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Reflexiones de un trasto
Están locos estos humanos
Acerca de
Soy una ballesta, por si no te has puesto las gafas para mirar la foto.
Sindicación
 
Aranna XXIII
Aranna no podía creer lo que tenía delante. ¡Era un elfo! ¿Qué hacía allí un elfo? Los Elfos rompieron las relaciones con los Humanos cuando se vieron obligados a luchar contra los discípulos del Príncipe Desterrado. Dejaron las costas, donde la población humana crecía y se fortalecía, y se retiraron a los bosques del Norte. En muchos lugares se habían convertido en un mito, y la gente comenzaba a dudar de su existencia.

- Ven, Aranna. Quiero presentarte a alguien -gritó el hobbit al oído de la muchacha.

Tiró de ella hasta situarla frente al elfo. El elfo se agachó hasta quedar a la altura de Hathu para que éste pudiera hacerse entender. Intercambiaron unas palabras y luego el hobbit le dijo a Aranna:

- El es Falmarin.

Falmarin se volvió hacia ella e hizo una leve inclinación de cabeza, a la que Aranna correspondió igualmente. Después, el elfo apoyó un pie en la columna que tenía detrás y se dedicó a estudiar la pared que tenía enfrente.

La hechicera se sintió como una estúpida. Obviamente la estaba ignorando, lo que le hizo sentirse fuera de lugar. Inmediatamente se arrepintió de haber acompañado a su amigo aquella noche. Le buscó con la mirada, pero éste se encontraba charlando animadamente con Brun, Leuba y Ferdinand y le daba vergüenza interrumpirles.

La enorme mano de Sanghayando se posó en su hombro, sobresaltándola. La potente voz del gigante resonó por encima de la canción que estaban destrozando en ese momento como el sonoro tañido de una gran campana. Al menos eso pensó Aranna. A Neithan le pareció más bien un coro de fanfarrias mal afinadas.

- ¡Menos mal que te vemos el pelo! ¿Qué tal te va?

- Bien -mintió Aranna intentando hacerse oír. Le habría gustado añadir algo más, pero no se le ocurría nada interesante.

- Me alegro. ¿Quieres algo de beber?

- No, gracias. No tengo sed.

- Querrás decir que no tienes un Úro -comentó Neithan como quien no quiere la cosa.

Aranna se contuvo para no contestarle.

- ¿Y él? -preguntó el gigante señalando a Neithan.

Sanghayando no sabía nada sobre criaturas sobrenaturales, así que prefería caerle bien por si acaso. A los fantasmas no se les podía aplastar de un manotazo.

- No, mi demonio no bebe -dijo Aranna.

- ¡Y dale! -protestó Neithan herido en su orgullo.

El tañido de una pequeña campana sobresalió entre el barullo. Aranna y Neithan se miraron preguntándose qué pasaba.
Brun pasó un brazo por los hombros de la hechicera, no sin antes mirar de soslayo a su oscuro acompañante.

- Vamos, Aranna. Alexi nos invita a un tapón. Acércate a la barra.

La muchacha obedeció, no muy segura de lo que iba a suceder a continuación.

Alexi tiraba enérgicamente de la cuerda, haciendo sonar una campana que pendía de la pared situada tras la barra al compás de la música. Esto pareció sacar al elfo de su ensimismamiento. Se despegó de la columna y se acercó al resto del grupo. Cuando estaban todos juntos, Alexi comenzó a llenar los pequeños cubiletes con algo que Aranna no supo identificar. Luego los repartió entre todos y lanzó un alegre brindis:

- ¡Por la amistad!

- ¡Por la amistad! -dijeron todos al unísono, y acto seguido se tragaron el ardiente líquido de un solo trago.

A la muchacha se le saltaron las lágrimas para regocijo de sus acompañantes.

- Has violado una norma, Aranna -le informó Neithan-. ¿Cuál será la próxima?

- No estoy borracha, ¿sabes? -masculló ella, consciente de que el Oscuro podía entenderla sin necesidad de alzar la voz por encima del sonido ambiente-. Además, a veces hay que hacer ciertas concesiones si la ocasión lo requiere.

La chica utilizó la amplia manga de su nueva túnica negra para secarse los dos lagrimones que corrían por sus mejillas, detalle que no escapó a la aguda vista de Falmarin. Se acercó a ella y le dijo al oído en tono mordaz:

- ¿Demasiado fuerte para ti, hechicera?

Aranna se sorprendió. Los elfos que había tenido la oportunidad de conocer eran heraldos enviados por sus reyes con mensajes para el Alto Consejo, un ejemplo a seguir en cuanto a diplomacia y buenas formas.

De la misma talla que los Hombres, los Elfos poseían un cuerpo inmortal y siempre permanecían jóvenes, ganando con los años en belleza y sabiduría. Sin embargo no estaban libres de morir aniquilados por las armas, el fuego, o incluso la pena. Dominaban las artes del Canto, la Oratoria y la Poesía y eran excelentes artesanos, capaces de crear las joyas más exquisitas y las armas más mortíferas. Sus voces tenían la cadencia de las olas, sutil y adormecedora, y la magia de la brisa jugando entre las hojas de los árboles.

En fin, las criaturas más bellas y sabias de toda la Creación.
Por eso la muchacha volvió a observar a Falmarin, por si se había confundido.

Pero no. Era un auténtico elfo, delgado y ágil pero fuerte a la vez. Llevaba el oscuro cabello sujeto por una cinta de cuero, lo que dejaba sus orejas puntiagudas al descubierto. Su rostro, de rasgos duros pero hermosos, reflejaba la terrible belleza de los de su raza. La luz de las estrellas brillaba en sus ojos, a los que nadie se había atrevido a mirar hacía mucho tiempo.

 
Comentario:
Yo me enamoré de alguien así cuando era niña.
Aunque solo es cuestión de Literatura, ya es hora de que ésta bella dama se asiente de alguna manera entre los humanos, por infinidad de fronteras que la impongamos. Es curioso el parecido en las formas, incluso en el fondo, con Falmarin. Y sin embargo, no tienen nada, nada, que ver...
A aquel amor mío le llamaban Sr. Spock.

Los "patrones humanos" son un verdadero Arte, siempre aplicado a los que no lo son.
;-P

Besazo.
No