Conociendo Madrid y sorprendiéndome con lo que veo
Lo prometido es deuda y aunque le moleste a algún futuro licenciado/a de Derecho estoy a las narices de Derecho Internacional como dejé claro ayer. Es un coñazo, aunque suene así de mal. Así que vayamos con la visita a Madrid.
Lo dejábamos ya durmiendo la resaca del sábado en el Hotel. El domingo a las 12 abandonamos el Hotel y después de dejar las cosas en casa de Mario y ya de primeras contemplar el Palacio de Vistalegre cogemos el bus para irnos a Huertas. Y ahí comienza la primera anécdota, porque nos encontramos en pleno autobús una familia peruana que festeja la comunión de su hija. Llegan a enfadarse diciendo que tenemos que ir a tomar un aperitivo con ellos y allá vamos. Eso es lo que me gusta de Madrid. Allí todo el mundo, o casi todo el mundo, es forastero. En mi ciudad, un pueblo grande a fin de cuentas, eso no pasa, y es algo que hecho de menos.
Después de ello, y de sorprendernos en una cervecería en el comienzo de Huertas cuando por una caña con un pincho de tortila nos cobran un euro fuimos a comer a un restaurante gallego (ya tiene narices que vayamos a un gallego en Madrid) llamado Maceiras y en el que comimos de maravilla, y barato, todo sea dicho. Sorprendente el precio, ni 7 euros por cabeza.
Pero quedaba lo más friki del día. Paseito por la Plaza Mayor con una cola enorme en un chiringuito donde daban posters de "la boda". Después de tomar un café frente al Palacio Real, Cafetería Oriente si no recuerdo mal, damos un paseíto por allí por eso de ver donde ha sido la boda de marras pero... colas inmensas para ¡entrar en la Catedral! Por cierto, la catedral más horrorosa que he vido en mi vida, los laterales los firmaría cualquier casa de los años 70.
Y finalmente cena en el Bámbola, para reponer fuerzas cara un día siguiente que nos llevaría a contemplar el Bernabéu (sí, era justo y necesario), el Congreso de los Diputados, sacarnos una foto en la puerta trasera del Ritz en homenaje a quien estáis pensando (a ver si me la pasan y la cuelgo), las torres Kio y todo eso que hace que Madrid sea una ciudad que necesitas un mes para verlo de verdad.
Pero no quiero terminar sin recordar Atocha. Nastrud lo ha descrito perfectamente. Parece que tú por ser de fuera y haberlo visto en la lejanía y a la vez cercanía que te da la televisión estás exento de llegar alí y mostrar tus sentimientos. Pero llegas allí y hay una especie de microcosmos que te posee, una tristeza contenida por tu vida y la de tantos que se quedaron a unos pocos metros de la estación. No sabría definirlo, pero es una sensación que no había vivido en mi vida y que creo nunca olvidaré. Y después ese contraste que encuentras al entrar en la zona nueva de la estación, preciosa y donde te das cuenta que la vida sigue, con su ajetreo de gente, sus tortugas abandonadas...
Una cosa está clara, ¡tengo que volver!
Lo dejábamos ya durmiendo la resaca del sábado en el Hotel. El domingo a las 12 abandonamos el Hotel y después de dejar las cosas en casa de Mario y ya de primeras contemplar el Palacio de Vistalegre cogemos el bus para irnos a Huertas. Y ahí comienza la primera anécdota, porque nos encontramos en pleno autobús una familia peruana que festeja la comunión de su hija. Llegan a enfadarse diciendo que tenemos que ir a tomar un aperitivo con ellos y allá vamos. Eso es lo que me gusta de Madrid. Allí todo el mundo, o casi todo el mundo, es forastero. En mi ciudad, un pueblo grande a fin de cuentas, eso no pasa, y es algo que hecho de menos.
Después de ello, y de sorprendernos en una cervecería en el comienzo de Huertas cuando por una caña con un pincho de tortila nos cobran un euro fuimos a comer a un restaurante gallego (ya tiene narices que vayamos a un gallego en Madrid) llamado Maceiras y en el que comimos de maravilla, y barato, todo sea dicho. Sorprendente el precio, ni 7 euros por cabeza.
Pero quedaba lo más friki del día. Paseito por la Plaza Mayor con una cola enorme en un chiringuito donde daban posters de "la boda". Después de tomar un café frente al Palacio Real, Cafetería Oriente si no recuerdo mal, damos un paseíto por allí por eso de ver donde ha sido la boda de marras pero... colas inmensas para ¡entrar en la Catedral! Por cierto, la catedral más horrorosa que he vido en mi vida, los laterales los firmaría cualquier casa de los años 70.
Y finalmente cena en el Bámbola, para reponer fuerzas cara un día siguiente que nos llevaría a contemplar el Bernabéu (sí, era justo y necesario), el Congreso de los Diputados, sacarnos una foto en la puerta trasera del Ritz en homenaje a quien estáis pensando (a ver si me la pasan y la cuelgo), las torres Kio y todo eso que hace que Madrid sea una ciudad que necesitas un mes para verlo de verdad.
Pero no quiero terminar sin recordar Atocha. Nastrud lo ha descrito perfectamente. Parece que tú por ser de fuera y haberlo visto en la lejanía y a la vez cercanía que te da la televisión estás exento de llegar alí y mostrar tus sentimientos. Pero llegas allí y hay una especie de microcosmos que te posee, una tristeza contenida por tu vida y la de tantos que se quedaron a unos pocos metros de la estación. No sabría definirlo, pero es una sensación que no había vivido en mi vida y que creo nunca olvidaré. Y después ese contraste que encuentras al entrar en la zona nueva de la estación, preciosa y donde te das cuenta que la vida sigue, con su ajetreo de gente, sus tortugas abandonadas...
Una cosa está clara, ¡tengo que volver!





