Por si, tres años después, alguien se dejara caer por aquí...
... que sepa que podrá encontrarme en Euskomorriña.
Sí, genial
Ahora no nos matan. Vale. Perfecto. Así que, ya sabéis, es la hora de ir de pardillos, de pecar de candidez y abandonarnos al optimismo, que es la opción políticamente correcta. Y no quiero con esto poner en duda el valor del anuncio de alto el fuego permanente, ni por asomo. No cabe duda de que es una noticia positiva, por más que los voceros de las cavernas y las sacristías prosigan con su estrategia de negación sistemática. Y yo sí creo que esto se traducirá finalmente en el cese definitivo de la violencia por parte de la organización terrorista. Pero, no nos engañemos, no hay tantas razones para el optimismo, pues esto no soluciona nada. O casi nada. Porque sí, es cierto que ahora no tendremos que temer por nuestras vidas –benditos terroristas -, pero la problemática a nivel de calle no va a solucionarse. Seguirán a uno señalándole con el dedo si no comulga con el pensamiento único impuesto, y todo aquel que no vaya de leñador, seguirá siendo “enemigo del pueblo vasco”, aunque el torito y el jamoncito le sugieran lo mismo que los bueyes y el txakolí. Eso no va a cambiar.
El final del “conflicto” no llegará hasta que no se acepte con total naturalidad la diversidad de opiniones y sentimientos, hasta que no sea necesario demostrar poseer un ombligo más bonito que el resto. Y lo que me da miedo es que, en una eventual mesa de negociación –a favor de la cual, obviamente, estoy-, aceptemos que una de las partes sólo ponga el fin del terrorismo sobre ella. Tienen que poner mucho más.
El final del “conflicto” no llegará hasta que no se acepte con total naturalidad la diversidad de opiniones y sentimientos, hasta que no sea necesario demostrar poseer un ombligo más bonito que el resto. Y lo que me da miedo es que, en una eventual mesa de negociación –a favor de la cual, obviamente, estoy-, aceptemos que una de las partes sólo ponga el fin del terrorismo sobre ella. Tienen que poner mucho más.
Exijo
Durante muchos años, he reivindicado mi derecho a equivocarme yo solito, tomando mis propias decisiones.
Ahora, exijo mi derecho a acertar.
Ahora, exijo mi derecho a acertar.
Una parada cualquiera
La maquinaria del tren se detiene, las puertas se abren de golpe. Allí, enfrente, una estación de tren, decenas de raíles, muchos de ellos en desuso. Las letras de neón, apagadas, anuncian el nombre de la estación: Oswiecim. Un nombre que poco o nada sugiere, que ninguna especial sensación produce al viajero poco iniciado. Pero sin más que mirar alrededor, uno se da cuenta de que esa parada no es como las anteriores. Esos raíles ajados gritan, quieren decirnos algo.

Oswiecim está en Polonia, al suroeste de Cracovia, y es mundialmente conocido por su traducción al alemán: Auschwitz.
Sucede que, al hablar de Auschwitz, rápidamente comienzan a saltar todas las alarmas, una suerte de escalofrío recorre los cuerpos, y los más manidos clichés comienzan a aflorar por doquier.
Pero yo, estimado lector, no te voy a demostrar lo sensible y wenapersona que soy, no te voy a decir que “he ido una vez, y no vuelvo más”, ni que es “súper fuerte”, ni que “no es apto para cualquiera”, ni que “tienes que ir mentalizado”. Del mismo modo que agradecí que nadie me dijera “qué masoca eres, yo no podría...”, cuando decidí visitar el mencionado lugar. No pienso decirte nada de eso.

Yo, estimado lector, lo que sí te recomiendo es que vayas allí. Puedes tener por seguro que no vas a sentir miedo, ni se te van a poner los pelos como escarpias, como seguramente te hayan prevenido las más heroico-paternalistas voces. Te recomiendo que atravieses la entrada, la archiconocida entrada del Arbeit Macht Frei (“El trabajo os hará libres”), con la curiosidad de un niño. Que contemples esos bucólicos bungalows de bloques de arcilla, rodeados de jardincitos y vallas. Que saques una foto a contraluz.

Si es posible, ve en invierno, y quédate un rato a la intemperie, en posición pétrea. Entra en las casitas, y observa el contenido en ellas expuesto. Observa los millares de zapatos anónimos, de todas las tallas, que se agolpan unos sobre otros. Observa las tarjetas de identificación, impresas con pintura plástica y perfecta caligrafía sobre las maletas. Observa los enormes matojos de pelo, los botes de betún, las literas de tres pisos con pequeños habitáculos cubiertos de paja, los montones de anteojos de alambre, las celdas oscuras con minúsculos orificios de ventilación. Detente, una por una, frente a las fotografías personales, las fechas, los nombres, los ojos. Y sobre todo, las bocas, las muecas de la boca. Fíjate en esa mujer que esboza una leve sonrisa, como desafiando, a la cámara. Observa los hornos con bandeja, las chimeneas, las tuberías de apenas cinco centímetros de diámetro con salida a yermas habitaciones con la pintura desgastada. Obsérvalo, como te decía, con la curiosidad de un niño, y una vez hayas salido de allí, simplemente, piensa. Piensa, y no más. Y luego, al fin, decide tú mismo si merece la pena analizarlo, o definitivamente, has perdido la esperanza en la raza humana.

Estar en Auschwitz no es más que una mera ilustración, la perfecta muestra de que el lugar aparentemente más inocente y encantador puede esconder lo más fantasmagórico. Pero no es estar allí lo que impresiona. Eso viene después, cuando uno se vuelve a montar en el tren y piensa, efectivamente, en lo bonito e inofensivo que parecía ese onírico campo de bungalows en el que ha estado instantes atrás, en las decenas de hacinados trenes que han pisado esas mismas vías sobre las que circulas ahora.

O también puedes contárselo a tus amigos, conocidos, vecinos y curiosos varios, y relatar lo dura y realizadora que fue la experiencia, lo mucho que te ha enriquecido como persona, la forma en la que se te encogió el corazón, demostraciones gráficas incluidas, e incluso puedes disuadirles de la idea de enfrentarse a tan estremecedora experiencia, amparándote en su crudeza y su inaptitud para gente sensible. Deberías saber, eso sí, que la frivolidad y el mal gusto van de la mano en muchas ocasiones, y que hay ocasiones en las que trasciende con creces ese ámbito. Y sería entonces, especialmente entonces, cuando te recomendaría que te replanteases el dilema de si merece la pena seguir confiando en una especie capaz de regodearse en tales lodazales de inmundicia moral.

Oswiecim está en Polonia, al suroeste de Cracovia, y es mundialmente conocido por su traducción al alemán: Auschwitz.
Sucede que, al hablar de Auschwitz, rápidamente comienzan a saltar todas las alarmas, una suerte de escalofrío recorre los cuerpos, y los más manidos clichés comienzan a aflorar por doquier.
Pero yo, estimado lector, no te voy a demostrar lo sensible y wenapersona que soy, no te voy a decir que “he ido una vez, y no vuelvo más”, ni que es “súper fuerte”, ni que “no es apto para cualquiera”, ni que “tienes que ir mentalizado”. Del mismo modo que agradecí que nadie me dijera “qué masoca eres, yo no podría...”, cuando decidí visitar el mencionado lugar. No pienso decirte nada de eso.

Yo, estimado lector, lo que sí te recomiendo es que vayas allí. Puedes tener por seguro que no vas a sentir miedo, ni se te van a poner los pelos como escarpias, como seguramente te hayan prevenido las más heroico-paternalistas voces. Te recomiendo que atravieses la entrada, la archiconocida entrada del Arbeit Macht Frei (“El trabajo os hará libres”), con la curiosidad de un niño. Que contemples esos bucólicos bungalows de bloques de arcilla, rodeados de jardincitos y vallas. Que saques una foto a contraluz.

Si es posible, ve en invierno, y quédate un rato a la intemperie, en posición pétrea. Entra en las casitas, y observa el contenido en ellas expuesto. Observa los millares de zapatos anónimos, de todas las tallas, que se agolpan unos sobre otros. Observa las tarjetas de identificación, impresas con pintura plástica y perfecta caligrafía sobre las maletas. Observa los enormes matojos de pelo, los botes de betún, las literas de tres pisos con pequeños habitáculos cubiertos de paja, los montones de anteojos de alambre, las celdas oscuras con minúsculos orificios de ventilación. Detente, una por una, frente a las fotografías personales, las fechas, los nombres, los ojos. Y sobre todo, las bocas, las muecas de la boca. Fíjate en esa mujer que esboza una leve sonrisa, como desafiando, a la cámara. Observa los hornos con bandeja, las chimeneas, las tuberías de apenas cinco centímetros de diámetro con salida a yermas habitaciones con la pintura desgastada. Obsérvalo, como te decía, con la curiosidad de un niño, y una vez hayas salido de allí, simplemente, piensa. Piensa, y no más. Y luego, al fin, decide tú mismo si merece la pena analizarlo, o definitivamente, has perdido la esperanza en la raza humana.

Estar en Auschwitz no es más que una mera ilustración, la perfecta muestra de que el lugar aparentemente más inocente y encantador puede esconder lo más fantasmagórico. Pero no es estar allí lo que impresiona. Eso viene después, cuando uno se vuelve a montar en el tren y piensa, efectivamente, en lo bonito e inofensivo que parecía ese onírico campo de bungalows en el que ha estado instantes atrás, en las decenas de hacinados trenes que han pisado esas mismas vías sobre las que circulas ahora.

O también puedes contárselo a tus amigos, conocidos, vecinos y curiosos varios, y relatar lo dura y realizadora que fue la experiencia, lo mucho que te ha enriquecido como persona, la forma en la que se te encogió el corazón, demostraciones gráficas incluidas, e incluso puedes disuadirles de la idea de enfrentarse a tan estremecedora experiencia, amparándote en su crudeza y su inaptitud para gente sensible. Deberías saber, eso sí, que la frivolidad y el mal gusto van de la mano en muchas ocasiones, y que hay ocasiones en las que trasciende con creces ese ámbito. Y sería entonces, especialmente entonces, cuando te recomendaría que te replanteases el dilema de si merece la pena seguir confiando en una especie capaz de regodearse en tales lodazales de inmundicia moral.
El Chándal de Yonki
Yo no sé qué tiene el táctel, que tanto agrada a los yonkis, a los borrachos, y a la gente de mal vivir, en general. No sé si será su textura, suave y satinada, la aleación de colores verdes y violetas o esa insoportable telilla blanca interior, la misma que convierte en una odisea introducir las piernas por el pantalón sin que la susodicha se salga hacia fuera, lo que les resulta tan atractiva, pero sin haber sido jamás publicitado en televisión, en carteles publicitarios ni en el casco de Fernando Alonso, es una prenda que se ha hecho con un nicho de mercado nada desdeñable.

Recuerdo perfectamente la época de esplendor del chándal de yonki. Rondaría yo mis tiernos seis o siete años cuando el furor del chándal de táctel me alcanzó. Eran los tempranos años noventa, y sí, yo también tuve uno. No caí en otras prendas fetiche de la época, como las zapatillas Alpe o Fer-Gar (mil pesetas el par, puro plástico), el chándal de corchetes o las botas militares Doc Maertens, pero sí tuve mi chándal de yonki. Era, cómo no, de color verde con ribetes violetas, y por supuesto, también tenía la dichosa telilla blanca, con lo cual nunca conseguí ponerme el pantalón en menos de cinco minutos. Y como todo buen chándal de táctel, pereció a causa de un planchado excesivamente caluroso. Pero era mi chándal de táctel, único e intransferible.

Con el paso del tiempo, esa prenda tan entrañable cayó en el olvido, hasta el punto de ser prácticamente imposible encontrar a nadie luciendo con orgullo el suyo, recién estrenado. Afortunadamente, ese grupúsculo de gente comprometida antes mencionado, decidió recuperar la memoria histórica, y hacer suyo ese tesoro de poliéster. Y de esa manera, en cualquier lugar del mundo al que uno vaya, puede uno encontrar esa porción de nuestra Historia. Porque el chándal de yonki es universal, todos los yonkis del mundo lo llevan, y donde no hay yonkis, son los vagabundos alcohólicos quienes recogen el testigo, como he podido observar con júbilo aquí, en Eslovaquia.
Todo sea por no dejarlo caer en el olvido. No se lo merece.
Recuerdo perfectamente la época de esplendor del chándal de yonki. Rondaría yo mis tiernos seis o siete años cuando el furor del chándal de táctel me alcanzó. Eran los tempranos años noventa, y sí, yo también tuve uno. No caí en otras prendas fetiche de la época, como las zapatillas Alpe o Fer-Gar (mil pesetas el par, puro plástico), el chándal de corchetes o las botas militares Doc Maertens, pero sí tuve mi chándal de yonki. Era, cómo no, de color verde con ribetes violetas, y por supuesto, también tenía la dichosa telilla blanca, con lo cual nunca conseguí ponerme el pantalón en menos de cinco minutos. Y como todo buen chándal de táctel, pereció a causa de un planchado excesivamente caluroso. Pero era mi chándal de táctel, único e intransferible.
Con el paso del tiempo, esa prenda tan entrañable cayó en el olvido, hasta el punto de ser prácticamente imposible encontrar a nadie luciendo con orgullo el suyo, recién estrenado. Afortunadamente, ese grupúsculo de gente comprometida antes mencionado, decidió recuperar la memoria histórica, y hacer suyo ese tesoro de poliéster. Y de esa manera, en cualquier lugar del mundo al que uno vaya, puede uno encontrar esa porción de nuestra Historia. Porque el chándal de yonki es universal, todos los yonkis del mundo lo llevan, y donde no hay yonkis, son los vagabundos alcohólicos quienes recogen el testigo, como he podido observar con júbilo aquí, en Eslovaquia.
Todo sea por no dejarlo caer en el olvido. No se lo merece.
Histeria colectiva
Ya comenzó la pandemia... aunque de otra manera. Es lo que tienen las noticias de moda, son como las canciones de Juanes: de tanto que te masacran a diario con ellas, terminan por alojarse en tu cerebro, y no hay forma de sacárselas de ahí.
Y es que, maldita gripe aviar. Porque ya han anunciado varios casos de gallinas infectadas en Rusia y Rumanía, donde también ha aparecido una garza muerta... y un loro en cuarentena en Inglaterra... y dos cisnes en Croacia... y yo no paro de sufrir alucinaciones con los gorriones que se posan en mi ventana, me aterrorizan más que el mismísimo carnicero de Milwaukee, se me aparece Hitchcock holografiado en la cristalera.
Todo sea que ahora las cigüeñas también se contagien, y los niños empiecen a venir de París, no con un pan bajo el brazo, sino con una preciosa colonia de impúberes hachecincos dispuestos a crecer fuertotes y sanotes entre los humanos...
Y es que, maldita gripe aviar. Porque ya han anunciado varios casos de gallinas infectadas en Rusia y Rumanía, donde también ha aparecido una garza muerta... y un loro en cuarentena en Inglaterra... y dos cisnes en Croacia... y yo no paro de sufrir alucinaciones con los gorriones que se posan en mi ventana, me aterrorizan más que el mismísimo carnicero de Milwaukee, se me aparece Hitchcock holografiado en la cristalera.
Todo sea que ahora las cigüeñas también se contagien, y los niños empiecen a venir de París, no con un pan bajo el brazo, sino con una preciosa colonia de impúberes hachecincos dispuestos a crecer fuertotes y sanotes entre los humanos...
Bratislava Blues (II)
En los días previos a mi partida, cuando explicaba que me marchaba a Eslovaquia, no eran pocos los comentarios que recibía acerca de “lo buenas que están las eslovacas”. Había incluso quien hablaba de “lo buenas que están las eslovenas”, que denota un nulo conocimiento geográfico, pero rima mejor. Y es que es bastante común que quien realice tales comentarios no sepa si te marchas a las faldas del Everest o a la península del Yucatán, tan solo que el nombre suena a exótico, y por tanto, allí debe haber tías buenas. Por cojones.
No sé si esta ley se cumplirá siempre con exactitud; yo sospecho que no. Sin embargo, no puedo más que asegurar que, en este caso, sí se cumple. Que existe el mito de las “eslobuenas”, vaya. Sin entrar en calificaciones numéricas, puede afirmarse, sin miedo a equivocarse, que la nota media no baja del notable. Pese al amplio surtido de ojos azules, que nunca fueron de mi agrado.
Pero, tal vez más que el hecho de que, como norma general, tengan unos rasgos faciales agradables, llama la atención la ausencia casi total de chicas entraditas en carnes. Supongo que la renta per cápita del país tampoco es una invitación a la gula sin freno, pero en cualquier caso, es realmente complicado encontrarse por la calle a una joven obesa, de las que en España se encuentran en cada esquina, o frente a cada tienda de golosinas. Incluso, desplazándose tan solo 50 kilómetros al oeste, hasta Viena, puede uno observar el nítido contraste entre unas y otras. Las vienesas llevan la palabra “salchicha” tatuada en la frente. En Bratislava, lo que se lleva es la carne magra.
No sé si esta ley se cumplirá siempre con exactitud; yo sospecho que no. Sin embargo, no puedo más que asegurar que, en este caso, sí se cumple. Que existe el mito de las “eslobuenas”, vaya. Sin entrar en calificaciones numéricas, puede afirmarse, sin miedo a equivocarse, que la nota media no baja del notable. Pese al amplio surtido de ojos azules, que nunca fueron de mi agrado.
Pero, tal vez más que el hecho de que, como norma general, tengan unos rasgos faciales agradables, llama la atención la ausencia casi total de chicas entraditas en carnes. Supongo que la renta per cápita del país tampoco es una invitación a la gula sin freno, pero en cualquier caso, es realmente complicado encontrarse por la calle a una joven obesa, de las que en España se encuentran en cada esquina, o frente a cada tienda de golosinas. Incluso, desplazándose tan solo 50 kilómetros al oeste, hasta Viena, puede uno observar el nítido contraste entre unas y otras. Las vienesas llevan la palabra “salchicha” tatuada en la frente. En Bratislava, lo que se lleva es la carne magra.
Bratislava Blues (I)
Helado de turrón: 20 céntimos de euro. Cubo y fregona: 2 euros. Comprobar que el taxista con aspecto de mafioso que te lleva del aeropuerto a la residencia no te ha secuestrado: no tiene precio.
Bratislava es así. Casi podría decirse que son dos ciudades en una. A partir de las seis de la tarde, cuando anochece, la ciudad está desierta, lo que, unido a la oscuridad y los bloques comunistas de los que está compuesta en gran parte, le confiere un aspecto tétrico. Llegar de noche es poco menos que enfrentarse a un reto. Porque os juro que acojona. Y mucho.
De día, sin embargo, la ciudad cambia radicalmente. Especialmente, si el sol alumbra. Es entonces cuando las calles se llenan de gente, y compruebas que eso que creías una ciudad muerta horas atrás, se trata de una ciudad llena de vida, por momentos bulliciosa, con un casco histórico que evoca irremediablemente a Praga, aunque, eso sí, a escala. Y es que Bratislava no es una metrópolis, sino una ciudad de tamaño mediano, casi podría decirse que pequeño, pues la mayor parte de su casi medio millón de habitantes vive en los barrios de la periferia.
La llegada aquí, lo confieso, se hizo dura. En realidad, no fue peor de lo que esperaba, pero por muy mentalizado que uno esté, siempre resulta difícil enfrentarse a algo tan diferente a lo que se está acostumbrado. Y no hablo tanto de la barrera idiomática, pues al fin y al cabo, el lenguaje gestual es algo lo suficientemente recurrente y efectivo, aquí y en Sebastopol. Pero, como digo, la primera impresión es un tanto chocante.
El aeropuerto de Bratislava, el R.M. Stefánik, no es Barajas, ni mucho menos. Es un aeropuerto pequeño, muy pequeño, y sin visos de destino puntero: una oficina de información y cambio de divisa por aquí –aparentemente atendida por el primero que se pase por allí -, un cajero por allá, y tres o cuatro oficinas vacías. A la salida, una fila de taxis, atendidos todos ellos por taxistas con cabeza brillante; calvos no: rapados. Todos reunidos en petite comitée, y en torno a ellos, el taxista veterano. El único con pelo. Don Vito. Viendo esa escena, no es de extrañar que haya que armarse de valor para osar acercarse a ellos. Y más aún para montar en el asiento trasero del Mercedes, donde Dios sabe qué podría acontecer. Y más aún si, a los quinientos metros de trayecto, el conductor comienza a susurrar en eslovaco a través del teléfono móvil. La sensación de alivio al ver cómo aparca delante de la residencia es indescriptible, si bien su duración es muy corta, pues acto seguido, llega la hora de la verdad, la hora de saber si esa noche será posible alojarse en la residencia, o bien habrá que buscar cualquier antro de mala muerte donde dejarse caer muerto. Y la primera impresión fue de lo segundo, pues ya era de noche, y allí no había nadie atendiendo, exceptuando el sexagenario recepcionista para quien el inglés debe ser algo así como una leyenda urbana. Afortunadamente, pasaba por allí un alumno local, que con gran amabilidad nos gestionó el alojamiento durante esa noche.
La residencia no es ningún lujo. Justo lo que esperaba, era perfectamente consciente del lugar al que venía. Siendo justos, tampoco se puede pedir lujo alguno por unos 36 euros mensuales. Y cierto es que los aseos dejan bastante que desear, y que el mobiliario es puro conglomerado, pero no son menos ciertas las dimensiones de la habitación: unos 35 metros cuadrados, por tres de alto. Más que las viviendas de Trujillo, en cualquier caso. Y con excelente iluminación. Sólo falta que el aislamiento térmico se muestre eficiente durante el frío invierno, con lo cual se convertiría en poco menos que un palacio.
La ciudad, como he dicho antes, tiene su encanto. A mis ojos, desde luego. Conserva el encanto típico de una ciudad del Este, del bloque comunista. Es algo que se nota en muchos edificios, pero también en otros detalles, como el tranvía. Parece increíble que una ciudad como Bratislava tenga la densa red de tranvías que tiene. Tranvías que atraviesan y cruzan las carreteras como un vehículo más. Tranvías de todos los colores y formas, con publicidad o sin ella. Donde los billetes se compran por minutos de trayecto, y no por destino. Realmente bucólico.
Y lo más sorprendente de todo es comprobar cómo ese aparente caos circulatorio, donde se mezclan la ausencia de señalización, la deficiente pavimentación, los peatones, los semáforos que cambian de verde a rojo por arte de magia, los automóviles, los autobuses, los trolebuses y los tranvías, se revela efectivo, gracias a una única premisa: el respeto. Raro es ver peatones cruzar en rojo, como raro es ver coches circular a más de 30 kilómetros por hora, pese a estar limitada la velocidad a 60.
Por lo demás, comienzan a hacerse patentes algunos efectos de la progresiva occidentalización. Mucho cartel de Coca-Cola, algunos puestos de comida rápida y kebabs. Un hipermercado Tesco en el centro de la ciudad, donde puede uno encontrar todo lo necesario, sin tener que pedir nada al dependiente mediante gestos. Que también se agradece. Entres dos y tres veces más barato que en España. O más, según el tipo de artículo del que se trate. Tan solo la ropa, por lo que he podido ver, se acerca a los precios a los que estamos acostumbrados.
Pero, de momento, me quedo con la amabilidad de la gente. Nadie ha puesto la más mínima pega para ayudar con la traducción, mostrándose, por el contrario, muy amable y servicial. Y eso, créanme, es lo que más puede uno agradecer cuando llega a un lugar tan diferente.
El próximo capítulo, que sin duda me catapultará al Olimpo de los más leídos, sobre las mujeres eslovacas. Que es un tema aparte.
Bratislava es así. Casi podría decirse que son dos ciudades en una. A partir de las seis de la tarde, cuando anochece, la ciudad está desierta, lo que, unido a la oscuridad y los bloques comunistas de los que está compuesta en gran parte, le confiere un aspecto tétrico. Llegar de noche es poco menos que enfrentarse a un reto. Porque os juro que acojona. Y mucho.
De día, sin embargo, la ciudad cambia radicalmente. Especialmente, si el sol alumbra. Es entonces cuando las calles se llenan de gente, y compruebas que eso que creías una ciudad muerta horas atrás, se trata de una ciudad llena de vida, por momentos bulliciosa, con un casco histórico que evoca irremediablemente a Praga, aunque, eso sí, a escala. Y es que Bratislava no es una metrópolis, sino una ciudad de tamaño mediano, casi podría decirse que pequeño, pues la mayor parte de su casi medio millón de habitantes vive en los barrios de la periferia.
La llegada aquí, lo confieso, se hizo dura. En realidad, no fue peor de lo que esperaba, pero por muy mentalizado que uno esté, siempre resulta difícil enfrentarse a algo tan diferente a lo que se está acostumbrado. Y no hablo tanto de la barrera idiomática, pues al fin y al cabo, el lenguaje gestual es algo lo suficientemente recurrente y efectivo, aquí y en Sebastopol. Pero, como digo, la primera impresión es un tanto chocante.
El aeropuerto de Bratislava, el R.M. Stefánik, no es Barajas, ni mucho menos. Es un aeropuerto pequeño, muy pequeño, y sin visos de destino puntero: una oficina de información y cambio de divisa por aquí –aparentemente atendida por el primero que se pase por allí -, un cajero por allá, y tres o cuatro oficinas vacías. A la salida, una fila de taxis, atendidos todos ellos por taxistas con cabeza brillante; calvos no: rapados. Todos reunidos en petite comitée, y en torno a ellos, el taxista veterano. El único con pelo. Don Vito. Viendo esa escena, no es de extrañar que haya que armarse de valor para osar acercarse a ellos. Y más aún para montar en el asiento trasero del Mercedes, donde Dios sabe qué podría acontecer. Y más aún si, a los quinientos metros de trayecto, el conductor comienza a susurrar en eslovaco a través del teléfono móvil. La sensación de alivio al ver cómo aparca delante de la residencia es indescriptible, si bien su duración es muy corta, pues acto seguido, llega la hora de la verdad, la hora de saber si esa noche será posible alojarse en la residencia, o bien habrá que buscar cualquier antro de mala muerte donde dejarse caer muerto. Y la primera impresión fue de lo segundo, pues ya era de noche, y allí no había nadie atendiendo, exceptuando el sexagenario recepcionista para quien el inglés debe ser algo así como una leyenda urbana. Afortunadamente, pasaba por allí un alumno local, que con gran amabilidad nos gestionó el alojamiento durante esa noche.
La residencia no es ningún lujo. Justo lo que esperaba, era perfectamente consciente del lugar al que venía. Siendo justos, tampoco se puede pedir lujo alguno por unos 36 euros mensuales. Y cierto es que los aseos dejan bastante que desear, y que el mobiliario es puro conglomerado, pero no son menos ciertas las dimensiones de la habitación: unos 35 metros cuadrados, por tres de alto. Más que las viviendas de Trujillo, en cualquier caso. Y con excelente iluminación. Sólo falta que el aislamiento térmico se muestre eficiente durante el frío invierno, con lo cual se convertiría en poco menos que un palacio.
La ciudad, como he dicho antes, tiene su encanto. A mis ojos, desde luego. Conserva el encanto típico de una ciudad del Este, del bloque comunista. Es algo que se nota en muchos edificios, pero también en otros detalles, como el tranvía. Parece increíble que una ciudad como Bratislava tenga la densa red de tranvías que tiene. Tranvías que atraviesan y cruzan las carreteras como un vehículo más. Tranvías de todos los colores y formas, con publicidad o sin ella. Donde los billetes se compran por minutos de trayecto, y no por destino. Realmente bucólico.
Y lo más sorprendente de todo es comprobar cómo ese aparente caos circulatorio, donde se mezclan la ausencia de señalización, la deficiente pavimentación, los peatones, los semáforos que cambian de verde a rojo por arte de magia, los automóviles, los autobuses, los trolebuses y los tranvías, se revela efectivo, gracias a una única premisa: el respeto. Raro es ver peatones cruzar en rojo, como raro es ver coches circular a más de 30 kilómetros por hora, pese a estar limitada la velocidad a 60.
Por lo demás, comienzan a hacerse patentes algunos efectos de la progresiva occidentalización. Mucho cartel de Coca-Cola, algunos puestos de comida rápida y kebabs. Un hipermercado Tesco en el centro de la ciudad, donde puede uno encontrar todo lo necesario, sin tener que pedir nada al dependiente mediante gestos. Que también se agradece. Entres dos y tres veces más barato que en España. O más, según el tipo de artículo del que se trate. Tan solo la ropa, por lo que he podido ver, se acerca a los precios a los que estamos acostumbrados.
Pero, de momento, me quedo con la amabilidad de la gente. Nadie ha puesto la más mínima pega para ayudar con la traducción, mostrándose, por el contrario, muy amable y servicial. Y eso, créanme, es lo que más puede uno agradecer cuando llega a un lugar tan diferente.
El próximo capítulo, que sin duda me catapultará al Olimpo de los más leídos, sobre las mujeres eslovacas. Que es un tema aparte.
El Éxito
Yo creo que es una pregunta que todo el mundo se ha hecho en alguna ocasión. ¿Qué es el Éxito? ¿Dónde reside? ¿Cómo alcanzarlo?. Y todas esas preguntas que, envueltas en un denso halo de retórica de saldo, rezan los manuales americanos de autoayuda y que yo, haciendo gala de mi inequívoca vocación de manual de autoayuda, tampoco eludo.
Sinceramente, pienso que los autores de los mentandos manuales de autoayuda son tipos de lo más listo que hay sobre la faz de la Tierra. Listos, en el sentido de astutos, claro, aunque no exentos de psicología, ya que suelen clavar las inquietudes de la gente. Eso sí, a la hora de materializar las respuestas a esas inquietudes, la cagan de lo lindo. Y no solo porque los ejemplos pretendidamente reales sean del todo ridículos. “Jack no estaba satisfecho en su trabajo. Se sentía agobiado, desmotivado. Pero un día, Jack pensó que aquello no podía seguir así. Jack se dio cuenta de que debía dar a su vida un giro de 180º. Y entonces, vio que su compañera Sheila no era la misma de antes, que ella sí había cambiado. Que no era la misma que conoció en la facultad. Y John decidió seguir sus pasos”. Tampoco por sus sonrojantes metáforas para párvulos, como la archifamosa obra de Spencer Johnson sobre los liliputienses, los ratones y el queso, que llega a producir compasión en el lector, cuando no ganas de arrojar dicha publicación por la letrina. Y es que, hablando de letrinas, donde realmente la cagan, es en el enfoque.
Sí, ya sé que esos manuales llevan una clara intención, que aplaudirían sin dudarlo todos los patronos y peces gordos del mundo empresarial, y que, desde ese punto de vista, no la cagan, sino que transmiten exactamente lo que quieren transmitir. No en vano, suelen ser esos jefazos quienes, con todo el cinismo del mundo, recomiendan a sus empleados esos manuales. “Cómo ser feliz en tu trabajo en 5 pasos (mientras yo te destripo)”. Bla, bla, bla.
Pero si nos atenemos exclusivamente a la terminología de la palabra “autoayuda”, el efecto es el contrario. No tratan de ayudarte, sino llevarte por el sendero que han diseñado para ti.
Desde luego, si a mí me preguntasen qué es el Éxito, lo tengo muy claro. Para mí, tener Éxito es que, cuando te llegue la hora, nadie te recuerde como “José, el arquitecto” ni como “Carlos, el carpintero”. Que nadie te recuerde por tu profesión, sino por alguna cualidad humana. Porque las personas no somos nuestra profesión.
Y no hablo de que te recuerden como “una buena persona”, lo cual seguramente sea indicativo de que hayas sido un idiota cuya memoria haya que consolar. Como lo del buen cutis de las gorditas, vaya. Aunque, en cualquier caso, es preferible ser recordado como “José, el gilipollas” a serlo por la profesión. O "el que sonreía por las mañanas”, “el tímido”, “el de la voz de pito”, lo que sea, cualquier cosa, pero qué menos que ser recordado como persona.
Parece una bobada, pero en estos tiempos que corren, es harto difícil conseguir eso. Es todo un reto. Díganme, sino, a cuántas personas de su entorno alude usted, sí, usted, mi fiel y acérrimo lector, por su profesión, y a cuántas por alguna característica propia de dicha persona...
Sinceramente, pienso que los autores de los mentandos manuales de autoayuda son tipos de lo más listo que hay sobre la faz de la Tierra. Listos, en el sentido de astutos, claro, aunque no exentos de psicología, ya que suelen clavar las inquietudes de la gente. Eso sí, a la hora de materializar las respuestas a esas inquietudes, la cagan de lo lindo. Y no solo porque los ejemplos pretendidamente reales sean del todo ridículos. “Jack no estaba satisfecho en su trabajo. Se sentía agobiado, desmotivado. Pero un día, Jack pensó que aquello no podía seguir así. Jack se dio cuenta de que debía dar a su vida un giro de 180º. Y entonces, vio que su compañera Sheila no era la misma de antes, que ella sí había cambiado. Que no era la misma que conoció en la facultad. Y John decidió seguir sus pasos”. Tampoco por sus sonrojantes metáforas para párvulos, como la archifamosa obra de Spencer Johnson sobre los liliputienses, los ratones y el queso, que llega a producir compasión en el lector, cuando no ganas de arrojar dicha publicación por la letrina. Y es que, hablando de letrinas, donde realmente la cagan, es en el enfoque.
Sí, ya sé que esos manuales llevan una clara intención, que aplaudirían sin dudarlo todos los patronos y peces gordos del mundo empresarial, y que, desde ese punto de vista, no la cagan, sino que transmiten exactamente lo que quieren transmitir. No en vano, suelen ser esos jefazos quienes, con todo el cinismo del mundo, recomiendan a sus empleados esos manuales. “Cómo ser feliz en tu trabajo en 5 pasos (mientras yo te destripo)”. Bla, bla, bla.
Pero si nos atenemos exclusivamente a la terminología de la palabra “autoayuda”, el efecto es el contrario. No tratan de ayudarte, sino llevarte por el sendero que han diseñado para ti.
Desde luego, si a mí me preguntasen qué es el Éxito, lo tengo muy claro. Para mí, tener Éxito es que, cuando te llegue la hora, nadie te recuerde como “José, el arquitecto” ni como “Carlos, el carpintero”. Que nadie te recuerde por tu profesión, sino por alguna cualidad humana. Porque las personas no somos nuestra profesión.
Y no hablo de que te recuerden como “una buena persona”, lo cual seguramente sea indicativo de que hayas sido un idiota cuya memoria haya que consolar. Como lo del buen cutis de las gorditas, vaya. Aunque, en cualquier caso, es preferible ser recordado como “José, el gilipollas” a serlo por la profesión. O "el que sonreía por las mañanas”, “el tímido”, “el de la voz de pito”, lo que sea, cualquier cosa, pero qué menos que ser recordado como persona.
Parece una bobada, pero en estos tiempos que corren, es harto difícil conseguir eso. Es todo un reto. Díganme, sino, a cuántas personas de su entorno alude usted, sí, usted, mi fiel y acérrimo lector, por su profesión, y a cuántas por alguna característica propia de dicha persona...
Yo sería un buen Ministro de Economía
Pues oye, que a mí me parece perfecto que se suban los impuestos del alcohol y el tabaco. Al fin y al cabo, hace años que no voy a ver partidos de fútbol por temor a que el orondo fumador de purito Reig de la fila de delante me provoque un ataque de asma. Es más, a mí me parece demasiado benévola esa subida. Yo me iría al 20%, y de paso, además de la Sanidad, sufragaba también la pesca de bajura y compraba brea para asfaltar la mitad de las carreteras.
No crean que estoy ironizando sobre el tema. Lo digo muy en serio. ¿Que sube el IPC? Eso tiene fácil solución: se deja de computar el alcohol y el tabaco como “artículo de primera necesidad”. Que manda huevos.
Y ya puestos, si en mis manos estuviera, también subiría los impuestos a diversos colectivos. Por ejemplo, a los que hacen sudokus. Por cobardes. Porque es un pasatiempo para cobardes. No tienes que estrujarte las meninges, siempre sale, es puramente mecánico. Si has hecho uno, los has hecho todos. Por si fuera poco, hasta este año, uno podía hacerse rico con el Gran Crucigrama de Verano de cualquier publicación. Ahora eso ha desaparecido, si quieres hacerte rico, no hay más opción que pasar por el aro del Sudoku de Verano. ¡Qué demonios! Pues si tienen ese privilegio, que también tengan obligaciones. Yo propongo un 3% de Impuesto sobre la Renta a todo aquel que haga sudokus.
Otra medida sería gravar los discos del Papichulo, el Daddy Yankee, y en general, cualquier morralla grabada en Puerto Rico, con 25 céntimos de euro por unidad, pasando a denominarlo el Canon del mal gusto.
Del mismo modo, una solución más que razonable sería cobrar una multa adicional de 100 euros a todo aquel que alquile apartamentos en Benidorm, Torrevieja, Altea, Gandía, Cullera y Peñíscola y se quede atascado en alguna retención de tráfico. Por borrego, por gilipollas y por reincidente.
También se me antoja una excelente idea subir los impuestos de las camisetas de Fernando Alonso (un 10% adicional no estaría mal), que tengo cada vez más complejo de presidiario, viendo a todos vestiditos de la misma manera.
Y por supuesto, aumentaría 5 euros en concepto de impuestos al Código Da Vinci, La Hermandad de la Sábana Santa, Ángeles y Demonios y demás pseudo-literatura religioso-medieval-conspiranoica. A ver si dentro de 500 años tienen narices para relacionar mi sistema tributario con alguna logia masónica o con el Santo Grial de los cojones.
Definitivamente, si yo fuese Ministro de Economía, íbamos a ser Potencia Mundial.
No crean que estoy ironizando sobre el tema. Lo digo muy en serio. ¿Que sube el IPC? Eso tiene fácil solución: se deja de computar el alcohol y el tabaco como “artículo de primera necesidad”. Que manda huevos.
Y ya puestos, si en mis manos estuviera, también subiría los impuestos a diversos colectivos. Por ejemplo, a los que hacen sudokus. Por cobardes. Porque es un pasatiempo para cobardes. No tienes que estrujarte las meninges, siempre sale, es puramente mecánico. Si has hecho uno, los has hecho todos. Por si fuera poco, hasta este año, uno podía hacerse rico con el Gran Crucigrama de Verano de cualquier publicación. Ahora eso ha desaparecido, si quieres hacerte rico, no hay más opción que pasar por el aro del Sudoku de Verano. ¡Qué demonios! Pues si tienen ese privilegio, que también tengan obligaciones. Yo propongo un 3% de Impuesto sobre la Renta a todo aquel que haga sudokus.
Otra medida sería gravar los discos del Papichulo, el Daddy Yankee, y en general, cualquier morralla grabada en Puerto Rico, con 25 céntimos de euro por unidad, pasando a denominarlo el Canon del mal gusto.
Del mismo modo, una solución más que razonable sería cobrar una multa adicional de 100 euros a todo aquel que alquile apartamentos en Benidorm, Torrevieja, Altea, Gandía, Cullera y Peñíscola y se quede atascado en alguna retención de tráfico. Por borrego, por gilipollas y por reincidente.
También se me antoja una excelente idea subir los impuestos de las camisetas de Fernando Alonso (un 10% adicional no estaría mal), que tengo cada vez más complejo de presidiario, viendo a todos vestiditos de la misma manera.
Y por supuesto, aumentaría 5 euros en concepto de impuestos al Código Da Vinci, La Hermandad de la Sábana Santa, Ángeles y Demonios y demás pseudo-literatura religioso-medieval-conspiranoica. A ver si dentro de 500 años tienen narices para relacionar mi sistema tributario con alguna logia masónica o con el Santo Grial de los cojones.
Definitivamente, si yo fuese Ministro de Economía, íbamos a ser Potencia Mundial.
La Generación de la Hipocondría
Será que me estoy haciendo viejo antes de tiempo, o será que vuelve a aflorar en mí la vena de la compasión, pero lo cierto es que me siento mal, muy mal, con lo que están haciendo con nuestros mayores. Y no hablo de las miserables pensiones que reciben la mayoría, ni tan siquiera de la vergonzosa situación creada en torno a las residencias para la tercera edad. Hablo de algo mucho más grave, que se está fomentando desde la televisión pública. Hablo del programa Saber Vivir.
Es como una ceremonia religiosa. Cada mañana, a eso de las diez en punto, minuto arriba, minuto abajo, el gurú Manuel Torreiglesias asoma el careto por la pantalla de millones de hogares españoles, en los cuales la edad media rara vez baja de los sesenta años, y comienza a relatar a su ansiosa audiencia las pautas a seguir para llevar una vida sana. ¡Y es que no hay derecho! Nos quejamos de que estamos creando una juventud de vagos, maleantes y drogadictos, y omitimos un hecho tanto o más preocupante, y es que estamos creando una tercera edad de hipocondríacos.
Podrán estar sanos y joviales, que se verán viejos y achacosos. Podrán ir a darse un paseo y encontrarse en perfectas condiciones, que en su mente tintineará la palabra taquicardia cada cinco segundos. Se irán a Benidorm o a los bailes de salón, pero a las diez en punto clavadas habrán de tomarse la tensión. Con el tensiómetro de Saber Vivir, of course. “Quince cuatro, nueve dos. La tienes algo alta, Luisa”. “Bueno, es que hemos comido tarde...”. “Nada, nada. Tómate la pastilla inmediatamente”. Y, desde luego, nada de langostinos en Nochevieja, que te ponen el colesterol por las nubes.
Mi abuelo se compró un ordenador hace más de dos años. Tiene dos programas: uno con ciento cincuenta tipos diferentes de solitarios, y otro para hacer tarjetas de visita, cuyos resultados me muestra orgulloso, aunque dudo que le sirvan para nada más que para depositarlas en las urnas de los funerales. Recientemente, puso conexión a Internet, pero tan sólo se ha conectado en dos ocasiones. La primera, para recabar información sobre la taquicardia y la hipertensión. La segunda, sobre la artritis, la diabetes y el espolón.
No sé, a mí me preocupa todo esto. Se supone que, después de toda una vida de trabajo, deberían estar en una época de relax y descanso, de disfrutar al máximo lo que les resta de vida, y en cambio, los tenemos angustiaditos perdidos, acojonados y maniatados. Hipocondríacos, vaya.
Es como una ceremonia religiosa. Cada mañana, a eso de las diez en punto, minuto arriba, minuto abajo, el gurú Manuel Torreiglesias asoma el careto por la pantalla de millones de hogares españoles, en los cuales la edad media rara vez baja de los sesenta años, y comienza a relatar a su ansiosa audiencia las pautas a seguir para llevar una vida sana. ¡Y es que no hay derecho! Nos quejamos de que estamos creando una juventud de vagos, maleantes y drogadictos, y omitimos un hecho tanto o más preocupante, y es que estamos creando una tercera edad de hipocondríacos.
Podrán estar sanos y joviales, que se verán viejos y achacosos. Podrán ir a darse un paseo y encontrarse en perfectas condiciones, que en su mente tintineará la palabra taquicardia cada cinco segundos. Se irán a Benidorm o a los bailes de salón, pero a las diez en punto clavadas habrán de tomarse la tensión. Con el tensiómetro de Saber Vivir, of course. “Quince cuatro, nueve dos. La tienes algo alta, Luisa”. “Bueno, es que hemos comido tarde...”. “Nada, nada. Tómate la pastilla inmediatamente”. Y, desde luego, nada de langostinos en Nochevieja, que te ponen el colesterol por las nubes.
Mi abuelo se compró un ordenador hace más de dos años. Tiene dos programas: uno con ciento cincuenta tipos diferentes de solitarios, y otro para hacer tarjetas de visita, cuyos resultados me muestra orgulloso, aunque dudo que le sirvan para nada más que para depositarlas en las urnas de los funerales. Recientemente, puso conexión a Internet, pero tan sólo se ha conectado en dos ocasiones. La primera, para recabar información sobre la taquicardia y la hipertensión. La segunda, sobre la artritis, la diabetes y el espolón.
No sé, a mí me preocupa todo esto. Se supone que, después de toda una vida de trabajo, deberían estar en una época de relax y descanso, de disfrutar al máximo lo que les resta de vida, y en cambio, los tenemos angustiaditos perdidos, acojonados y maniatados. Hipocondríacos, vaya.
My rabbit is very long
Les invito a que hagan un ejercicio mental y piensen en ese pobre mancebo de Antequera que, de la noche a la mañana, se encuentra en un mundo globalizado, donde todo el mundo se comunica por videoconferencia y hace las compras por Internet. Todo ello en inglés, of course. Y nuestro Paco se acerca un día a la playa, y ve a una sueca de quitar el hipo. Pero claro, ahora ya no vale meterse en la piel de Esteso y gritar “¡Jamonaaaa!”, ahora hay que ser más civilizado, más sofisticado, que estamos en la Era Tecnológica. Así que, arremangándose las patas del bañador y agarrándose los huevos con delicadeza, se acerca a la rubicunda muchacha, y con cara de hondo sentimiento, y una atractiva sonrisa de gentleman inglés, le espeta el latigazo final:“Mi rabbit is very long”. Más chulo que un ocho. Con ese rostro de satisfacción por el trabajo bien hecho.
La sueca, que es de un barrio pijo de Göteborg, le observa, pasmada por tan poco glamour. Él, convencido de que la aludida longitud de su miembro viril será un argumento sólido para llevársela al catre, sonríe nuevamente. Sin embargo, ella, recatada como es, comienza a reír de forma entrecortada, con la mano delante de la boca, a la vez que exclama: “What a gay guy!”. Que vendría a ser algo así como “¡Qué tipo más simpático!”, pero que a los oídos de nuestro amigo, suena a una directa alusión a su poca hombría. Y para más inri, repetida, con recochineo.
Así que nuestro Don Juan patrio se va cabizbajo, totalmente deshecho, a punto de estallar en sollozos. Y todo, porque no sabía que el significado de “rabbit” no es “rabo”, sino “conejo”.
¡Cuánto más sencillo no sería todo si nos comunicásemos todos en castellano!
Y es que, me reconocerán, el castellano le da mil vueltas al inglés. Puede que más, incluso. No sólo por su incuestionable eufonía, sino por su gramática perfecta, su adecuación gráfico-fónica,... por todo, en definitiva. Es la lengua perfecta, nunca me cansaré de decirlo. Y no es que tenga resquemor alguno para con el idioma inglés, que lo hablo y con un perfecto acento de Birmingham. Pero es que es un idioma retorcido, ¡recórcholis!
Fíjense, por ejemplo, en el término “go down”. Uno de los famosos phrasal verbs, o lo que es lo mismo, un interminable listado de perversiones lingüísticas sólo al alcance de los ingleses. Su traducción literal sería “ir abajo”. Sin embargo, si tú vas a Inglaterra y lo mencionas, puedes estar diciendo que bajas las escaleras. O que te dejas caer por la oficina. O que ese edificio se derrumba. También puedes estar diciendo que viajas a un lugar concreto. O que te pones de cuclillas. O que el precio de la gasolina se abarata (sic). O que la comida se deteriora. Pero también puedes estar diciendo que un balón se desinfla. O que algo raro sucede. O que una ampolla desaparece. O que se produce una reacción curiosa. Incluso puedes estar diciendo que ese vino de Valdepeñas entra muy bien. O que el sol se está poniendo. O que el Titanic se hunde. O que el helicóptero se estrella. Y si nos ponemos tontos, también puedes estar diciendo que te mantienes en tus trece. O que pierdes un partido. O que el Salamanca ha bajado a 2ª B. Es más, también puedes estar diciendo que has anotado algo en tu bloc de notas. O que el ordenador la ha cascado. O que ya has terminado la universidad. Pero no se piensen que todo queda aquí. Porque también puedes estar diciendo que se la estás chupando a alguien.
Y ese último significado, en manos de Paco, creo que es bastante peligroso... pero ese es un tema que dejaré para otro post...
La sueca, que es de un barrio pijo de Göteborg, le observa, pasmada por tan poco glamour. Él, convencido de que la aludida longitud de su miembro viril será un argumento sólido para llevársela al catre, sonríe nuevamente. Sin embargo, ella, recatada como es, comienza a reír de forma entrecortada, con la mano delante de la boca, a la vez que exclama: “What a gay guy!”. Que vendría a ser algo así como “¡Qué tipo más simpático!”, pero que a los oídos de nuestro amigo, suena a una directa alusión a su poca hombría. Y para más inri, repetida, con recochineo.
Así que nuestro Don Juan patrio se va cabizbajo, totalmente deshecho, a punto de estallar en sollozos. Y todo, porque no sabía que el significado de “rabbit” no es “rabo”, sino “conejo”.
¡Cuánto más sencillo no sería todo si nos comunicásemos todos en castellano!
Y es que, me reconocerán, el castellano le da mil vueltas al inglés. Puede que más, incluso. No sólo por su incuestionable eufonía, sino por su gramática perfecta, su adecuación gráfico-fónica,... por todo, en definitiva. Es la lengua perfecta, nunca me cansaré de decirlo. Y no es que tenga resquemor alguno para con el idioma inglés, que lo hablo y con un perfecto acento de Birmingham. Pero es que es un idioma retorcido, ¡recórcholis!
Fíjense, por ejemplo, en el término “go down”. Uno de los famosos phrasal verbs, o lo que es lo mismo, un interminable listado de perversiones lingüísticas sólo al alcance de los ingleses. Su traducción literal sería “ir abajo”. Sin embargo, si tú vas a Inglaterra y lo mencionas, puedes estar diciendo que bajas las escaleras. O que te dejas caer por la oficina. O que ese edificio se derrumba. También puedes estar diciendo que viajas a un lugar concreto. O que te pones de cuclillas. O que el precio de la gasolina se abarata (sic). O que la comida se deteriora. Pero también puedes estar diciendo que un balón se desinfla. O que algo raro sucede. O que una ampolla desaparece. O que se produce una reacción curiosa. Incluso puedes estar diciendo que ese vino de Valdepeñas entra muy bien. O que el sol se está poniendo. O que el Titanic se hunde. O que el helicóptero se estrella. Y si nos ponemos tontos, también puedes estar diciendo que te mantienes en tus trece. O que pierdes un partido. O que el Salamanca ha bajado a 2ª B. Es más, también puedes estar diciendo que has anotado algo en tu bloc de notas. O que el ordenador la ha cascado. O que ya has terminado la universidad. Pero no se piensen que todo queda aquí. Porque también puedes estar diciendo que se la estás chupando a alguien.
Y ese último significado, en manos de Paco, creo que es bastante peligroso... pero ese es un tema que dejaré para otro post...
La fogosidad y el tocino
Sucedió el otro día algo que me llamó mucho la atención. Según salía del portal de mi edificio, a unos quince metros de distancia, vi a una pareja joven dándose el lote de forma descarada, a la vista de todo el mundo. Comiéndose la boca, que suele decirse. No fue, sin embargo, tal descaro lo que llamó mi atención, sino más bien la sensación de que yo conocía al fulano en cuestión. Disimuladamente, pasé por su lado, y se confirmó lo que ya viéndole de espaldas me suponía. Era un antiguo compañero del equipo de fútbol, el típico tuercebotas que se apunta al fútbol porque sus padres le obligan a hacer deporte, a fin de evitar tenerle todo el día delante de la PlayStation, y por consiguiente, que la báscula dé un veredicto de tres dígitos.
Orondo, seguía siéndolo, pero mira tú, el gordito ahora tiene novia. Y el gordito, aquel mismo gordito que se pasaba 89 minutos en el banquillo, ahora es un exitoso gentleman, todo un galán. Y, como tal, en un alarde de romanticismo exacerbado, nos deleita a todos los ciudadanos con apasionados ósculos lenguados de cinco minutos, recíproca ingesta de babas incluída.
Me parece bastante sintomático, pues no se trata de un hecho aislado. Por lo que he podido observar, y no han sido pocos casos, son los gorditos/as y feos/as, y la carne de burla en general, los más exagerados a la hora de cumplir con el rito social del acaramelamiento público. Y que nadie me haga creer que es por histrionismo, ni por tendencia exhibicionista alguna, que la policía no es tonta. Es un rito de autoafirmación, de demostrar al mundo y gritar a los cuatro vientos que “¡A mí también me quieren!”.
Yo no les culpo, la verdad. Les comprendo, quiero decir. Entiendo perfectamente que debe ser muy duro tener que soportar la insensibilidad de cierta gente, o lo que es peor, la autocensura. Porque, qué duda cabe que, quien tiene problemas de obesidad, o sufre la putada de que la naturaleza se haya cebado sin piedad con su rostro, no puede estar contento de ello, por más que sea capaz de simularlo, y eso ha de derivar, forzosamente, en autocensura y pérdida de autoestima, especialmente en una sociedad que se mueve al compás de la tiranía de la apariencia.
Es por ello que este hecho, más que repulsión, me produce compasión. En otras circunstancias, me produciría únicamente lo primero, pues siempre he pensado que eso que llaman amor no es un producto comercial que haya que publicitar al por mayor, y que los mayores alardes de amor apasionado son sinónimo de puro teatro. Pero yo les veo, me pongo en su acomplejada piel, y lo más que acierto a pensar es un sentido “pobrecico...”.
Por esa razón, cuando la chica fea de turno no para de hablar de lo mucho que le quiere su novio, no para de hablar por el móvil con él, elevando el tono de voz para hacerse audible, cuando no para de hablar de la infinidad de coleguis que tiene, y lo buenos coleguis que son, y lo bien que se lo pasan de fiestuki, como si eso fuese a cambiar la percepción que de ella pudiéramos tener los demás, no siento otra cosa que lástima, lástima por saber que esa persona nunca podrá actuar con libertad ni naturalidad, sino que está condenada a la esclavitud actitudinal, está condenada a vivir de cara a la galería, y esa es una existencia pobre, muy pobre. La superficialidad no es patrimonio exclusivo de las rubias cañón, no.
Tengo una compañera de clase (de las rubias cañón no, de las otras) que funciona exactamente así. En realidad, por ésta no siento compasión, sino puro asco. Me cae rematadamente mal, y no ha hecho nada para que así sea, excepto cumplir uno por uno todas las premisas arriba citadas. Pero es entendible...
... es pecosa.
Orondo, seguía siéndolo, pero mira tú, el gordito ahora tiene novia. Y el gordito, aquel mismo gordito que se pasaba 89 minutos en el banquillo, ahora es un exitoso gentleman, todo un galán. Y, como tal, en un alarde de romanticismo exacerbado, nos deleita a todos los ciudadanos con apasionados ósculos lenguados de cinco minutos, recíproca ingesta de babas incluída.
Me parece bastante sintomático, pues no se trata de un hecho aislado. Por lo que he podido observar, y no han sido pocos casos, son los gorditos/as y feos/as, y la carne de burla en general, los más exagerados a la hora de cumplir con el rito social del acaramelamiento público. Y que nadie me haga creer que es por histrionismo, ni por tendencia exhibicionista alguna, que la policía no es tonta. Es un rito de autoafirmación, de demostrar al mundo y gritar a los cuatro vientos que “¡A mí también me quieren!”.
Yo no les culpo, la verdad. Les comprendo, quiero decir. Entiendo perfectamente que debe ser muy duro tener que soportar la insensibilidad de cierta gente, o lo que es peor, la autocensura. Porque, qué duda cabe que, quien tiene problemas de obesidad, o sufre la putada de que la naturaleza se haya cebado sin piedad con su rostro, no puede estar contento de ello, por más que sea capaz de simularlo, y eso ha de derivar, forzosamente, en autocensura y pérdida de autoestima, especialmente en una sociedad que se mueve al compás de la tiranía de la apariencia.
Es por ello que este hecho, más que repulsión, me produce compasión. En otras circunstancias, me produciría únicamente lo primero, pues siempre he pensado que eso que llaman amor no es un producto comercial que haya que publicitar al por mayor, y que los mayores alardes de amor apasionado son sinónimo de puro teatro. Pero yo les veo, me pongo en su acomplejada piel, y lo más que acierto a pensar es un sentido “pobrecico...”.
Por esa razón, cuando la chica fea de turno no para de hablar de lo mucho que le quiere su novio, no para de hablar por el móvil con él, elevando el tono de voz para hacerse audible, cuando no para de hablar de la infinidad de coleguis que tiene, y lo buenos coleguis que son, y lo bien que se lo pasan de fiestuki, como si eso fuese a cambiar la percepción que de ella pudiéramos tener los demás, no siento otra cosa que lástima, lástima por saber que esa persona nunca podrá actuar con libertad ni naturalidad, sino que está condenada a la esclavitud actitudinal, está condenada a vivir de cara a la galería, y esa es una existencia pobre, muy pobre. La superficialidad no es patrimonio exclusivo de las rubias cañón, no.
Tengo una compañera de clase (de las rubias cañón no, de las otras) que funciona exactamente así. En realidad, por ésta no siento compasión, sino puro asco. Me cae rematadamente mal, y no ha hecho nada para que así sea, excepto cumplir uno por uno todas las premisas arriba citadas. Pero es entendible...
... es pecosa.
¿Dónde están los crespones?
¡Qué insensibles somos! ¡Qué poca solidaridad! El mundo entero debería estar consternado por tamaña tragedia. ¿Hacia dónde vamos?
Yo creo que deberíamos impulsar una campaña de lazos negros para solidarizarnos. Multitudinarias manifestaciones en las que todos gritásemos al unísono una misma consigna. Que se oiga en toda la Castellana eso de “Todos somos la NASA”. Trafalgar Square hasta la bandera:“We’re all NASA”. Que las calles de París se llenen de “Tous nous sommes la NASA”, que se oiga en todo Milán un sonoro “Tutti siamo la NASA”.
”¡Discovery, amigo, el pueblo está contigo!”. Un pueblo, una voz.
¿Quién se ha parado a pensar en ese pobre ingenierito de Cincinnati que dependía del éxito de la misión para poder hacer efectiva la manutención de su numerosa prole humana y animal, y que se verá obligado a servir Big Macs hasta altas horas de la madrugada? ¿Quién se ha parado a pensar en esos pobres astronautas que no han podido cumplir ese sueño al que, desde que vieron a Neil Armstrong en aquel fantástico estudio de Hollywood allá por 1969, se aferraban para sentirse realizados como personas? ¿Quién se ha parado a pensar en todos esos advenedizos en busca de respuestas sobre nuestro origen, que estarán condenados a seguir con su cacao mental?
Es una vergüenza, coño, sólo nos preocupamos de nosotros, somos unos egoístas de tres pares de cojones. "Bueno, todo ha salido bien, han podido aterrizar bien y no ha sucedido nada malo". ¿Pero cómo que no ha sucedido "nada malo"? El futuro de la humanidad está en juego, y nosotros haciendo caso omiso, mirándonos nuestro ombligo, y pensando en que si no tengo trabajo, que si no tengo casa, que si no tengo novia. Y esos miserables negritos del África tropical, que sólo piensan en quitarse las moscas de encima y mendigar cincuenta gramos de gachas, haciendo la vista gorda ante catástrofes de tal magnitud, que seguro que ni se imaginan todo el dinero que se ha ido con el Discovery... luego ellos se quejan porque no les condonan la deuda externa, que ya hay que tener huevos para ser tan cínico... ¡Dios, qué vergüenza siento de la raza humana, si pudiera pagarme una operación estética y convertirme en foca monje...!
Yo creo que deberíamos impulsar una campaña de lazos negros para solidarizarnos. Multitudinarias manifestaciones en las que todos gritásemos al unísono una misma consigna. Que se oiga en toda la Castellana eso de “Todos somos la NASA”. Trafalgar Square hasta la bandera:“We’re all NASA”. Que las calles de París se llenen de “Tous nous sommes la NASA”, que se oiga en todo Milán un sonoro “Tutti siamo la NASA”.
”¡Discovery, amigo, el pueblo está contigo!”. Un pueblo, una voz.
¿Quién se ha parado a pensar en ese pobre ingenierito de Cincinnati que dependía del éxito de la misión para poder hacer efectiva la manutención de su numerosa prole humana y animal, y que se verá obligado a servir Big Macs hasta altas horas de la madrugada? ¿Quién se ha parado a pensar en esos pobres astronautas que no han podido cumplir ese sueño al que, desde que vieron a Neil Armstrong en aquel fantástico estudio de Hollywood allá por 1969, se aferraban para sentirse realizados como personas? ¿Quién se ha parado a pensar en todos esos advenedizos en busca de respuestas sobre nuestro origen, que estarán condenados a seguir con su cacao mental?
Es una vergüenza, coño, sólo nos preocupamos de nosotros, somos unos egoístas de tres pares de cojones. "Bueno, todo ha salido bien, han podido aterrizar bien y no ha sucedido nada malo". ¿Pero cómo que no ha sucedido "nada malo"? El futuro de la humanidad está en juego, y nosotros haciendo caso omiso, mirándonos nuestro ombligo, y pensando en que si no tengo trabajo, que si no tengo casa, que si no tengo novia. Y esos miserables negritos del África tropical, que sólo piensan en quitarse las moscas de encima y mendigar cincuenta gramos de gachas, haciendo la vista gorda ante catástrofes de tal magnitud, que seguro que ni se imaginan todo el dinero que se ha ido con el Discovery... luego ellos se quejan porque no les condonan la deuda externa, que ya hay que tener huevos para ser tan cínico... ¡Dios, qué vergüenza siento de la raza humana, si pudiera pagarme una operación estética y convertirme en foca monje...!
Mis 40 Principales
Hoy voy a jugar a ser el tal Toni Aguilar, pero sin Shakiras ni Melendis de por medio.
No hace mucho comenté por ahí que algún día de estos colgaría mi lista con "Mis 40 Principales", que tenía por ahí perdida en alguna ignota carpeta de la saturadísima memoria de mi ordenador.
Casualmente, acabo de encontrarla ahora mismo, en una carpeta llamada Uninstall, dada mi afición a "codificar" los nombres de las carpetas, lo que en ocasiones se traduce en súbitas desapariciones de los ficheros.
Así pues, ahí va mi lista.
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1) Pink Floyd - Shine On You Crazy Diamond (I-V)
2) Rush - 2112
3) Led Zeppelin - Over The Hills And Far Away
4) Bryan Adams - Vanishing
5) Aerosmith - Dream On
6) Queen - Bohemian Rhapsody
7) Bob Dylan - Knockin' On Heaven's Door
8) Gary Moore - Still Got The Blues
9) Scorpions - No One Like You
10) The Moody Blues - Nights In White Satin
11) Creedence Clearwater Revival - Fortunate Son
12) Thin Lizzy - Jailbreak
13) David Bowie - Ziggy Stardust
14) Fleetwood Mac - Go Your Own Way
15) Radiohead - Creep
16) Los Piratas - Filofobia
17) Marillion - Fugazi
18) Patti Smith - Because The Night
19) Black Sabbath - Sabbath Bloody Sabbath
20) AC/DC - For Those About To Rock (We Salute You)
21) Keane - Bend And Break
22) Kansas - Point Of Know Return
23) Great White - Never Change Heart
24) Queensrÿche - I Don't Believe In Love
25) Bon Jovi - Livin' In A Prayer
26) Cream - Sunshine Of Your Love
27) Coldplay - Yellow
28) The Alarm - Where Were You Hiding When The Storm Broke
29) Metallica - Enter Sandman
30) Rainbow - I Surrender
31) Foreigner - I Want To Know What Love Is
32) Europe - Rock The Night
33) Dream Theater - Another Day
34) Manfred Mann - Spirits Of The Night
35) Porcupine Tree - Trains
36) Dokken - Alone Again
37) The Verve - Bitter Sweet Symphony
38) Status Quo - Whatever You Want
39) The Postal Service - Nothing Better
40) Robert Miles - Children
Es posible que, a día de hoy, cambiase alguna, o cuando menos, modificase su posición. Pero no voy a ponerme a trastocar todo, que no soy ningún crítico que se juegue el sueldo; tan sólo he introducido un tema muy reciente a mitad de tabla. Y, en los dos últimos puestos, un par de guiños a la música electrónica y de discoteca, como muestra de que no toda tiene el cubo de basura como destino.
Por lo demás, una lista relativamente heterogénea, en la que no he querido repetir ningún grupo en dos ocasiones, con lo que la elección, en más de un caso, se convierte en un auténtico dilema. En esos casos, me he inclinado por no elegir el tema más conocido del grupo en cuestión, con la esperanza de que, acaso, algún lector se deje guiar por mis recomendaciones y descubra algo que no conocía.
¡And that's all, folks!
No hace mucho comenté por ahí que algún día de estos colgaría mi lista con "Mis 40 Principales", que tenía por ahí perdida en alguna ignota carpeta de la saturadísima memoria de mi ordenador.
Casualmente, acabo de encontrarla ahora mismo, en una carpeta llamada Uninstall, dada mi afición a "codificar" los nombres de las carpetas, lo que en ocasiones se traduce en súbitas desapariciones de los ficheros.
Así pues, ahí va mi lista.
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2) Rush - 2112
3) Led Zeppelin - Over The Hills And Far Away
4) Bryan Adams - Vanishing
5) Aerosmith - Dream On
6) Queen - Bohemian Rhapsody
7) Bob Dylan - Knockin' On Heaven's Door
8) Gary Moore - Still Got The Blues
9) Scorpions - No One Like You
10) The Moody Blues - Nights In White Satin
11) Creedence Clearwater Revival - Fortunate Son
12) Thin Lizzy - Jailbreak
13) David Bowie - Ziggy Stardust
14) Fleetwood Mac - Go Your Own Way
15) Radiohead - Creep
16) Los Piratas - Filofobia
17) Marillion - Fugazi
18) Patti Smith - Because The Night
19) Black Sabbath - Sabbath Bloody Sabbath
20) AC/DC - For Those About To Rock (We Salute You)
21) Keane - Bend And Break
22) Kansas - Point Of Know Return
23) Great White - Never Change Heart
24) Queensrÿche - I Don't Believe In Love
25) Bon Jovi - Livin' In A Prayer
26) Cream - Sunshine Of Your Love
27) Coldplay - Yellow
28) The Alarm - Where Were You Hiding When The Storm Broke
29) Metallica - Enter Sandman
30) Rainbow - I Surrender
31) Foreigner - I Want To Know What Love Is
32) Europe - Rock The Night
33) Dream Theater - Another Day
34) Manfred Mann - Spirits Of The Night
35) Porcupine Tree - Trains
36) Dokken - Alone Again
37) The Verve - Bitter Sweet Symphony
38) Status Quo - Whatever You Want
39) The Postal Service - Nothing Better
40) Robert Miles - Children
Es posible que, a día de hoy, cambiase alguna, o cuando menos, modificase su posición. Pero no voy a ponerme a trastocar todo, que no soy ningún crítico que se juegue el sueldo; tan sólo he introducido un tema muy reciente a mitad de tabla. Y, en los dos últimos puestos, un par de guiños a la música electrónica y de discoteca, como muestra de que no toda tiene el cubo de basura como destino.
Por lo demás, una lista relativamente heterogénea, en la que no he querido repetir ningún grupo en dos ocasiones, con lo que la elección, en más de un caso, se convierte en un auténtico dilema. En esos casos, me he inclinado por no elegir el tema más conocido del grupo en cuestión, con la esperanza de que, acaso, algún lector se deje guiar por mis recomendaciones y descubra algo que no conocía.
Quiero ser traficante
Y os juro por la filmografía de Steven Seagal que no estoy de coña. Es una idea que me viene rondando la cabeza desde hace un tiempo. Sí, quiero se traficante de drogas, a gran escala, si es posible.
Resulta que antes sentía compasión por los pobres diablos que, so pretexto de sentirse más guays que el resto, machacaban sus hígados y destrozaban sus tabiques a los dieciséis años, incapaces de encontrar la felicidad sin sucedáneos de la misma. Aunque fueran ellos, con su proceder, los que me condenaban a quedarme sin adolescencia ni juventud. Daba igual, yo me compadecía de ellos, y no sólo eso, sino que incluso me permitía aconsejarles a algunos de ellos como un padrecito boliviano de la Orden de Jesús, en un ejercicio de magnanimidad del que hoy no puedo menos que arrepentirme.
Sí, ahora se me ha endurecido el corazón, ya no soy tan compasivo. Afortunadamente, estoy aprendiendo a ser más egoísta, y acaso dentro de poco tiempo consiga serlo en la medida en que debería. ¿Que quieren joderse la vida a cambio de una ficticia diversión? ¡Pues que se la jodan, coño, que se la jodan! ¡Que la palmen todos, me importa un rábano! ¡Que se perforen el tabique, que se pudran los dientes, que ni de tenerlos en condiciones son dignos! ¿Hacen ellos algo por mí? No hacen nada, soy para ellos la misma insignificante mierda que ellos deberían ser para mí. ¡Pues que así sea!
Es por ello que, si ahora mismo me ofreciesen ingresar en alguna organización mafiosa y convertirme en un traficante a gran escala, creo que no sentiría ningún remordimiento. Más bien al contrario, disfrutaría cargándome sin piedad a tanto imbécil. Y se lo restregaría por sus imbéciles rostros. “¿Veis ese chalet en primera línea de mar? Pues sabed, ¡oh, miserables!, que es gracias a vuestra estupidez que me lo puedo permitir. ¿Ves la pista de tenis? Ésa me la has pagado tú, tonto’l’higo. ¿Y el campo de golf? Pues ése te lo debo a ti y a tu idiotez”.
No me gustan los lujos, ni aspiro a ellos, pero sólo por ver la cara de esos desgraciados, valdría la pena. “Miradme, necios, y ahora miráos a vosotros, que ni siquiera aspiráis a un ataúd de chapa-okumen cuando la palméis el mes que viene, puñados de escoria”. Y una porcina carcajada de desprecio. Sería muy gratificante.
Y me imagino, aún imberbe, paseándome por las calles del más deprimido de los suburbios con total tranquilidad, imprimiendo miedo y admiración a partes iguales. Con un abrigo de cuello de visón, embutido en joyas y zapatos de diseño, como un campeón negro de los superwelter. Mascando chicle con actitud chulesca con mis blancos y deslumbrantes dientes, lanzando miradas despreciativas a diestro y siniestro. O conduciendo mi Maserati descapotable, con tres modelos croatas en el asiento de atrás. Y cuando viniera uno de ellos, con su chándal de táctel verde y violeta, deportivas Paredes y los dientes negros y ajados, y bajase la ventanilla de su R5 de sexta mano para mendigarme una bolsita, poder espetarle:
“¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo, basurilla? Que, mientras tú te metías de todo y te creías el más chulo del pueblo, yo era ese pobre pringado que te observaba y se reía de ti sin que lo advirtieras. Y ahora el más chulo del barrio soy yo, y vivo de ti y los lerdos como tú. Y ya ves cómo.”
¡Oh, sí, Mr. Hyde se está apoderando de mí!
Y me encanta.
Resulta que antes sentía compasión por los pobres diablos que, so pretexto de sentirse más guays que el resto, machacaban sus hígados y destrozaban sus tabiques a los dieciséis años, incapaces de encontrar la felicidad sin sucedáneos de la misma. Aunque fueran ellos, con su proceder, los que me condenaban a quedarme sin adolescencia ni juventud. Daba igual, yo me compadecía de ellos, y no sólo eso, sino que incluso me permitía aconsejarles a algunos de ellos como un padrecito boliviano de la Orden de Jesús, en un ejercicio de magnanimidad del que hoy no puedo menos que arrepentirme.
Sí, ahora se me ha endurecido el corazón, ya no soy tan compasivo. Afortunadamente, estoy aprendiendo a ser más egoísta, y acaso dentro de poco tiempo consiga serlo en la medida en que debería. ¿Que quieren joderse la vida a cambio de una ficticia diversión? ¡Pues que se la jodan, coño, que se la jodan! ¡Que la palmen todos, me importa un rábano! ¡Que se perforen el tabique, que se pudran los dientes, que ni de tenerlos en condiciones son dignos! ¿Hacen ellos algo por mí? No hacen nada, soy para ellos la misma insignificante mierda que ellos deberían ser para mí. ¡Pues que así sea!
Es por ello que, si ahora mismo me ofreciesen ingresar en alguna organización mafiosa y convertirme en un traficante a gran escala, creo que no sentiría ningún remordimiento. Más bien al contrario, disfrutaría cargándome sin piedad a tanto imbécil. Y se lo restregaría por sus imbéciles rostros. “¿Veis ese chalet en primera línea de mar? Pues sabed, ¡oh, miserables!, que es gracias a vuestra estupidez que me lo puedo permitir. ¿Ves la pista de tenis? Ésa me la has pagado tú, tonto’l’higo. ¿Y el campo de golf? Pues ése te lo debo a ti y a tu idiotez”.
No me gustan los lujos, ni aspiro a ellos, pero sólo por ver la cara de esos desgraciados, valdría la pena. “Miradme, necios, y ahora miráos a vosotros, que ni siquiera aspiráis a un ataúd de chapa-okumen cuando la palméis el mes que viene, puñados de escoria”. Y una porcina carcajada de desprecio. Sería muy gratificante.
Y me imagino, aún imberbe, paseándome por las calles del más deprimido de los suburbios con total tranquilidad, imprimiendo miedo y admiración a partes iguales. Con un abrigo de cuello de visón, embutido en joyas y zapatos de diseño, como un campeón negro de los superwelter. Mascando chicle con actitud chulesca con mis blancos y deslumbrantes dientes, lanzando miradas despreciativas a diestro y siniestro. O conduciendo mi Maserati descapotable, con tres modelos croatas en el asiento de atrás. Y cuando viniera uno de ellos, con su chándal de táctel verde y violeta, deportivas Paredes y los dientes negros y ajados, y bajase la ventanilla de su R5 de sexta mano para mendigarme una bolsita, poder espetarle:
“¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo, basurilla? Que, mientras tú te metías de todo y te creías el más chulo del pueblo, yo era ese pobre pringado que te observaba y se reía de ti sin que lo advirtieras. Y ahora el más chulo del barrio soy yo, y vivo de ti y los lerdos como tú. Y ya ves cómo.”
¡Oh, sí, Mr. Hyde se está apoderando de mí!
Y me encanta.
Operación Talento
Nos estamos acostumbrando últimamente a que, cada cierto tiempo, desayunemos con una noticia de esas que le ponen a uno los pelos de punta: atentados terroristas, catástrofes meteorológicas, estallidos de conflictos bélicos...
Hoy, para no variar, también me he encontrado una noticia estremecedora. Espeluznante. Y ha sido por pura casualidad que haya llegado a mis manos el siguiente enlace.
Y yo me pregunto si es esto a lo que aspiramos. Si aspiramos a este nivel de deshumanización. ¿Es necesario convertirnos en autómatas para contribuir al desarrollo tecnológico? ¿Es eso fomentar el talento, o, por el contrario, es un canto a la sumisión?
Cuanto más leo y releo la noticia, con mayor nitidez se dibuja en mi mente esa bucólica academia de Operación Triunfo, donde cada semana les dan a los iluminados concursantes un libraco de unas 500 páginas llenas de fórmulas matemáticas, de cara a la Gala de los jueves, en la cual han de recitarlas una por una. "Lamentamos decirte, Kevin José, que esta semana no has cumplido los objetivos marcados, has fallado en el tercer sumando de la aplicación lineal de la Transformada de Fourier modificada, y por tanto, nos vemos obligados a proponerte para abandonar la Élite".
Obsceno y de mal gusto.
Pero lo más grave de todo no es la metodología empleada, sino la filosofía bajo la cual se adoctrina a estos pequeños proyectos de robot Emilio. "No basta con ser inteligente. También importa cómo se administra el tiempo. Que la inteligencia no se disperse para que dé buenos frutos". A mí esta frase me parece un insulto a la inteligencia, a la verdadera inteligencia, y no a la que promulgan estos pollinos con título. ¿Desde cuándo se dispersa la inteligencia? ¿Qué es la inteligencia sino curiosidad e inquietud?
Cuando se centra esa presunta inteligencia en un solo objetivo, evitando cualquier clase de "dispersión", lo que se está haciendo es ponerle un cerco, un filtro. Se está anulando. ¿Qué es de la inteligencia si no hay un espacio creativo y recreativo en la cual desarrollarla? ¿Puede haber talento sin personalidad?
Ahora sí tengo la certeza de que, si después de leer eso, hay alguien interesado en entrar en esa secta, podrá ser todo lo elitista, ambicioso, esforzado y constante que quiera o presuma ser, pero desde luego, la inteligencia y el talento son cualidades que le vienen muy, muy grandes.
Hoy, para no variar, también me he encontrado una noticia estremecedora. Espeluznante. Y ha sido por pura casualidad que haya llegado a mis manos el siguiente enlace.
Y yo me pregunto si es esto a lo que aspiramos. Si aspiramos a este nivel de deshumanización. ¿Es necesario convertirnos en autómatas para contribuir al desarrollo tecnológico? ¿Es eso fomentar el talento, o, por el contrario, es un canto a la sumisión?
Cuanto más leo y releo la noticia, con mayor nitidez se dibuja en mi mente esa bucólica academia de Operación Triunfo, donde cada semana les dan a los iluminados concursantes un libraco de unas 500 páginas llenas de fórmulas matemáticas, de cara a la Gala de los jueves, en la cual han de recitarlas una por una. "Lamentamos decirte, Kevin José, que esta semana no has cumplido los objetivos marcados, has fallado en el tercer sumando de la aplicación lineal de la Transformada de Fourier modificada, y por tanto, nos vemos obligados a proponerte para abandonar la Élite".
Obsceno y de mal gusto.
Pero lo más grave de todo no es la metodología empleada, sino la filosofía bajo la cual se adoctrina a estos pequeños proyectos de robot Emilio. "No basta con ser inteligente. También importa cómo se administra el tiempo. Que la inteligencia no se disperse para que dé buenos frutos". A mí esta frase me parece un insulto a la inteligencia, a la verdadera inteligencia, y no a la que promulgan estos pollinos con título. ¿Desde cuándo se dispersa la inteligencia? ¿Qué es la inteligencia sino curiosidad e inquietud?
Cuando se centra esa presunta inteligencia en un solo objetivo, evitando cualquier clase de "dispersión", lo que se está haciendo es ponerle un cerco, un filtro. Se está anulando. ¿Qué es de la inteligencia si no hay un espacio creativo y recreativo en la cual desarrollarla? ¿Puede haber talento sin personalidad?
Ahora sí tengo la certeza de que, si después de leer eso, hay alguien interesado en entrar en esa secta, podrá ser todo lo elitista, ambicioso, esforzado y constante que quiera o presuma ser, pero desde luego, la inteligencia y el talento son cualidades que le vienen muy, muy grandes.
Los Negocios de Afrodita (II)
En el mercado del Sábado Noche, las cosas funcionan como en cualquier otro mercado. O casi.
Existe una oferta y una demanda, pero a diferencia de la plaza de abastos de cualquier ciudad, en el mercado del Sábado Noche, todos ofertan y todos demandan.
El procedimiento de la transacción comercial es aparentemente sencillo: el vendedor oferta el producto; pongamos, manzanas. La compradora observa las manzanas, observa que las manzanas tienen la piel brillante y alguna que otra motita. “No tienen mala pinta”, piensa, y le enseña a su vez las manzanas que ella porta en su cesta. Cambian las tornas, la compradora se torna vendedora, y el vendedor, comprador. “Sí, manzana Royal Gala de primera calidad”, piensa él, y se efectúa el trueque. ”Tus manzanas por las mías. ¿Hace?”. “Hace”.
Muchas veces me han preguntado por qué no acudo a comerciar al mercado del Sábado Noche. ”Se hacen muy buenos negocios”, me suelen decir. A mí, sin embargo, no me convence lo más mínimo ese lugar.
Cuando uno acude al mercado del Sábado Noche, en realidad, no va a vender manzanas. Va a venderse a uno mismo. Y es el propio mercado quien fija los precios, en base a unos criterios concretos, aunque siempre existe la opción de regatear. Concretamente, en el mercado del Sábado Noche, intervienen únicamente dos criterios a la hora de fijar el precio: la apariencia externa, y el gracejo del Sábado Noche, que viene a significar lo contrario a lo que entenderíamos por “gracejo” en una situación de normalidad cognitivo-perceptiva.
De ese modo, y en base a esos dos criterios, el producto queda englobado en una categoría concreta, y puede optar al trueque con otro producto de esa misma categoría, o de una inferior.
A mí no me gustan los criterios imperantes en dicho mercado. Y, obviamente, si no me gustan, es desde un punto de vista absolutamente egoísta. Para qué negarlo. Porque, en un ejercicio camaleónico, podría adaptarme sin problema, pero eso no me quitaría la percepción de que esa peculiar ponderación me obliga a ponerme “de Rebajas”.
Si yo coloco en una balanza las que considero mis cualidades y virtudes, y le pongo a cada una de ellas su correspondiente precio, obtengo un precio total, ponderado en base a las mismas. Subjetivo, por supuesto.
Sin embargo, si compruebo el P.V.P. con el que me pudieran etiquetar en el mercado del Sábado Noche, observo que el precio desciende considerablemente. No es que se quede en baratija ni en artículo a precio de liquidación, supongo que para muchos sería un precio más que digno, pero a mí me parece insuficiente. No me parece que sea un precio justo. No me permite ser competitivo en el nicho de mercado que creo que me corresponde.
Ya sé que no estoy redescubriendo la ley del mercado. Todo comerciante buscará vender al mayor precio posible. Y, desde luego, yo no pienso ser diferente, no pienso ponerme de saldo para poder competir. Prefiero esperar a que algún día surjan otros mercados más atractivos, por muy minoritarios que pudieran ser, o conservarme en barrica y algún día, ser vendido como artículo de culto... aún a riesgo de poder convertirme en artículo de anticuario.
Existe una oferta y una demanda, pero a diferencia de la plaza de abastos de cualquier ciudad, en el mercado del Sábado Noche, todos ofertan y todos demandan.
El procedimiento de la transacción comercial es aparentemente sencillo: el vendedor oferta el producto; pongamos, manzanas. La compradora observa las manzanas, observa que las manzanas tienen la piel brillante y alguna que otra motita. “No tienen mala pinta”, piensa, y le enseña a su vez las manzanas que ella porta en su cesta. Cambian las tornas, la compradora se torna vendedora, y el vendedor, comprador. “Sí, manzana Royal Gala de primera calidad”, piensa él, y se efectúa el trueque. ”Tus manzanas por las mías. ¿Hace?”. “Hace”.
Muchas veces me han preguntado por qué no acudo a comerciar al mercado del Sábado Noche. ”Se hacen muy buenos negocios”, me suelen decir. A mí, sin embargo, no me convence lo más mínimo ese lugar.
Cuando uno acude al mercado del Sábado Noche, en realidad, no va a vender manzanas. Va a venderse a uno mismo. Y es el propio mercado quien fija los precios, en base a unos criterios concretos, aunque siempre existe la opción de regatear. Concretamente, en el mercado del Sábado Noche, intervienen únicamente dos criterios a la hora de fijar el precio: la apariencia externa, y el gracejo del Sábado Noche, que viene a significar lo contrario a lo que entenderíamos por “gracejo” en una situación de normalidad cognitivo-perceptiva.
De ese modo, y en base a esos dos criterios, el producto queda englobado en una categoría concreta, y puede optar al trueque con otro producto de esa misma categoría, o de una inferior.
A mí no me gustan los criterios imperantes en dicho mercado. Y, obviamente, si no me gustan, es desde un punto de vista absolutamente egoísta. Para qué negarlo. Porque, en un ejercicio camaleónico, podría adaptarme sin problema, pero eso no me quitaría la percepción de que esa peculiar ponderación me obliga a ponerme “de Rebajas”.
Si yo coloco en una balanza las que considero mis cualidades y virtudes, y le pongo a cada una de ellas su correspondiente precio, obtengo un precio total, ponderado en base a las mismas. Subjetivo, por supuesto.
Sin embargo, si compruebo el P.V.P. con el que me pudieran etiquetar en el mercado del Sábado Noche, observo que el precio desciende considerablemente. No es que se quede en baratija ni en artículo a precio de liquidación, supongo que para muchos sería un precio más que digno, pero a mí me parece insuficiente. No me parece que sea un precio justo. No me permite ser competitivo en el nicho de mercado que creo que me corresponde.
Ya sé que no estoy redescubriendo la ley del mercado. Todo comerciante buscará vender al mayor precio posible. Y, desde luego, yo no pienso ser diferente, no pienso ponerme de saldo para poder competir. Prefiero esperar a que algún día surjan otros mercados más atractivos, por muy minoritarios que pudieran ser, o conservarme en barrica y algún día, ser vendido como artículo de culto... aún a riesgo de poder convertirme en artículo de anticuario.
Los Negocios de Afrodita (I)
Dicen que uno tiende a menospreciar, e incluso detestar, aquello que no posee, aquellas características o cualidades de las que no dispone, sean éstas positivas o negativas.
Es posible que así sea, aunque no estoy del todo de acuerdo con esa premisa. Yo más bien invertiría los términos, y diría que, casualmente, las cosas que detestamos o menospreciamos en los demás, nos son absolutamente ajenas. Pero no necesariamente a la inversa.
Yo no detesto a los altos, pese a no serlo yo. Ni detesto a los rubios, pese a tener el cabello castaño oscuro. Tampoco detesto a los gordos, ni a los pínnicos, ni a los zambos. Sin embargo, hay otra clase de personas cuya presencia, por alguna inexplicable razón, me resulta irritante.
Este mediodía, mientras volvía a casa en el metro, he topado con una de esas caras que de buena gana colocaría uno a modo de diana, y de la cual no sentiría la más mínima piedad después de dos días perforándola a golpe de dardo, incluso apuntando a los globos oculares. Una de esas caras que te caen mal, así, a primera vista. Era la de una chica de unos veinte años que estaba sentada justo frente a mí, al lado de una amiga suya. No es que fuese fea; objetivamente fea, quiero decir, porque al igual que existe una belleza objetiva, también existe una fealdad objetiva, y no puedo decir que pecase deliberadamente de ello. Uno puede encontrarse mil caras más feas que la suya. Sin embargo, sus rasgos, facciones y atributos tenían la bendita facultad de revolverme el estómago.
Su tez, originalmente morena, daba claras señales de haber sido reforzada varios tonos bajo lámparas. Y tenía los ojos azules. Nunca he entendido esa exaltación del binomio morena + ojos azules, me parece la menos favorecedora de las combinaciones. Entre los ojos, no mucho más abajo, una nariz chata, ligeramente levantada, que al instante me evocaba jamón, panceta y morcón. Y justo bajo ella, una de esas bocas grandes y alargadas - las que algunos denominan “succionadoras” u otros adjetivos más propios de jergas callejeras, aunque yo prefiero llamarlas “de arenque” - con blanquísimos dientes, que se tornaban más blancos aún en contraste con la piel, y que al sonreír, adopta esa expresión estúpida y bobalicona que puede uno imaginarse con facilidad, y a la que dan ganas de ofrecer un pañuelo a fin de evitar que empape su ropa de babas.
No obstante, lo que a mis ojos hacía realmente irritante a ese rostro, era el perímetro craneal, bajo mi punto de vista, descomunal. Y acaso, en dimensiones, no lo fuese tanto, pero yo soy muy sensible a las cabezas grandes. No me agradan. Y menos cuando, como era el caso, son un síntoma claro de adelgazamiento feroz. Encuentro infinitamente más atractiva a una chica rellenita, incluso gordita, que a una chica artificialmente delgada, a la que se le nota a la legua que está reprimiendo su tendencia a engordar. De esas que se alimentan de cuatro hojas de lechuga, una manzana y tres litros de agua al día, a las que se les ven todas las venas en la frente, a las que se les marcan los pómulos famélicos. Que han perdido hasta el buen cutis y el aspecto saludable, a cambio de otro más bien enfermizo. Y que visten pantaloncitos prietos de colores fosforescentes de Bershka, pese a que también han perdido el culo entre dieta y dieta.
Habrá quien esté pensando que, como suele decirse, sólo me fijo en el físico. Realmente, no es así, en absoluto. Jamás estaría con una chica que fuese sólo atractiva. Pero, lógicamente, tampoco estaría con otra que, aunque sea de un modo irracional, me resultase irritante a la vista, aunque cumpliese uno por uno todos los restantes y numerosos requisitos que pudiera buscar. Sí, también me fijo en el físico. Y es que, sinceramente lo digo, me cansa sobremanera ese rollo hipócrita de “yo no me fijo en el físico”, que tantos pronuncian con cara de creérselo, acaso con la esperanza de que alguien más se lo trague. ¡Que no somos hermanitas de la caridad, hombre!
Sólo se me ocurren tres razones a las que responda el empleo de esa frase.
La primera, y esta es la que pronuncian esas personas objetivamente atractivas hasta la saciedad –aunque, curiosamente, nunca verás a una chica guapísima con un adefesio, ni viceversa, excepto si hay vil metal de por medio-, para quedar bien de cara a la galería, para mostrarse como personas muy humanas, sentimentales, integradoras, y tal.
La segunda, y esta es la que pronuncian esas personas objetivamente feas, por ser conscientes de que es algo que no pueden ofrecer a cambio. Es decir, que si pudieran, se fijarían y lo incluirían entre sus criterios de valoración, pero de ese modo, y teniendo en cuenta la altura a la que ponen el listón en dicho ámbito, saben que no pueden elegir demasiado.
Y la tercera, que acaso sea la razón más extendida... por pura desesperación.
***************************CONTINUARÁ***************************
Es posible que así sea, aunque no estoy del todo de acuerdo con esa premisa. Yo más bien invertiría los términos, y diría que, casualmente, las cosas que detestamos o menospreciamos en los demás, nos son absolutamente ajenas. Pero no necesariamente a la inversa.
Yo no detesto a los altos, pese a no serlo yo. Ni detesto a los rubios, pese a tener el cabello castaño oscuro. Tampoco detesto a los gordos, ni a los pínnicos, ni a los zambos. Sin embargo, hay otra clase de personas cuya presencia, por alguna inexplicable razón, me resulta irritante.
Este mediodía, mientras volvía a casa en el metro, he topado con una de esas caras que de buena gana colocaría uno a modo de diana, y de la cual no sentiría la más mínima piedad después de dos días perforándola a golpe de dardo, incluso apuntando a los globos oculares. Una de esas caras que te caen mal, así, a primera vista. Era la de una chica de unos veinte años que estaba sentada justo frente a mí, al lado de una amiga suya. No es que fuese fea; objetivamente fea, quiero decir, porque al igual que existe una belleza objetiva, también existe una fealdad objetiva, y no puedo decir que pecase deliberadamente de ello. Uno puede encontrarse mil caras más feas que la suya. Sin embargo, sus rasgos, facciones y atributos tenían la bendita facultad de revolverme el estómago.
Su tez, originalmente morena, daba claras señales de haber sido reforzada varios tonos bajo lámparas. Y tenía los ojos azules. Nunca he entendido esa exaltación del binomio morena + ojos azules, me parece la menos favorecedora de las combinaciones. Entre los ojos, no mucho más abajo, una nariz chata, ligeramente levantada, que al instante me evocaba jamón, panceta y morcón. Y justo bajo ella, una de esas bocas grandes y alargadas - las que algunos denominan “succionadoras” u otros adjetivos más propios de jergas callejeras, aunque yo prefiero llamarlas “de arenque” - con blanquísimos dientes, que se tornaban más blancos aún en contraste con la piel, y que al sonreír, adopta esa expresión estúpida y bobalicona que puede uno imaginarse con facilidad, y a la que dan ganas de ofrecer un pañuelo a fin de evitar que empape su ropa de babas.
No obstante, lo que a mis ojos hacía realmente irritante a ese rostro, era el perímetro craneal, bajo mi punto de vista, descomunal. Y acaso, en dimensiones, no lo fuese tanto, pero yo soy muy sensible a las cabezas grandes. No me agradan. Y menos cuando, como era el caso, son un síntoma claro de adelgazamiento feroz. Encuentro infinitamente más atractiva a una chica rellenita, incluso gordita, que a una chica artificialmente delgada, a la que se le nota a la legua que está reprimiendo su tendencia a engordar. De esas que se alimentan de cuatro hojas de lechuga, una manzana y tres litros de agua al día, a las que se les ven todas las venas en la frente, a las que se les marcan los pómulos famélicos. Que han perdido hasta el buen cutis y el aspecto saludable, a cambio de otro más bien enfermizo. Y que visten pantaloncitos prietos de colores fosforescentes de Bershka, pese a que también han perdido el culo entre dieta y dieta.
Habrá quien esté pensando que, como suele decirse, sólo me fijo en el físico. Realmente, no es así, en absoluto. Jamás estaría con una chica que fuese sólo atractiva. Pero, lógicamente, tampoco estaría con otra que, aunque sea de un modo irracional, me resultase irritante a la vista, aunque cumpliese uno por uno todos los restantes y numerosos requisitos que pudiera buscar. Sí, también me fijo en el físico. Y es que, sinceramente lo digo, me cansa sobremanera ese rollo hipócrita de “yo no me fijo en el físico”, que tantos pronuncian con cara de creérselo, acaso con la esperanza de que alguien más se lo trague. ¡Que no somos hermanitas de la caridad, hombre!
Sólo se me ocurren tres razones a las que responda el empleo de esa frase.
La primera, y esta es la que pronuncian esas personas objetivamente atractivas hasta la saciedad –aunque, curiosamente, nunca verás a una chica guapísima con un adefesio, ni viceversa, excepto si hay vil metal de por medio-, para quedar bien de cara a la galería, para mostrarse como personas muy humanas, sentimentales, integradoras, y tal.
La segunda, y esta es la que pronuncian esas personas objetivamente feas, por ser conscientes de que es algo que no pueden ofrecer a cambio. Es decir, que si pudieran, se fijarían y lo incluirían entre sus criterios de valoración, pero de ese modo, y teniendo en cuenta la altura a la que ponen el listón en dicho ámbito, saben que no pueden elegir demasiado.
Y la tercera, que acaso sea la razón más extendida... por pura desesperación.
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Vendo barato, mucho barato
Si hubiera alguien que me asegurase no haber recibido jamás la visita de ningún vendedor de religiones en la puerta de su casa, me negaría a creerle, y si persistiese en la idea, creería que vive en algún lugar al que aún no haya llegado el agua ni la corriente – Teruel o Soria-, o que se ha tirado los últimos veinte años encerrado con llave en un armario, como hacen en las aldeas orensanas con los hijos que les nacen subnormales hasta que algún perrillo de la zona lo descubre.
Yo creo que es algo que surge a la vez que la civilización. En el instante mismo en que esa familia de pitecántropos decide abandonar su cueva y la caza del bisonte para fundar su pequeña ciudad burguesa y comerciar con los pitecántropos del valle vecino, aparece por el poblado el cavernícola rubio, bien afeitado, trajeado y engominado de la meseta de Utah, portando bajo el brazo sus convenientemente tallados ejemplares de La Atalaya y ¡Despertad!, en cuyas portadas aparecen dos ufanos niñitos rubios dando de comer un salmónido a un pequeño osezno sobre el perfectamente cortado césped a la entrada de su caverna, prometiéndoles la eternidad y grandes reservas de ternasco a los bonachones y aún inocentes antropopitecos, que caen como benditos.
Con el tiempo, estos métodos ganan en sofisticación, sobre todo a raíz de la aparición del correo postal. Es entonces cuando esas familias de la clase media comienzan a recibir mensualmente en sus buzones una pequeña revista de hojas satinadas, extrañamente remitida a nombre de alguno de los moradores de la casa, y siempre con el mismo individuo en la portada. Al de un año, ese individuo, un tal Monseñor Escrivá de Balaguer, ya es “uno más de la familia”, y como parece un buen hombre y tal, pues por qué no nos vamos a adherir a su causa, que tan bienintencionada parece. Veinte años después, y después de innumerables elucubraciones acerca de qué extraño azar les hizo merecer recibir aquel dichoso día tan distinguida correspondencia, el cabeza de familia descubre que a Torcuato y a Quintín, sus dos compañeros del Instituto La Misericordia de Jesús cuando era aquél el único instituto que ofertaba Bachillerato nocturno, les llegaba idéntica correspondencia.
Lo que no puedo explicarme es quién puede ser el redomado imbécil que caiga hoy en día, con los nuevos métodos de credo-marketing, que hasta el más barato e ineficaz de los antivirus es capaz de mandar directamente a la carpeta de “correo no deseado”, no por los virus informáticos que pueda contener, sino por pura compasión.
Y es que es bastante triste comprobar cómo lo que antes te vendían elegante tipos altos y trajeados o coquetos pasquines de papel satinado, ahora te lo venden unos negritos virtuales como los que venden lo último de Camela a tres euros, y siguiendo la misma metodología que los que venden vulgares alargamientos de pene.
El último de esos correos que he recibido, que está escrito en inglés, me lo manda un tal Barrister Chuks Chiedu –cuando menos, le echan imaginación a lo de los nombres, yo hubiera copiado el de algún futbolista del álbum de cromos del Mundial de USA-, un nigeriano de la Jet Set local, pues resulta ser, nada más y nada menos que el asesor jurídico de Mr. y Mrs. Williams, pareja británica allí residente. Os juro que es una historia realmente estremecedora, pues resulta que este fulano, como os decía antes, era asesor jurídico de los guiris de turno, quienes, al parecer, tenían en el país africano más terrenos que la Duquesa de Alba, pero la cascaron en un accidente aéreo, y así fue como, al no tener estos descendencia, le fue a parar la herencia. Nada más y nada menos que diez millones de dólares se embolsó nuestro moderno Kunta Kinte, cantidad que, según sus propias palabras, inicialmente dedicó exclusivamente a abandonarse a la Dolce Vita. Hasta que, un buen día, escuchó a un sabio pastor que le cambió su visión de la vida, y se convirtió al Cristianismo. Este hecho le permitió leer a Ezequiel -versículo 33: 18 y 19-, gracias al cual descubrió que el único modo de salvar su alma y vivir en paz interior durante el resto de su vida, era destinar esa bonita y redonda suma de dinero a la obra de Dios. El grave problema que encuentra el muchachote es que no sabe cómo hacer eso, y por esa razón me manda ese correo, por si acaso yo tuviera alguna luminosa idea de inversión en acciones de “obra de Dios”, en cuyo caso estaría dispuesto a donarme ese dinero para que yo lo emplease como Dios manda.
“Yo recibí a Cristo por la gracia de Dios, descubrí la Verdad, y la Verdad me hizo libre”.
¿Enternecedor, no os parece? A mí me cae alguna que otra lagrimilla mejilla abajo.
Comprendo que el buen Barrister, cegado la opulencia que rebosa en las calles de su país, no vea cómo ayudar allí y esté buscando a quien le oriente en su camino. A mí se me ocurren un par de inversiones, pero no sé si atreverme a proponérselo. La primera de ellas se llama Gescartera, es una empresa dedicada a la beneficiencia. La segunda de ellas se llama Repsol, y con diez millones de dólares, casi nos podemos hacer con el control de la misma, y ya verás, amigo Barry, si encontramos o no la paz eterna...
Yo creo que es algo que surge a la vez que la civilización. En el instante mismo en que esa familia de pitecántropos decide abandonar su cueva y la caza del bisonte para fundar su pequeña ciudad burguesa y comerciar con los pitecántropos del valle vecino, aparece por el poblado el cavernícola rubio, bien afeitado, trajeado y engominado de la meseta de Utah, portando bajo el brazo sus convenientemente tallados ejemplares de La Atalaya y ¡Despertad!, en cuyas portadas aparecen dos ufanos niñitos rubios dando de comer un salmónido a un pequeño osezno sobre el perfectamente cortado césped a la entrada de su caverna, prometiéndoles la eternidad y grandes reservas de ternasco a los bonachones y aún inocentes antropopitecos, que caen como benditos.
Con el tiempo, estos métodos ganan en sofisticación, sobre todo a raíz de la aparición del correo postal. Es entonces cuando esas familias de la clase media comienzan a recibir mensualmente en sus buzones una pequeña revista de hojas satinadas, extrañamente remitida a nombre de alguno de los moradores de la casa, y siempre con el mismo individuo en la portada. Al de un año, ese individuo, un tal Monseñor Escrivá de Balaguer, ya es “uno más de la familia”, y como parece un buen hombre y tal, pues por qué no nos vamos a adherir a su causa, que tan bienintencionada parece. Veinte años después, y después de innumerables elucubraciones acerca de qué extraño azar les hizo merecer recibir aquel dichoso día tan distinguida correspondencia, el cabeza de familia descubre que a Torcuato y a Quintín, sus dos compañeros del Instituto La Misericordia de Jesús cuando era aquél el único instituto que ofertaba Bachillerato nocturno, les llegaba idéntica correspondencia.
Lo que no puedo explicarme es quién puede ser el redomado imbécil que caiga hoy en día, con los nuevos métodos de credo-marketing, que hasta el más barato e ineficaz de los antivirus es capaz de mandar directamente a la carpeta de “correo no deseado”, no por los virus informáticos que pueda contener, sino por pura compasión.
Y es que es bastante triste comprobar cómo lo que antes te vendían elegante tipos altos y trajeados o coquetos pasquines de papel satinado, ahora te lo venden unos negritos virtuales como los que venden lo último de Camela a tres euros, y siguiendo la misma metodología que los que venden vulgares alargamientos de pene.
El último de esos correos que he recibido, que está escrito en inglés, me lo manda un tal Barrister Chuks Chiedu –cuando menos, le echan imaginación a lo de los nombres, yo hubiera copiado el de algún futbolista del álbum de cromos del Mundial de USA-, un nigeriano de la Jet Set local, pues resulta ser, nada más y nada menos que el asesor jurídico de Mr. y Mrs. Williams, pareja británica allí residente. Os juro que es una historia realmente estremecedora, pues resulta que este fulano, como os decía antes, era asesor jurídico de los guiris de turno, quienes, al parecer, tenían en el país africano más terrenos que la Duquesa de Alba, pero la cascaron en un accidente aéreo, y así fue como, al no tener estos descendencia, le fue a parar la herencia. Nada más y nada menos que diez millones de dólares se embolsó nuestro moderno Kunta Kinte, cantidad que, según sus propias palabras, inicialmente dedicó exclusivamente a abandonarse a la Dolce Vita. Hasta que, un buen día, escuchó a un sabio pastor que le cambió su visión de la vida, y se convirtió al Cristianismo. Este hecho le permitió leer a Ezequiel -versículo 33: 18 y 19-, gracias al cual descubrió que el único modo de salvar su alma y vivir en paz interior durante el resto de su vida, era destinar esa bonita y redonda suma de dinero a la obra de Dios. El grave problema que encuentra el muchachote es que no sabe cómo hacer eso, y por esa razón me manda ese correo, por si acaso yo tuviera alguna luminosa idea de inversión en acciones de “obra de Dios”, en cuyo caso estaría dispuesto a donarme ese dinero para que yo lo emplease como Dios manda.
“Yo recibí a Cristo por la gracia de Dios, descubrí la Verdad, y la Verdad me hizo libre”.
¿Enternecedor, no os parece? A mí me cae alguna que otra lagrimilla mejilla abajo.
Comprendo que el buen Barrister, cegado la opulencia que rebosa en las calles de su país, no vea cómo ayudar allí y esté buscando a quien le oriente en su camino. A mí se me ocurren un par de inversiones, pero no sé si atreverme a proponérselo. La primera de ellas se llama Gescartera, es una empresa dedicada a la beneficiencia. La segunda de ellas se llama Repsol, y con diez millones de dólares, casi nos podemos hacer con el control de la misma, y ya verás, amigo Barry, si encontramos o no la paz eterna...
De orgías y códigos de barras
Recientemente, mi amigo el Señorito Miau, en una de sus lustrosas ideas, me proponía ser partícipe de una orgía múltiple con cajeras de supermercado en la cual dar rienda suelta a mis más bajos instintos para así liberarme.
La idea, no obstante no atraerme demasiado en un principio, debido a mi fobia natural a las multitudes, me intrigó, así que, durante el día de hoy me he dedicado a indagar un poco en esa tribu urbana que habita detrás de la caja registradora de los diversos supermercados.
Tal y como recogía la propuesta inicial, acudí en primer lugar al Carrefour. Todo en el Carrefour es grande: el edificio, los pasillos, las estanterías, los focos... todo, menos los pechos de las cajeras. Y es que las cajeras son como muy... francesas: Très jolies mais très sensibles. Esa belleza sobria pero inofensiva de las francesitas, que las hace tan encantadoras, tan charmantes, que jamás podría uno imaginárselas en un lugar tan degradante como una cama redonda, llena de sudorosos camioneros. Y si bien yo disto mucho de ese prototipo, y mi sudor huele poco menos que a champú, la simple visualización de tal escena no puede hacerme sentir menos que compasión.
Acto seguido, me dejé pasar por un Eroski, de esos que tanto abundan por aquí, y que tan bien conozco. No es que no supiera de antemano lo que me iba a encontrar, sino más bien iba en busca del efecto sorpresa. Pero no se produjo tal efecto. Todo fue tan previsible como esperaba: narices prominentes, barbillas prominentes, frentes prominentes,... pasé de la compasión ajena a la autocompasión, y sentí unas prominentes ganas de salir de allí. Para colmo, y para completar la escena, entre caja y caja, se ofertaban maquinillas de afeitar... Ni siquiera tuve la tentación de pasar la Travel, y eso que tenía puntos extra.
Tras un lapso de un cuarto de hora, en la cual me oreé convenientemente, me aventuré a entrar en un Día. Nunca antes había estado en uno, y la primera impresión fue de agobio por tan angosto espacio. Compré un pack de yogures a 50 céntimos, y rápidamente acudí a la caja. Sin apenas haberme dado cuenta, la cajera ya había pasado el producto por el lector de código de barras, y con voz suave me susurra: “55 céntimos”. Yo le miré extrañado, y ella me señaló la bolsa de plástico, que al parecer cobran a 5 céntimos. A punto estuve de protestar por ello, pero la cara de pena que la muchacha adoptó, de la cual sobresalían dos inmensas ojeras que pregonaban a los cuatro vientos “80 horas semanales + horas extra”, me hicieron comprender que, si había algo que no le hiciera especial ilusión en esos momentos, era esa clase de vicios.
Ligeramente abatido por la escena, salí de allí y me dispuse a entrar en un Sabeco. “Los mejores precios”, rezaba una placa a la entrada del establecimiento. Pronto pude comprobar que aquello era cierto, pues nada más pasar por caja, de la joven que me atendía (que no estaba de mal ver, pese a ser pelirroja) comenzó a llegarme un ligero olor a colonia barata –indudablemente, comprada en alguna boutique ecuatoriana a pie de calle-, que me dejó completamente aturdido, con lo cual no tuve más remedio que salir a toda prisa de allí, sin tener siquiera ocasión de tantearla algo más.
A pocos metros estaba El Corte Inglés, así que entré allí con intención de comprar algo que mitigase la sensación de malestar en la que estaba sumido. Terminé, sin embargo, en el Supercor de la planta superior, embriagado por las innumerables delicatessen que poblaban sus estantes. Desgraciadamente, no disponía del dinero suficiente para comprarme un magret de pato al Oporto, y tuve que conformarme con una lata de Pepsi. Las colas eran inmensas, así que no me quedó más remedio que ponerme en una de ellas. Cuando, diez minutos después, conseguí vislumbrar entre la marabunta a la cajera que atendía, a punto estuve de cambiarme de fila. Una mujer en edad de merecer (una prejubilación), con la permanente teñida de caoba, bolsas en los ojos, y osteoporótica expresión, pasaba los productos con displicencia y pausa extrema. Sin embargo, nada más llegar mi turno, y al ver la miserable lata de Pepsi que portaba, la mujer no sólo no me la cobró, sino que me extendió un billete de cinco euros y me dijo que “me tomase algo”, a la vez que me guiñaba el ojo derecho, mientras al fondo, en un cartel, sonreían pícaramente los niños pecosos de "La Vuelta al Cole". Salí despavorido.
Así pues, no creo tener demasiado futuro con las cajeras, tendré que pensar en otros ámbitos, como las animadoras socioculturales o las criadoras de ocas. Aunque, pensándolo bien... tal vez cuando vaya a Madrid me dé una vuelta por los supermercados Sánchez Romero, que a juzgar por ciertos datos, debe disponer de buen material...
La idea, no obstante no atraerme demasiado en un principio, debido a mi fobia natural a las multitudes, me intrigó, así que, durante el día de hoy me he dedicado a indagar un poco en esa tribu urbana que habita detrás de la caja registradora de los diversos supermercados.
Tal y como recogía la propuesta inicial, acudí en primer lugar al Carrefour. Todo en el Carrefour es grande: el edificio, los pasillos, las estanterías, los focos... todo, menos los pechos de las cajeras. Y es que las cajeras son como muy... francesas: Très jolies mais très sensibles. Esa belleza sobria pero inofensiva de las francesitas, que las hace tan encantadoras, tan charmantes, que jamás podría uno imaginárselas en un lugar tan degradante como una cama redonda, llena de sudorosos camioneros. Y si bien yo disto mucho de ese prototipo, y mi sudor huele poco menos que a champú, la simple visualización de tal escena no puede hacerme sentir menos que compasión.
Acto seguido, me dejé pasar por un Eroski, de esos que tanto abundan por aquí, y que tan bien conozco. No es que no supiera de antemano lo que me iba a encontrar, sino más bien iba en busca del efecto sorpresa. Pero no se produjo tal efecto. Todo fue tan previsible como esperaba: narices prominentes, barbillas prominentes, frentes prominentes,... pasé de la compasión ajena a la autocompasión, y sentí unas prominentes ganas de salir de allí. Para colmo, y para completar la escena, entre caja y caja, se ofertaban maquinillas de afeitar... Ni siquiera tuve la tentación de pasar la Travel, y eso que tenía puntos extra.
Tras un lapso de un cuarto de hora, en la cual me oreé convenientemente, me aventuré a entrar en un Día. Nunca antes había estado en uno, y la primera impresión fue de agobio por tan angosto espacio. Compré un pack de yogures a 50 céntimos, y rápidamente acudí a la caja. Sin apenas haberme dado cuenta, la cajera ya había pasado el producto por el lector de código de barras, y con voz suave me susurra: “55 céntimos”. Yo le miré extrañado, y ella me señaló la bolsa de plástico, que al parecer cobran a 5 céntimos. A punto estuve de protestar por ello, pero la cara de pena que la muchacha adoptó, de la cual sobresalían dos inmensas ojeras que pregonaban a los cuatro vientos “80 horas semanales + horas extra”, me hicieron comprender que, si había algo que no le hiciera especial ilusión en esos momentos, era esa clase de vicios.
Ligeramente abatido por la escena, salí de allí y me dispuse a entrar en un Sabeco. “Los mejores precios”, rezaba una placa a la entrada del establecimiento. Pronto pude comprobar que aquello era cierto, pues nada más pasar por caja, de la joven que me atendía (que no estaba de mal ver, pese a ser pelirroja) comenzó a llegarme un ligero olor a colonia barata –indudablemente, comprada en alguna boutique ecuatoriana a pie de calle-, que me dejó completamente aturdido, con lo cual no tuve más remedio que salir a toda prisa de allí, sin tener siquiera ocasión de tantearla algo más.
A pocos metros estaba El Corte Inglés, así que entré allí con intención de comprar algo que mitigase la sensación de malestar en la que estaba sumido. Terminé, sin embargo, en el Supercor de la planta superior, embriagado por las innumerables delicatessen que poblaban sus estantes. Desgraciadamente, no disponía del dinero suficiente para comprarme un magret de pato al Oporto, y tuve que conformarme con una lata de Pepsi. Las colas eran inmensas, así que no me quedó más remedio que ponerme en una de ellas. Cuando, diez minutos después, conseguí vislumbrar entre la marabunta a la cajera que atendía, a punto estuve de cambiarme de fila. Una mujer en edad de merecer (una prejubilación), con la permanente teñida de caoba, bolsas en los ojos, y osteoporótica expresión, pasaba los productos con displicencia y pausa extrema. Sin embargo, nada más llegar mi turno, y al ver la miserable lata de Pepsi que portaba, la mujer no sólo no me la cobró, sino que me extendió un billete de cinco euros y me dijo que “me tomase algo”, a la vez que me guiñaba el ojo derecho, mientras al fondo, en un cartel, sonreían pícaramente los niños pecosos de "La Vuelta al Cole". Salí despavorido.
Así pues, no creo tener demasiado futuro con las cajeras, tendré que pensar en otros ámbitos, como las animadoras socioculturales o las criadoras de ocas. Aunque, pensándolo bien... tal vez cuando vaya a Madrid me dé una vuelta por los supermercados Sánchez Romero, que a juzgar por ciertos datos, debe disponer de buen material...
Retrato de la artista adolescente
Antes de que yo hubiera nacido -poco antes, en realidad- ya existían unos tipos de Vigo que se hacían llamar Golpes Bajos, que pregonaban que eran malos tiempos para la lírica. No sé si tendrían razón por aquel entonces, pero lo que sí puedo asegurar, a día de hoy, es que, no sólo para el mundo al que ellos aludían -el de la música-, sino para el género lírico propiamente dicho, léase, la poesía, los tiempos actuales no son malos, sino infaustos.
Habrá quien diga que la poesía es algo intemporal, que no nace ni muere, que siempre estará ahí, porque siempre habrá quien se encargue de mantenerla viva. Puede que no le falte razón. Tal vez no sea yo el más indicado para juzgar un género del cual nunca he sido un ferviente seguidor, ni tan siquiera un seguidor, a secas. Siempre he encontrado la poesía como el almacén de cursiladas de unos cuantos pedantillos presuntuosos, amantes de las pompas, el tul y el cristal de Bohemia.
No obstante, entre tanto adorno, uno tenía la oportunidad de advertir los auténticos esfuerzos de sus autores por rizar el rizo de la metáfora, el pleonasmo o la prosopopeya. Cuanto más encubierta, mejor. Había incluso ocasiones en las que enfrentarse a una poesía era una experiencia absolutamente lisérgica, pues abrumado ante tanta anáfora y polisíndeton, uno termina por sufrir alucinaciones y ver significados ocultos por doquier, como si te encontrases frente a un cuadro de Tápies o Jackson Pollock. Y así es, que algunos terminan como críticos...
Sin embargo, la poesía no va a menos. Como la materia, no desaparece, sino que se transforma. Y, si bien aún quedan algunos cursis ilustrados de la vieja escuela, el fenómeno ha extendido a otros ámbitos, y aquel en el que más destaca, sin lugar a dudas, es completamente opuesto al original. La poesía es, a día de hoy, refugio de histéricas adolescentes, lectoras de la Superpop, con sobredosis de la colección rosa Harlequin, cuentos con moralina norteamericanos y algo de Paulo Coelho. Un explosivo cóctel que deriva en joyitas del tipo:
En él deposité toda mi vida, mi alma
le di mi corazón, le di mi esperanza
todos mis sueños, mi locura y mi calma
sin plazos, demoras, sin tardanzas.
Pero la desesperanza irrumpió en mi vida,
un gato negro se cruzó en mi camino,
y sin saber si fue o no obra del destino,
la confianza, poco a poco, se diluía.
Nada es para siempre, a mí misma me digo,
"sólo mentira y dolor en esta vida hallarás",
y de aquí en adelante, por siempre jamás,
su maldad, mi ingenuidad, ambas maldigo
No me negarán que no es enternecedor ver a muchachitas de quince añitos escribir con tanto sentimiento y corazón. ¡Es la globalización de la poesía, amigos!
No obstante, yo prefiero las cosas más claras. Cada día estoy más convencido de que la poesía, y no la política, es "el arte del engaño". Que sí, que es muy emotiva, muy romanticona y tal, pero yo me sigo quedando con la versión "Lóbulo Derecho", que vendría a ser algo tal que:
Conocí al Joni una cálida noche
de Julio, en el parking de la Chasis,
un gramo de speed y dos pastis de extasis,
y terminamos los dos en su coche.
Pero al sábado siguiente lo vi con la Jessi
enrollándose los dos en los lavabos
y mientras ella le agarraba del rabo
él la besaba, con los morritos muy sexys.
Te lo juro, tía, que estoy muy segura
de que me ha engañado ese pollo,
¡Uy, qué yuyu! ¡Qué mal rollo!
Me cortare las venas en un atake de LoKuRa
* Nota: Las obras de arte incluídas son absolutamente originales del autor, que si se trata de ser cursi y pastelón, también sabe serlo.
Habrá quien diga que la poesía es algo intemporal, que no nace ni muere, que siempre estará ahí, porque siempre habrá quien se encargue de mantenerla viva. Puede que no le falte razón. Tal vez no sea yo el más indicado para juzgar un género del cual nunca he sido un ferviente seguidor, ni tan siquiera un seguidor, a secas. Siempre he encontrado la poesía como el almacén de cursiladas de unos cuantos pedantillos presuntuosos, amantes de las pompas, el tul y el cristal de Bohemia.
No obstante, entre tanto adorno, uno tenía la oportunidad de advertir los auténticos esfuerzos de sus autores por rizar el rizo de la metáfora, el pleonasmo o la prosopopeya. Cuanto más encubierta, mejor. Había incluso ocasiones en las que enfrentarse a una poesía era una experiencia absolutamente lisérgica, pues abrumado ante tanta anáfora y polisíndeton, uno termina por sufrir alucinaciones y ver significados ocultos por doquier, como si te encontrases frente a un cuadro de Tápies o Jackson Pollock. Y así es, que algunos terminan como críticos...
Sin embargo, la poesía no va a menos. Como la materia, no desaparece, sino que se transforma. Y, si bien aún quedan algunos cursis ilustrados de la vieja escuela, el fenómeno ha extendido a otros ámbitos, y aquel en el que más destaca, sin lugar a dudas, es completamente opuesto al original. La poesía es, a día de hoy, refugio de histéricas adolescentes, lectoras de la Superpop, con sobredosis de la colección rosa Harlequin, cuentos con moralina norteamericanos y algo de Paulo Coelho. Un explosivo cóctel que deriva en joyitas del tipo:
En él deposité toda mi vida, mi alma
le di mi corazón, le di mi esperanza
todos mis sueños, mi locura y mi calma
sin plazos, demoras, sin tardanzas.
Pero la desesperanza irrumpió en mi vida,
un gato negro se cruzó en mi camino,
y sin saber si fue o no obra del destino,
la confianza, poco a poco, se diluía.
Nada es para siempre, a mí misma me digo,
"sólo mentira y dolor en esta vida hallarás",
y de aquí en adelante, por siempre jamás,
su maldad, mi ingenuidad, ambas maldigo
No me negarán que no es enternecedor ver a muchachitas de quince añitos escribir con tanto sentimiento y corazón. ¡Es la globalización de la poesía, amigos!
No obstante, yo prefiero las cosas más claras. Cada día estoy más convencido de que la poesía, y no la política, es "el arte del engaño". Que sí, que es muy emotiva, muy romanticona y tal, pero yo me sigo quedando con la versión "Lóbulo Derecho", que vendría a ser algo tal que:
Conocí al Joni una cálida noche
de Julio, en el parking de la Chasis,
un gramo de speed y dos pastis de extasis,
y terminamos los dos en su coche.
Pero al sábado siguiente lo vi con la Jessi
enrollándose los dos en los lavabos
y mientras ella le agarraba del rabo
él la besaba, con los morritos muy sexys.
Te lo juro, tía, que estoy muy segura
de que me ha engañado ese pollo,
¡Uy, qué yuyu! ¡Qué mal rollo!
Me cortare las venas en un atake de LoKuRa
* Nota: Las obras de arte incluídas son absolutamente originales del autor, que si se trata de ser cursi y pastelón, también sabe serlo.
¡Cuánta tontería!
-Hombre, Vaporetto. ¡Cuánto tiempo!
-Hola. Sí, hace más de dos meses...
-¿Sabes? El otro día vi tu nombre en una lista, y me llevé una sorpresa...
-¿Ah, sí? ¿Y por qué?
-Pues pensaba que tenías apellidos vascos...
-Vaya, pues no... ¡Menuda decepción! ¿no?
-No, no es eso... pero no sé... yo te hacía con apellidos vascos y del PNV...
-¿Me has visto cara de burguesito lector del Deia? ¡Jajaja! Antes votaría a Herri Batasuna que a esos, mira lo que te digo...
-¿O sea que tampoco eres nacionalista?
-¿Yo nacionalista? Je... je... esa enfermedad mejor se la dejo a otros...
-...
Para que luego digan que no hay tontería con el tema de los apellidos, las identidades, y la concha de la madre que las parió...
Cada vez estoy más convencido de los beneficiosos efectos de viajar.
-Hola. Sí, hace más de dos meses...
-¿Sabes? El otro día vi tu nombre en una lista, y me llevé una sorpresa...
-¿Ah, sí? ¿Y por qué?
-Pues pensaba que tenías apellidos vascos...
-Vaya, pues no... ¡Menuda decepción! ¿no?
-No, no es eso... pero no sé... yo te hacía con apellidos vascos y del PNV...
-¿Me has visto cara de burguesito lector del Deia? ¡Jajaja! Antes votaría a Herri Batasuna que a esos, mira lo que te digo...
-¿O sea que tampoco eres nacionalista?
-¿Yo nacionalista? Je... je... esa enfermedad mejor se la dejo a otros...
-...
Para que luego digan que no hay tontería con el tema de los apellidos, las identidades, y la concha de la madre que las parió...
Cada vez estoy más convencido de los beneficiosos efectos de viajar.
Tres meses de trabajos forzados
Je suis désolé. He visto unas imágenes en televisión, que me han dejado el corazón roto. Y yo que pensaba que, después de ver a los niños de Bombay recogiendo comida en los vertederos, ya nada podía sorprenderme... ¡pero esto es peor, y además, está sucediendo aquí al lado!
Me parece del todo inhumano, y espero que el Defensor del Pueblo, o de los derechos laborales, o qué sé yo quién, actúe pronto. Pero que actúe.
Hablo, cómo no, de la auténtica explotación que tiene lugar en la Academia de Operación Triunfo. ¡Pobres jovenzuelos! Tan jóvenes, y trabajando como burros viejos.
"Tienes que currar mucho tu voz", le dice el profesor al Bisbal de turno. "Tienes que currar muchísimo, sino no sacamos esto adelante".
¿Dónde está el derecho al ocio? ¿Y el derecho al descanso? ¿Qué será de estos muchachos cuando tengan cincuenta años y no puedan ni levantarse sin sufrir terribles punzamientos lumbares?
Es aberrante el sufrimiento al que se somete a esta gente, por cometer el delito de querer ser cantantes, o artistas, como ellos dicen. Sólo les falta ser deportados a Siberia. ¡Qué tiempos aquellos, en los que cualquier panoli con guitarra componía 30 ó 40 canciones y se lanzaba mundo adelante a cantarlas!
Ahora eso es impensable. La exigencia del mercado, la demanda de calidad de un público cada vez más formado musicalmente, hace que no nos conformemos con un Bob Dylan cualquiera. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Ahora el mercado demanda auténticos artistas, de los pies a la cabeza. Artistas con mayúsculas, que sepan cantar como eunucos, bailar como balletistas rusas y hacer equilibrios con una pelota sobre la nariz. Y con una arrolladora personalidad. ¡Todo sea por salvar la música de tanta mediocridad!
Me parece del todo inhumano, y espero que el Defensor del Pueblo, o de los derechos laborales, o qué sé yo quién, actúe pronto. Pero que actúe.
Hablo, cómo no, de la auténtica explotación que tiene lugar en la Academia de Operación Triunfo. ¡Pobres jovenzuelos! Tan jóvenes, y trabajando como burros viejos.
"Tienes que currar mucho tu voz", le dice el profesor al Bisbal de turno. "Tienes que currar muchísimo, sino no sacamos esto adelante".
¿Dónde está el derecho al ocio? ¿Y el derecho al descanso? ¿Qué será de estos muchachos cuando tengan cincuenta años y no puedan ni levantarse sin sufrir terribles punzamientos lumbares?
Es aberrante el sufrimiento al que se somete a esta gente, por cometer el delito de querer ser cantantes, o artistas, como ellos dicen. Sólo les falta ser deportados a Siberia. ¡Qué tiempos aquellos, en los que cualquier panoli con guitarra componía 30 ó 40 canciones y se lanzaba mundo adelante a cantarlas!
Ahora eso es impensable. La exigencia del mercado, la demanda de calidad de un público cada vez más formado musicalmente, hace que no nos conformemos con un Bob Dylan cualquiera. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Ahora el mercado demanda auténticos artistas, de los pies a la cabeza. Artistas con mayúsculas, que sepan cantar como eunucos, bailar como balletistas rusas y hacer equilibrios con una pelota sobre la nariz. Y con una arrolladora personalidad. ¡Todo sea por salvar la música de tanta mediocridad!
18 de Julio
¡Españoles, alcémonos! Rememoremos aquel gran día hace 69 años, y alcémonos contra este Gobierno rojo y masón, que se dedica a encender barbacoas y no apagarlas, y no contento con ello, atiza el fuego y pone los ventiladores generadores eólicos a toda potencia para extenderlo! ¡Fuera Masones! ¡Por Santiago y Cierra España!
Puedo llegar a entender la reacción de las gentes de Santa María del Espino, que han debido pasar un durísimo trance – la noticia es sobrecogedora para cualquiera -, y que necesitan despachar la tensión sobre alguien.
Pero cuando veo a Mr. Mezquino, alias Ángel Acebes, seguir con su cantinela de siempre, me dan ganas de vomitar. Con todo lo que tiene que callar, lo que expulsa por su boca no puede calificarse de otra cosa que cinismo de cinco estrellas, al alcance de muy pocos, a mostrar como ejemplo en cualquier escuela de negocios para gente sin escrúpulos.
Años y años de incendios, verano tras verano, nos han demostrado, por si algún aprendiz de Ícaro creía tener capacidad para desafiar a las leyes de la naturaleza, que son implacables. Como lo son los huracanes de Florida, como lo son los monzones en China. Aunque, a diferencia de estos otros, los incendios son impredecibles.
Nunca he entendido eso de poner “más medios”. Es puro juego político, un argumento que unos y otros usarán a conveniencia, y que ninguno desestimará, pues, pese a que en un momento dado pueda ser usado en su contra, saben que les llegará el momento de poder usarlo en su favor. Pero poco tiene que ver en esta clase de catástrofes, porque, por muchas avionetas que se pongan, por muchos depósitos de agua que haya (si ésta no ha sido previamente trasvasada, claro está), es el azar quien dispone dónde y cómo va a haber un incendio. Y desde luego, es el azar quien dispone que haya habido once víctimas en la extinción, porque ahí no entran los medios, ni la tecnología, ni nada. Es pura mala suerte, que puede suceder de cualquier modo. Y que es, en definitiva, lo que hace a este incendio “especial”.
No obstante, confieso que mi mayor curiosidad en estos momentos es comprobar si sale alguien diciendo que “han shido shólo unash chispillash”...
Puedo llegar a entender la reacción de las gentes de Santa María del Espino, que han debido pasar un durísimo trance – la noticia es sobrecogedora para cualquiera -, y que necesitan despachar la tensión sobre alguien.
Pero cuando veo a Mr. Mezquino, alias Ángel Acebes, seguir con su cantinela de siempre, me dan ganas de vomitar. Con todo lo que tiene que callar, lo que expulsa por su boca no puede calificarse de otra cosa que cinismo de cinco estrellas, al alcance de muy pocos, a mostrar como ejemplo en cualquier escuela de negocios para gente sin escrúpulos.
Años y años de incendios, verano tras verano, nos han demostrado, por si algún aprendiz de Ícaro creía tener capacidad para desafiar a las leyes de la naturaleza, que son implacables. Como lo son los huracanes de Florida, como lo son los monzones en China. Aunque, a diferencia de estos otros, los incendios son impredecibles.
Nunca he entendido eso de poner “más medios”. Es puro juego político, un argumento que unos y otros usarán a conveniencia, y que ninguno desestimará, pues, pese a que en un momento dado pueda ser usado en su contra, saben que les llegará el momento de poder usarlo en su favor. Pero poco tiene que ver en esta clase de catástrofes, porque, por muchas avionetas que se pongan, por muchos depósitos de agua que haya (si ésta no ha sido previamente trasvasada, claro está), es el azar quien dispone dónde y cómo va a haber un incendio. Y desde luego, es el azar quien dispone que haya habido once víctimas en la extinción, porque ahí no entran los medios, ni la tecnología, ni nada. Es pura mala suerte, que puede suceder de cualquier modo. Y que es, en definitiva, lo que hace a este incendio “especial”.
No obstante, confieso que mi mayor curiosidad en estos momentos es comprobar si sale alguien diciendo que “han shido shólo unash chispillash”...
Sobredosis de erudición
Entre ayer y hoy me he estrenado en el apasionante mundo de las conferencias, charlas, coloquios, o cualquiera que sea el nombre que se le desee dar. De forma pasiva, claro, como un vulgar oyente.
Las charlas en cuestión (oficialmente, Encuentros de Arte y Cultura), organizadas por la universidad, versaban sobre un tema que me atrajo desde el primer momento y por el cual siempre he tenido interés, la Gestión Estratégica de Ciudades, y he ahí la razón por la cual me decidí a pagar los treinta eurazos de la matrícula.
Tras recoger el correspondiente maletín de plástico barato con el correspondiente material (un cuadernillo de fotocopias, un lápiz y un bolígrafo Pilot no demasiado apto para la escritura), escojo un asiento al azar, y me dispongo a escuchar a los ponentes.
Los ponentes, como era de esperar, son la créme de la créme del tema, o al menos, como tales son presentados. Doctor Licenciado en Semiología Cosmonáutica, Ingeniero de Nanobiología Petroquímica, Catedrático en Egiptología Sistematizada con Máster en la Sorbona en Economía Agropecuaria. En fin, todos con su carrerita, su empresita, su corbatita, su barriguita, y sus bolsillitos a rebosar.
Comienza la primera conferencia. Me llamo Pascual Capitán General, y soy Dios pero me visto de humano. Entre mis logros profesionales, podría enumerar bla, bla, bla... bla, bla, bla... and That's All, Folks. ¿Alguna pregunta?
Segunda conferencia. Este no es Dios, sino un experto en marketing. Es decir, casi lo mismo. Unos cuantos tecnicismos, alguna enrevesada explicación de cosas elementales, y la frase estrella: ¿Alguna pregunta?
Tercer ponente. Oye, que éste parece diferente, no parece tan rígido. Hasta invita a la gente a participar. "A ver niños... ¿cuál es el elemento principal de las ciudades?". "¡Sus habitanteeeeeees!". "¡Bieeeeeeeeen, niñooooos! ¿Y cuál es el objetivo de las políticas
de gestión de una ciudad?". "¡Mejorar la calidad de vidaaaaaaa!". "¡Muy bieeeeeeeeeeen, niñoooooos!". ¿Alguna pregunta?
Cuarto ponente. Me llamo Josechu, y os voy a contar lo cojonudo que es el proyecto en el que estamos trabajando en mi ciudad. Os voy a dar algunos datos: 13.567 bla, bla, bla, 35'4% en bla, bla, bla y un coeficiente de 86 en bla, bla, bla. ¿Alguna pregunta?.
Quinta conferencia. Yo voy a plantear una charla diferente. No pretendo sentar cátedra, sino crear un debate sobre este tema. Mi visión particular es bla, bla, bla. Y bueno, esto es todo. Ni siquiera voy a preguntar si alguien quiere comentar algo o dar su opinión, pues al fin y al cabo, lo que quiero es plantear un debate.
Y sexto ponente. Cabecilla del proyecto de regeneración urbana y exterminio de las ratas de la ciudad. Me gustaría contaros muchas cosas, pero supongo que estaréis cansados, así que voy a hacer mi exposición a toda prisa, y si no hay preguntas, pues nos vamos. ¿Alguna pregunta? ¿No? Pues adiós, distinguido público.
No me invento nada, lo relato tal cual ha sido. He pagado treinta euros por escuchar a seis eruditos recrearse en su erudición y columpiarse en sus logros profesionales.
Como escarmiento, no está nada mal, creo. La próxima vez, me tendré que plantear si no será mejor gastárselos en putas...
Las charlas en cuestión (oficialmente, Encuentros de Arte y Cultura), organizadas por la universidad, versaban sobre un tema que me atrajo desde el primer momento y por el cual siempre he tenido interés, la Gestión Estratégica de Ciudades, y he ahí la razón por la cual me decidí a pagar los treinta eurazos de la matrícula.
Tras recoger el correspondiente maletín de plástico barato con el correspondiente material (un cuadernillo de fotocopias, un lápiz y un bolígrafo Pilot no demasiado apto para la escritura), escojo un asiento al azar, y me dispongo a escuchar a los ponentes.
Los ponentes, como era de esperar, son la créme de la créme del tema, o al menos, como tales son presentados. Doctor Licenciado en Semiología Cosmonáutica, Ingeniero de Nanobiología Petroquímica, Catedrático en Egiptología Sistematizada con Máster en la Sorbona en Economía Agropecuaria. En fin, todos con su carrerita, su empresita, su corbatita, su barriguita, y sus bolsillitos a rebosar.
Comienza la primera conferencia. Me llamo Pascual Capitán General, y soy Dios pero me visto de humano. Entre mis logros profesionales, podría enumerar bla, bla, bla... bla, bla, bla... and That's All, Folks. ¿Alguna pregunta?
Segunda conferencia. Este no es Dios, sino un experto en marketing. Es decir, casi lo mismo. Unos cuantos tecnicismos, alguna enrevesada explicación de cosas elementales, y la frase estrella: ¿Alguna pregunta?
Tercer ponente. Oye, que éste parece diferente, no parece tan rígido. Hasta invita a la gente a participar. "A ver niños... ¿cuál es el elemento principal de las ciudades?". "¡Sus habitanteeeeeees!". "¡Bieeeeeeeeen, niñooooos! ¿Y cuál es el objetivo de las políticas
de gestión de una ciudad?". "¡Mejorar la calidad de vidaaaaaaa!". "¡Muy bieeeeeeeeeeen, niñoooooos!". ¿Alguna pregunta?
Cuarto ponente. Me llamo Josechu, y os voy a contar lo cojonudo que es el proyecto en el que estamos trabajando en mi ciudad. Os voy a dar algunos datos: 13.567 bla, bla, bla, 35'4% en bla, bla, bla y un coeficiente de 86 en bla, bla, bla. ¿Alguna pregunta?.
Quinta conferencia. Yo voy a plantear una charla diferente. No pretendo sentar cátedra, sino crear un debate sobre este tema. Mi visión particular es bla, bla, bla. Y bueno, esto es todo. Ni siquiera voy a preguntar si alguien quiere comentar algo o dar su opinión, pues al fin y al cabo, lo que quiero es plantear un debate.
Y sexto ponente. Cabecilla del proyecto de regeneración urbana y exterminio de las ratas de la ciudad. Me gustaría contaros muchas cosas, pero supongo que estaréis cansados, así que voy a hacer mi exposición a toda prisa, y si no hay preguntas, pues nos vamos. ¿Alguna pregunta? ¿No? Pues adiós, distinguido público.
No me invento nada, lo relato tal cual ha sido. He pagado treinta euros por escuchar a seis eruditos recrearse en su erudición y columpiarse en sus logros profesionales.
Como escarmiento, no está nada mal, creo. La próxima vez, me tendré que plantear si no será mejor gastárselos en putas...
Fenómenos paranormales de andar por casa
Cuando, plácidamente tumbado en el sofá, me encontraba descansando hace tan solo unos minutos, un sonido, como una leve explosión, ha perturbado mi sosiego. Inquieto ante la posibilidad de un reventón de tuberías, acaso terrorismo de baja intensidad en los bajos de mi edificio (no sería la primera vez), me he incorporado al instante, en busca de la causa de tan extraño suceso.
No he tardado mucho en hallar lo que Jotajota Benítez o alguno de sus iluminados adeptos hubiera tildado como fenómeno paranormal, y que acaso le proporcionase material para su próximo libro. Nada más abrir la puerta de la despensa, un gran charco de líquido se mostraba ante mí, sobre la losa. En primer plano, el arma del crimen: un corcho de botella, en cuyo lateral figuraba la inscripción "Codorníu". Una botella de cava, restante de las pasadas Navidades, permanecía abierta, con el cuello despejado, altanera y desafiante, justo enfrente, bajo las baldas, en un estante para botellas, apuntando cual cañón militar hacia donde yo me encontraba.
¿Qué puedo interpretar de ello? El descorchamiento de una botella siempre es señal de triunfo, y parece lo más sensato tomarlo como un augurio positivo, pero en ese momento, he sentido miedo. Había algo extraño en esa botella, súbitamente descorchada, como por arte de magia. Creo que me estaba mirando.
Mi hermano no ha tardado en acudir y, tras observar lo ocurrido, ha estallado en carcajadas. A continuación, ha tomado la botella y, tras agitarla concienzudamente, ha procedido a materializar esa amenaza que la botella parecía dirigirme instantes atrás, empapándome por completo a presión. Por un momento, me he sentido como un triunfador, como un bon vivant capaz de permitirse tales alardes y derroches.
Pero ahora, cuando la efervescente espuma que bañaba mi cuerpo se ha tornado en vulgar caladura, volviéndome a la realidad, vuelvo a sentir la inquietud que sentí al abrir la puerta, y por primera vez en mi vida me planteo la posibilidad de que las señales, los augurios, existan.
¡Demonios! ¡Que ha sido muy extraño!
No he tardado mucho en hallar lo que Jotajota Benítez o alguno de sus iluminados adeptos hubiera tildado como fenómeno paranormal, y que acaso le proporcionase material para su próximo libro. Nada más abrir la puerta de la despensa, un gran charco de líquido se mostraba ante mí, sobre la losa. En primer plano, el arma del crimen: un corcho de botella, en cuyo lateral figuraba la inscripción "Codorníu". Una botella de cava, restante de las pasadas Navidades, permanecía abierta, con el cuello despejado, altanera y desafiante, justo enfrente, bajo las baldas, en un estante para botellas, apuntando cual cañón militar hacia donde yo me encontraba.
¿Qué puedo interpretar de ello? El descorchamiento de una botella siempre es señal de triunfo, y parece lo más sensato tomarlo como un augurio positivo, pero en ese momento, he sentido miedo. Había algo extraño en esa botella, súbitamente descorchada, como por arte de magia. Creo que me estaba mirando.
Mi hermano no ha tardado en acudir y, tras observar lo ocurrido, ha estallado en carcajadas. A continuación, ha tomado la botella y, tras agitarla concienzudamente, ha procedido a materializar esa amenaza que la botella parecía dirigirme instantes atrás, empapándome por completo a presión. Por un momento, me he sentido como un triunfador, como un bon vivant capaz de permitirse tales alardes y derroches.
Pero ahora, cuando la efervescente espuma que bañaba mi cuerpo se ha tornado en vulgar caladura, volviéndome a la realidad, vuelvo a sentir la inquietud que sentí al abrir la puerta, y por primera vez en mi vida me planteo la posibilidad de que las señales, los augurios, existan.
¡Demonios! ¡Que ha sido muy extraño!
La acotación de la cultura
Siempre me he sentido orgulloso de no encajar en ningún estereotipo, de poder decir que soy como quiero ser a sabiendas de no decirlo por pura convención.
Por esa razón, nunca me avergoncé de ser una repelente rata de biblioteca durante mi infancia y adolescencia. Es decir, nunca me avergoncé de dar esa impresión, pues nunca he sido rata de biblioteca en el sentido estricto, ni mucho menos, pero el mero hecho de saber leer perfectamente al ingresar en la escuela a los tres años, cuando ninguno de mis compañeros sabía siquiera articular las cinco vocales, fue un estigma para mí, que he acarreado conmigo desde entonces.
He soportado cientos de veces el apelativo de "empollón", proveniente de gente que sabía perfectamente que cualquier apelativo me haría más justicia que ése. Simplemente, tuve la suerte de no tener que realizar ningún esfuerzo para asimilar los conceptos que se impartían en la escuela o el instituto, porque la mayoría de ellos ya los conocía de antemano. Digamos que iba un pasito por delante, y eso estaba mal visto. Lo cual me la sudaba (y me la suda) sobremanera, dicho sea de paso.
Resumiendo, siempre he tenido interés por conocer cosas, interés por saber; no en vano, es la cultura lo que más valoro en una persona, ya que la cultura es una condición indispensable para mantener una conversación interesante. Y, como no me gusta la falsa modestia, diré que siempre me he considerado, y me considero, una persona con cultura, sobre todo teniendo en cuenta los tiempos que corren y la generación con la que me ha tocado en suerte convivir. Sería pues este el único estereotipo en el que con gusto me autoincluiría, y del único del cual me sentiría orgulloso.
Pero, hete aquí, que con el tiempo uno descubre que tampoco encaja en dicho estereotipo. Porque, no nos engañemos, el estereotipo del "tipo culto" no es más que una pose. Otra pose más.
No se trata tan solo de llevar gafas o monóculo, ni siquiera una vestimenta concreta, sino que hay que adoptar una serie de costumbres y desechar otras tantas.
En mi caso, el hecho gustarme los deportes (tanto de forma activa como pasiva) ya es una garantía de veto en esa Élite. Los deportes, esa costumbre de la plebe, la inculta plebe. El opio del pueblo, el consuelo de los tontos. Nosotros, la élite culta, tenemos objetivos más elevados, no nos entretenemos con recreaciones para el populacho. A nosotros nos satisface más escuchar música clásica, que es la que se supone escuchamos los tipos cultos. La que debemos escuchar y apreciar. ¡Dios nos salve de martirizar nuestros oídos con sonidos plebeyos como el rock! Nuestros finos oídos nunca podrían permitirse tal aberración... ¿Y qué decir de la literatura? Estos mindundis de medio pelo se creen que por haber leído "Guerra y Paz" en vacaciones y la crítica literaria de El País ya son doctos en literatura. ¡Pobres ignorantes! Luego les preguntas algo sobre el último libro de Moncho Azuaga y no saben ni quién es. ¡Y creen saber algo de literatura! ¡Si ni tan siquiera sabrían recitar el poema 20 de Neruda por versos impares! Y lo mejor de todo es son capaces de definirse cinéfilos por haber visto el programa de Garci un par de veces. A ver, listillo, ¿quién ganó el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno 2003? Si es que dan vergüenza, ¡pardiez!, estos pseudo-cultillos de pacotilla quieren echarnos por los suelos la reputación...
Nunca he comprendido esa manía por acotar todo. Pero en el caso de la cultura, me parece realmente vergonzante. ¿Qué es la cultura, sino amplitud de miras? Y me jode, me jode realmente, que cuatro iluminados quieran delimitarla y definir qué es lo que engloba y qué no. Porque yo tengo muy claro que, por preferir la París-Roubaix a una charla sobre literatura alsaciana del siglo XVI, por preferir un disco de Los Suaves a una ópera de Moussorgsky, o por preferir una película buena a una película pakistaní, no soy menos culto que ninguno de ellos, sino todo lo contrario, pues el mero hecho de no sentir la necesidad de adaptarme a ninguna regla fija me convierte en alguien más libre que ellos, los "oficiales". Y la cultura, al fin y al cabo, es libertad. O al menos, es así como yo la entiendo.
Por esa razón, nunca me avergoncé de ser una repelente rata de biblioteca durante mi infancia y adolescencia. Es decir, nunca me avergoncé de dar esa impresión, pues nunca he sido rata de biblioteca en el sentido estricto, ni mucho menos, pero el mero hecho de saber leer perfectamente al ingresar en la escuela a los tres años, cuando ninguno de mis compañeros sabía siquiera articular las cinco vocales, fue un estigma para mí, que he acarreado conmigo desde entonces.
He soportado cientos de veces el apelativo de "empollón", proveniente de gente que sabía perfectamente que cualquier apelativo me haría más justicia que ése. Simplemente, tuve la suerte de no tener que realizar ningún esfuerzo para asimilar los conceptos que se impartían en la escuela o el instituto, porque la mayoría de ellos ya los conocía de antemano. Digamos que iba un pasito por delante, y eso estaba mal visto. Lo cual me la sudaba (y me la suda) sobremanera, dicho sea de paso.
Resumiendo, siempre he tenido interés por conocer cosas, interés por saber; no en vano, es la cultura lo que más valoro en una persona, ya que la cultura es una condición indispensable para mantener una conversación interesante. Y, como no me gusta la falsa modestia, diré que siempre me he considerado, y me considero, una persona con cultura, sobre todo teniendo en cuenta los tiempos que corren y la generación con la que me ha tocado en suerte convivir. Sería pues este el único estereotipo en el que con gusto me autoincluiría, y del único del cual me sentiría orgulloso.
Pero, hete aquí, que con el tiempo uno descubre que tampoco encaja en dicho estereotipo. Porque, no nos engañemos, el estereotipo del "tipo culto" no es más que una pose. Otra pose más.
No se trata tan solo de llevar gafas o monóculo, ni siquiera una vestimenta concreta, sino que hay que adoptar una serie de costumbres y desechar otras tantas.
En mi caso, el hecho gustarme los deportes (tanto de forma activa como pasiva) ya es una garantía de veto en esa Élite. Los deportes, esa costumbre de la plebe, la inculta plebe. El opio del pueblo, el consuelo de los tontos. Nosotros, la élite culta, tenemos objetivos más elevados, no nos entretenemos con recreaciones para el populacho. A nosotros nos satisface más escuchar música clásica, que es la que se supone escuchamos los tipos cultos. La que debemos escuchar y apreciar. ¡Dios nos salve de martirizar nuestros oídos con sonidos plebeyos como el rock! Nuestros finos oídos nunca podrían permitirse tal aberración... ¿Y qué decir de la literatura? Estos mindundis de medio pelo se creen que por haber leído "Guerra y Paz" en vacaciones y la crítica literaria de El País ya son doctos en literatura. ¡Pobres ignorantes! Luego les preguntas algo sobre el último libro de Moncho Azuaga y no saben ni quién es. ¡Y creen saber algo de literatura! ¡Si ni tan siquiera sabrían recitar el poema 20 de Neruda por versos impares! Y lo mejor de todo es son capaces de definirse cinéfilos por haber visto el programa de Garci un par de veces. A ver, listillo, ¿quién ganó el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno 2003? Si es que dan vergüenza, ¡pardiez!, estos pseudo-cultillos de pacotilla quieren echarnos por los suelos la reputación...
Nunca he comprendido esa manía por acotar todo. Pero en el caso de la cultura, me parece realmente vergonzante. ¿Qué es la cultura, sino amplitud de miras? Y me jode, me jode realmente, que cuatro iluminados quieran delimitarla y definir qué es lo que engloba y qué no. Porque yo tengo muy claro que, por preferir la París-Roubaix a una charla sobre literatura alsaciana del siglo XVI, por preferir un disco de Los Suaves a una ópera de Moussorgsky, o por preferir una película buena a una película pakistaní, no soy menos culto que ninguno de ellos, sino todo lo contrario, pues el mero hecho de no sentir la necesidad de adaptarme a ninguna regla fija me convierte en alguien más libre que ellos, los "oficiales". Y la cultura, al fin y al cabo, es libertad. O al menos, es así como yo la entiendo.
Cuando la luz no alumbra...
Sucede que no me apetece escribir sobre los sucesos de Londres, y es que me cansa escribir sobre lo malos que son los moros, o lo malo que es Bush, o lo malos que son Bush y los moros.
¿Y por qué sucede esto, os preguntaréis, si el que suscribe suele opinar sobre todos los temas de actualidad? Pues por algo tan sencillo como que, al igual que el osito Winnie, cuando a uno le ponen la miel en los labios, no puede resistirse. Y hay una personita que se ha empeñado en ponerla, y a ella quiero referirme. Por eso voy a escribir sobre lo lerdita que es Anita Botella.

Para empezar, me da grima de por sí la exportación del modelo “Esposa de..." salsarrosiano al campo de la política. Como si no hubiera ya suficiente inepto en ese campo...
Así pues, es obvio que, desde un principio, no la veo con buenos ojos. ¿Y cómo iba a ver con buenos ojos a semejante tributo a la frivolidad? Pero en cuanto abre la boca y escupe a través de ella esos gargajos que sólo ella sabe, sufro automáticamente de conjuntivitis, por muy aderezados con castórida sonrisa que estén. ¡Qué desperdicio de cuerdas vocales! Y pensar que hay gente inocente que nace muda...
Pues bien, resulta que la muchachita, tras conocerse la designación de Londres como sede olímpica para 2012, y acaso efervescente por su cargo de alcaldesa de Madrid en funciones (nada más y nada menos), puso en funcionamiento su poderosa maquinaria gris, y con su habitual tino, dictaminó que Madrid 2012 fue perjudicada por el desplante de Zapatero a la bandera de EEUU, quedándose después más ancha que la propia Castilla.
No cabe duda de que tal vez sea eso lo que pensaría o querría pensar su lisérgico marido, pues en cualquier caso, en los mismos términos se expresó su fiel mamporrero Angelito Acebes, aunque de este último, uno puede esperarse cualquier cosa, excepto coherencia.
Pero yo, que soy muy magnánimo, condescendiente y solidario, voy a tratar de explicarle a la lumbrerita en funciones cómo funciona, valga la redundancia, este mundillo de las votaciones Olímpicas.
Mira, amiga Anita. Es posible que las monjitas de tu escuela te explicasen en su día, y si no lo hicieron, ya te lo explico yo, que soy tan bueno y generoso, que existe una Mancomunidad Británica de Naciones llamada Commonwealth. Te suena, ¿verdad? Pues bien, esa mancomunidad, que agrupa a 53 países, entre los cuales se encuentran algunos de los más poderosos del mundo, como el Reino Unido, Australia y Canadá (y los Estados Unidos como miembro "no oficial", pero sí en la práctica, por pura afinidad), funciona como los 53 Mosqueteros (y los EEUU en el papel de D'artagnan), como una logia masónica de esas que tanto admiráis. "Tú me das cremita, yo te doy cremita". Aplicándolo a estas votaciones, cualquier miembro del COI con derecho a voto que proceda de alguno de esos países, votará como primera opción a otro país de la Commonwealth, a otro país anglófono. No sé si tú sabes inglés, aunque supongo que con tan excelente profesor en casa, lo hablarás con acento de Cambridge, pero la traducción de "Commonwealth" al castellano es "Riqueza Común". Ya te vas haciendo una idea, ¿no? La verdad es que es una putada que no podamos ser de la Commonwealth. Ya sé que Jose Mari lo intentó con ahínco, pero con metro setenta y el pelo negro, reconozco que tenía una difícil papeleta.
Si has hecho los cálculos, de lo cual no me cabe la menor duda, habrás caído en cuenta de que había dos ciudades de países anglófonos en la lista: Londres y Nueva York. A modo de información, te digo que había (creo) 27 comisarios de países de la Commonwealth. Adivina a dónde iban a parar esos 27 votos... ¡Bingo! ¡Lo has acertado a la primera!
Ya sé que es muy bonito pensar que alguno de esos votos hubiera podido ir a parar a Madrid, como bonito es pensar en ganar el Euromillón o tener esperando sobre el colchón a Monica Bellucci despojada de su camisón (¡qué gran pareado!), pero en el mundo real, las cosas funcionan de otro modo muy diferente, y con esos votos no se contaba en ninguna elucubración. Bueno... tampoco se contaba con los votos de los países soviéticos (muy amigos de los EEUU, como todos sabemos), y curiosamente, fueron esos los que, tras la eliminación de Moscú, engrosaron la lista madrileña... a ver si va a resultar que, puestos a analizar la absurda repercusión de la política exterior española hubiera podido tener en las votaciones, ésta haya contribuido postivamente...
Espero que te haya quedado claro, pequeña Anita, que no conviene estar "in the Sky with Diamonds", y que por mucha inclinación que uno tenga, no es conveniente frivolizar sobre las cosas que no se prestan a ello. Tampoco es conveniente que la política de una nación dependa de algo tan banal como las votaciones olímpicas de una de sus ciudades. ¿Realmente merece la pena pelotear a nadie para mendigar unos cuantos votos (que nadie garantiza que no se pierdan por otro lado)? Francamente, creo que no.
Confío en que hayas asimilado la lección, querida Anita. Y ahora, si quieres, podemos pasar a los cuadernillos Rubio, que a tu amiga Ana Rosa le vinieron bastante bien...
¿Y por qué sucede esto, os preguntaréis, si el que suscribe suele opinar sobre todos los temas de actualidad? Pues por algo tan sencillo como que, al igual que el osito Winnie, cuando a uno le ponen la miel en los labios, no puede resistirse. Y hay una personita que se ha empeñado en ponerla, y a ella quiero referirme. Por eso voy a escribir sobre lo lerdita que es Anita Botella.

Para empezar, me da grima de por sí la exportación del modelo “Esposa de..." salsarrosiano al campo de la política. Como si no hubiera ya suficiente inepto en ese campo...
Así pues, es obvio que, desde un principio, no la veo con buenos ojos. ¿Y cómo iba a ver con buenos ojos a semejante tributo a la frivolidad? Pero en cuanto abre la boca y escupe a través de ella esos gargajos que sólo ella sabe, sufro automáticamente de conjuntivitis, por muy aderezados con castórida sonrisa que estén. ¡Qué desperdicio de cuerdas vocales! Y pensar que hay gente inocente que nace muda...
Pues bien, resulta que la muchachita, tras conocerse la designación de Londres como sede olímpica para 2012, y acaso efervescente por su cargo de alcaldesa de Madrid en funciones (nada más y nada menos), puso en funcionamiento su poderosa maquinaria gris, y con su habitual tino, dictaminó que Madrid 2012 fue perjudicada por el desplante de Zapatero a la bandera de EEUU, quedándose después más ancha que la propia Castilla.
No cabe duda de que tal vez sea eso lo que pensaría o querría pensar su lisérgico marido, pues en cualquier caso, en los mismos términos se expresó su fiel mamporrero Angelito Acebes, aunque de este último, uno puede esperarse cualquier cosa, excepto coherencia.
Pero yo, que soy muy magnánimo, condescendiente y solidario, voy a tratar de explicarle a la lumbrerita en funciones cómo funciona, valga la redundancia, este mundillo de las votaciones Olímpicas.
Mira, amiga Anita. Es posible que las monjitas de tu escuela te explicasen en su día, y si no lo hicieron, ya te lo explico yo, que soy tan bueno y generoso, que existe una Mancomunidad Británica de Naciones llamada Commonwealth. Te suena, ¿verdad? Pues bien, esa mancomunidad, que agrupa a 53 países, entre los cuales se encuentran algunos de los más poderosos del mundo, como el Reino Unido, Australia y Canadá (y los Estados Unidos como miembro "no oficial", pero sí en la práctica, por pura afinidad), funciona como los 53 Mosqueteros (y los EEUU en el papel de D'artagnan), como una logia masónica de esas que tanto admiráis. "Tú me das cremita, yo te doy cremita". Aplicándolo a estas votaciones, cualquier miembro del COI con derecho a voto que proceda de alguno de esos países, votará como primera opción a otro país de la Commonwealth, a otro país anglófono. No sé si tú sabes inglés, aunque supongo que con tan excelente profesor en casa, lo hablarás con acento de Cambridge, pero la traducción de "Commonwealth" al castellano es "Riqueza Común". Ya te vas haciendo una idea, ¿no? La verdad es que es una putada que no podamos ser de la Commonwealth. Ya sé que Jose Mari lo intentó con ahínco, pero con metro setenta y el pelo negro, reconozco que tenía una difícil papeleta.
Si has hecho los cálculos, de lo cual no me cabe la menor duda, habrás caído en cuenta de que había dos ciudades de países anglófonos en la lista: Londres y Nueva York. A modo de información, te digo que había (creo) 27 comisarios de países de la Commonwealth. Adivina a dónde iban a parar esos 27 votos... ¡Bingo! ¡Lo has acertado a la primera!
Ya sé que es muy bonito pensar que alguno de esos votos hubiera podido ir a parar a Madrid, como bonito es pensar en ganar el Euromillón o tener esperando sobre el colchón a Monica Bellucci despojada de su camisón (¡qué gran pareado!), pero en el mundo real, las cosas funcionan de otro modo muy diferente, y con esos votos no se contaba en ninguna elucubración. Bueno... tampoco se contaba con los votos de los países soviéticos (muy amigos de los EEUU, como todos sabemos), y curiosamente, fueron esos los que, tras la eliminación de Moscú, engrosaron la lista madrileña... a ver si va a resultar que, puestos a analizar la absurda repercusión de la política exterior española hubiera podido tener en las votaciones, ésta haya contribuido postivamente...
Espero que te haya quedado claro, pequeña Anita, que no conviene estar "in the Sky with Diamonds", y que por mucha inclinación que uno tenga, no es conveniente frivolizar sobre las cosas que no se prestan a ello. Tampoco es conveniente que la política de una nación dependa de algo tan banal como las votaciones olímpicas de una de sus ciudades. ¿Realmente merece la pena pelotear a nadie para mendigar unos cuantos votos (que nadie garantiza que no se pierdan por otro lado)? Francamente, creo que no.
Confío en que hayas asimilado la lección, querida Anita. Y ahora, si quieres, podemos pasar a los cuadernillos Rubio, que a tu amiga Ana Rosa le vinieron bastante bien...
Mierda latina
Hay algo que me irrita sobremanera. Ritmo latino, sabor latino, sentimiento latino, Doritos Taco Latino,... ¡estoy hasta los mismísimos de todo este rollo "latino", con su actual significado! ¡Dios, cómo ha degenerado el término! Si Roma levantara cabeza...
Os propongo un ejercicio práctico. Ponéos a hablar en voz alta. Escucharéis la más eufónica, moral y culta de las lenguas; oídle a un puertorriqueño o un mexicano, y si sólo le oís rebuznar podéis estar satisfechos, pues el asno no profiere voces indecentes ni blasfemias (pues al fin y al cabo, es una blasfemia el uso que hacen del castellano). Y me da igual que este comentario (prestado de alguien a quien nunca prestaría nada) parezca xenófobo, o alguien pudiera interpretarlo como tal. Es mi opinión, fundamentada en una realidad irrefutable. Si quieren hablar quechua o aymara, que lo hablen, me parece perfecto (que ya me conozco el rollo de la imposición hace siglos, pero no voy por ahí), pero si se permiten el lujo de hablar un idioma tan bello, privilegio que no pretendo negarles, ni mucho menos, que se preocupen, cuando menos, de no pervertirla. Un poco de respeto por esa lengua, la lengua perfecta, por favor. Porque, al fin y al cabo, es la lengua castellana lo único que tenemos en común, lo que les hace acreedores de ese apelativo de "latino" de cuyo significado se han apropiado (a la vez que nos hacen partícipes), que originariamente aludía a esa respetable cultura mediterránea de la cual nuestra civilización y lengua actual es heredera, y que actualmente es sinónimo de mover la cadera como putos y putas, canciones pastelosas que incitan al primitivismo, pandillas de navajeros y pasiones de gavilanes.
Yo no quiero ser asociado con esa morralla. No exagero si digo que cada vez que escucho spanglish me sube inmediatamente toda la bilis a la garganta. Lo mismo me sucede al ver a uno de esos danzones de culo en pompa y camisa abierta, al ritmo de los timbales, profesando "amol, hermano" por los cuatro costados. Si ser "latino" significa ser esa mierda, supongo que yo seré lapón, zulú o maorí, puede incluso que monegasco, pero desde luego, yo no soy parte de ese grupo, ¡joder!, que eso ni es ser latino, ni hispano, ni pollas en escabeche, eso es ser un jodido macaco.
Os propongo un ejercicio práctico. Ponéos a hablar en voz alta. Escucharéis la más eufónica, moral y culta de las lenguas; oídle a un puertorriqueño o un mexicano, y si sólo le oís rebuznar podéis estar satisfechos, pues el asno no profiere voces indecentes ni blasfemias (pues al fin y al cabo, es una blasfemia el uso que hacen del castellano). Y me da igual que este comentario (prestado de alguien a quien nunca prestaría nada) parezca xenófobo, o alguien pudiera interpretarlo como tal. Es mi opinión, fundamentada en una realidad irrefutable. Si quieren hablar quechua o aymara, que lo hablen, me parece perfecto (que ya me conozco el rollo de la imposición hace siglos, pero no voy por ahí), pero si se permiten el lujo de hablar un idioma tan bello, privilegio que no pretendo negarles, ni mucho menos, que se preocupen, cuando menos, de no pervertirla. Un poco de respeto por esa lengua, la lengua perfecta, por favor. Porque, al fin y al cabo, es la lengua castellana lo único que tenemos en común, lo que les hace acreedores de ese apelativo de "latino" de cuyo significado se han apropiado (a la vez que nos hacen partícipes), que originariamente aludía a esa respetable cultura mediterránea de la cual nuestra civilización y lengua actual es heredera, y que actualmente es sinónimo de mover la cadera como putos y putas, canciones pastelosas que incitan al primitivismo, pandillas de navajeros y pasiones de gavilanes.
Yo no quiero ser asociado con esa morralla. No exagero si digo que cada vez que escucho spanglish me sube inmediatamente toda la bilis a la garganta. Lo mismo me sucede al ver a uno de esos danzones de culo en pompa y camisa abierta, al ritmo de los timbales, profesando "amol, hermano" por los cuatro costados. Si ser "latino" significa ser esa mierda, supongo que yo seré lapón, zulú o maorí, puede incluso que monegasco, pero desde luego, yo no soy parte de ese grupo, ¡joder!, que eso ni es ser latino, ni hispano, ni pollas en escabeche, eso es ser un jodido macaco.