El orden internacional.
Cuaderno de bitácora:
Capítulo XV: Las perspectivas de un orden internacional.
Si el siglo XIX es reconocido por todos como aquel en el que el comercio internacional y las relaciones internacionales alcanzaron un nivel sin parangón hasta entonces en la historia, gracias fundamentalmente al liberalismo, no es de extrañar que este aspecto fuera el primero en sufrir las consecuencias, en la lucha contra el liberalismo, de las tesis de los planificadores. Claro ejemplo de esto, es la necesidad que tiene el dictador de aislar a las gentes de las influencias e ideas de otros pueblos que pusieran en duda su autoridad.
Pero no solo se ven afectados los contactos y relaciones internacionales, sino que la paz queda bajo seria amenaza. por las fricciones que surgirían entre estos Estados (ya que en sus manos estarían todos los recursos) en las relaciones económicas, en sustitución de las relaciones entre individuos, sin el sometimiento a ningún orden y siendo estos mismos jueces de su propia conducta. Las rivalidades económicas entre Estados armados, que se justifican así mismos si consideran necesaria el enfrentamiento bélico, es un conflicto armado a la espera de estallar.
Los defensores de la planificación que han llegado a ser conscientes de este hecho, han llevado el argumento de la planificación un paso más allá, con la pretensión de superar esos posibles conflictos, y han planteado una planificación económica internacional. Pero ignoran que este hecho solo vendría a agravar todos los aspectos negativos que de la planificación nacional se han ido exponiendo, tales como el conflicto con la libertad, mayor dificultad para la elaboración de esos planes, conflictos de intereses ya no solo entre clases trabajadoras sino entre pueblos o la mayor necesidad de recurrir a la fuerza y a la coacción.
Basta con que existiera una autoridad económica internacional que se centrará exclusivamente en un campo particular, sin someterse a ningún poder político superior, para encontrarnos bajo la opresión del más tiránico de los poderes. Sirva de ejemplo de esto, una autoridad superior que regulará todo el transporte aéreo mundial sin necesidad de tener que rendir cuentas a nadie. Es indudable que por más que muchos se empeñen en articular falsos argumentos técnicos en su favor, o exponer causas solidarias o de razón humanitaria, se conformaría un poder sin posibilidad alguna de dominar que dejaría a los individuos a su merced .
Por tanto, se puede rescatar lo ya expuesto en capítulos anteriores sobre las normas formales y la Supremacía de la Ley, como igualmente válido para el buen funcionamiento de las relaciones internacionales y el progreso de los pueblos. Propone Hayek, que lo realmente necesario no son autoridades económicas superiores, sino un poder político superior que mantenga a raya los intereses económicos, sin estar mezclado en ellos, y que sea capaz, sin inmiscuirse en las decisiones de los pueblos, de impedir actuaciones que dañen a otros. Queda claramente recogido en el siguiente párrafo, la idea de Hayek sobre esta cuestión:
“Los poderes que se deben ceder a una autoridad internacional no son las nuevas facultades asumidas por los Estados en tiempos recientes, sino aquel mínimo de poderes sin el cual es imposible mantener relaciones pacífica, es decir, esencialmente los poderes del Estado de laissez-faire ultraliberal.”
Aboga por tanto, por el principio federativo como aquel que permite a los pueblos, si agraviar su independencia, la consecución de un orden internacional . “ Una autoridad internacional que limite eficazmente los poderes del Estado sobre el individuos será una de las mayores garantías de la paz. La Supremacía del Derecho internacional tiene que llegar a ser la salvaguarda tanto contra la tiranía del Estado sobre el individuo como contra la tiranía del nuevo superestado sobre las comunidades nacionales.”
Capítulo XV: Las perspectivas de un orden internacional.
Si el siglo XIX es reconocido por todos como aquel en el que el comercio internacional y las relaciones internacionales alcanzaron un nivel sin parangón hasta entonces en la historia, gracias fundamentalmente al liberalismo, no es de extrañar que este aspecto fuera el primero en sufrir las consecuencias, en la lucha contra el liberalismo, de las tesis de los planificadores. Claro ejemplo de esto, es la necesidad que tiene el dictador de aislar a las gentes de las influencias e ideas de otros pueblos que pusieran en duda su autoridad.
Pero no solo se ven afectados los contactos y relaciones internacionales, sino que la paz queda bajo seria amenaza. por las fricciones que surgirían entre estos Estados (ya que en sus manos estarían todos los recursos) en las relaciones económicas, en sustitución de las relaciones entre individuos, sin el sometimiento a ningún orden y siendo estos mismos jueces de su propia conducta. Las rivalidades económicas entre Estados armados, que se justifican así mismos si consideran necesaria el enfrentamiento bélico, es un conflicto armado a la espera de estallar.
Los defensores de la planificación que han llegado a ser conscientes de este hecho, han llevado el argumento de la planificación un paso más allá, con la pretensión de superar esos posibles conflictos, y han planteado una planificación económica internacional. Pero ignoran que este hecho solo vendría a agravar todos los aspectos negativos que de la planificación nacional se han ido exponiendo, tales como el conflicto con la libertad, mayor dificultad para la elaboración de esos planes, conflictos de intereses ya no solo entre clases trabajadoras sino entre pueblos o la mayor necesidad de recurrir a la fuerza y a la coacción.
Basta con que existiera una autoridad económica internacional que se centrará exclusivamente en un campo particular, sin someterse a ningún poder político superior, para encontrarnos bajo la opresión del más tiránico de los poderes. Sirva de ejemplo de esto, una autoridad superior que regulará todo el transporte aéreo mundial sin necesidad de tener que rendir cuentas a nadie. Es indudable que por más que muchos se empeñen en articular falsos argumentos técnicos en su favor, o exponer causas solidarias o de razón humanitaria, se conformaría un poder sin posibilidad alguna de dominar que dejaría a los individuos a su merced .
Por tanto, se puede rescatar lo ya expuesto en capítulos anteriores sobre las normas formales y la Supremacía de la Ley, como igualmente válido para el buen funcionamiento de las relaciones internacionales y el progreso de los pueblos. Propone Hayek, que lo realmente necesario no son autoridades económicas superiores, sino un poder político superior que mantenga a raya los intereses económicos, sin estar mezclado en ellos, y que sea capaz, sin inmiscuirse en las decisiones de los pueblos, de impedir actuaciones que dañen a otros. Queda claramente recogido en el siguiente párrafo, la idea de Hayek sobre esta cuestión:
“Los poderes que se deben ceder a una autoridad internacional no son las nuevas facultades asumidas por los Estados en tiempos recientes, sino aquel mínimo de poderes sin el cual es imposible mantener relaciones pacífica, es decir, esencialmente los poderes del Estado de laissez-faire ultraliberal.”
Aboga por tanto, por el principio federativo como aquel que permite a los pueblos, si agraviar su independencia, la consecución de un orden internacional . “ Una autoridad internacional que limite eficazmente los poderes del Estado sobre el individuos será una de las mayores garantías de la paz. La Supremacía del Derecho internacional tiene que llegar a ser la salvaguarda tanto contra la tiranía del Estado sobre el individuo como contra la tiranía del nuevo superestado sobre las comunidades nacionales.”





