Intervencionismo, merma de libertad.
Cuaderno de bitácora:
Capítulo VII: La intervención económica y el totalitarismo.
La mayoría de los planificadores que han considerado en serio la planificación práctica asumen directamente que esta tiene que ser llevada a cabo por un grupo de peritos comandados por un general en jefe que no puede estar condicionado por la democracia. Y plantean que esta autoridad se dedicará únicamente a cuestiones económicas quedando espacio para la democracia en las de carácter político.
La planificación nos libraría de las cuestiones menores y nos permitiría dedicarnos a las cosas realmente importantes. Se cae con esto en el error de concebir lo económico como algo separado del resto de dimensiones de la vida. Los fines últimos de las personas nunca son económicos. No hay “móvil económico” sino factores económicos que condicionan decisiones para alcanzar fines.
El afán por el dinero no es por este como tal, sino por el disfrute de los bienes que con él se pueden obtener. Al ser el dinero símbolo de las restricciones de la relativa pobreza de los individuos, ha llegado a ser odiado por muchos. Pero el dinero es más bien un instrumento de libertad, ya que permite un amplio campo de elección del que disfrutan también los pobres, que no existiría con un remuneración como la propuesta por muchos socialistas con la que se cubrirían directamente las necesidades del individuo, ya que al preceptor se le estaría minando la posibilidad de elegir.
En referencia a las cuestiones menores de las que nos libraría la planificación, hay que recordar que es en una economía de mercado donde las perdidas o ganancias solo suponen un consideración de menor importancia entre los deseos posibles porque estas afectan tan solo “al margen” de nuestras necesidades, quedando lo realmente importante, los valores fundamentales de la vida, nunca afectados por esa posible perdida o ganancia económica. Esto lleva a muchas personas a creer que la planificación, que solo afectara a los intereses económicos, no interferiría en lo fundamental de sus vidas. El error de esta apreciación se debe a que no ven que esa poca importancia de las cuestiones económicas que les afectan y que se da en la economía de mercado se debe a que las personas tienen libertad; son ellas las que deciden lo que es o no importante y en que medida.
La planificación económica no afectaría únicamente a las marginales sino a todos los medios que sirven a nuestros fines. El planificador estaría decidiendo sobre la importancia relativa de las diferentes necesidades y sometiendo a control la vida de los individuos. Una autoridad que dirigiera todo el sistema económico sería el más poderoso monopolista quedando las personas a su merced, tanto respecto a la clase de producción, como a su cantidad, como discriminando a alguien.
Este análisis se ha hecho desde una concepción del individuo como consumidor; pero la conclusión es la misma, sino más acusada cuando se hace desde el lado de la producción. Si, como parece innegable, para la mayoría de las personas su trabajo es una parte fundamental de la vida, tanto desde el número de horas que a ello dedicamos, como por las relaciones personales que alrededor de este se fraguan o como el condicionamiento a la hora de elegir donde vivimos, etc, parece claro que la libertad para la elección en relación al trabajo es fundamental para nuestra felicidad, incluso más que lo analizado anteriormente. Cierto es que no hay libertad absoluta al no disponer de opciones en números muy elevados, pero lo fundamental es que la opción este presente , que no estemos atados ni antes de tomarla, ni una vez concretada la elección.
Nada de esto presupone que en el presente se esté en una situación ideal, que de hecho no es tal, y es aquí donde el Estado puede proporcionar una ayuda importante para la mejora de esa movilidad mediante la difusión del conocimiento; papel que no puede estar más alejado del propugnado por los planificadores , que aunque mantiene que bajo esa planificación se mantendrá la “la libre elección de empleo”, esta desaparecerá por la propia naturaleza del sistema que obliga a ajustarse a los patrones que se imponen.
Otro error común es confundir al sistema económico como el causante de la necesidad de elección, y no distinguir que esa necesidad es consecuencia natural de la existencia de un problema económico. Es decir la elección es inherente al problema económico y el sistema económico lo que determina es como hacer frente a esa elección. ( Realizar o no esa elección no hace que desaparezca el problema).
Se han utilizado argumento a favor del socialismo que ignoran esta realidad, pero incluso muchos economistas socialistas se han rendido a la evidencia de que la planificación no es capaz de producir más que el sistema de competencia, con lo que no se obtendría la plenitud que haría desaparecer la elección; y han optado por hacer hincapié en la labor redistributiva que se podría desempeñar con la planificación. “Pero queda por averiguar si el precio que habríamos de pagar por la realización del ideal de justicia de alguien no traería más opresión y descontento que el que jamás causó el tan calumniado libre juego de las fuerzas económicas”.





