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Camino de servidumbre.
Reflexiones.
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El viejo principio, el que no trabaje no comerá ha sido reemplazado por uno nuevo: El que no obedezca no comerá. L.Trotsky 1937.
Sindicación
 
El colectivismo
Cuaderno de bitácora:

Capitulo III: Individualismo y colectivismo.

A la hora de referirnos al socialismo, es habitual caer en la confusión sobre el propio concepto; confusión que precisamente viene a alimentar a su desarrollo y expansión. Por tanto es necesario, previo a cualquier otro análisis, esclarecer absolutamente este punto.

Por socialismo se pueden entender tanto el ideal de justicia social que se persigue como el método empleado para alcanzarlo; que no sería otro que la abolición de la empresa y propiedad privada, y la instauración de una “economía planificada”.

Existen por tanto personas que se hacen llamar socialistas, únicamente conforme a la primera acepción expuesta y no se plantean de modo alguno cual es el camino ni el medio para alcanzar esa justicia social que desean . Pero en cuanto se va más a allá, y se pretende la consecución real del ideal, y no tenerlo presente como una mera esperanza, como lo es para la mayoría de socialistas, el medio pasa a ser tan esencial como el propio fin. Este hecho nos revela, que habrá personas que aun compartiendo los fines del socialismo, se opongan de forma clara a los medios debido a los peligros que acarrea. Con lo que el debate, aún existiendo también en el ámbito de los fines, se centra fundamentalmente en los medios.

Pero la confusión se agrava aún más, cuando en la práctica los defensores de los medios argumentan que los que defienden tan solo los fines, realmente no los valoran. Y porque, al mismo tiempo, el medio que estos defienden puede ser tanto un instrumento para sus fines, como para muchos otros. ( La planificación podrá estar igualmente al servicio de una “distribución de la renta justa” o al de otra orientada al beneficio de la élite)

Ciertamente, Hayek plantea, que puede parecer abusivo utilizar la palabra socialismo para describir tan solo medios, cuando esa misma palabra representa un último fin ideal concreto para muchas personas. Se plantea así, el uso del término colectivismo como el método que podrá emplearse para muy diversos fines, con lo que el socialismo sería una de las muchas variantes de este colectivismo. Pero no se puede olvidar que al ser el socialismo un tipo de colectivismo, todo lo que se diga respecto a este último será igualmente válido para el primero.

Es fundamental, en esta lucha por esclarecer y superar las ambigüedades de los términos, hacer igualmente una referencia al concepto de planificación. Es innegable que cualquier individuo, en el simple discurrir de su vida y a la hora de tomar decisiones, con el sano objetivo de procurarse lo que desea, elabora planes, pero no podemos confundir esta planificación personal, con la planificación que defiende los entusiastas de la “sociedad planificada”, que entre otras cosas desprecian esa elaboración de planes individuales.

Estos planificadores pretenden la centralización plena de toda actividad económica y por tanto la elaboración de un único plan que dirija de forma consciente todos los medios y recursos de la economía para encaminarlos a un fin determinado.

Por tanto la discusión no está en la planificación en si misma (entendida como la actuación en previsión y raciocinio), sino en a quién se encomienda esta: a todos y cada uno de los individuos por separado, o a un ente superior que elabore un único plan al que se someterán todos. Se trata de elegir entre un poder coercitivo que vele por crear las condiciones favorables para la mejor elaboración de los planes de los individuos, u otro que organice y dirija racionalmente toda la actividad siguiendo un modelo conscientemente elaborado.

Por último, es importante hacer un aclaración, respecto a la oposición a la planificación, que en ningún caso debe confundirse con una “dogmática actitud de laissez faire”. Que los liberales defiendan el libre juego de las fuerzas del mercado para la mejor coordinación de la acción humana, no implica para nada defender que hay que dejar las cosas tal cual están. El ideario liberal propone la libre elección en competencia como el sistema más eficiente, pero no niega (sino que forma parte igualmente de ese ideario) ni que para su buen funcionamiento el ordenamiento jurídico es básico, y al ser este el resultado de una creación humana no esta libre de defectos y necesarias rectificaciones; ni que allí donde es imposible crear esas condiciones para el buen funcionamiento del mercado sea necesaria la búsqueda de otras posibles vías.

Y no hay que olvidar además, que la concepción de la superioridad del sistema de competencia, respecto al resto conocidos, no se debe tan solo a que es el más eficiente entre estos, sino que además es el único que coordina las actividades sin la coerción de autoridad alguna sobre las decisiones individuales de cada uno de nosotros.

Si tenemos presente esto, y la mejora que del sistema de competencia se puede lograr con la adecuada complementación, se puede determinar que habrá cierto tipo de intervención coercitiva que puede ser positiva (siempre que se cumplan una serie de requisitos, como ceñirse únicamente a los métodos de producción, que el efecto sea igual para todos y no se utilicen como fin de manipulación de precios o cantidades) como en el caso de la prohibición de sustancias venenosas, la limitación de horas de trabajo, o la implantación de ciertas consideraciones sanitarias. Si bien será necesaria la evaluación acerca si el bien social obtenido es superior al coste en el que se incurre.

Pero no tendrá justificación alguna, cualquier intervención coercitiva que restrinja la libertad de los individuos para comprar, vender o para elegir su producción. Ni aquella que manipule precios o cantidades, ya que de otra forma se estaría alterando y dirigiendo las decisiones de los individuos.

Critica en este punto Hayek, el hecho de que muchos de los estudios realizados acerca del mercado hayan puesto énfasis únicamente en los aspectos negativos de este, y no en el estudio de aquellas exigencias positivas que mejorarían notablemente su desarrollo y resultados (y que en muchos casos pueden y/o deben estar cubiertas por el Estado). Cabe apuntar en este sentido las instituciones (como puede ser el dinero), la información, el sistema legal, etc.

Por último, el sistema de competencia deja abierta la puerta a otras posibles soluciones como en el caso de ciertos bienes públicos o las en las externalidades negativas en las que la solución de competencia afecte notablemente a bienestar social.

Pero el apunte de estas excepciones no debe confundirnos y guiarnos hacia la acción de la autoridad en todo el gran conjunto restante, que deberá operar, como hemos visto, bajo los designios del mercado.

Es necesario, para finalizar, que debe huirse igualmente de formulas intermedias entre sistema de competencia y la planificación central, ya que si bien es cierto que el primero es capaz de soportar cierta intervención, el progresivo deterioro del sistema de competencia nos llevaría a una situación intermedia que podríamos calificar como de organización sindicalista o “corporativa” industrial, con lo que se dejaría al individuo a merced de estos monopolios, y tampoco se verían satisfechas las demandas de los defensores de la planificación.

Planificación y competencia son alternativos e incompatibles, cualquier intento de combinación entre ellos solo conduciría a un resultado peor, que si solo existiese uno de ellos. (A no ser, como ya hemos citado que se trate de planificación a favor de la competencia, y no de la que será objeto de estudio en toda la obra, que es aquella que va en su contra y pretende sustituirla.)


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