Aranna XXVIII
Hulla, la Madre Priora del Templo de la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean en Villamarcha, frunció el ceño cuando golpearon la puerta. El gobernador se sintió aliviado por librarse unos instantes de su mirada escrutadora. Llevaba horas allí dentro y no había podido rehusar la invitación de comer con ella, así que agradeció la interrupción. Tres muchachas con el hábito blanco de las novicias entraron portando exquisitos manjares sobre unas bandejas, que colocaron con presteza en una mesa situada a la izquierda de la amplia habitación.
El gobernador las contempló con una sonrisa en los labios. Apenas tendrían catorce años, pero sus curvas comenzaban ya a marcarse debajo de la suave tela. El hombre sintió removerse el gusanillo del deseo en su interior. Pasaba ya de los cuarenta, pero seguía teniendo la energía de un muchacho. Le habría encantado arrebatarles los hábitos de un tirón, acariciar sus pequeños pechos desnudos, penetrarlas salvajemente, hacerlas gritar de dolor mientras se retorcían sollozantes bajo su peso. Las observó ávidamente mientras se alejaban y desaparecían a través de la puerta de entrada. El hábito no llevaba ceñidor; era un saco que caía sin gracia sobre los cuerpos de las niñas, pero aún así acertó a adivinar el movimiento de sus caderas al caminar. La sangre había comenzado a fluir con fuerza amenazando con acumularse toda en cierta parte de su cuerpo. Para evitar esta reacción volvió la vista hasta la Madre Priora. Esto fue suficiente para que todo tornara a su sitio.
Hulla rondaba los setenta años. Una sucesión de varias papadas ocultaban su cuello. Su enorme cuerpo estaba embutido en un hábito de color lila, acorde con su rango dentro de la Orden. Cada vez que se movía, diversas partes de su anatomía parecían adquirir vida propia. Su cabello, canoso y más bien ralo, se hallaba recogido en un diminuto rodete en la parte posterior de la cabeza.
La Madre Priora invitó al gobernador a acercarse a la mesa. Una vez convenientemente acomodados, ella bendijo los alimentos y dio las gracias a la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean. El gobernador sirvió el vino, un excelente caldo de Jumelia, en unas copas de plata maravillosamente trabajadas. Todo en aquella habitación era exquisito. Los tapices, las alfombras, los muebles... El hombre dedujo que las cosas le iban bien a aquella charlatana. Le convenía tenerla como aliada. ¿Qué le costaba participar en aquellas pantomimas que tenían como ceremonias? El pueblo estaba contento –o al menos lo parecía- y la vieja también. Por su parte, la Orden pagaba religiosamente sus impuestos a las arcas municipales y no estaba dispuesto a arriesgarse a que las cosas cambiaran.
- Habladme de esa... hechicera, gobernador –inquirió Hulla desmenuzando una perdiz asada.
- La verdad es que no se mucho, Madre Priora. Las pocas referencias que tengo de ella son buenas, salvo por ese ser que la acompaña siempre. Aun así, en el tiempo que lleva viviendo aquí nunca ha perjudicado a nadie. Al contrario, por lo que me han dicho es buena sanadora y ayuda a la gente.
- Nosotras ayudamos a la gente –repuso severamente-. La verdadera sanación ha de venir a través de la voluntad de nuestra Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean, bendito sea su Nombre, y no de las manos pecaminosas de una bruja. Sus actos son obra del Mal, y no pienso consentir eso en mi comunidad.
- Pero no puedo arrestarla si no ha cometido ningún delito, señora –dijo el gobernador intentando librarse de aquel incómodo asunto-. Me temo que no puedo hacer nada al respecto.
La anciana reflexionó durante unos instantes, sus diminutos ojos azules clavados en el plato.
- No os preocupéis. Yo me encargaré de que abrace la verdadera Fe.
El gobernador las contempló con una sonrisa en los labios. Apenas tendrían catorce años, pero sus curvas comenzaban ya a marcarse debajo de la suave tela. El hombre sintió removerse el gusanillo del deseo en su interior. Pasaba ya de los cuarenta, pero seguía teniendo la energía de un muchacho. Le habría encantado arrebatarles los hábitos de un tirón, acariciar sus pequeños pechos desnudos, penetrarlas salvajemente, hacerlas gritar de dolor mientras se retorcían sollozantes bajo su peso. Las observó ávidamente mientras se alejaban y desaparecían a través de la puerta de entrada. El hábito no llevaba ceñidor; era un saco que caía sin gracia sobre los cuerpos de las niñas, pero aún así acertó a adivinar el movimiento de sus caderas al caminar. La sangre había comenzado a fluir con fuerza amenazando con acumularse toda en cierta parte de su cuerpo. Para evitar esta reacción volvió la vista hasta la Madre Priora. Esto fue suficiente para que todo tornara a su sitio.
Hulla rondaba los setenta años. Una sucesión de varias papadas ocultaban su cuello. Su enorme cuerpo estaba embutido en un hábito de color lila, acorde con su rango dentro de la Orden. Cada vez que se movía, diversas partes de su anatomía parecían adquirir vida propia. Su cabello, canoso y más bien ralo, se hallaba recogido en un diminuto rodete en la parte posterior de la cabeza.
La Madre Priora invitó al gobernador a acercarse a la mesa. Una vez convenientemente acomodados, ella bendijo los alimentos y dio las gracias a la Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean. El gobernador sirvió el vino, un excelente caldo de Jumelia, en unas copas de plata maravillosamente trabajadas. Todo en aquella habitación era exquisito. Los tapices, las alfombras, los muebles... El hombre dedujo que las cosas le iban bien a aquella charlatana. Le convenía tenerla como aliada. ¿Qué le costaba participar en aquellas pantomimas que tenían como ceremonias? El pueblo estaba contento –o al menos lo parecía- y la vieja también. Por su parte, la Orden pagaba religiosamente sus impuestos a las arcas municipales y no estaba dispuesto a arriesgarse a que las cosas cambiaran.
- Habladme de esa... hechicera, gobernador –inquirió Hulla desmenuzando una perdiz asada.
- La verdad es que no se mucho, Madre Priora. Las pocas referencias que tengo de ella son buenas, salvo por ese ser que la acompaña siempre. Aun así, en el tiempo que lleva viviendo aquí nunca ha perjudicado a nadie. Al contrario, por lo que me han dicho es buena sanadora y ayuda a la gente.
- Nosotras ayudamos a la gente –repuso severamente-. La verdadera sanación ha de venir a través de la voluntad de nuestra Misericordiosa y Benevolente Diosa Tharwidean, bendito sea su Nombre, y no de las manos pecaminosas de una bruja. Sus actos son obra del Mal, y no pienso consentir eso en mi comunidad.
- Pero no puedo arrestarla si no ha cometido ningún delito, señora –dijo el gobernador intentando librarse de aquel incómodo asunto-. Me temo que no puedo hacer nada al respecto.
La anciana reflexionó durante unos instantes, sus diminutos ojos azules clavados en el plato.
- No os preocupéis. Yo me encargaré de que abrace la verdadera Fe.
Comentario:
Hum... ¿quién será el misterioso invitado que irrumpe en mi morada planteando semejantes cuestiones?
¡Anda, si es Num! Voy a preparar café, y de paso a ver si me puedo escaquear de contestarle. Jijiji...
//cafe
Un besazo, micaniwapa.
¡Anda, si es Num! Voy a preparar café, y de paso a ver si me puedo escaquear de contestarle. Jijiji...
//cafe
Un besazo, micaniwapa.
Comentario:
NiBuenoNiMalo: la lástima es que las zorras se siguen reuniendo y haciéndonos comulgar con ruedas de molino (hablando de ost...).
En fin...
Un beso del trasto.
En fin...
Un beso del trasto.
Comentario:
Sería una locura fiarse de quien desmenuza las perdices antes de terminar el cuento.
Y el gobernador este?, menos mal que no ha terminado desgobernado del todo...
Ya falta menos para conocer el Nombre.
Besazo, Trasto.
Y el gobernador este?, menos mal que no ha terminado desgobernado del todo...
Ya falta menos para conocer el Nombre.
Besazo, Trasto.
Comentario:
¡huy huy huy!
"Aqui van a haber andanadas de ost.."
Perdón, que me salgo de mis casillas. Ya veo por donde venías con lo de "Reunión de zorras,..."
"Aqui van a haber andanadas de ost.."
Perdón, que me salgo de mis casillas. Ya veo por donde venías con lo de "Reunión de zorras,..."





