecejo, o al menos esa fue su intención.

Lalaith se puso de pie sobre la mesa.

- ¡Pero si me voy ahora me atraparán! Están cerca, puedo sentirlas -dijo en tono siniestro.

La muchacha se rindió.

- Está bien, puedes quedarte. ¡Pero no quiero problemas! -amenazó con un dedo.

- ¡De puta madre! -celebró la nueva inquilina-. ¿Tienes algo comestible por aquí? Me muero de hambre. ¿Y quién es el “cansao” éste?

“Me costará acostumbrarme a esto” -pensó Aranna, aunque en el fondo casi estaba agradecida por el soplo de aire fresco que había traído consigo aquella loca en miniatura. Neithan comenzaba a resultar demasiado tétrico incluso para ella. “Quizá si fuese un poco más humano...”.

- ¿Humano? ¡Cualquier cosa menos eso! -protestó Neithan.
-
Aranna sonrió. Precisamente protestar era lo más humano del mundo.

 
Comentario:
Como no tengo vuestra dirección de correo y no quería colgarlo en mi blog, sino que fuera algo mas personal, mas directo, os lo escribo aquí, para Num y para tí:(Para los demas ha sido un correo)
“Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera”.

Posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.

Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.

Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen.

Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma.

A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse!

A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar.

A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.

Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres... He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.

He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.

He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.

Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo.

Siempre di lo que sientes y haz lo que piensas.

Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma.

Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría “te quiero” y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes.

Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré.

El mañana no le está asegurado a nadie, joven o viejo. Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si el mañana nunca llega, seguramente lamentarás el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo, un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo.

Mantén a los que amas cerca de ti, diles al oído lo mucho que los necesitas, quiérelos y trátalos bien, toma tiempo para decirles “lo siento”, “perdóname”, “por favor”, “gracias” y todas las palabras de amor que conoces.

Nadie te recordará por tus pensamientos secretos. Pide al Señor la fuerza y sabiduría para expresarlos. Demuestra a tus amigos y seres queridos cuanto te importan.”

Carta de despedida de Gabriel García Marquez...
 
Comentario:
Me sigo quedando con Neithan, por tétrico que resulte.
( Que las flores mas hermosas son las más venenosas ).
Gracias, Trasto.
Un besazo.
 
Comentario:
Me lo creo, seguro que esta nueva criaturita dará mucho juego...
un beso.
No