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El unicornio existe
Aunque encuentre obstáculos
Acerca de
...intento siempre avanzar, guardando una pequeña porción de esperanza y de sueños, aprendiendo de caídas, curándome las heridas, respirando, mirando el mar, reposando, escuchando música, buscando mi sonrisa... aquí espero encontrar también la tuya, que escuches y hables si quieres... que esto no sea sólo mi refugio sino el tuyo... La puerta está abierta...
Sindicación
 
Suspiro resignado





Sentada sobre el muro balanceaba sus pies mientras miraba el agua bajo sus pies y, de vez, en cuando levantaba la cabeza hacia el horizonte en un suspiro resignado.
El viento jugaba con su negro pelo. Sentía ganas de llorar, pero no podía.
Lo oyó a su espalda. Oyó su andar lento y arrastrado, el soplido de su respiración: cómo siempre llegaba cargando lo que un principio le pareció maleta de sueños y papel mágico.
Mirando a sus pies balancéandose bajo las olas, vio cómo él abría el caballete, colocaba el lienzo y abría el maletín. El silencio era el momento que se tomaba para saber qué perspectiva dibujar. El silencio era el momento que se tomaba en recorrer con su mirada la espalda de ella bajo la blusa.
Y luego, el pincel sobre el lienzo… cómo sus blancos dedos sobre la piel morena, frágil e inocente, dulce…dulce como el azúcar.
Lo había visto trabajar muchas veces. Lo observó con curiosidad y detalle la primera vez que él pisó el muelle frente al malecón, con su caballete, su lienzo y sus pinturas y su aire de fascinado y despistado, su torpeza y timidez. Lo observó empezar a trazar líneas incomprensibles y cómo poco a poco la pintura tomaba forma y parecía cobrar vida: más allá de la realidad, en aquél lienzo blanco se dibujó un mundo casi inexistente para ella.
Y sonrió, le sonrió, cuando él le regaló ese cuadro. Sonreía cuando lo veía aparecer y siempre traía algo para ella: comida, caramelos, palabras, caricias. Y aún sonreía, la primera vez que entró por la puerta de la habitación del hotel donde se alojaba…
Creyó que era diferente. Creyó que con su aire de niño tímido y dulce, sería simplemente un buen amigo, alguien que no se comportaría igual que a los demás hombres que siempre se acercaban al malecón o a la calle de su casa en busca de sexo.
Creyó que aquella persona era tan sensible cómo ella. Que sólo venía a pintar. No creyó que él también querría dejar su marca en cada pedazo de su piel: una huella más de su miserable destino.
Mientras ella seguía el recorrido del agua rompiendo en el muro, la fuerza del mar rabiando contra lo que le impedía seguir moviéndose, la furia de quién odia… notó el silencio seco del pincel. El fin. Y las manos sobre sus hombros, las manos en sus pechos, aprisionándolos con fuerza, y la boca sobre su cuello.
Sólo eso y él empezó a recoger sus cosas. Echó a andar y ella le siguió, como siempre a aquélla hora. Sin sonreír. Con la sensación de seguir en el malecón, con los pies balanceándose y el sonido del mar mezclado con los jadeos y el sofoco de los gritos de ella.
Sentada sobre el muro balanceaba sus pies mientras miraba el agua bajo sus pies y, de vez, en cuando levantaba la cabeza hacia el horizonte en un suspiro resignado.
 
Still I'm sad - Yardbirds


See the stars come falling down from the sky,
Gently passing, they kiss your tears when you cry.
See the wind come softly blow your hair from your face,
See the rain hide away in disgrace.

Still I'm sad.

For myself my tears just fall into dust,
Day will dry them, night will find they are lost.
Now I find the wind is blowing time into my heart,
Let the rain fall, for we are apart.

How I'm sad,
How I'm sad,
Oh, how I'm sad.

 
Quedará otoño


Puede que algún día llegue el olvido. Puede que lentamente se aposente en la mente y gane terreno a la memoria y la tristeza, al deseo y al sueño de lo que nunca se podrá lograr.
Puede que un día, mires y ya no veas. Entonces, sabrás que has olvidado.
Y sólo te quedará en el corazón un aire ausente que no sabrás a qué pertenece. Te quedará otoño.
 
Al llegar el día




Con los ojos cerrados, intentaba recordar dónde estaba. Notó un olor ajeno al suyo y oyó una respiración. Sentía la tibieza de los primeros rayos que se escapaba por las rendijas de las persianas y el calor del cuerpo que dormía a su lado. Abrió despacio los ojos, sin moverse, para verlo allí, junto a ella.
El cuerpo deseado, desnudo bajo las sábanas. Su rostro, pegado al suyo. Su mano en su torso, rodeándola. Sintió deseos de besar esa boca que se ofrecía apetecible y apacible ante sus ojos. Y sonrió. Sonrío triste.
Se dio la vuelta y se levantó de la cama, con cuidado. Desnuda, sus pies notaron el frío suelo y anduvieron con un leve sonido sobre las baldosas. Ante la puerta, antes de ir hacia el lavabo, vio el dibujo de su cuerpo bajo aquéllas sábanas.
En el lavabo intentaba recapacitar en lo que había pensado. Intentaba escaparse de la desesperación que comenzaba a embargarle e intentaba retener los recuerdos de pasión de la noche de sexo vivida junto al hombre que siempre había permanecido ajeno a sus sentimientos.
Sintió el calor recorriéndole el cuerpo. Quería volver a revivir esa noche. Quería en ese momento y querría después. Querría durante un tiempo imposible de definir.
Volvió, aterida de frío, a la habitación y a refugiarse bajo las sábanas que conservaban la calidez, a buscar el cuerpo caliente que la amparó y la empezó a llenar de besos, de miradas furtivas, de manos que empezaban a tocar cada parte de su cuerpo, de la lengua que recorría su boca y bajó por su cuello, parándose en sus pechos. La boca y la lengua, juguetonas, con sus pezones, sus dientes mordiendo, la lengua lamiendo, la boca mamanda y ella retorciéndose en un extásis de placer, tiritando del placer infinito sintiendo húmeda su vagina.
Ella agarrando el pene, jugando con él, llevándolo a su boca, disfrutando de su sabor y su tacto, lamiéndolo y besándolo dulce. Sintiéndose única en un juego, sin contemplar la cara extasiada de él que gemía de placer.
Y el abrazo, el fuerte abrazo, las piernas de ella intentando rodear la amplia espalda de él. Sus brazos y sus manos recorriendo la espalda, buscando el culo, sintiendo su pene dentro de ella, los movimientos, jugar al mismo movimiento, jugar a distintos y a diferentes velocidades. A quedarse un rato, jadeando y pegados, sintiéndose unidos. Y volviendo al juego, al empuje y al movimiento de nuevo.
Hasta llegar al final. Hasta recogerse en su pecho y sentir las dulces caricias de él. Y sentir su olor y su cuerpo, su respiración. Saber, orgullosa, que durante esa noche había sido suya. Sólo suya.
Entonces, sonó el teléfono. Y él la miró con infinita tristeza. Volvieron a la realidad. Se miraron y el la besó dulce y largamente y la abrazó y la estrechó contra si con más fuerza. El teléfono seguía llamando. Y él se levantó con desgana a contestar.
Ella se quedó allí, tumbada en la cama, con la sensación de olvido y de fracaso, de abandono y de tristeza. Se quedó allí, mientras todo le daba vueltas. Las dudas y las mentiras. Lo logrado y lo perdido en un mismo momento. Su decisión de vivir esa noche junto a un imposible. Las sonrisas y las palabras.
No quiso que pasara más el tiempo sin poder disfrutar de ese cuerpo, sin que su cuerpo gozara con el del otro.
Pero la mañana había llegado. El teléfono había sonado. Y ella dejó que mientras oía las palabras lejanas hablando, las lágrimas fueran brotando sin poderlas contener.
La imagen de él la vislumbró de pie ante la puerta, borrosa y tuvo miedo de perderla para siempre.
 
Roto


Siempre hay un momento para los sueños rotos

 
Era vacío



No hubo ningún grito. Sólo fue el gesto mezclado de dolor y rabia y su repentina quietud, lo que hizo que todos volvieran su mirada hacia ella. El extraño silencio que envolvió el lugar. El gesto de esa mujer, desconocida, que se mostraba paralizada.
Sin preguntas. Sin gestos de incredulidad. Pero todos observando, casi como formando un círculo alrededor. Paralizados del miedo, del terror que parecía emanar de aquél menudo cuerpo.
Y ella, la mujer, se desplomó en el suelo, sin cambiar su gesto, sin gritar, ni gemir. Y el golpe de su cuerpo contra el suelo penetró en el alma de los demás, sumiéndoles en tristeza.
No se movió nadie. No habló nadie. Todo era más que silencio y oscuridad: era vacío.
Y allí, en medio de personas que de repente, figuraban estatuas, permanecía el cuerpo de aquella mujer, inerte, sin desgarrarse en el dolor, sin deshacerse en lágrimas, mostrando únicamente en su rostro el dolor y la rabia.