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Camino de servidumbre.
Reflexiones.
Acerca de
El viejo principio, el que no trabaje no comerá ha sido reemplazado por uno nuevo: El que no obedezca no comerá. L.Trotsky 1937.
Sindicación
 
El camino de los peores hacia el poder totalitario.

Cuaderno de bitácora:

Capítulo X: Por qué los peores se ponen a la cabeza.

Otra falsa creencia de los defensores del totalitarismo es que los regímenes anteriores de este tipo fueron negativos no en sí mismo, sino que lo fueron como causa de que los que llegaron a la cúspide de la organización eran criminales. Se presenta así al totalitarismo como un instrumento que puede estar al servicio tanto del bien como del mal en función del dictador. Lo peligroso no sería por tanto el sistema sino en manos de quién está.

Pero existen fuertes razones para no dejarse llevar por estos planteamientos sobre la accidentalidad de los peores rasgos de los sistemas totalitarios. Si analizamos el estadio justo anterior a la implantación del totalitarismo encontramos una situación de demanda de acción al Gobierno que las mayorías parlamentarias ineficientes son incapaces de asumir. En este contexto aquel que tenga una “posición sólida e inspire confianza” estará en condiciones de hacerse con el poder. Se organizan partidos bajo líneas militares con el apoyo incondicional de grupos minoritarios que se someten a la disciplina autoritaria que posteriormente se extenderá a toda la sociedad.

Existen tres razones para encontrar en estos grupos no precisamente a los mejores, sino a los peores de la sociedad:

1) La consideración de que a mayor educación e inteligencia es más probable la divergencia en gustos y opiniones (se amplían los puntos de vista) y por tanto más difícil es implantar una jerarquía de valores. Por tanto para conseguir uniformidad en los puntos de vista habrá que descender a niveles intelectuales y morales más bajos. (Siendo este grupo el más amplio en cuanto a valores compartidos, que no el mayoritario en la sociedad). Serán por tanto los que constituirán la “masa”.

2) Por otro lado, y dada la insuficiencia en número del primer grupo, el dictador reclutará también para su causa a todos aquellos dóciles y crédulos que carecen de convicciones propias, mediante la simple repetición continuada del sistema de valores confeccionado.

3) Por último, y haciendo referencia a la naturaleza humana, tendríamos la reflexión acerca de la mayor facilidad de acuerdo para los programas negativos, odios al enemigo, envidia a los mejores, etc. Diferenciar claramente el “ellos” del “nosotros” para sembrar el odio y la lucha contra lo ajeno. Estrategia seguida por aquellos que más allá del apoyo a una política buscan la fe ciega de ingentes masas. “El enemigo”, como lo fue el Judío en la Alemania Nazi, o el Kulak (campesino rico) en la Unión Soviética (siendo ambos casos un fiel reflejo del odio hacia el capitalismo), es una pieza fundamental para el dirigente totalitario.


Pero si además tenemos presente las realidades de los regímenes planificadores, así como las aportaciones de teóricos socialistas, como los Webbs y otros primeros fabianos, es innegable que los “planificadores” son en su mayoría nacionalistas militantes e imperialistas. (Como se demuestra con el desprecio de estos hacia los Estados pequeños, en la línea que ya Marx y Engels expresaron por ejemplo sobre checos o polacos.). Realidad que choca con el propugnado internacionalismo de la teoría.

Mientras que autores individualistas como Lord Acton o Jacob Burckhardt, o socialistas contemporáneos de Hayek, como Berttrand Russel, que han heredado la tradición liberal, tienen siempre al Poder como objeto de sus críticas; los colectivistas lo tienen como una meta. Y en el afán de desproveer de poder a los individuos particulares, se conforma un poder mucho mayor en manos del organismo planificador, poder que supera con mucho cualquier otro que se pudiera tener bajo el régimen liberal. Descentralizar por tanto, es reducir la cuantía absoluta del poder, con lo que el sistema de competencia es el que reduce al mínimo, por esa descentralización, el poder del hombre sobre el hombre.

Si se admite que la persona es tan solo un medio al servicio de los intereses supremos de la sociedad o la nación, se destruye toda posibilidad de disentimiento, se desprecia la felicidad del individuo y su vida. No habrá preceptos morales generales, ya que un acto, que en una sociedad libre es calificado malo, responda al fin que responda, en una totalitaria será calificado como tal según responda a los intereses de la entidad superior. De esta forma, el dirigente supremo estará vacío de convicciones morales propias y actuará siendo capaces de cualquier cosa.

Por tanto, aquellas personas justas y buenas que se pudiera desear estuviesen al frente de la magna misión, no encontrarán satisfacción en un sistema que prima únicamente el gusto del poder por el poder, y dejarán así el camino libre a los crueles y faltos de escrúpulos.
 
Sobre la libertad y la seguridad.

Cuaderno de bitácora:

Capítulo IX: Seguridad y Libertad.

Cuando se habla de libertad efectiva es habitual condicionar esta tanto a la “libertad económica” como a la seguridad económica. Pero sobre esta última es necesaria la matización y realizar distinciones, ya que de otro modo la propia seguridad será amenaza para la propia libertad.

Distingue Hayek dos clases de seguridad: la limitada y la absoluta. La primera de ellas sería la legítimamente deseada y alcanzable por todos y por tanto no es un privilegio. La segunda, en un sociedad libre, no se puede lograr por todos y solo se puede otorgar como privilegio a casos muy concretos como a los jueces como garante de su independencia.

La seguridad limitada será aquella que permite una certidumbre acerca del sustento mínimo parar las personas, mientas la absoluta sería asegurar un determinado nivel de vida concreto para una persona o grupo en comparación con otro.(La limitada será un complemento al mercado; la absoluta la eliminación de este.)

La seguridad limitada no está reñida con la sociedad moderna libre. El nivel de riqueza alcanzado permite cubrir para todos un mínimo de alimentos, vestido, albergue; y nada impide tampoco al Estado ser garante de seguridad para los ciudadanos frente a la incertidumbre presente por posibles adversidades de la vida como por ejemplo la enfermedad, los accidentes o las catástrofes naturales.

La seguridad absoluta vuelve a ser en definitiva un tipo de demanda de remuneración justa bajo criterios subjetivos y no del esfuerzo o resultados para la sociedad. Y de aceptarse conlleva importantes consecuencias. La certidumbre de ingresos total no puede alcanzarse sino se suprime la libertad de decisión sobre la ocupación. Y si la certidumbre de ingresos se otorga a un solo grupo, este pasa a disfrutar un privilegio obteniendo una remuneración que por asegurada no tiene que responder ni a su esfuerzo ni a la utilidad para los demás miembros de la sociedad. De esta manera disfrutan de un privilegio a costa de los demás y así la seguridad del resto disminuye. No sería extraño por tanto que los que no disfruten de esas garantías comiencen a reivindicarlas; y de ir consiguiéndolas harían aumentar nuevamente las diferencias entre los privilegiados y los que carecen de estas prebendas que verían disminuir su seguridad.

“Si se garantiza a alguien un trozo fijo de la distribución de una tarta de tamaño variable, la proporción correspondiente al resto tiene que fluctuar proporcionalmente más que la tarta entera.”

Si la remuneración deja de tener relación con la utilidad efectiva, esta remuneración responderá a la opinión de la autoridad que arbitrariamente puede remunerar el mismo trabajo realizado por dos individuos cualesquiera de manera distinta ; en definitiva quedar manos del favor de la autoridad y eliminar la libertad. Y sin perder de vista además, la transformación que se provoca en la sociedad respecto a la consideración de las actividades que están impregnadas de riesgo económico, como es sin duda la actividad empresarial, que quedan menospreciadas. Con lo que no sería sorprendente la preferencia de la juventud por la posición segura a sueldo frente al riesgo empresarial.

Un ejemplo de la victoria del ideal de seguridad frente a la libertad es Alemania, donde ya una gran parte del pueblo se consideraba funcionario y no independiente. Si se alcanza una situación en la cual la posición social se consigue casi exclusivamente siendo un sirviente a sueldo del Estado, y es menospreciada cualquier otra posible actividad que no garantice los ingresos o no permita entrar en la jerarquía estatal, la preferencia por la libertad perderá inevitablemente terreno frente a la seguridad, ya que la alternativa a la seguridad será la precariedad. Es decir, se elevaría enormemente el precio de la libertad.

El estado debe proporcionar la seguridad de los ciudadanos frente a las grandes privaciones e incertidumbres no asumibles por las persona pero su acción nunca puede destruir la libertad individual ni obstruir la competencia en el mercado.

Un mínimo de seguridad es incuestionablemente necesaria para el mantenimiento de la libertad, para que el riesgo de la libertad no sea mayor al que cualquiera de nosotros sería capaz de asumir, pero no debe caerse en el error de colocar la seguridad por encima de la libertad.
 
Bajo el designio de un poder arbitrario.

Cuaderno de bitácora:

Capítulo VIII: ¿Quién a quién?

Una de las objeciones que suelen esgrimirse contra la competencia es decir que esta es ciega (atributo que hay que recordar que tradicionalmente se considera positivo para la justicia). Pero si esto es así, es como decir que ni se puede saber de antemano quién obtendrá fortuna o desgracia, ni que esta se dé conforme a la opinión de alguien. Nuestro resultado vendrá determinado por nuestra capacidad y la suerte. Los resultados no obedecerán a la idea de justicia de alguien y por tanto nos están sometidos a su voluntad.

Es cierto que en un régimen de competencia, el pobre, por el hecho de serlo, tiene más restringida sus oportunidades pero esto no le resta libertad. Un hombre que herede una propiedad tendrá mayor posibilidad de enriquecerse que un pobre, pero el sistema de libertades es el único donde este último puede por si solo, y no por favores de poderosos, alcanzar esa riqueza sin que además nadie pueda impedírselo.

En este análisis la diferencia de oportunidades viene dada por la propiedad privada o la herencia que puede recibir un individuo; lo que ha llevado a la mayor parte de socialistas a plantear que su ideal de justicia se alcanzaría con la abolición de las rentas privadas procedentes de la propiedad. Pero esta postura olvida que de otorgarse toda la propiedad de los medios de producción al Estado, las decisiones de este estarían determinando todas las rentas. Se crea así un poder que no existe en las sociedades con régimen de competencia. Cuando la propiedad estar dividida entre muchos poseedores nadie tiene el poder para determinar esas rentas .

El sistema de propiedad privada es garantía de libertad tanto para el que posee propiedades como para el que no, porque se evita así el que alguien tenga poder completo sobre las personas.

Por otro lado, en relación a la percepción de injusticias, que se dan en los dos sistemas (aunque bajo las tesis planificadoras se piense lo contrario), la reacción de las gentes es distinta cuando asocia estas a fuerzas impersonales, que cuando las asocia al designio de alguien. Las personas no asumen igual “lo que le puede ocurrir a cualquiera” que lo que es fruto de la decisión de la autoridad. En definitiva, bajo la planificación los individuos sabrían que las desigualdades no responden a un mecanismo impersonal sino al antojo de la autoridad, con lo que sus empeños se dirigirán especialmente a ganar el favor de esta.

En el momento que el Estado asume la planificación no habrá cuestión social o económica que no sea política, en el sentido de depender de la persona que ostente el poder, su ideología, etc. Esto nos lleva al título de este capítulo, ¿Quién a quién?, frase atribuida a Lenin, que pone de manifiesto una cuestión central ¿quién planifica a quién?. En definitiva, identificar a aquel llamado a decidir sobre los demás, que no puede ser otro que el poder supremo.

La planificación exigirá la creación de una opinión común sobre los valores esenciales, que según los padres del socialismo se conseguirían a través de la educación. Pero la realidad ha demostrado que el conocimiento no tiene porque crear nuevos valores éticos y no se tienen porque compartir los mismos preceptos morales por el hecho de ser más ilustrado. De ahí la necesidad por parte de los socialistas de crear instrumentos de adoctrinamiento. (Nazis y fascistas apenas tuvieron que inventar nada en este sentido ya que los socialistas los pusieron en marcha con anterioridad). “No fueron los fascistas, sino los socialistas, quienes comenzaron a reunir a los niños desde su más tierna edad en organizaciones políticas, para asegurarse que crecieran como buenos proletarios”, o en organizar deportes, clubs para evitar la “contaminación” de otras opiniones.

Respecto a la relación fascismo y nazismo con los partidos socialistas, se puede plantear en términos de que los primeros son fruto de los últimos por la forzosa lucha entre grupos sociales rivales. El socialismo prima al obrero industrial frente a otros seguidores de la causa , que al ver empeorar su posición relativa encuentran “refugio en estas nuevas facciones”. Todos tienen en común el odio al capitalismo y el deseo de que sea el Estado el que asigne a cada persona su posición en la sociedad, pero se diferencian en la idea de ordenación de los diferentes grupos o clases. (Mismos métodos pero al servicio de clases diferentes.)
 
Intervencionismo, merma de libertad.

Cuaderno de bitácora:

Capítulo VII: La intervención económica y el totalitarismo.

La mayoría de los planificadores que han considerado en serio la planificación práctica asumen directamente que esta tiene que ser llevada a cabo por un grupo de peritos comandados por un general en jefe que no puede estar condicionado por la democracia. Y plantean que esta autoridad se dedicará únicamente a cuestiones económicas quedando espacio para la democracia en las de carácter político.

La planificación nos libraría de las cuestiones menores y nos permitiría dedicarnos a las cosas realmente importantes. Se cae con esto en el error de concebir lo económico como algo separado del resto de dimensiones de la vida. Los fines últimos de las personas nunca son económicos. No hay “móvil económico” sino factores económicos que condicionan decisiones para alcanzar fines.

El afán por el dinero no es por este como tal, sino por el disfrute de los bienes que con él se pueden obtener. Al ser el dinero símbolo de las restricciones de la relativa pobreza de los individuos, ha llegado a ser odiado por muchos. Pero el dinero es más bien un instrumento de libertad, ya que permite un amplio campo de elección del que disfrutan también los pobres, que no existiría con un remuneración como la propuesta por muchos socialistas con la que se cubrirían directamente las necesidades del individuo, ya que al preceptor se le estaría minando la posibilidad de elegir.

En referencia a las cuestiones menores de las que nos libraría la planificación, hay que recordar que es en una economía de mercado donde las perdidas o ganancias solo suponen un consideración de menor importancia entre los deseos posibles porque estas afectan tan solo “al margen” de nuestras necesidades, quedando lo realmente importante, los valores fundamentales de la vida, nunca afectados por esa posible perdida o ganancia económica. Esto lleva a muchas personas a creer que la planificación, que solo afectara a los intereses económicos, no interferiría en lo fundamental de sus vidas. El error de esta apreciación se debe a que no ven que esa poca importancia de las cuestiones económicas que les afectan y que se da en la economía de mercado se debe a que las personas tienen libertad; son ellas las que deciden lo que es o no importante y en que medida.

La planificación económica no afectaría únicamente a las marginales sino a todos los medios que sirven a nuestros fines. El planificador estaría decidiendo sobre la importancia relativa de las diferentes necesidades y sometiendo a control la vida de los individuos. Una autoridad que dirigiera todo el sistema económico sería el más poderoso monopolista quedando las personas a su merced, tanto respecto a la clase de producción, como a su cantidad, como discriminando a alguien.

Este análisis se ha hecho desde una concepción del individuo como consumidor; pero la conclusión es la misma, sino más acusada cuando se hace desde el lado de la producción. Si, como parece innegable, para la mayoría de las personas su trabajo es una parte fundamental de la vida, tanto desde el número de horas que a ello dedicamos, como por las relaciones personales que alrededor de este se fraguan o como el condicionamiento a la hora de elegir donde vivimos, etc, parece claro que la libertad para la elección en relación al trabajo es fundamental para nuestra felicidad, incluso más que lo analizado anteriormente. Cierto es que no hay libertad absoluta al no disponer de opciones en números muy elevados, pero lo fundamental es que la opción este presente , que no estemos atados ni antes de tomarla, ni una vez concretada la elección.

Nada de esto presupone que en el presente se esté en una situación ideal, que de hecho no es tal, y es aquí donde el Estado puede proporcionar una ayuda importante para la mejora de esa movilidad mediante la difusión del conocimiento; papel que no puede estar más alejado del propugnado por los planificadores , que aunque mantiene que bajo esa planificación se mantendrá la “la libre elección de empleo”, esta desaparecerá por la propia naturaleza del sistema que obliga a ajustarse a los patrones que se imponen.

Otro error común es confundir al sistema económico como el causante de la necesidad de elección, y no distinguir que esa necesidad es consecuencia natural de la existencia de un problema económico. Es decir la elección es inherente al problema económico y el sistema económico lo que determina es como hacer frente a esa elección. ( Realizar o no esa elección no hace que desaparezca el problema).

Se han utilizado argumento a favor del socialismo que ignoran esta realidad, pero incluso muchos economistas socialistas se han rendido a la evidencia de que la planificación no es capaz de producir más que el sistema de competencia, con lo que no se obtendría la plenitud que haría desaparecer la elección; y han optado por hacer hincapié en la labor redistributiva que se podría desempeñar con la planificación. “Pero queda por averiguar si el precio que habríamos de pagar por la realización del ideal de justicia de alguien no traería más opresión y descontento que el que jamás causó el tan calumniado libre juego de las fuerzas económicas”.
 
Una nota lingüística.
Cuaderno de bitácora:

Ante la confusión creada en los últimos días sobre cuál es la forma adecuada en español para el femenino del sustantivo canciller, se reproduce a continuación el artículo que sobre este término figura en el Diccionario panhispánico de dudas, obra actualmente en prensa, que estará disponible en las librerías a mediados del próximo mes de noviembre y cuyo texto ha sido acordado y aprobado por todas las Academias de la Lengua Española:



canciller. 1. Sustantivo que designa distintos cargos políticos según las zonas. Referido a Alemania o Austria, ‘presidente del Gobierno’: «El canciller alemán Helmuth Kohl acogió ayer favorablemente la decisión de los obispos» (País [Esp.] 28.1.98). En muchos países hispanoamericanos, ‘ministro encargado de las relaciones con otros países’: «Reina se hizo acompañar del canciller Delmer Urbizo» (Tribuna [Hond.] 9.7.97). Referido al Reino Unido, se usa el título de canciller del Exchequer para designar al ministro de Hacienda: «El canciller del Exchequer, Kenneth Clarke, lamentó [...] el colapso de la institución bancaria» (Vanguardia [Esp.] 28.2.95). Puede significar también ‘jefe de la secretaría de una representación diplomática’, ‘rector de una universidad’ y ‘secretario de una diócesis’.

2. Es un sustantivo común en cuanto al género (el/la canciller; ® género2, 1a y 3g): «Varios ministros, entre ellos la canciller de Colombia, María Emma Mejía» (NHerald [EE. UU.] 10.2.97). No es correcto el femenino Äcancillera.

3. La variante antigua chanciller y su derivado chancillería solo deben usarse hoy en sentido histórico, esto es, para referirse al antiguo tribunal superior de justicia del reino de Castilla o a sus miembros: «A la chancillería de Valladolid habían llegado unos papeles inquisitoriales» (OArmengol Aviraneta [Esp. 1994]).

 
La ley, instrumento para la libertad.

Cuaderno de bitácora:

Capítulo VI: La planificación y la Supremacía de la Ley.

Lo que distingue más claramente un país con gobierno arbitrario de un país libre es el sometimiento en este último al que conocemos como “Supremacía de la Ley”. Este es el hecho que permite conocer de antemano los límites de su autoridad del Estado así como el uso que se haga de esta. Pero dado que ese conocimiento nunca es total habrá que orientar los esfuerzos a reducir lo mas posible la discrecionalidad de las organizaciones ejecutivas.

Es cierto que la ley restringe de alguna manera la libertad individual, pero con ella se configura un marco, unas reglas de juegos bajo las cuales el individuo actuará libremente y a salvo de poderes arbitrarios desde los gobiernos que frustren sus esfuerzos.

Bajo la “Supremacía de la Ley” se establece el instrumento para la consecución de los objetivos individuales, siendo incluso más importante que la norma en sí, su cumplimiento universal y su durabilidad. Bajo la arbitrariedad, el gobierno dirige los medios hacia determinados fines sin someterse a normas generales previamente establecidas. Y sus decisiones al contrario que las primeras no quedan fijadas para largos periodos. La arbitrariedad eleva a rango de ley opiniones para cada momento. Se trata por tanto de una diferencia entre normas de tipo formal y normas sustantivas. ( Un ejemplo muy ilustrativo de esto sería el código de circulación frente a la obligación de circular por un sitio concreto en un momento concreto; que muestra además de forma muy clara como “cuanto más planifica el Estado, más difícil se le hace al individuo su planificación”).

A esto se une el argumento de la falta de imparcialidad por parte del Estado si este es capaz de prever exactamente los efectos de las vías de acción (tiene que tomar parte e influye en los individuos de manera parcial). Queda descubierto así que la igualdad formal ante la ley queda rota por la imposición de la igualdad material o sustantiva. “Provocar el mismo resultado para personas diferentes significa por fuerza, tratarlas diferente”. No se niega, por otro lado, que la Supremacía de la Ley produzca desigualdades económicas, pero la diferencia es más que notable porque estas no se busca que afecten a determinados individuos en particular.

Esa diferencia entre un gobierno que prevé sus actuaciones y el liberal incapaz de hacerlo, nos permite aclarar la falsa idea de la inhibición del estado que a veces surge de la vaga expresión laissez – faire. No hay Estado que no actué y que sus decisiones no afecten a otras, de ahí que la cuestión no sea tanto la actuación de este como la capacidad de los individuos para prever la actuación del Estado y así tenerlo como dato para realizar sus propios planes. Se aprecia claramente esto con el siguiente ejemplo: una actuación del Estado contra el fraude estaría dentro de lo esperable en uno de carácter liberal, mientras que no lo estaría la inhibición que permitiera el uso de la violencia por ejemplo por parte de huelguistas.

Por último, hay que aclarar que no se debe caer en el error de que la Supremacía de la Ley está a salvo mientras la ley emane de un gobierno democrático y se ajuste a la legislación. Hay que tener presente que los actos de un gobierno pueden estar sujetos a la legislación y no estarlo a la Supremacía de la Ley. El ejemplo más claro lo podemos encontrar en Hitler que obtuvo sus poderes ilimitados de manera estrictamente constitucional. Si se da a un gobierno poder para elevar a rango de ley normas arbitrarias estaremos ante una democracia despótica. “La Supremacía de la Ley implica un límite a las finalidades legislativas”, y sin ese límite no hay salvaguarda de los derechos individuales como ocurre bajo la planificación, o puede ocurrir en las democracias si se deja manos libres a los gobiernos para infringir esos derechos en pro de un bien común si esto va más allá de circunstancias especiales como una guerra.