Aranna XV
Aranna se aferraba al cuello del caballo sobre el que galopaba, sujetándose a las crines desesperadamente. Boldo, el Maestro Herrero de Villamarcha, había ido a buscarla para solicitar su ayuda. A él no le asustaban los cuentos de viejas sobre brujas malas y demonios de ojos centelleantes. Lo único que sabía era que aquella mujer podía ayudar a su nuera. Estaba dando a luz y el parto se presentaba difícil.
Entraron en el pueblo como alma que lleva el diablo, haciendo que los vecinos se asomasen a las ventanas y a los quicios de las puertas. Muchos les siguieron para ver lo que había pasado, así que llegaron a la Herrería escoltados por una multitud cuchicheante. A pesar de su avanzada edad, el Maestro Herrero desmontó de un salto y atravesó corriendo la entrada de la casa. Era un edificio de piedra, sólidamente construido. La Herrería ocupaba la planta baja y arriba habitaban Boldo, su hijo Holrod con su esposa, sus tres nietos -hijos de los anteriores-, y el más joven de sus vástagos, Gargund.
Aranna siguió al anciano y subió los escalones lo más rápido que pudo, con Neithan detrás transformado en cuervo.
- ¡Por aquí! -gritó el herrero frente a la puerta de una estancia al final del pasillo.
La muchacha hizo un “sprint” para salvar los últimos metros y casi se traga al pobre hombre, que tuvo que servirle de freno.
Cuando entró en el dormitorio se le encogió el estómago. En una cama yacía una mujer que luchaba con todas sus fuerzas por traer un hijo al mundo. Un hombre, que Aranna supuso su marido, aferraba su mano intentando reprimir las lágrimas. La sangre había empapado las sábanas y había inundado el aire con su olor acre y dulzón.
Aranna se acercó a la cama y palpó el vientre de la mujer mientras le dirigía palabras de aliento. Después introdujo su mano para hacerse una idea de la situación, y dijo:
- Este niño viene de culo.
Holrod y Boldo la fulminaron con la mirada. Al darse cuenta, Aranna rectificó.
- Quiero decir que viene de nalgas, ¡que está del revés, vaya!
El anciano se mesó los ralos y canosos cabellos y apretó el hombro de su hijo para infundirle valor. La mujer gritaba y jadeaba, al límite de su resistencia. De pronto arqueó la espalda y puso los ojos en blanco.
- ¡No! -gritó Aranna-, ¡te necesito aquí!
Se desprendió de una bolsa que llevaba sujeta a la espalda y sacó un frasquito de color azul. Quitó el tapón y vertió unas gotas en la boca de la parturienta. Pasados unos interminables segundos, su cuerpo se relajó y la mujer recuperó la consciencia. Aranna echó un vistazo a su alrededor y vio que habían hecho los preparativos para el parto. Un balde de agua caliente, toallas limpias, cordel... Perfecto.
Los dos hombres permanecían quietos y en silencio. Holrod secaba la frente de su esposa con un paño mientras ella miraba a su alrededor. Aranna aprovechó para captar su atención.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó.
La mujer intentó centrar la vista en ella, pero sus ojos bizqueaban.
- A... Ammya.
Aranna le sonrió, intentando transmitirle tranquilidad.
- Bueno, Ammya. Todo va a salir bien, ¿de acuerdo? Tú haz lo que yo te diga.
Aranna volvió a introducir su mano para intentar calcular la posición exacta del niño. Tendría que darle la vuelta si quería sacarlo, así que se puso manos a la obra.
Una multitud se había congregado frente a la Herrería de Boldo. Sabían que la mujer de Holrod iba a tener un bebé, y que la bruja estaba con ella. Se barajaba la hipótesis de que la madre había muerto, pues los gritos habían cesado de repente. Sin embargo, a veces se oía la voz de la hechicera ordenándole que empujara, o solicitando alguna cosa.
El ocaso había caído sobre el pueblo cuando estalló un llanto nacido de unos pulmones recién estrenados. Los vecinos que poco a poco habían ido congregándose frente a la Herrería celebraron la buena noticia con gritos y aplausos, cosa que sobresaltó a los agotados protagonistas del finalmente feliz acontecimiento.
Una de las ventanas se abrió y apareció la cabeza del Maestro Herrero con una desdentada sonrisa de oreja a oreja.
- ¡Es un niño! -gritó-. ¡La madre vivirá!
Todos aplaudieron con renovado entusiasmo. El Maestro Herrero no era muy rico, pero seguro que estaba deseando celebrar la llegada de un nuevo miembro de la familia. Así que nadie se movió de allí hasta que comenzó a correr la cerveza (a cuenta del flamante abuelo, naturalmente).
Aranna dejó a Ammya y al niño al cuidado de Holrod y abandonó el dormitorio con el pecho henchido de alegría y orgullo. El cuervo, que hasta entonces había pasado desapercibido para todos, salió tras ella y voló hasta su hombro.
- ¡Hola, Neithan! ¿Acaso hay algo en este mundo que se pueda comparar al milagro que acabamos de presenciar? -dijo, con la voz cargada de emoción.
- Francamente -respondió Neithan por vía telepática-, sería difícil encontrar algo tan sumamente repulsivo como la cosa amoratada y llena de arrugas que ha salido del cuerpo de esa humana.
- Puedes decir lo que quieras, pero no me vas a amargar este momento. ¡Me voy a celebrarlo!
Estaba llegando al final del pasillo cuando llamaron su atención desde atrás. Al girarse vio un hombre -un magnífico ejemplar de hombre, pensó ella- que se acercaba. Era alto y corpulento, de rasgos vigorosos y ojos profundos y penetrantes. El pelo, fino y lacio, le caía sobre los anchos hombros. Vestía una túnica corta de cuero suave y sin mangas, ceñida con un ancho cinturón, lo que remarcaba el esplendor de su anatomía. El cuervo abrió las alas con gesto amenazador.
- Soy Gargund, cuñado de Ammya. Mi padre me ha encargado que os recompense por vuestros servicios. Pedid lo que queráis.
Aranna sonrió estúpidamente, ruborizada hasta el límite. El pensamiento de Neithan llegó a su cabeza como un latigazo:
- ¡No puedes pedirle eso!
La muchacha carraspeó incómoda.
Aranna dejó a un lado sus fantasías y pensó en algo más práctico. Por ejemplo, una cabra que la abasteciera de leche. Eso sería estupendo. Leche fresca todos los días, y queso, y cuajada... pero le parecía un precio excesivo. No tenía ni idea del estado actual de las tarifas, así que se limitó a solicitar lo que le pareció justo.
- Esto... Bueno, un par de gallinas será suficiente -aventuró.
- Las tendréis. Yo mismo me encargaré de llevarlas a vuestra casa.
Comentario:
...o dos!! XD
Besazo, micaniwapa.
Besazo, micaniwapa.
Comentario:
Sí, los humanos son débiles (está la matamoscas al habla), por lo menos tan débiles como aguafiestas los entes que les acompañan y aconsejan.
Y menos mal que al final no se ha perdido todo y se va a llevar por delante una... gallina.
Y menos mal que al final no se ha perdido todo y se va a llevar por delante una... gallina.
Comentario:
Ay... ¡qué débiles son los humanos! ;o)
Comentario:
¡Ejemmm...!
Nos ha salido un poco "brujilla" la bruja...
Nos ha salido un poco "brujilla" la bruja...





