Una de detectives...
No sin dobles intenciones, me permito hacer del titulo de este pequeño post una ironía. Es cierto que la peli que quiero comentar es sobre detectives. Pero no es una película sobre S. Homes en la que un detective "con sus utensilios habituales" resuelve el asesinato porque "la policía es tonta". No. En esta película el asesinato se convierte en juego, el mundo de lo onírico se mezcla con la realidad y el de la literatura con el del cine.
Cuando en 1972, Joseph L. Mankiewicz presentó una adaptación de
la novela de Shaffer (Frenesí) bajo el titulo de La huella, estaba añadiendo al cine de la década de los 70 una de sus grandes películas.
La huella, película con dos nombres fundamentales a la cabeza, Michael Caine y Laurence Olivier, es un thriller de detectives. Pero tiene una particularidad, y es que, al igual que en la historia del cazador cazado, los papeles se invierten y, en este caso, los personajes llegan a perder su personalidad inicial, sufriendo un gran proceso de transformación que les lleva al punto opuesto del que partieron.
Construida sobre varias estructuras de aprehensión retardada, y, como si de una novela policiaca (de esas que sólo les interesan a las mentes innobles) se tratase, La huella es un juego sobre la vida y la muerte. Un juego que, al igual que en la realidad, posee riesgos y en el que, al igual que en la realidad nuevamente, el peor consejero es la avaricia.
Es un retrato de todos esos hombres deformados por vivir de y en su pasado, que solo conocen una forma de
devorar el presente: jugándoselo. Vivirlo al límite, siempre y cuando se tengan todos sus elementos bajo control y se sea, por su puesto, el protagonista de ese juego, su narrador, aquel que tiene el poder y el dominio absoluto sobre la trama y sus participantes.
Pero si hay un elemento que, además de el guión, establece los limites psicológicos de la acción y lleva al espectador a sumergirse de lleno en la resolución de las pistas y acertijos, es la puesta en escena. Una gran caserón lleno de muñecos autómatas que se ríen de forma escalofriante, como si de un humano sin alma se tratase; o la utilización de lentes cortas que intensifican la autodestrucción de los personajes llevando la locura a su mayor extremo, son algunos de los recursos que destacan no sólo por su gran utilización, sino por la impresión que suscitan en el espectador.
Pero, a pesar de todo lo dicho hasta ahora, la película no es seria. Realmente se podría definir como
un thiller cómico, irónico e incluso, en algunos momentos, ácido y crítico con algunos sectores sociales
Siempre se ha dicho que el hombre busca en la literatura el ansia de hacerse inmortal, de sobrevivir eternamente en el tiempo. Probablemente del cine se pueda decir lo mismo. Lo que está claro es que el personaje de Olivier ansiaba eso, ser un semi-dios inmortal: viviendo para siempre a través de sus novelas y siendo el guionista del juego de la vida controlando de esta manera todos los movimientos, incluido el de la muerte.
Cuando en 1972, Joseph L. Mankiewicz presentó una adaptación de
la novela de Shaffer (Frenesí) bajo el titulo de La huella, estaba añadiendo al cine de la década de los 70 una de sus grandes películas. La huella, película con dos nombres fundamentales a la cabeza, Michael Caine y Laurence Olivier, es un thriller de detectives. Pero tiene una particularidad, y es que, al igual que en la historia del cazador cazado, los papeles se invierten y, en este caso, los personajes llegan a perder su personalidad inicial, sufriendo un gran proceso de transformación que les lleva al punto opuesto del que partieron.
Construida sobre varias estructuras de aprehensión retardada, y, como si de una novela policiaca (de esas que sólo les interesan a las mentes innobles) se tratase, La huella es un juego sobre la vida y la muerte. Un juego que, al igual que en la realidad, posee riesgos y en el que, al igual que en la realidad nuevamente, el peor consejero es la avaricia.
Es un retrato de todos esos hombres deformados por vivir de y en su pasado, que solo conocen una forma de
devorar el presente: jugándoselo. Vivirlo al límite, siempre y cuando se tengan todos sus elementos bajo control y se sea, por su puesto, el protagonista de ese juego, su narrador, aquel que tiene el poder y el dominio absoluto sobre la trama y sus participantes.Pero si hay un elemento que, además de el guión, establece los limites psicológicos de la acción y lleva al espectador a sumergirse de lleno en la resolución de las pistas y acertijos, es la puesta en escena. Una gran caserón lleno de muñecos autómatas que se ríen de forma escalofriante, como si de un humano sin alma se tratase; o la utilización de lentes cortas que intensifican la autodestrucción de los personajes llevando la locura a su mayor extremo, son algunos de los recursos que destacan no sólo por su gran utilización, sino por la impresión que suscitan en el espectador.
Pero, a pesar de todo lo dicho hasta ahora, la película no es seria. Realmente se podría definir como
un thiller cómico, irónico e incluso, en algunos momentos, ácido y crítico con algunos sectores socialesSiempre se ha dicho que el hombre busca en la literatura el ansia de hacerse inmortal, de sobrevivir eternamente en el tiempo. Probablemente del cine se pueda decir lo mismo. Lo que está claro es que el personaje de Olivier ansiaba eso, ser un semi-dios inmortal: viviendo para siempre a través de sus novelas y siendo el guionista del juego de la vida controlando de esta manera todos los movimientos, incluido el de la muerte.






Maratón de los cuentos
Festival de Ortigueira
FESCIGU
Danzas sin fronteras
Osos Amorosos
Genialidades
No_todo_es_tan_fácil
Dream with me 2001
Si_yo_tuviera_tu_edad
Rastreando
Desarraigo