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Encorazonado
Estoy esperando la casualidad de mi vida. La más grande. (Los Amantes del Círculo Polar)
Sindicación
 
Santiago
Probablemente, en parte, yo sea alto gracias a él. Mi abuelo era un hombretón. Muy alto y fuerte. Como un roble. Mi abuelo vivía en el pueblo. Lejos y cerca a la vez. Quizás ésa fue la razón por la que nunca llegamos a conectar todo lo que a mí me habría gustado. Nos faltó más cercanía. Éramos dos caras de una misma moneda. Él estaba en un polo y yo en otro. Cuestión de caracteres. Sin embargo, cuando uno se paraba a hablar con él veía esa sabiduría que siempre define a la gente que es mayor que tú. Había vivido mucho y eso se nota. Pero nos faltó conectar más. Yo estaba lejos y cuando bajaba a verle no nos daba tiempo a ponernos al día. Siempre fuimos muy distintos. Pero era mi abuelo. Con eso es suficiente. Con eso basta. Aún recuerdo cuando me enteré que tenía cáncer y que no le quedaba mucho. Nadie se lo dijo pero, en el fondo, él lo sabía. Se lo fue comiendo poco a poco. Pero no sufrió. Cuando llegó el peor momento se fue, en el tramo en que sólo tenía ante sí sufrimiento descansó. Aquel roble tumbado en la cama. Aquel hombre fuerte, alto, sin poderse valer. Postrado. Nadie merece eso. Mi abuelo menos. Recuerdo el tiempo que pasó desde que salí de casa y volví minutos después. Ya había muerto. En su cama. Resulta difícil de explicar cómo se fue así. En minutos. Nadie puede acostumbrarse a ver a alguien muerto. Menos, a tu abuelo. El ataúd pesaba mucho. Lo bajamos. Escalón a escalón. Desde ese primer piso en el que dormía porque sus piernas ya no le permitían subir. Lo bajamos hasta el coche de la funeraria. Nunca olvidaré que tuve que bajar a mi abuelo muerto. Esa persona tan lejana y cercana a la vez. Ahora, a punto de llegar su día, sólo puedo acordarme de él. De aquellos veranos junto a él. De su fortaleza y de lo orgulloso que estaba de mí. Porque él me lo decía. Ahora lo recuerdo. Estaba orgulloso. Y yo de él. De mi abuelo. De ti, Santiago.


Escuchando: I'm only sleeping - The Beatles
 
Como...
Fue entonces cuando comprendió que se expande. Que se desliza como el aceite en una sartén. Entendió que pesa cada vez más. Que se hincha en tu interior como un globo de agua. Crece y crece con suavidad. Se bifurca dentro de ti en todas direcciones. Cada vez más líquido; cada vez más gaseoso.
Se inflama y colapsa tu garganta. Ocupa tu estómago pero se nota un agujero. Resulta imparable y él no lo vio hasta que una lágrima recorrió su hombro.
Podría ser un virus pero ni ellos son tan inteligentes y letales. Lo comprendió cuando se sintió como si metiese la mano en un pozo sin fondo en busca de agua.
Respirar es cada vez más complicado. Como si la máscara de oxígeno que te protege se hubiera quedado sin reservas. Pero él también lo vio tarde. El oxígeno deja de importar.
Termina por ocupar tu mente de día y de noche. Como cuando tratas de agarrar el alma y sólo agitas el aire.
Por más que se trata de evitar, la colonización es imparable. Es una suerte de ciclón.
Cuando el estado gaseoso se torna en sólido, el sentimiento queda petrificado. Como la pisada sobre la pintura fresca de un paso de cebra con el paso de las horas.

La miró a los ojos y la luna se coló en su estómago.


Escuchando: Teardrop - Massive Attack
 
Relaciones humanas
Antonio era diabético, aunque muchos no lo supieran hasta que apareció muerto en su cuarto de baño, sobre su propio vómito. Todo el mundo le vio día tras día pasear con su perrito por el parque sin molestarse en cruzar una palabra con él. Vivía sólo, en un bajo, y siempre caminaba con la mirada triste, lánguida. Hasta que una bajada de azúcar le dejó inerte antes de golpearse con el plato de ducha, nadie se preguntó por qué nunca sonreía. Su soledad y el hecho de que le negaran ver a su hija durante años era algo que nadie sabía porque nunca le preguntaron por qué estaba así, por si necesitaba algo; material o inmaterial. Hay una línea que divide la intimidad de las relaciones humanas. Parece claro que en estos tiempos o no se llega o se sobrepasa. El día que su padre, tremendamente preocupado, fue a visitarle y le encontró con la cabeza abierta, todo el mundo hizo ver lo mucho que le afectaba la noticia, sin olvidarse de resaltar lo bueno y prudente que era el chico. ‘Ni un ruido ha dado nunca’, decían. Demasiado tarde. Quizás, hay que pensar si no nos iría mucho mejor tendiendo manos en lugar de quitarlas. Al menos, parecería mucho más justo.


Escuchando: Please - U2
 
Desbocado
Como si un ejército de filibusteros corriera detrás de él, enfiló la calle bañada por la luz de las farolas. Blancas, puras como santas, las paredes se le iban cayendo encima según avanzaba. Angustiado. Enfermo. Todo era amenazante para sus ojos. El viejo que paseaba a un chiguagua feo como el demonio; el niño que fumaba un porro al amparo de un portal. Echó mano a su bolsillo y comprobó que seguía allí. Aún caliente, casi podía notar el humo que salía de su cañón. Oía pasos que retumbaban sobre el asfalto y se elevaban hacia esos tejados ajados y grises en los que alguna ventana escupía una tenue luz. La primera sirena le sonó ambigua, con poca urgencia; la segunda ya fue una sacudida que le hizo ponerse a correr. Desbocado. Sin dirección. El pulso agitado. La mano dentro del bolsillo, acariciando la culata. El primer golpe no lo vio venir; el segundo sí, pero tarde, un poco antes de ver cómo la sangre resbalaba por las mismas paredes blancas que unos pasos antes le habían asustado.

Escuchando: Kamikazes enamorados - Quique González