Aranna XIX
La reputación de la nueva bruja del pueblo había sufrido un cambio sustancialmente beneficioso para ella. Al día siguiente del nacimiento del nieto del Maestro Herrero, todo Villamarcha sabía lo eficiente que era la discípula de la vieja hechicera. Aranna pudo comprobarlo cuando decidió dar una vuelta por el pueblo aquella tarde. Aunque la mayoría de los vecinos aún seguían mostrando cierta reserva debido a la oscura sombra que la seguía a todas partes, algunos -los menos supersticiosos-, se decidían a saludarla.
Había salido de su casa con la idea de visitar a la convaleciente Ammya y a su bebé, pero cuando se dio cuenta se hallaba en la calle de los Tintoreros. Los talleres se apiñaban unos contra otros, y daba la impresión que los edificios habían crecido allí como al azar. Los operarios desempeñaban su trabajo bajo la atenta mirada de los maestros artesanos. En la puerta de un almacén, varios jóvenes maceaban grandes piezas de tela en cubetas de madera llenas de diversos tintes. Aquí y allá se escuchaba el monótono sonido de los telares, accionados rítmicamente por expertas manos. Algunas costureras habían sacado sus labores a la puerta para aprovechar mejor la luz del día. Aranna se acercó a una de ellas, que bordaba un exquisito corpiño de terciopelo granate con fino hilo de oro. La mujer no levantó la vista de su labor, pero las otras dos muchachas que estaban con ella -posiblemente aprendices- comenzaron a cuchichear entre sí y a examinarla concienzudamente, con el descaro que da la adolescencia.
Aranna se alejó de allí mientras escuchaba unas risillas sofocadas, cortadas de raíz por una severa reprimenda. La maldición de una bruja podía ser terrible. Se echó una punta de su vieja capa sobre el hombro y siguió caminando calle abajo mientras se miraba las botas al andar. Neithan iba como aletargado, siempre un paso por detrás de ella: una tenebrosa silueta de dos metros de altura que la gente, por una especie de acuerdo inconsciente y universal, había decidido ignorar en la medida de lo posible.
“¿De qué se habrán reído esas dos arpías?” -se preguntó malhumorada, aunque ya conocía la respuesta.- “Si Neithan se convirtiese en perrillo faldero sería la pordiosera perfecta. ¡Tengo que hacer algo!”
Unos niños que jugaban a luchar con espadas de madera llamaron su atención. Estaban frente a una pequeña tienda de telas. Dos mujeres salieron en ese momento y los pequeños comenzaron a corretear alrededor de ellas, siendo reprendidos por una mujer desde el interior. El belicoso juego cesó unos instantes hasta que las dos mujeres se alejaron, para ser reanudado aún con más brío.
Aranna se situó cerca de ellos y efectuó un ligero ademán con la mano izquierda, lo que provocó que Neithan se espabilara súbitamente. En ese mismo momento el menor de los niños tropezó de manera inexplicable y cayó al suelo sobre un costado, dislocándose un hombro. El chiquillo comenzó a gritar sujetándose el brazo. Al instante una mujer salió de la tienda, seguida por un hombre que maldecía sin cesar. La mujer intentó levantar al pequeño, pero el niño gritó con todas sus fuerzas. El hombre agarró al otro muchacho de la oreja y lo metió en la tienda sin parar de maldecir.
- ¡Pero papá, si se ha caído solo! -protestaba entre lágrimas.
La madre no sabía qué hacer. No se atrevía a levantar al pequeño herido por miedo a dañarlo, así que Aranna pensó que era el momento de entrar en acción.
Se abrió paso entre la pequeña multitud que se había congregado en torno a la escena, cosa que le fue sumamente fácil debido a la inseparable presencia de su espectral guardaespaldas. La madre del chico la reconoció y, entre lágrimas, solicitó su ayuda.
“Perfecto” -se jactó la hechicera.
Con ayuda de la mujer incorporó al niño y, con un rápido tirón, devolvió el hueso a su sitio. El pequeño dejó de llorar en cuanto Aranna puso la mano sobre el maltrecho hombro, proporcionándole un delicioso alivio.
La muchacha levantó al pequeño del suelo depositándolo en brazos de su madre, lo que provocó algunos aplausos entre los testigos del suceso.
- Llevadlo a la cama y que descanse -recomendó-. Mañana estará jugando otra vez.
- Os estoy muy agradecida. Por favor, pasad y mi esposo se encargará de recompensaros.
La mujer entró en el establecimiento seguida de la hechicera y desapareció por una puerta al fondo de la estancia, por la que apareció segundos después el propietario. Salía abrochándose el cinturón.
- Os agradezco lo que habéis hecho por mi pequeño, señora. Mirad y elegid lo que más os agrade de mi humilde negocio -dijo abarcando la estancia con un amplio gesto.
Aranna echó un vistazo a las telas, cuidadosamente enrolladas y colocadas en estanterías que cubrían las paredes de toda la habitación. Lino, algodón, lana, seda... Aquel negocio no tenía nada de humilde. Había una pieza de seda de color púrpura que llamó su atención. Sabía que aquel tejido era muy costoso, pero el mercader no podría negarse a regalárselo. La sola presencia de Neithan, a quien el propietario evitaba mirar a toda costa, era suficiente motivo para ser generoso.
Había salido de su casa con la idea de visitar a la convaleciente Ammya y a su bebé, pero cuando se dio cuenta se hallaba en la calle de los Tintoreros. Los talleres se apiñaban unos contra otros, y daba la impresión que los edificios habían crecido allí como al azar. Los operarios desempeñaban su trabajo bajo la atenta mirada de los maestros artesanos. En la puerta de un almacén, varios jóvenes maceaban grandes piezas de tela en cubetas de madera llenas de diversos tintes. Aquí y allá se escuchaba el monótono sonido de los telares, accionados rítmicamente por expertas manos. Algunas costureras habían sacado sus labores a la puerta para aprovechar mejor la luz del día. Aranna se acercó a una de ellas, que bordaba un exquisito corpiño de terciopelo granate con fino hilo de oro. La mujer no levantó la vista de su labor, pero las otras dos muchachas que estaban con ella -posiblemente aprendices- comenzaron a cuchichear entre sí y a examinarla concienzudamente, con el descaro que da la adolescencia.
Aranna se alejó de allí mientras escuchaba unas risillas sofocadas, cortadas de raíz por una severa reprimenda. La maldición de una bruja podía ser terrible. Se echó una punta de su vieja capa sobre el hombro y siguió caminando calle abajo mientras se miraba las botas al andar. Neithan iba como aletargado, siempre un paso por detrás de ella: una tenebrosa silueta de dos metros de altura que la gente, por una especie de acuerdo inconsciente y universal, había decidido ignorar en la medida de lo posible.
“¿De qué se habrán reído esas dos arpías?” -se preguntó malhumorada, aunque ya conocía la respuesta.- “Si Neithan se convirtiese en perrillo faldero sería la pordiosera perfecta. ¡Tengo que hacer algo!”
Unos niños que jugaban a luchar con espadas de madera llamaron su atención. Estaban frente a una pequeña tienda de telas. Dos mujeres salieron en ese momento y los pequeños comenzaron a corretear alrededor de ellas, siendo reprendidos por una mujer desde el interior. El belicoso juego cesó unos instantes hasta que las dos mujeres se alejaron, para ser reanudado aún con más brío.
Aranna se situó cerca de ellos y efectuó un ligero ademán con la mano izquierda, lo que provocó que Neithan se espabilara súbitamente. En ese mismo momento el menor de los niños tropezó de manera inexplicable y cayó al suelo sobre un costado, dislocándose un hombro. El chiquillo comenzó a gritar sujetándose el brazo. Al instante una mujer salió de la tienda, seguida por un hombre que maldecía sin cesar. La mujer intentó levantar al pequeño, pero el niño gritó con todas sus fuerzas. El hombre agarró al otro muchacho de la oreja y lo metió en la tienda sin parar de maldecir.
- ¡Pero papá, si se ha caído solo! -protestaba entre lágrimas.
La madre no sabía qué hacer. No se atrevía a levantar al pequeño herido por miedo a dañarlo, así que Aranna pensó que era el momento de entrar en acción.
Se abrió paso entre la pequeña multitud que se había congregado en torno a la escena, cosa que le fue sumamente fácil debido a la inseparable presencia de su espectral guardaespaldas. La madre del chico la reconoció y, entre lágrimas, solicitó su ayuda.
“Perfecto” -se jactó la hechicera.
Con ayuda de la mujer incorporó al niño y, con un rápido tirón, devolvió el hueso a su sitio. El pequeño dejó de llorar en cuanto Aranna puso la mano sobre el maltrecho hombro, proporcionándole un delicioso alivio.
La muchacha levantó al pequeño del suelo depositándolo en brazos de su madre, lo que provocó algunos aplausos entre los testigos del suceso.
- Llevadlo a la cama y que descanse -recomendó-. Mañana estará jugando otra vez.
- Os estoy muy agradecida. Por favor, pasad y mi esposo se encargará de recompensaros.
La mujer entró en el establecimiento seguida de la hechicera y desapareció por una puerta al fondo de la estancia, por la que apareció segundos después el propietario. Salía abrochándose el cinturón.
- Os agradezco lo que habéis hecho por mi pequeño, señora. Mirad y elegid lo que más os agrade de mi humilde negocio -dijo abarcando la estancia con un amplio gesto.
Aranna echó un vistazo a las telas, cuidadosamente enrolladas y colocadas en estanterías que cubrían las paredes de toda la habitación. Lino, algodón, lana, seda... Aquel negocio no tenía nada de humilde. Había una pieza de seda de color púrpura que llamó su atención. Sabía que aquel tejido era muy costoso, pero el mercader no podría negarse a regalárselo. La sola presencia de Neithan, a quien el propietario evitaba mirar a toda costa, era suficiente motivo para ser generoso.
Comentario:
Jolín... ¡gracias!
Un abrazo.
Un abrazo.
Comentario:
Comentario:
Lo siento en el alma, pero esta vez no puedo comentaros nada. ¡¡Mira que me hacéis sufrir!! Gñgñgñgñ...
Besos del trasto pa los dos.
Besos del trasto pa los dos.
Comentario:
Pero no era Neithan quien se estaba humanizando? ( o algo así... ). Vamos, que Aranna se nos ha ido de trapitos...!. Vivir para ver.
(Se podrá vestir a una sombra?)
Puntual entrega, vive dios. Gracias.
Un besazo.
(Se podrá vestir a una sombra?)
Puntual entrega, vive dios. Gracias.
Un besazo.
Comentario:
¿Seguro que Aranna no hizo que el niño se dislocara el hombro?. Que recuerde que la magia no se debe utilizar en ciertas formas.
¡Pero que tonterias digo!, ademas me alegro de que la fortuna le sonría, al menos le servirá para cambiar de ropajes.
Un beso a las tres.
¡Pero que tonterias digo!, ademas me alegro de que la fortuna le sonría, al menos le servirá para cambiar de ropajes.
Un beso a las tres.





