Aranna XVII
La música llegaba hasta las afueras del pueblo transportada por la brisa proveniente del mar. Aranna caminaba a la luz de la Luna seguida de Neithan, devuelto a su aspecto original. Aún quedaban tres días para el sábado y ya sentía mariposas en el estómago.
Enfiló el camino a casa desconsolada. Neithan había contribuido a ello, comentándole a título informativo que para salir con sus queridos amigos necesitaba dinero, algo de lo que carecía. Y también algo decente con que cubrirse. Había estado subsistiendo con apenas un par de túnicas ya raídas y de color indefinido, una capa prácticamente hecha jirones y unas botas virtualmente destrozadas. Una indumentaria que dejaba mucho que desear, desde luego.
- Podría utilizar un hechizo de apariencia -propuso Aranna a la desesperada.
- ¿Tan pronto has olvidado lo que te enseñaron? -la reprendió Neithan-. ¿Acaso la tranquila vida del campo te ha reblandecido los sesos, muchacha?
- Sólo era una sugerencia, no hace falta que te pongas así -protestó ella, con la cabeza gacha-. No he olvidado lo que soy, y mucho menos mis obligaciones como tal.
- Tarde o temprano tu debilidad humana te hará fallar.
-Descuida, no fallaré -repuso Aranna con orgullo.
- Ya... -la hechicera captó cierto desdén-. ¿Y cómo te las vas a apañar con la castidad, por ejemplo? Mañana vendrá el hijo del herrero con esos ajustados pantalones de cuero y...
-¡Sal de mi cabeza ahora mismo! -ordenó. No tienes derecho a violar así mis pensamientos, Neithan. Recuerda que te tengo en mis manos.
La presencia del ente desapareció de la mente de Aranna a la vez que ella apretaba el paso, como si pudiese dejarle atrás.
La muchacha sabía que si acompañaba a su amigo Hathu el sábado se vería expuesta al peligro de faltar a sus votos, pero estaba dispuesta a demostrarle al pájaro de mal agüero que llevaba pegado como un parásito que con ella se equivocaba de plano.
Se sentía muy irritada, no tanto por el comentario insultante que acababa de hacerle Neithan, sino porque tenía toda la razón del mundo. Aunque los miembros de las Órdenes que participaron en la última guerra se dispersaron al finalizar ésta, sabían que podían ser reclamados en cualquier momento sin posibilidad de negarse. Si llegaba a suceder, debían estar en óptimas condiciones para actuar. Por esta razón no podían poseer nada que les atara materialmente y no podían unirse sentimentalmente a nadie, pues habrían de abandonarlo todo cuando el Alto Consejo se reuniera.
Un hechicero soportaba duros años de entrenamiento en el que aprendía a controlar cuerpo y mente y a permanecer siempre alerta. Cualquier cosa que le desconcentrase le haría vulnerable en todos los sentidos y podría ser aniquilado fácilmente. En tiempos de paz, el hechicero no podía abandonar esos hábitos porque correría el riesgo de relajar su disciplina y romper su equilibrio interior. Uno de sus mayores enemigos era la embriaguez. El otro, el sexo. En ambas situaciones el autocontrol es imposible.
Cuando Aranna llegó a la Casa de la Abuela no quiso pensar en la posibilidad de ponerse otra vez en camino. Quizá transcurriesen años hasta que volviese a ser convocada. La paz reinaba y las alianzas habían sido fuertemente consolidadas. A lo mejor no la volvían a llamar. Anhelaba vivir como cualquier muchacha de su edad, tener la esperanza de formar un hogar algún día, con niños correteando por ahí y eso... Aranna era una maga poderosa, pero su vida ya no le pertenecía.
Ya no había vuelta atrás.
Enfiló el camino a casa desconsolada. Neithan había contribuido a ello, comentándole a título informativo que para salir con sus queridos amigos necesitaba dinero, algo de lo que carecía. Y también algo decente con que cubrirse. Había estado subsistiendo con apenas un par de túnicas ya raídas y de color indefinido, una capa prácticamente hecha jirones y unas botas virtualmente destrozadas. Una indumentaria que dejaba mucho que desear, desde luego.
- Podría utilizar un hechizo de apariencia -propuso Aranna a la desesperada.
- ¿Tan pronto has olvidado lo que te enseñaron? -la reprendió Neithan-. ¿Acaso la tranquila vida del campo te ha reblandecido los sesos, muchacha?
- Sólo era una sugerencia, no hace falta que te pongas así -protestó ella, con la cabeza gacha-. No he olvidado lo que soy, y mucho menos mis obligaciones como tal.
- Tarde o temprano tu debilidad humana te hará fallar.
-Descuida, no fallaré -repuso Aranna con orgullo.
- Ya... -la hechicera captó cierto desdén-. ¿Y cómo te las vas a apañar con la castidad, por ejemplo? Mañana vendrá el hijo del herrero con esos ajustados pantalones de cuero y...
-¡Sal de mi cabeza ahora mismo! -ordenó. No tienes derecho a violar así mis pensamientos, Neithan. Recuerda que te tengo en mis manos.
La presencia del ente desapareció de la mente de Aranna a la vez que ella apretaba el paso, como si pudiese dejarle atrás.
La muchacha sabía que si acompañaba a su amigo Hathu el sábado se vería expuesta al peligro de faltar a sus votos, pero estaba dispuesta a demostrarle al pájaro de mal agüero que llevaba pegado como un parásito que con ella se equivocaba de plano.
Se sentía muy irritada, no tanto por el comentario insultante que acababa de hacerle Neithan, sino porque tenía toda la razón del mundo. Aunque los miembros de las Órdenes que participaron en la última guerra se dispersaron al finalizar ésta, sabían que podían ser reclamados en cualquier momento sin posibilidad de negarse. Si llegaba a suceder, debían estar en óptimas condiciones para actuar. Por esta razón no podían poseer nada que les atara materialmente y no podían unirse sentimentalmente a nadie, pues habrían de abandonarlo todo cuando el Alto Consejo se reuniera.
Un hechicero soportaba duros años de entrenamiento en el que aprendía a controlar cuerpo y mente y a permanecer siempre alerta. Cualquier cosa que le desconcentrase le haría vulnerable en todos los sentidos y podría ser aniquilado fácilmente. En tiempos de paz, el hechicero no podía abandonar esos hábitos porque correría el riesgo de relajar su disciplina y romper su equilibrio interior. Uno de sus mayores enemigos era la embriaguez. El otro, el sexo. En ambas situaciones el autocontrol es imposible.
Cuando Aranna llegó a la Casa de la Abuela no quiso pensar en la posibilidad de ponerse otra vez en camino. Quizá transcurriesen años hasta que volviese a ser convocada. La paz reinaba y las alianzas habían sido fuertemente consolidadas. A lo mejor no la volvían a llamar. Anhelaba vivir como cualquier muchacha de su edad, tener la esperanza de formar un hogar algún día, con niños correteando por ahí y eso... Aranna era una maga poderosa, pero su vida ya no le pertenecía.
Ya no había vuelta atrás.
Comentario:
Hay otros mundos, pero están en este. Y hay gente que salta de unos a otros. El día que encuentre el suyo, va a flipar en colores. No se puede vivir con tanta... tensión XD
Besos para los dos.
Besos para los dos.
Comentario:
Se les va a pasar el arroz, a calentar la cerveza, a marchar el tren... y nosotros aqui sin una triste sombra, ni un herrero, ni una elfa, ni siquiera una carta de ajuste, para ir tirando hasta la próxima entrega.
Pos ná.
;-P
Un besazo, Trastico.
Pos ná.
;-P
Un besazo, Trastico.
Comentario:
¿Como era?
"Un cruce de dedos a tiempo es una victoria"
¡Ah! ¡No!
Era:
"Una retirada a tiempo..."
Lástima de celibato, que le vamos a hacer...
Besos castos...
"Un cruce de dedos a tiempo es una victoria"
¡Ah! ¡No!
Era:
"Una retirada a tiempo..."
Lástima de celibato, que le vamos a hacer...
Besos castos...





