logotipo

img_google
Encorazonado
Estoy esperando la casualidad de mi vida. La más grande. (Los Amantes del Círculo Polar)
Sindicación
 
Claustrofobia
Cuando abrió los ojos estaba ciego. O eso al menos le pareció en un principio. La oscuridad era total y el ambiente que respiraba estaba totalmente viciado; como el de una habitación cuando lleva meses cerrada y no ha entrado un solo soplo de aire. Del aturdimiento pasó al nerviosismo más absoluto en cuestión de segundos. No lograba ver nada y cuando extendió el brazo para intentar palpar la negrura, éste apenas pudo desplegarse unos milímetros. Topó contra algo duro. Lo mismo ocurrió al intentar extenderlo lateralmente. En ese momento, comenzó a faltarle el aire y pataleó repetidas veces, encontrando los mismo topes que con los brazos. Ya era un hecho que se encontraba encerrado en algo muy estrecho; demasiado. El pánico terminó por paralizarle. Alrededor no se escuchaba nada, sólo su respiración. Venciendo la parálisis y el miedo, llevó su mano hasta el bolsillo y extrajo un encendedor. A la luz del mechero contempló su horror: estaba encerrado en un ataúd. De nuevo, le faltó el aire; creyó morirse, pero no tuvo suerte. Volvió a patalear, a dar puñetazos, pero sólo encontró el freno de la firme madera que lo retenía. Fue entonces cuando comenzó a escuchar algo más que su respiración. Un repiqueteo continuo sobre su cabeza, como el sonido de las patas de cien insectos sobre el parquet. La claustrofobia lo hizo suyo. Lo dominó tanto que le hizo perder la cabeza antes que el oxígeno. Lo demás ya es historia. Historia de la tortura.


Escuchando: Gold Lion - Yeah Yeah Yeahs
 
El bueno de Gunter
Y va uno y se entera a estas alturas de que Gunter Grass fue miembro de las SS. Para más señas, de las 'Waffen SS', que se caracterizaron, sobre cualquier otro aspecto, por su extrema brutalidad contra la población civil y los prisioneros de guerra. Las 'Waffen SS' eran una organización paramilitar de lo más sangrienta. Hasta ahora, el bueno de Grass no se había atrevido a confesar cuáles eran sus quehaceres antes de convertirse en un novelista de los más reputados del mundo. Lo hace ahora, cuando en su país es una auténtica referencia moral pero, sobre todo, cuando se van a publicar sus memorias. No deja de ser totalmente vergonzante que Grass haya decidido desvelar este secreto sólo bajo intereses comerciales. No puede entenderse de otro modo el hecho de que haya confesado su pertenencia a las SS pocos días antes de que explique su juventud en un libro llamado ‘Pelando la Cebolla’. El momento echa por tierra cualquier leve posibilidad de comprensión. El dinero puede con la conciencia.
Una vez, una profesora de historia me dijo que no debía ensañarme con la gente que colaboró con los nazis porque, en aquellas circunstancias, quién sabe lo que habríamos hecho cada uno. Yo, sinceramente, sólo puedo albergar desprecio hacia un señor como Gunter Grass, que dedicó mucho tiempo y esfuerzo a intentar exterminar a toda una raza. Me importa poco cuál fuera su actividad. Con el hecho de que perteneciera a una organización como las 'Waffen SS' me basta. Sólo representa otra mancha más para el Premio Nobel.


Escuchando: Reason is treason - Kasabian
Etiquetas:   
 
Cielo
¿Alguien podrá alguna vez volver a pintarme el cielo de azul?


Escuchando: Henry Lee - Nick Cave and The Bad Seeds
Etiquetas:  
 
Inhumanidad
Siempre me he preguntado qué es lo que le pasa por la cabeza a un asesino para quitarle la vida a alguien. Es algo que siempre me ha llamado la atención por lo que tiene de inconcebible para mí. Sin embargo, sí entiendo que una persona puede sufrir raptos de locura o de furia que pueden llevar a matar. Es duro pero creo que puede pasar. No es que todos seamos asesinos, sino que somos uno en potencia. En situaciones límite -sea cual sea- todos podemos cometer un crimen.
Lo que ya no puedo entender son hechos como el que aparecía el martes en la prensa. Cómo se puede explicar que varios hombres –por llamarlos de alguna manera-, soldados de ese país tan avanzado como dicen que es Estados Unidos, violasen a una niña iraquí y después matasen a toda su familia. A dichos especímenes no se les ocurrió otra cosa para pasar el rato que beber como animales –es un decir, porque ni ellos son capaces de comportarse así- y después convertirse en verdaderas bestias. Cómo es posible llegar a esas cotas de inhumanidad. De qué manera una persona puede plantearse si quiera el hecho de violar a una niña y luego, para colmo, acabar con toda su familia. Supongo que es a esto a lo que conduce la guerra. La inhumanidad se pasea con tanta frecuencia por el mundo, todos los días, que a mí no me queda otra que renegar del ser humano.


Escuchando: Ooh la - The Kooks
Etiquetas:  
 
Motel
Un motel al lado de una carretera secundaria. Un lugar gris. Sucio. Tres plantas en las que las puertas dan al exterior. Desde ellas se puede ver pasar a los coches. Balas de colores. Las habitaciones son pequeñas. Apenas una cama estrecha y dura; una pequeña mesa de metal que cojea; y un lavabo sucio y con olor a orín.
Te observo desde la ventana. Abajo, hay una piscina cercada por una vallita a modo de protección. Nada extraño teniendo en cuenta que sobre el agua flotan todo tipo de cosas. Desde un impermeable hasta al capó de un coche. Tú estás sentada en una desvencijada silla de plástico. Doblada sobre ti misma con el cuello de tu abrigo negro levantado. Hace frío. Miras a la piscina. Con el pelo despeinado. Ensimismada.
El agua sale caliente. Sobre la mesa hay una botella de Whisky terminada y restos de cigarros descuartizados. Tú estás sobre la cama. La luz roja que irradia la pantalla de la lámpara crea sobre tu cara una máscara espectral. Llaman a la puerta. Suave; con el puño. Te miro: no te has despertado. De puntillas, casi sin tocar el suelo, me dirijo a la puerta. Sé quién está detrás. Aunque prefiero asegurarme mirando por la mirilla: demasiados tiros pegados. Entra empapado; fuera la tormenta desborda la piscina que tú mirabas aquel verano. Hace unas horas.
Tengo el teléfono en la mano. Pesa. Sólo escucho y después cuelgo.Tú no estás. Hoy tampoco. Bajo las escalera metálicas. Me cruzo con un extraño que lleva una botella de ron en la mano. En la recepción el mismo gordo de siempre. Me recuerda que le debo dinero y me amenaza. Ni siquiera le miro. El sol es abrasador sobre la agreste llanura. En la piscina una vieja está en remojo; se mueve entre el capó y el impermeable.

Ahora, con mi piel quemada, sólo me queda buscarte de nuevo.


Escuchando: En brazos de la fiebre - Héroes del Silencio
Etiquetas: