logotipo

img_google
Reflexiones de un trasto
Están locos estos humanos
Acerca de
Soy una ballesta, por si no te has puesto las gafas para mirar la foto.
Sindicación
 
Historias de los días de lluvia
Me gustan los días de lluvia. Y no sólo por los cambios que percibo a mi alrededor. Ya sabes… el olor a tierra mojada y eso. Sino porque esos días, la bruja que vive en lo alto de la cuesta se queda en casa atizando la lumbre y contándome historias de las que tanto me gusta escuchar. Hoy me ha descolgado de la pared porque sabía que nadie estaría dispuesto a hacer el engorroso camino de ascenso a su casa con este tiempo. Y así, ella a su manera y yo a la mía, hemos hablado de todo lo que nos atrevemos a contarnos la una a la otra.

Ahora que se ha ido a dormir voy a compartir contigo una de sus historias, porque así la recordaré yo también y volveré a disfrutar de ella.

Verás…

______________________________________________________

Había una vez un hombre que no se merecía este principio por no ser un caballero de brillante armadura, ni uno de esos príncipes de los cuentos de hadas. Su vida era tranquila. Tan tranquila que nada perturbaba ni su alma ni su corazón, y para él los días se sucedían unos a otros sin pena ni gloria.

Lo había conseguido desterrando de sí todo lo que pudiese abrir un mínimo resquicio a lo no previsible, a lo incontrolable. En fin, a todo aquello que pudiese trastocar lo que él llamaba “su ideal de vida”.

Salió a pasear un domingo por la tarde. El cielo estaba despejado, la temperatura era agradable y, en realidad, no tenía otra cosa que hacer. Cruzó la calle en dirección al parque. Hacía tiempo que no pasaba por allí. En realidad hacía tiempo que no caminaba por placer, porque siempre iba con prisas para no trastocar en un ápice su magníficamente organizado horario, pero esta vez decidió adentrarse en él y recorrerlo despacio.

Allí estaba todo. El arco de la entrada, la vereda, los rosales, los árboles inmensos… Siguió el camino empedrado. Quería llegar hasta la pérgola y sentarse allí un rato. Cuando era pequeño solía ir allí a jugar con otros chicos. Se subían a ella y daban conciertos imaginarios, como habían visto hacer a los músicos de verdad. Se tocó la nariz en un gesto involuntario. Martín, su mejor amigo, le reventó las narices una vez que peleaban por el puesto de director. Qué manera de sangrar. Recordó el susto y sonrió.

Y siguió sonriendo vereda arriba, buscando lo que había sido barco, atalaya, defensa contra los piratas, castillo encantado, tiovivo sin caballitos… Y se le heló la sonrisa. Cuando dejó el amparo de los árboles, descubrió que la pérgola no estaba. Ahora el centro del parque era una torre de piedra. Una versión estilizada y ridícula de la torre del ajedrez. Alta, demasiado alta. Y gris.

Decidió acercarse para ver si había alguna indicación de quién había sido el autor de semejante aberración. “A cualquier cosa le llaman monumento” – pensó. “Gris… claro. Blanco y negro. Muy listo el artista.” Dio tres vueltas alrededor de ella. Miró por los alrededores. Nada. Ni una mísera placa con el nombre del artífice, ni una sola persona a la que preguntar.

- Eres horrible – le dijo a la torre.

Se dio la vuelta para marcharse por donde había venido. No quería seguir hasta el otro lado. ¿Para qué? Sintió que estaba perdiendo el tiempo

- Más horrible eres tú – contestó la torre.

El hombre se paró en seco. Miró hacia arriba y vio las almenas, apenas distinguibles desde su posición justo al pie. Dio unos pasos atrás. No tenía ventanas, ni troneras o como demonios se llamase aquello. Ni puertas tampoco. Sería algún bromista, o algún crío por ahí escondido. Volvió a darse la vuelta, y a sus espaldas oyó un sonido extraño. Campanillas. Cascabeles… Risas. “Será algún chisme interactivo” – se dijo.

Se acercó a tocarlo. El muro le devolvió el pulso de su mano.

- No te vayas –dijo la torre.- Háblame. No tienes nada más importante que hacer.

El hombre reflexionó unos instantes y decidió hacer algo, por una vez, que no estuviese ni en su agenda ni en su rutina diaria. Se sentó al pie de la torre y comenzó a hablar. Al principio se sentía idiota, pero no había nadie alrededor que pudiese escucharle. Así que apoyó la espalda contra la piedra y comenzó a relatar metódicamente y punto por punto lo que hacía de la mañana a la noche.

Acabó muy pronto, porque contando un día los había contado todos. Ya no tenía nada más que decir y eso le inquietó. No podía acabar todo ahí, ¿no? Había más cosas en su vida… ¿o no?

Sabía que no debía pararse a pensar, y lo había hecho. Se había sentado al pie de una estúpida torre y estaba pensando. Pensando en su amigo Martín, en la Pérgola, en aquella vez que quiso ser actor, en aquella vez que tocó un timbre y salió corriendo, en aquella chica… en todas esas cosas que desterró de su vida por no ser previsibles ni controlables, y en todas las situaciones que evitó por miedo de perder el control y terminar estrellándose contra… ¿contra qué? ¿Contra la vida de lleno?

Sintió rabia y pena de sí mismo, y presa de la ira y de la impotencia, dio un golpe al muro de piedra. Al no encontrar apenas resistencia se levantó de un salto, y vio cómo en ese justo momento la torre se deshacía para, en apenas unos segundos, quedar convertida en un enorme montón de arena.

El hombre quedó perplejo, con los pies enterrados en lo que había sido la torre. Miró hacia la cima de la insólita duna y vio un destello dorado. Subió como pudo, clavando los pies y las manos en la arena hasta que llegó, agotado, hasta el objeto que brillaba.
Lo cogió y acarició las tapas de cartón y el candado sin abrir. Su diario, en el que había escrito tantos sueños. No se había acordado de él desde hacía muchos años. Un día desapareció de casa. Justo el día en el que decidió desterrar de sí todo lo que pudiese abrir un mínimo resquicio a lo no previsible, a lo incontrolable. En fin, a todo aquello que pudiese trastocar lo que él llamaba “su ideal de vida”.

_______________________________________________________


La bruja dice que es un cuento, pero yo la vi volver un día con un montón de arena en los bolsillos.

;o)





 
Comentario:
Mi querida Num, si te digo que yo también me alegro... Estas historias se escriben ellas solas, y hacía tiempo que ninguna me tiraba dela manga para que le dejase un sitio aquí. Ya las echaba de menos.

No hay de qué. Un besazo, micaniwapa.


NiBuenoNiMalo, no hay arena sin golpe al muro, que no se te olvide o puedes cantarle misa a la dichosa torre el resto de tu vida.

Gracias por seguir leyéndome a mí, a Aranna y a la bruja.

Un beso de parte de las tres.


 
Comentario:
Estoy tan enganchado a Aranna, que casi había olvidado las maravillosas historias de la bruja.
Tendre que salir a buscar mi montoncito de arena...
Besos.
 
Comentario:
Cómo me gustan las historias que no lo son y jamás se cuentan...!
Qué alegría volver a leer lo que es imposible escribir...!

Muchas gracias.
Besazo, Trasto.
No