Aranna II
Lo prometido es deuda ;o)
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Karl limpiaba una mesa con desgana mientras su hermana, cargada de jarras vacías y de platos sucios, le dirigía una mirada ceñuda. El fuego de la gran chimenea que presidía la sala lamía un cochinillo ensartado en un asador, al cuidado de un trasgo con los jugos gástricos bastante revolucionados. Un par de pesadas lámparas de hierro colgadas del techo intentaban disipar la penumbra que envolvía el comedor, naturalmente sin conseguirlo, aunque a los huéspedes parecía no importarles demasiado ni la oscuridad ni el ambiente cargado de humo.
Alrededor de una mesa situada al fondo de la estancia, un grupo de amigos charlaba animadamente. Un gigante, con las rodillas casi a la altura de las orejas, intentaba reírse sin caerse de la silla que lo sostenía a duras penas. Frente a él, un joven de piel morena y ojos oscuros y penetrantes cruzaba los brazos con evidentes muestras de disgusto. Un hobbit intentaba poner paz entre los dos, mientras los demás comensales escuchaban expectantes.
-¿Pero cómo vamos a ir por ahí con dos...? Juá, juá... -el gigante juntaba los dedos índice y pulgar de ambas manos y luego miraba a través de los huecos formados por éstos, lo que le daba una extraña apariencia de búho.
-Pues si Brun lo dice, yo me lo creo -terció el hobbit.
-Gracias, Hathu. Me ha llevado mucho tiempo llegar a este descubrimiento y estoy seguro de que tendrá éxito -lanzó una mirada desafiante al gigante, que se retorcía de la risa.
-¿Y cómo piensas sujetar los cristales frente a los ojos? -preguntó Leuba mientras introducía amorosamente un trocito de pollo en la boca de Ferdinand.
-Pues aun no lo sé, pero ya se me ocurrirá algo. ¡Sanghayando! ¿Quieres callarte ya de una vez? ¡Me estás poniendo de los nervios!
El gigante se tapó la boca con las manos, pero el movimiento espasmódico de sus hombros lo delataba.
-Creo que tengo la solución al problema -dijo Ferdinand. ¿Qué tal si ajustas las... ¿cómo las llamas?
-Lentes.
-Eso. Podrías ajustar las lentes en un par de aros de metal y sujetarlas a la nariz mediante un puente que vaya desde un aro a otro.
A Brun se le iluminaron los ojos.
-Oye, pues no es mala idea. Pero tendría que ser un metal ligero y maleable. Plata, por ejemplo. Incluso oro.
Hathu se frotaba las manos.
-¿Os dais cuenta de que éste puede ser el negocio del siglo? Ya estoy viendo el cartel en la puerta: “LA LENTERÍA DE BRUN”. ¿Qué os parece?
-No sé, Hathu. No me acaba de convencer el nombre -objetó el aludido.
En éstas estaban cuando se abrió la puerta de la calle. Karl, que seguía limpiando la misma mesa, se dispuso a recibir al nuevo cliente. Lo miró con desconfianza, pues a primera vista podría haber sido cualquier cosa no más alta de metro sesenta. El recién llegado avanzó un par de pasos, acercándose al radio de acción de una de las lámparas. La cara del posadero pasó del rojo al blanco en un instante.
-¡Por el Martillo del Dios del Trueno! Pero... ¿eres tú de verdad?
-Hola, Karl. Yo también me alegro de verte.
-¿Dónde demonios has estado metida durante todo este tiempo? ¡Eh, mirad quién ha llegado! -gritó a los de la mesa del fondo, que no se enteraron porque en ese momento se esforzaban al unísono para levantar un gigante desparramado por los suelos-. ¿Qué es eso que llevas en el hombro?
Karl apuntó al cuervo con el dedo índice.
-Digamos que es un compañero de viaje.
-Pues no me gusta nada.
Aranna puso la mano a la altura de su hombro y el cuervo se posó en ella.
-No te preocupes por él. Se portará bien, ¿a que sí? -las palabras salieron de su boca como agudos cristales de hielo. Impulsó el brazo hacia arriba y el cuervo salió volando para posarse en una de las vigas del techo. Sus ojos verdes y luminosos destacaban en la oscuridad, vigilando continuamente a la joven. Ni que decir tiene que los demás clientes del “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN” no daban a basto entre el espectáculo del gigante caído y la novedad de la recién llegada.
-Da gusto volver a casa -dijo Aranna.
De repente, el peso del cansancio acumulado cayó sobre ella como una losa de mármol-. ¿Tienes alojamiento para mí por esta noche? Me conformo con el establo, de veras. Donde sea.
-¡Pues claro! Siempre hay un sitio para ti en esta casa, así tuviese que echar a la calle al mismo Príncipe. ¡Lara, ven un momento!
La hermosa hermana de Karl apareció secándose las manos en el delantal y esquivando grácilmente, con la soltura que da la práctica, multitud de muestras de cariño por parte de los clientes de sexo masculino.
Entretanto, los de la mesa del fondo habían conseguido que Sanghayando recuperara una postura más o menos decorosa. Se había sentado directamente en el suelo. Iban a reanudar su charla de negocios cuando el hobbit se percató de lo que pasaba cerca de la puerta de entrada. Vio que Lara estaba ayudando a alguien a descargarse los bultos de viaje, y cuando reconoció a su antigua amiga echó a correr hacia ella gritando su nombre.
Aranna vio la figura menuda de Hathu e hincó la rodilla en tierra para recibirle. El cuervo, creyéndola en peligro, se lanzó en picado para interponerse entre el hobbit y la hechicera. Pero lo que aterrizó entre ambos ya no era un cuervo, sino un enorme lobo negro de centelleantes ojos verdes.
Hathu se quedó clavado en el suelo, presa del pánico. Sus amigos, que habían presenciado la escena, fueron incapaces de reaccionar. Por unos instantes el tiempo pareció detenerse en un latido de puro terror. Lo único que acertó a hacer Aranna fue desprenderse de su capa y cubrir con ella al animal. Todo el mundo soltó al unísono el aire aprisionado en los pulmones, pero aquel gesto no contribuyó a relajar el ambiente. La capa había caído al suelo de golpe, como si el horrible animal se hubiese esfumado en el aire. Aranna susurró una palabra y tiró de la capa con un movimiento rápido, liberando una nube de brillantes mariposas de colores que revolotearon unos instantes entre la gente antes de desaparecer. Algunos aplaudieron el truco. Otros se dieron cuenta repentinamente de que era tardísimo y salieron apresuradamente del local.
Aranna intentó ponerse de pie apoyándose en el bastón, pero sus piernas fallaron. Aquel truco, que cualquier aprendiz de brujo podría haber hecho con relativa facilidad, había extenuado las pocas fuerzas que le quedaban. Hathu y sus amigos acudieron a socorrerla mientras la última mariposita revoloteaba sobre sus cabezas. Era negra.
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Karl limpiaba una mesa con desgana mientras su hermana, cargada de jarras vacías y de platos sucios, le dirigía una mirada ceñuda. El fuego de la gran chimenea que presidía la sala lamía un cochinillo ensartado en un asador, al cuidado de un trasgo con los jugos gástricos bastante revolucionados. Un par de pesadas lámparas de hierro colgadas del techo intentaban disipar la penumbra que envolvía el comedor, naturalmente sin conseguirlo, aunque a los huéspedes parecía no importarles demasiado ni la oscuridad ni el ambiente cargado de humo.
Alrededor de una mesa situada al fondo de la estancia, un grupo de amigos charlaba animadamente. Un gigante, con las rodillas casi a la altura de las orejas, intentaba reírse sin caerse de la silla que lo sostenía a duras penas. Frente a él, un joven de piel morena y ojos oscuros y penetrantes cruzaba los brazos con evidentes muestras de disgusto. Un hobbit intentaba poner paz entre los dos, mientras los demás comensales escuchaban expectantes.
-¿Pero cómo vamos a ir por ahí con dos...? Juá, juá... -el gigante juntaba los dedos índice y pulgar de ambas manos y luego miraba a través de los huecos formados por éstos, lo que le daba una extraña apariencia de búho.
-Pues si Brun lo dice, yo me lo creo -terció el hobbit.
-Gracias, Hathu. Me ha llevado mucho tiempo llegar a este descubrimiento y estoy seguro de que tendrá éxito -lanzó una mirada desafiante al gigante, que se retorcía de la risa.
-¿Y cómo piensas sujetar los cristales frente a los ojos? -preguntó Leuba mientras introducía amorosamente un trocito de pollo en la boca de Ferdinand.
-Pues aun no lo sé, pero ya se me ocurrirá algo. ¡Sanghayando! ¿Quieres callarte ya de una vez? ¡Me estás poniendo de los nervios!
El gigante se tapó la boca con las manos, pero el movimiento espasmódico de sus hombros lo delataba.
-Creo que tengo la solución al problema -dijo Ferdinand. ¿Qué tal si ajustas las... ¿cómo las llamas?
-Lentes.
-Eso. Podrías ajustar las lentes en un par de aros de metal y sujetarlas a la nariz mediante un puente que vaya desde un aro a otro.
A Brun se le iluminaron los ojos.
-Oye, pues no es mala idea. Pero tendría que ser un metal ligero y maleable. Plata, por ejemplo. Incluso oro.
Hathu se frotaba las manos.
-¿Os dais cuenta de que éste puede ser el negocio del siglo? Ya estoy viendo el cartel en la puerta: “LA LENTERÍA DE BRUN”. ¿Qué os parece?
-No sé, Hathu. No me acaba de convencer el nombre -objetó el aludido.
En éstas estaban cuando se abrió la puerta de la calle. Karl, que seguía limpiando la misma mesa, se dispuso a recibir al nuevo cliente. Lo miró con desconfianza, pues a primera vista podría haber sido cualquier cosa no más alta de metro sesenta. El recién llegado avanzó un par de pasos, acercándose al radio de acción de una de las lámparas. La cara del posadero pasó del rojo al blanco en un instante.
-¡Por el Martillo del Dios del Trueno! Pero... ¿eres tú de verdad?
-Hola, Karl. Yo también me alegro de verte.
-¿Dónde demonios has estado metida durante todo este tiempo? ¡Eh, mirad quién ha llegado! -gritó a los de la mesa del fondo, que no se enteraron porque en ese momento se esforzaban al unísono para levantar un gigante desparramado por los suelos-. ¿Qué es eso que llevas en el hombro?
Karl apuntó al cuervo con el dedo índice.
-Digamos que es un compañero de viaje.
-Pues no me gusta nada.
Aranna puso la mano a la altura de su hombro y el cuervo se posó en ella.
-No te preocupes por él. Se portará bien, ¿a que sí? -las palabras salieron de su boca como agudos cristales de hielo. Impulsó el brazo hacia arriba y el cuervo salió volando para posarse en una de las vigas del techo. Sus ojos verdes y luminosos destacaban en la oscuridad, vigilando continuamente a la joven. Ni que decir tiene que los demás clientes del “PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN” no daban a basto entre el espectáculo del gigante caído y la novedad de la recién llegada.
-Da gusto volver a casa -dijo Aranna.
De repente, el peso del cansancio acumulado cayó sobre ella como una losa de mármol-. ¿Tienes alojamiento para mí por esta noche? Me conformo con el establo, de veras. Donde sea.
-¡Pues claro! Siempre hay un sitio para ti en esta casa, así tuviese que echar a la calle al mismo Príncipe. ¡Lara, ven un momento!
La hermosa hermana de Karl apareció secándose las manos en el delantal y esquivando grácilmente, con la soltura que da la práctica, multitud de muestras de cariño por parte de los clientes de sexo masculino.
Entretanto, los de la mesa del fondo habían conseguido que Sanghayando recuperara una postura más o menos decorosa. Se había sentado directamente en el suelo. Iban a reanudar su charla de negocios cuando el hobbit se percató de lo que pasaba cerca de la puerta de entrada. Vio que Lara estaba ayudando a alguien a descargarse los bultos de viaje, y cuando reconoció a su antigua amiga echó a correr hacia ella gritando su nombre.
Aranna vio la figura menuda de Hathu e hincó la rodilla en tierra para recibirle. El cuervo, creyéndola en peligro, se lanzó en picado para interponerse entre el hobbit y la hechicera. Pero lo que aterrizó entre ambos ya no era un cuervo, sino un enorme lobo negro de centelleantes ojos verdes.
Hathu se quedó clavado en el suelo, presa del pánico. Sus amigos, que habían presenciado la escena, fueron incapaces de reaccionar. Por unos instantes el tiempo pareció detenerse en un latido de puro terror. Lo único que acertó a hacer Aranna fue desprenderse de su capa y cubrir con ella al animal. Todo el mundo soltó al unísono el aire aprisionado en los pulmones, pero aquel gesto no contribuyó a relajar el ambiente. La capa había caído al suelo de golpe, como si el horrible animal se hubiese esfumado en el aire. Aranna susurró una palabra y tiró de la capa con un movimiento rápido, liberando una nube de brillantes mariposas de colores que revolotearon unos instantes entre la gente antes de desaparecer. Algunos aplaudieron el truco. Otros se dieron cuenta repentinamente de que era tardísimo y salieron apresuradamente del local.
Aranna intentó ponerse de pie apoyándose en el bastón, pero sus piernas fallaron. Aquel truco, que cualquier aprendiz de brujo podría haber hecho con relativa facilidad, había extenuado las pocas fuerzas que le quedaban. Hathu y sus amigos acudieron a socorrerla mientras la última mariposita revoloteaba sobre sus cabezas. Era negra.
Comentario:
Estás en tu casa. La puerta está abierta, la chimenea encendida y hay algo de picar en el armario. Y yo, encantada de que vengas a visitarme.
Sanghayando sigue en su línea, por lo que vi. Personas, personajes... al fin y al cabo son ellos. O mejor dicho, somos nosotros. Aunque Hathu no terminaba de estar muy de acuerdo. Jejeje... A ver si voy a daros la vara un día de estos.
Un beso del trasto. (Sí, de Aranna también) ;o)
Sanghayando sigue en su línea, por lo que vi. Personas, personajes... al fin y al cabo son ellos. O mejor dicho, somos nosotros. Aunque Hathu no terminaba de estar muy de acuerdo. Jejeje... A ver si voy a daros la vara un día de estos.
Un beso del trasto. (Sí, de Aranna también) ;o)
Comentario:
Jeje, me encanta volver a leer estas lineas y aun hoy, despues de unos cuantos años leer sobre los personajes me hace recordar a los originales...o son ellos los que se escaparon de las lineas por ti escritas? , nu se...pero Sanghayando no ha cambiado nada en todos estos años, sigue igual que siempre el gigante.
Me reconforta leerte, este sitio me gusta, es un oasis de calor nostalgico que me abrigara este frio invierno.
Un besazo
Me reconforta leerte, este sitio me gusta, es un oasis de calor nostalgico que me abrigara este frio invierno.
Un besazo
Comentario:
¿Y qué es una ballesta sino un dispensador de virotes? ¿eh? JAJAJA!! Anda que...
Tened paciencia, que así la disfrutáis más. (Y yo también) :oP
Gracias a los dos. Sendos besos del trasto.
Tened paciencia, que así la disfrutáis más. (Y yo también) :oP
Gracias a los dos. Sendos besos del trasto.
Comentario:
( No hombre, francesa no es... creo que no... hum... )
Post por post, astilla por astilla. Despacio. Tú tranquila, si... Ya sufrimos los impacientes, ya... ( humedeciéndome los labios con los ojos desorbitados ).
Y cada vez va a peor, cuanto más nos des, más te pediremos. Porque la historia engancha.
( Lo peor de estos dispensadores automáticos es que no les sacas más que la dosis adecuada en el momento preciso, y no sirve de nada echarles más moneditas. Bah!... Trastos... )
Un besazo.
( Otra! Otra! Otra! Otra! Otra! )
Post por post, astilla por astilla. Despacio. Tú tranquila, si... Ya sufrimos los impacientes, ya... ( humedeciéndome los labios con los ojos desorbitados ).
Y cada vez va a peor, cuanto más nos des, más te pediremos. Porque la historia engancha.
( Lo peor de estos dispensadores automáticos es que no les sacas más que la dosis adecuada en el momento preciso, y no sirve de nada echarles más moneditas. Bah!... Trastos... )
Un besazo.
( Otra! Otra! Otra! Otra! Otra! )
Comentario:
Espero que estés continuando la historia donde la dejaste, porque no quiero ni pensar la cara que pondré si un día acabas diciendo:"Y hasta aquí escribí de las peripecias de Aranna..."
Así que si tienes que hacer una trilogía, "pos" la haces, jaja...
Un beso Trasto...
Así que si tienes que hacer una trilogía, "pos" la haces, jaja...
Un beso Trasto...





