emirsssssss
1. Introducción y Motivación
“¿Es posible que la ética filosófica todavía pueda ofrecer una salida a la crisis ecológica?”
– se preguntaba el filósofo alemán P. Kampits allá por 1978. Hasta ahora, la ética
ambiental, en sus diversas formas (ecológica, utilitaria, Rawlsiana, la ética de los derechos),
ha podido demostrar con resultados mezclados cómo y por qué la relación de la
humanidad con el medio ambiente puede también razonablemente considerarse un
problema moral, un problema que entraña una redefinición o ampliación de los conceptos
de obligación y responsabilidad, y una transformación de la imagen que la humanidad
guarda de sí misma en re l a c i ó n con la naturaleza. La ética ambiental, una
efectiva herramienta para desmantelar la barrera de la indiferencia que hasta ahora
la humanidad había colocado entre sí y la naturaleza, y para superar las limitaciones
de una antropocentricidad claustro f ó b i c a que desoía los problemas de la integridad
ambiental, sigue siendo impotente en lo que respecta al establecimiento de criterios
apropiados que permitan seleccionar un orden de prioridades para cuestiones específicas.
De hecho, si la perspectiva ética no logra mover los cimientos del pensamiento
científico económico, no se puede esperar mucho de ella. Y no es difícil ver por qué.
Para bien o para mal, durante al menos un par de siglos ha sido el pensamiento económico
–con su doble función de representación de la realidad, y oferta de modelos de
intervención para cambiar dicha realidad - el que ha dirigido las elecciones de los diversos
actores económicos, y el que ha guiado la toma de decisiones en la política.
“¿Es posible que la ética filosófica todavía pueda ofrecer una salida a la crisis ecológica?”
– se preguntaba el filósofo alemán P. Kampits allá por 1978. Hasta ahora, la ética
ambiental, en sus diversas formas (ecológica, utilitaria, Rawlsiana, la ética de los derechos),
ha podido demostrar con resultados mezclados cómo y por qué la relación de la
humanidad con el medio ambiente puede también razonablemente considerarse un
problema moral, un problema que entraña una redefinición o ampliación de los conceptos
de obligación y responsabilidad, y una transformación de la imagen que la humanidad
guarda de sí misma en re l a c i ó n con la naturaleza. La ética ambiental, una
efectiva herramienta para desmantelar la barrera de la indiferencia que hasta ahora
la humanidad había colocado entre sí y la naturaleza, y para superar las limitaciones
de una antropocentricidad claustro f ó b i c a que desoía los problemas de la integridad
ambiental, sigue siendo impotente en lo que respecta al establecimiento de criterios
apropiados que permitan seleccionar un orden de prioridades para cuestiones específicas.
De hecho, si la perspectiva ética no logra mover los cimientos del pensamiento
científico económico, no se puede esperar mucho de ella. Y no es difícil ver por qué.
Para bien o para mal, durante al menos un par de siglos ha sido el pensamiento económico
–con su doble función de representación de la realidad, y oferta de modelos de
intervención para cambiar dicha realidad - el que ha dirigido las elecciones de los diversos
actores económicos, y el que ha guiado la toma de decisiones en la política.
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