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El Viaje de Teo
Notas y experiencias durante mis viajes
Acerca de
Acerca de...un estudiante de la vida, en un viaje continuo, que irá escribiendo aquí sobre la gente que se encuentre, sobre lo que vea, sienta y se le ocurra en los viajes que vaya realizando. Si has llegado hasta esta página será por algo, la casualidad no existe en este mundo, asi que disfruta y escribe lo que te apetezca.
Sindicación
 
PSIQUE

Hay obras que merecen saltarse las reglas y principios del blog...cosas que sería egoísta el no difundirlas...premiadas o no...hay cosas que te gustan y que para ti merecen el mejor premio, el ser compartidas.

De el autor anteriormente conocido como Koaliuz...
os presento .....

PSIQUE ...

El cielo estaba pintado de sangre. Miró por la cristalera y, recortada contra la luz del atardecer, observó la siniestra torre. Un intenso escalofrío le recorrió la médula espinal de arriba abajo cuando, súbitamente, se sintió paralizado por una fuerza sobrenatural e irresistible. Se quedó clavado de pie, como petrificado ante la ventana, sin poder dejar de mirar hacia aquella ominosa estructura, donde sabía que moraba la fuente de sus horrores, donde dormía su terror innombrable.

Como si aquello que habitaba en la torre hubiera despertado al saber que estaba inmóvil e indefenso a pesar de la distancia, emergió de la cúspide del antiguo torreón, arremolinándose contra el sol ya casi engullido por el horizonte. La sombra se condensaba a medida que se iba acercando a toda velocidad, retorciéndose y tapando la púrpura luz del ocaso, adoptando la horrible forma que lo había de condenar para siempre. En aquel inst...

Un frenazo del autobús en el que viajaba le devolvió de golpe a la realidad. Se frotó los ojos suavemente, colocó el marca páginas rojo en su sitio, y cerró el libro lentamente, disfrutando del dulce crujir del lomo al estirarse. Acarició la ajada cubierta de piel verde, y lo guardó en su maletín.

H. P. Lovecraft había sido siempre uno de sus escritores favoritos, y ya desde pequeño le habían atraído esas historias de horror visceral y esos cuentos llenos de misterios insondables ocultos entre sus páginas. Muchos otros autores se incluían en su lista de favoritos: E. A. Poe, Isaac Asimov, P. K. Dick... Pese a que sus temáticas y estilos eran dispares, tenían en común una forma de expresarse y explicar fenómenos e historias muy vehemente, que parecía querer transmitir una verdad oculta, revelar otros mundos más allá del nuestro.

Con el tiempo, esas historias delirantes y fantásticas se fueron haciendo tanto más interesantes para él, en cuanto daban la sensación de poder esconder algo de verdad en sus páginas... Como si entre toda esa desbordante imaginación y aparente desvarío, un rayo de verdad pudiera surgir, disipando las nieblas del por qué de su existencia.

Ya sabía que no había sido adoptado - incluso lo había comprobado-, ni llegado de otro planeta. Tampoco era el fruto de un oscuro experimento gubernamental, ni había sido concebido bajo la influencia de trece astros que hubieran sellado su destino. Toda su vida había sido convencional excepto por el hecho de que, a sus casi treinta años de edad, aún no había sido capaz de dar explicación a la naturaleza o al origen de su “intuición”.

Había decidido llamarlo así, intuición, porque era un nombre poco dramático, poco espectacular, aunque ocasionalmente se le ocurrían nombres menos convencionales, más alejados del eufemismo: telepatía, proyección mental, médium... Fueran como fuesen, explicados o no, los hechos estaban ahí: tenía algo especial. Era capaz de leer la mente.

No desarrollaba su habilidad con la facilidad de quien lee el periódico por la mañana, ni tan rápido, pero si se concentraba lo suficiente y las circunstancias eran favorables podía desvelar los pensamientos de la gente físicamente próxima a él, profundizar en las capas de su conciencia y sumergirse inadvertidamente en un magma de sentimientos, recuerdos, temores y deseos. Avanzando lentamente, como un niño que ha aprendido a leer recientemente, era capaz de abrir todas las puertas del pensamiento, y acceder a todos sus secretos.

Muchas veces se preguntaba si no serían imaginaciones suyas, si quizá no era tan sólo una empatía más desarrollada de lo normal la que le permitía interpretar con exactitud de relojero cómo era alguien por dentro, basándose tan sólo en su aspecto exterior.
Pero lo cierto era que finalmente se tenía que rendir a las evidencias, y aceptar que algo inexplicable y especial ocurría dentro de su cabeza.


* * *


Desde que empezó a tener conciencia de sus habilidades, tuvo buen cuidado de usarlas con cautela, pues sentía una profunda vergüenza al desvelar los secretos más recónditos y ocultos de la mente. Se sentía como un ladrón que merodeaba, furtivo, entre las sombras, y que podía ser descubierto en cualquier momento. Con el tiempo aprendió a usar su don tanto en su provecho como en el de los demás. Sin verdadera vocación, dirigió sus pasos, casi inconscientemente, por el mundo de la salud mental. Lógicamente, desarrollaría mejor su habilidad en el mundo de la psiquiatría.

Desde el primer momento decidió que no desaprovecharía su talento, y que el mejor modo de aprovecharlo era sanar las mentes de aquellos que lo necesitaran, el modo perfecto de canalizar su “intuición” constructivamente. Y en cuanto se licenció fue consciente del acierto que había tenido. Pese a su juventud era ya imprescindible para sus superiores, de los cuales muchos constataban día a día que eran superiores en edad y salario, pero no así en su calidad como psiquiatras. A menudo le decían sus colegas que era capaz de acertar el diagnóstico con sólo mirar a los ojos de sus pacientes... Y no sabían lo sumamente acertados que estaban.


* * *

Al principio, los sitios atestados de gente le habían causado más de un problema, y no pequeño. En algunas ocasiones, sin poder evitarlo, aluviones de sentimientos, ideas y recuerdos totalmente ajenos a él habían penetrado en su cabeza, rebotando una y otra vez contra su percepción, dejándolo desorientado, confuso y lleno de miedo. Incluso en un par de ocasiones tuvo que ser llevado a un hospital, donde le dijeron, al no encontrar otra causa, que la ansiedad y el estrés eran los culpables de sus ataques de agitación...

Por ello no le quedó más remedio que aprender a controlar su intuición, acallarla y dominarla en ciertas situaciones para no verse desbordado por percepciones extrañas. Con el tiempo, aprendió a “apagar” el receptor a voluntad, acabando así con sus problemas en sitios excesivamente concurridos: una fiesta, un aula, o un autobús...

Afortunadamente, esa mañana el autobús, pese a ir tan atestado como siempre, no era un lugar desagradable o amenazador para él. Era un típico día de invierno, a primera hora de la mañana. Las ventanas reflejaban el blanco interior, iluminado por las luces de neón del techo, mientras que en el exterior aún era noche cerrada, el sol no había despuntado todavía. La gente sintonizaba con el momento a la perfección: caras de sueño, pocas conversaciones, cerebros al veinticinco por ciento de su capacidad... y sólo el estruendo ocasional de los auriculares de un adolescente, quien parecía desear un estallido de tímpano, rompía de vez en cuando la quietud del lugar.

Pese al gentío, la ausencia de bullicio hacía la situación lo bastante adecuada como para poner su “intuición” a trabajar. Sin un exceso de señales que lo pudiesen aturdir, podría concentrarse en aquellas más fuertes. Muchos pacientes habían sido descubiertos y tratados así, ya que una mente enferma era algo especial, más fácil de percibir debido a unas señales discordantes y en ocasiones estridentes. Incluso una vez había evitado un suicidio al captar en el último momento un hilo de pensamiento especialmente desesperado. Así que decidió concentrarse, se relajó y permitió a su intuición fluir libremente por el autobús esa mañana.


* * *

Al principio, como casi siempre, no percibió nada. Esto le llevó a su eterna pregunta:
-“¿Se habrá acabado? ¿Habré perdido la intuición?”

Y, como siempre, un fogonazo mental le devolvió a la realidad. Había percibido miedo en alguien. No era preocupante ni grave, podía ser un niño con miedo a una profesora, o un ejecutivo con miedo a la quiebra... Lo ignoró, pues también había desarrollado la capacidad de desechar los impulsos no útiles intuitivamente, y separarlos de aquellos que requirieran mayor atención.

Al poco rato percibió otra sensación también habitual: el deseo. Luego alegría, luego celos... Sintió decenas de impresiones, todas comunes y sanas. Pensó en detener la búsqueda y retomar su lectura, pero unas décimas de segundo antes de bloquear su mente a nuevos estímulos, un impacto psíquico le golpeó, provocándole un fuerte dolor. Cuando cesó y pudo abrir los ojos, miró a todas partes, buscando la fuente de esa percepción, sin conseguir encontrarla.

Pocas veces había sentido una sensación tan brutal, mezcla de miedo, sufrimiento y odio, como un oscuro abismo infernal, que le heló hasta el tuétano de los huesos.

Miró el reloj. Apenas habían transcurrido unos segundos, aunque a él le habían parecido largos minutos. En cuanto estuvo completamente recuperado de la impresión inicial, se armó de valor y decidió buscar a esa persona. Tenía que profundizar en su mente, identificarla e intentar ayudarla en lo posible a escapar de la terrible tortura que debía estar padeciendo. Comenzó a rastrear.


* * *


Tenía los músculos completamente relajados, y trató de no pensar en nada, quedarse en blanco. Abrió de nuevo su mente, y un torrente de sensaciones lo envolvió como una niebla espesa. Era una sensación agobiante, pero no se dejó superar. Filtró rápidamente los datos que le llegaban, concentrándose sólo en aquellos intensos, pesimistas o negativos, mientras desechaba los que no coincidían con su objetivo.

Encontró un rastro intenso, de dolor y culpa, y decidió comenzar por ahí. Como un adivino ante una bola de cristal fue profundizando poco a poco. Encontró remordimientos y pesar: la persona que lo estaba sufriendo lo estaba pasando mal, aunque rápidamente descubrió que no era la que él buscaba. Con el tiempo había aprendido ciertos esquemas mentales, patrones que se repetían en situaciones semejantes. En este caso, se había hecho daño a un ser querido, el patrón de una traición. Lo descartó y siguió buscando.

Al rato percibió otro rastro interesante: alguien obraba contra su conciencia. Lo siguió, pues las contradicciones y el pesar eran especialmente intensos en esa mente. Después de indagar más profundamente, dio con el problema. Pese a que aquella persona sabía que tenía que hacer algo, una parte de sí misma le gritaba que no lo hiciera, que actuaba mal, y esto la estaba destrozando por dentro. Un momento después ya sabía que era una mujer, y que había ganado a sus compañeros de oficina en la lucha por un ascenso, y tenía miedo a la reacción de estos ante ella. Aunque más miedo aún tenía a su propia reacción, a si su nueva posición no le haría cambiar y comportarse con maldad... Si hubiera tenido más tiempo, le hubiera dicho a esa persona que no se preocupara tanto.

Con una conciencia y una empatía tan sanas y maduradas, sería una jefa excelente, pero tendría que descubrirlo por sí misma.

Siguió buscando un largo rato, profundizando en los problemas de muchos de sus compañeros de viaje, pero eran todos aparentemente normales, ninguno tenía que ver ni remotamente con la psique atormentada que le había sobrecogido tanto diez minutos antes.



* * *


Se relajó, pensando que quizá aquella impresión tan turbadora no había sido más que la pesadilla de algún pasajero que se hubiera quedado dormido. A menudo estudiaba a sus pacientes mientras dormían, ya que captar sus sueños era siempre útil. Aunque por norma fueran surrealistas, y sin sentido aparente, la mayoría presentaba una base real que le podía ayudar a encontrar y entender el origen de la enfermedad.

Decidió que no tenía sentido seguir la búsqueda, así que dejó vagar la mente y la mirada por el atiborrado autobús.

No se sentía culpable por haber espiado a varias personas esa mañana, pues lo había hecho éticamente convencido por un motivo estrictamente profesional y sincero. Además, jamás revelaba su conocimiento a nadie y si lo hacía era, sin excepción, como método para ayudar al enfermo, ya fuera directamente, o indirectamente evitando consecuencias negativas que se pudieran derivar de sus actos.

Paseaba la mirada distraídamente, pero no pudo evitar detenerse y observar disimuladamente a algunas de las personas que ahora conocía profundamente, y comprobar cómo la mayoría actuaba con toda la normalidad posible, procurando que su estado interior no se reflejara ni alterara su imagen externa. Todos en ese autobús se dirigían a su punto de trabajo o estudio, cada uno con una carga distinta a cuestas. Eran decenas de vidas muy diferentes las unas a las otras, sin aparentes puntos en común... Y sin embargo, todos compartían unas similitudes que siempre le hacían reflexionar sobre nuestra naturaleza. Pese a que nos pongamos un disfraz por encima, aunque intentemos blindarnos y ocultarnos tras una máscara que nos distancie del resto, somos muy parecidos. Queramos o no, somos todos frágiles en muchos momentos, a veces débiles, a menudo asustados. Pese a que no lo queramos asumir ni aceptar, existe una obviedad que nos asusta: todos, sin excepción, somos lo mismo, somos iguales, somos humanos.

Lo cierto es que encontrar tantos parecidos en gente tan diversa era, en cierto modo, divertido. Para él, era como un baile de disfraces en el que cada cual esconde su identidad del resto, oculta sus sentimientos, sepulta su yo. Pero él podía ver a través de las máscaras y los disfraces y sabía que si todos se las quitaran y se vieran tal y como son, perderían su miedo y su cobardía. Se verían por fin iguales a los demás: serían al fin libres.

Por ello no podía entender muchos aspectos de nuestro mundo, en el que los baremos, las clasificaciones y las barreras tratan por todos los métodos de marcar diferencias entre unos y otros, separarnos y hacernos sentir distintos. Hacía ya mucho tiempo había llegado a la conclusión de que nuestro pequeño universo tendía cada vez más a ser artificial, favoreciendo lo antinatural de todo aquello que delimitara una frontera entre individuos, sólo consiguiendo engendrar envidia, avaricia y odio.

Miró por la ventana. Aún estaba oscuro fuera, y quedaba un cuarto de hora para llegar a su destino, así que decidió retomar su lectura donde la había dejado. Sacó el libro de su maletín y sujetó el marca páginas de seda roja entre el índice y el pulgar. Mientras lo deslizaba suavemente entre las páginas, haciendo rechinar la cuarteada piel del lomo, una conocida y escalofriante sensación le hizo llevarse las manos a la cabeza, y apoyar ésta contra el respaldo, temiendo un desvanecimiento. El ardor detrás de sus ojos era brutal, como una aguja al rojo vivo clavada en el interior de su cráneo, que sentía a punto de estallar.

Cuando por fin el dolor cesó y se pudo recuperar del mismo, abrió los ojos. Aún estaban llorosos por lo que acababa de sufrir. Se los enjuagó, tratando de sobreponerse lo más rápidamente posible, para lanzarse a la búsqueda y encontrar, de una vez por todas, a la fuente de tanto horror y sufrimiento.

* * *


Una vez más, cerró suavemente los ojos, e hizo un esfuerzo por alcanzar el estado de máxima quietud y concentración posible.
No dudaba ya de la presencia en el autobús de alguien muy necesitado de su ayuda, así que acalló todos sus pensamientos, se abstrajo de cualquier otro estímulo y se preparó para enfrentarse a un reto mayor que cualquier otro que se le hubiera presentado antes de esa mañana.

Buscó con más intensidad que nunca, casi frenéticamente, en su afán por encontrarse otra vez ante esa psique enferma. No encontró nada en un primer momento, pero no cejó en su empeño: era imposible que una mente tan desequilibrada permaneciera muda durante mucho tiempo. Percibió varios rastros, ya conocidos y explorados anteriormente. No encontró nada distinto, nada alarmante... Pero entonces sintió algo extraño, algo que le llamó la atención. No fue nada brusco o alarmante, sino todo lo contrario: percibía un estado de concentración, quietud y sosiego que, pese a no tener nada de anormal, le recordaba a un patrón visto anteriormente, principalmente en pacientes autistas. Era una repetición constante de frases, con una estructura fija, que permitían, al ser formuladas, un estado de concentración sumo, casi hipnótico.

Se concentró más y llegó a “oír” claramente la monótona letanía recitada mentalmente. Era un idioma desconocido para él, cosa normal ya que en el autobús viajaban gran cantidad de extranjeros, que acudían a trabajar o a estudiar a esas horas. Pese a no entender ninguna palabra o frase, identificó la armonía presente en el núcleo de las frases como perteneciente a algún tipo de oración religiosa. Se trataba de un rezo.

Casi se había desconectado de la repetitiva salmodia, cuando una brevísima desconcentración en el orador produjo una fractura en la repetición, dejando fluir otros pensamientos a la superficie de su conciencia. Fueron unas milésimas de segundo, pero le permitieron vislumbrar un fondo oscuro y tenebroso, antes de que volviera a ser ocultado por la trama de la cíclica oración.

Aquel que estaba rezando con esa aparente devoción lo hacía más para no pensar en otras cosas, que para agradecerle algo a su dios. Mantenía su mente centrada sólo en repetir y repetir las frases, encadenando así algún pensamiento en su interior.

Pensó que por fin lo había encontrado, que tras la calma tejida por el rezo podría encontrar el infierno mental que estaba buscando. Intentó atravesar la barrera psicológica creada por la rítmica repetición, pero no pudo superarla. Trató por todos los modos posibles de encontrar una fractura en su concentración que le permitiera profundizar en su interior, pero no consiguió nada.

Desesperado por no conseguir avanzar, se estiró y miró por la ventana. Ya faltaba poco para el amanecer. De pronto, una ambulancia adelantó al autobús a toda prisa, al tiempo que encendía su sirena, que cortó el silencio matutino como un cuchillo afilado, provocando un respingo generalizado en los pasajeros. Era el momento. Buscó mentalmente la oración, que supuso estaría rota por la desconcentración provocada por la sirena. La encontró, y sintió que la helada barrera creada sobre el oscuro lago de aquellos pensamientos se había resquebrajado y roto. Sin pensárselo más, saltó al interior. Se sumergió en aquel tenebroso mundo, abrió los ojos y miró qué había allí dentro.



* * *

Al principio, sólo percibió frío. Miedo, oscuridad. Sintió un alma aterrada y sobrecogida, helada por el miedo.

Después, llegó el calor. Una ardiente llamarada de odio lo envolvió, junto con ira, y desesperación. No estaba preparado para sentir algo así pero, claro, nadie está preparado para sentir el infierno.

Ni en los casos más graves en el hospital había encontrado jamás un desequilibrio semejante. Ni en las peores visiones de esquizofrénicos, ni en los más desgarradores delirios paranoides había encontrado tantos sentimientos exacerbados, semejante pérdida de control. Estaba inmerso en una vorágine de destrucción sin estructura ni sentido. Ideas místicas sobre el cielo y el infierno se alternaban con gélidos abrazos de terror.

Un rasgo particularmente escalofriante en este pandemonio era la opresión generada por el miedo puro que bañaba cada idea, cada rincón en este oscuro mundo de la mente. Este miedo era especial, era miedo al fin, miedo a la muerte. Pensó que quizá se estuviera enfrentando a un suicida, aunque el odio exacerbado hacia todo lo que le rodeaba no era habitual en estos. Era también un miedo espiritual, preguntándose qué le ocurriría a su alma en el momento de morir.

Pensó para sí mismo que el que estaba pasando por eso (ahora ya sabía que era un hombre), estaba bien jodido. Jamás había visto, ni siquiera descrito, un síndrome de esas características. Decidió explorarlo un poco más, intentar encontrar más datos personales antes de afrontar la tarea de abordarlo e idear cómo podía ayudarle.
Descubrió que muchos de los recuerdos que emergían una y otra vez estaban relacionados con su pasado: infancia, familia, colegio...

Muchos de esos recuerdos tenían que ver con parientes fallecidos.
Era un cuadro increíble, basado en el odio y la ira, embebido en terror y miedo a la muerte, y con un continuo recuerdo de sus ancestros...
Lo identificó, sabía quién era. Ya estaba pensando en levantarse de su sitio y aproximarse al hombre con una sudadera negra con capucha, de espaldas a él, que estaba de pie en el otro extremo del autobús.

En ese momento tuvo una visión muy extraña. Pese a su rareza, no lo desconcertó, sino que sintió como si hubiera encontrado la pieza que le faltaba para completar el puzzle que tenía delante. Lo había tenido delante todo el rato, pero hasta ese momento no pudo entender la imagen completa.

La pieza que le faltaba era la de un mecanismo electrónico, unido a varios paquetes de explosivo plástico mediante cinta aislante, y completaba la imagen de lo que estaba destinado a producirse en el autobús esa mañana.


* * *
Cinco.
La siguiente imagen que percibió fue la de ese mismo mecanismo adherido al pecho, cubierto por una camiseta y una sudadera negra con capucha. También la imagen de ese mismo autobús una hora antes.

Cuatro.
Se puso en pie y comenzó a avanzar hacia el hombre de sudadera negra, que en ese preciso instante pensaba en el recibimiento que le darían sus antepasados... Y se despedía del resto de sus familiares.

Tres.
Avanzando a tumbos entre el gentío , fue consciente de que la mano del hombre de capucha negra había encontrado lo que buscaba en el bolsillo, y sujetaba un detonador. También fue consciente de que no le daría tiempo a llegar y de que estaban condenados.




Dos.
Le resultó curioso escuchar su propia voz, sus palabras de alarma, como si no fuera él quien las pronunciaba. Mientras tanto, la mano del encapuchado estaba fuera de su bolsillo, cerrada sobre un objeto metálico, alzándola sobre su cabeza.

Uno.
Otra vez percibió el rezo que antes había llamado su atención. La diferencia era que ahora lo estaba escuchando. El encapuchado se dio la vuelta, rezando en voz alta, dejando que su cántico fluyera entre el pánico general del autobús. Su capucha no dejaba ver su cara, que era como un vacío profundo en cuyo interior habitaba el terror, nuestro terror innombrable. La mano apretó el botón.


Cero.



* * *

Oscuridad y niebla. Eso era todo lo que pudo percibir en el primer momento. Por más que se esforzaba, no consiguió distinguir más allá de las infinitas capas de negrura que se desplegaban, como mortajas, ante sus ojos.

Pese a la claustrofóbica ausencia de luz, no se sentía oprimido ni angustiado. Más bien al contrario, se hallaba en calma, adormecido y relajado. Se encontraba tumbado boca arriba, en un lecho firme, ni muy duro ni excesivamente blando. Todos sus músculos estaban en reposo absoluto y le daban la sensación de estar hechos de plomo.

De hecho, parecían ser inamovibles. Y él parecía estar paralizado.

Se encontraba somnoliento y muy cansado. Tenía ganas de cerrar los ojos, y dormir profundamente durante años. Entonces cayó en la cuenta de que sus ojos ya estaban cerrados, de que no había conseguido mover sus pesados párpados, ahora hechos de plomo, ni mirar en qué lugar se encontraba ni lo que le rodeaba. No sabía dónde estaba.

Abrió los ojos. Se incorporó sin esfuerzo, y miró a su alrededor. Su visión no era normal, ni nítida: veía como a través de un velo. Todo era gris y sombrío. El suelo, lavado recientemente, era gris oscuro. Los hierros y marcos de las ventanas, de un gris blanquecino, frío como el brillo de la Luna. Incluso la luz que entraba a través de las ventanas sin cristales era aséptica e inerte, como la de una fría mañana invernal. Reconoció la estructura del autobús, o lo que quedaba de él, un destrozado y retorcido esqueleto de acero calcinado.

Pero algo no encajaba. No había fuego, ni cristales rotos, ni gritos.

Ni rastro de la policía, de los servicios médicos, o de los bomberos.

Aunque lo que realmente le consternó fue constatar que estaba solo. Era el único pasajero que quedaba en el autobús, cuya explosión parecía haber ocurrido hacía mucho tiempo.

Oyó un lejano pitido intermitente, cerca de su cabeza. Intentó girar el cuello, pero no pudo. Se revolvió agitado, y de repente se encontró de nuevo sumido en la oscuridad. Entonces cayó en la cuenta: su viaje al interior del autobús carbonizado tenía que haber sido un sueño... O eso parecía.

Consciente ahora de la situación de su cuerpo, supo que se encontraba en una cama, cubierto hasta el pecho por las sábanas. Se sentía caliente, como después de haber dormido mucho tiempo. Movió levemente los dedos de los pies, y luego los de las manos. Respiró profundamente, y abrió los ojos.

La tenue luz era insuficiente, pero le permitió vislumbrar el vértice formado entre la pared situada detrás de su cama y el techo blanco. El pitido, real o soñado, había cesado.

Pensó en los acontecimientos ocurridos en el autobús. Parecían extraordinariamente lejanos. Pese a ello, sintió un escalofrío. Una suave oleada de miedo le recorrió progresivamente, arrastrándose como un reptil desde la cabeza hasta los pies. No recordaba haber sentido ninguna deflagración, pero aún sentía el eco lejano de una explosión rebotando en su cabeza.

Otra vez, oyó el pitido, a su derecha. Giró la cabeza, y miró. Sólo pudo reconocer la silueta de una mesilla, y la vaga forma de una lámpara sobre ella. Pensó en encender la luz, y comprobar si realmente estaba en su habitación, o en algún lugar desconocido. Pero estaba cansado y no se quería mover. Quería dormirse y no pensar más en el autobús, en la explosión ni en el terror.

Antes de quedarse dormido de nuevo, de ceder al sueño y al desánimo producido por el recuerdo de los hechos acontecidos poco antes, una extraña y poderosa sensación lo embargó. Se dio cuenta de que era la última percepción que había sentido antes de la explosión, y que provenía de su interior. Era rebeldía.

Rebeldía ante la maldad, ante el odio, ante la impotencia que se siente al ver a quien disfruta sembrando el caos. Insurgencia ante la barbarie y la locura. Insubordinación ante el miedo que intentan producirnos, ante el respeto impuesto por la fuerza y ante la coacción.
Sus labios pronunciaron la misma palabra que gritó en el último momento en el autobús, dos letras que describían perfectamente su insurrección ante el terror:
- NO.

Ahora estaba por fin despierto. Ya sabía dónde estaba. El terror no le haría dormir de nuevo. Tenía que incorporarse, rebelarse contra el desaliento, y seguir adelante.

Se quitó las sábanas de un manotazo y giró sobre sí mismo. Puso los pies en el suelo, tibio y real.

Alargó la mano, y encendió la luz. Al fin veía.

FIN


IM - PRESIONANTE.

Paz y Bien (....)

- TEO -

 
Comentario:
ola wapo k tal¿?pos yo aki sin mas jeje k sepas k te exo muxo de menos ati y ala kolonia peo bueno no kamparemos jeje!!pos na decirte k m lo pasau de puta madre kon tigo k eres la ostia k no kanbies k te kiero mogollon!!wapo!!k sepas k puedes kontar kon migo pa lo k kieras pa lo bueno y pa lo malo k ahi estara sara power jaja para lo k aga falta y mas si es un amigo komo tu ok¿?
bueno wapo te dejo de meter toa esta xapa jeje!!pos eso k no kanbies ee!!ok¿?tkmmmmmmmmmmmmmmmm!!!wapooo!!!muakss!!!bye!tu siemre amiga sara!!
 
Comentario:
Impresionante la verdad.
En breve colega,no sabes que ganas.
En nada voy alla para verte y volver a ver aquella ciudad que aunque no te lo creas me gusta mas de lo que imaginas.
Queda pendiente una guardia juntos...
besico
No