El camino de los peores hacia el poder totalitario.
Cuaderno de bitácora:
Capítulo X: Por qué los peores se ponen a la cabeza.
Otra falsa creencia de los defensores del totalitarismo es que los regímenes anteriores de este tipo fueron negativos no en sí mismo, sino que lo fueron como causa de que los que llegaron a la cúspide de la organización eran criminales. Se presenta así al totalitarismo como un instrumento que puede estar al servicio tanto del bien como del mal en función del dictador. Lo peligroso no sería por tanto el sistema sino en manos de quién está.
Pero existen fuertes razones para no dejarse llevar por estos planteamientos sobre la accidentalidad de los peores rasgos de los sistemas totalitarios. Si analizamos el estadio justo anterior a la implantación del totalitarismo encontramos una situación de demanda de acción al Gobierno que las mayorías parlamentarias ineficientes son incapaces de asumir. En este contexto aquel que tenga una “posición sólida e inspire confianza” estará en condiciones de hacerse con el poder. Se organizan partidos bajo líneas militares con el apoyo incondicional de grupos minoritarios que se someten a la disciplina autoritaria que posteriormente se extenderá a toda la sociedad.
Existen tres razones para encontrar en estos grupos no precisamente a los mejores, sino a los peores de la sociedad:
1) La consideración de que a mayor educación e inteligencia es más probable la divergencia en gustos y opiniones (se amplían los puntos de vista) y por tanto más difícil es implantar una jerarquía de valores. Por tanto para conseguir uniformidad en los puntos de vista habrá que descender a niveles intelectuales y morales más bajos. (Siendo este grupo el más amplio en cuanto a valores compartidos, que no el mayoritario en la sociedad). Serán por tanto los que constituirán la “masa”.
2) Por otro lado, y dada la insuficiencia en número del primer grupo, el dictador reclutará también para su causa a todos aquellos dóciles y crédulos que carecen de convicciones propias, mediante la simple repetición continuada del sistema de valores confeccionado.
3) Por último, y haciendo referencia a la naturaleza humana, tendríamos la reflexión acerca de la mayor facilidad de acuerdo para los programas negativos, odios al enemigo, envidia a los mejores, etc. Diferenciar claramente el “ellos” del “nosotros” para sembrar el odio y la lucha contra lo ajeno. Estrategia seguida por aquellos que más allá del apoyo a una política buscan la fe ciega de ingentes masas. “El enemigo”, como lo fue el Judío en la Alemania Nazi, o el Kulak (campesino rico) en la Unión Soviética (siendo ambos casos un fiel reflejo del odio hacia el capitalismo), es una pieza fundamental para el dirigente totalitario.
Pero si además tenemos presente las realidades de los regímenes planificadores, así como las aportaciones de teóricos socialistas, como los Webbs y otros primeros fabianos, es innegable que los “planificadores” son en su mayoría nacionalistas militantes e imperialistas. (Como se demuestra con el desprecio de estos hacia los Estados pequeños, en la línea que ya Marx y Engels expresaron por ejemplo sobre checos o polacos.). Realidad que choca con el propugnado internacionalismo de la teoría.
Mientras que autores individualistas como Lord Acton o Jacob Burckhardt, o socialistas contemporáneos de Hayek, como Berttrand Russel, que han heredado la tradición liberal, tienen siempre al Poder como objeto de sus críticas; los colectivistas lo tienen como una meta. Y en el afán de desproveer de poder a los individuos particulares, se conforma un poder mucho mayor en manos del organismo planificador, poder que supera con mucho cualquier otro que se pudiera tener bajo el régimen liberal. Descentralizar por tanto, es reducir la cuantía absoluta del poder, con lo que el sistema de competencia es el que reduce al mínimo, por esa descentralización, el poder del hombre sobre el hombre.
Si se admite que la persona es tan solo un medio al servicio de los intereses supremos de la sociedad o la nación, se destruye toda posibilidad de disentimiento, se desprecia la felicidad del individuo y su vida. No habrá preceptos morales generales, ya que un acto, que en una sociedad libre es calificado malo, responda al fin que responda, en una totalitaria será calificado como tal según responda a los intereses de la entidad superior. De esta forma, el dirigente supremo estará vacío de convicciones morales propias y actuará siendo capaces de cualquier cosa.
Por tanto, aquellas personas justas y buenas que se pudiera desear estuviesen al frente de la magna misión, no encontrarán satisfacción en un sistema que prima únicamente el gusto del poder por el poder, y dejarán así el camino libre a los crueles y faltos de escrúpulos.





