Mi boda de Leti y Felipe
Aunque Mario aún no sepa que este es mi blog ya se acabará enterando a su vuelta de Noruega, de su merecida luna de miel. Ya iba siendo hora de que la vida te diera alguna alegría, y al fin ha llegado, y de las buenas.
Esta es una manera como otra cualquiera de introducir el relato de lo que ha sido mi fin de semana de la boda del Príncipe y Letizia Ortiz. Mientras media España miraba la boda real, y una cuarta parte lo hacía disimuladamente, un grupo de aguerridos lucenses formado por 6 hombres y 2 mujeres se introducía en Madrid para asistir a LA BODAm y no es la que estáis pensando. No fue un viaje sencillo. Bueno, más de lo que esperábamos, porque esperábamos que nos pararan, nos pidieran documentación, etc. y lo único que vimos en un Suzuki de la Guardia Civil haciendo eses (¡!) poco antes de entrar en el peaje de la entrada de Madrid. Pero lo mejor estaba por llegar, porque para encontrar el hotel nos pegamos más de una horita dando vueltas. Que si A-6, que si A-2 hacia Zaragoza, que si terminal de mercancías de Barajas, que si el IFEMA. Finalmente, lo encontramos, hotel Puerta de Madrid y que vistas desde la ventana de la habitación... el edificio de La Razón.
El día siguiente nos esperaba la boda. Tras habernos acostado a las 5 de la mañana, nos levantamos como a las 10 porque a las 12 teníamos que estar en Miraflores de la Sierra, un pueblito muy pequeño allá en la sierra. No puedo decir gran cosa de él, porque tanto el restaurante como la iglesia estaban apartados. La Iglesia era una gruta con un altar escavado en las rocas. Realmente precioso, y con un acantilado detrás que te hacía ver la naturaleza en su sentido más puro. Si alguna vez pasáis por allí, id a verla, vale la pena.
Luego llegó el banquete. No sé, aunque no éramos ni los invitados del novio ni de la novia de Madrid, la boda no dejaba de ser allí, y no sé, la sensación es muy distinta a ir a una boda en "mi tierra". En Galicia hay más felicidad, hay más sentido de la fiesta. Parecía como si fuera una obligación estar allí, que la obligación también era comer, y después ya nos iremos por donde hemos venido. No sé, algo muy raro.
Y bueno, luego de vuelta al hotel, cambiarnos de ropa, y salir un ratito a tomar alguna copilla. Salimos por Huertas y Sol, no estábamos para muchos trotes, ni en lo físico, ni en lo monetario (como todos), pero estuvo la noche bien... hasta donde me acuerdo.
(*) Si tengo un ratito ya os contaré como fue mi visita a Madrid, en lo "cultural".
Esta es una manera como otra cualquiera de introducir el relato de lo que ha sido mi fin de semana de la boda del Príncipe y Letizia Ortiz. Mientras media España miraba la boda real, y una cuarta parte lo hacía disimuladamente, un grupo de aguerridos lucenses formado por 6 hombres y 2 mujeres se introducía en Madrid para asistir a LA BODAm y no es la que estáis pensando. No fue un viaje sencillo. Bueno, más de lo que esperábamos, porque esperábamos que nos pararan, nos pidieran documentación, etc. y lo único que vimos en un Suzuki de la Guardia Civil haciendo eses (¡!) poco antes de entrar en el peaje de la entrada de Madrid. Pero lo mejor estaba por llegar, porque para encontrar el hotel nos pegamos más de una horita dando vueltas. Que si A-6, que si A-2 hacia Zaragoza, que si terminal de mercancías de Barajas, que si el IFEMA. Finalmente, lo encontramos, hotel Puerta de Madrid y que vistas desde la ventana de la habitación... el edificio de La Razón.
El día siguiente nos esperaba la boda. Tras habernos acostado a las 5 de la mañana, nos levantamos como a las 10 porque a las 12 teníamos que estar en Miraflores de la Sierra, un pueblito muy pequeño allá en la sierra. No puedo decir gran cosa de él, porque tanto el restaurante como la iglesia estaban apartados. La Iglesia era una gruta con un altar escavado en las rocas. Realmente precioso, y con un acantilado detrás que te hacía ver la naturaleza en su sentido más puro. Si alguna vez pasáis por allí, id a verla, vale la pena.
Luego llegó el banquete. No sé, aunque no éramos ni los invitados del novio ni de la novia de Madrid, la boda no dejaba de ser allí, y no sé, la sensación es muy distinta a ir a una boda en "mi tierra". En Galicia hay más felicidad, hay más sentido de la fiesta. Parecía como si fuera una obligación estar allí, que la obligación también era comer, y después ya nos iremos por donde hemos venido. No sé, algo muy raro.
Y bueno, luego de vuelta al hotel, cambiarnos de ropa, y salir un ratito a tomar alguna copilla. Salimos por Huertas y Sol, no estábamos para muchos trotes, ni en lo físico, ni en lo monetario (como todos), pero estuvo la noche bien... hasta donde me acuerdo.
(*) Si tengo un ratito ya os contaré como fue mi visita a Madrid, en lo "cultural".





