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En el Ojo del Huracán
Frente borrascoso procedente del Norte. Posibles turbulencias.
Acerca de
Nací en 1984 en un hospital del extrarradio sin las mínimas garantías sanitarias, razón por la cual (creo) fui un niño tonto y algo lento, hasta que, a los nueve años, y mientras repostábamos nuestro Seat Marbella en una gasolinera, le pedí a mi padre que me comprase el disco de Milikito que, entre películas húngaras de rubicundas actrices y sucias bolsas de cubitos de hielo, asomaba timorato en un estante giratorio. Ignoro si fue el azar, o si estaba predestinado a tan elevados propósitos, pero aquellas letras, meditadas y profundas, mensaje subliminal y moraleja incluídas, que rezumaban sabiduría, me abrieron los ojos, y desde entonces, soy un hombre nuevo.
Sindicación
 
Los Negocios de Afrodita (II)
En el mercado del Sábado Noche, las cosas funcionan como en cualquier otro mercado. O casi.
Existe una oferta y una demanda, pero a diferencia de la plaza de abastos de cualquier ciudad, en el mercado del Sábado Noche, todos ofertan y todos demandan.
El procedimiento de la transacción comercial es aparentemente sencillo: el vendedor oferta el producto; pongamos, manzanas. La compradora observa las manzanas, observa que las manzanas tienen la piel brillante y alguna que otra motita. “No tienen mala pinta”, piensa, y le enseña a su vez las manzanas que ella porta en su cesta. Cambian las tornas, la compradora se torna vendedora, y el vendedor, comprador. “Sí, manzana Royal Gala de primera calidad”, piensa él, y se efectúa el trueque. ”Tus manzanas por las mías. ¿Hace?”. “Hace”.

Muchas veces me han preguntado por qué no acudo a comerciar al mercado del Sábado Noche. ”Se hacen muy buenos negocios”, me suelen decir. A mí, sin embargo, no me convence lo más mínimo ese lugar.

Cuando uno acude al mercado del Sábado Noche, en realidad, no va a vender manzanas. Va a venderse a uno mismo. Y es el propio mercado quien fija los precios, en base a unos criterios concretos, aunque siempre existe la opción de regatear. Concretamente, en el mercado del Sábado Noche, intervienen únicamente dos criterios a la hora de fijar el precio: la apariencia externa, y el gracejo del Sábado Noche, que viene a significar lo contrario a lo que entenderíamos por “gracejo” en una situación de normalidad cognitivo-perceptiva.
De ese modo, y en base a esos dos criterios, el producto queda englobado en una categoría concreta, y puede optar al trueque con otro producto de esa misma categoría, o de una inferior.

A mí no me gustan los criterios imperantes en dicho mercado. Y, obviamente, si no me gustan, es desde un punto de vista absolutamente egoísta. Para qué negarlo. Porque, en un ejercicio camaleónico, podría adaptarme sin problema, pero eso no me quitaría la percepción de que esa peculiar ponderación me obliga a ponerme “de Rebajas”.
Si yo coloco en una balanza las que considero mis cualidades y virtudes, y le pongo a cada una de ellas su correspondiente precio, obtengo un precio total, ponderado en base a las mismas. Subjetivo, por supuesto.
Sin embargo, si compruebo el P.V.P. con el que me pudieran etiquetar en el mercado del Sábado Noche, observo que el precio desciende considerablemente. No es que se quede en baratija ni en artículo a precio de liquidación, supongo que para muchos sería un precio más que digno, pero a mí me parece insuficiente. No me parece que sea un precio justo. No me permite ser competitivo en el nicho de mercado que creo que me corresponde.

Ya sé que no estoy redescubriendo la ley del mercado. Todo comerciante buscará vender al mayor precio posible. Y, desde luego, yo no pienso ser diferente, no pienso ponerme de saldo para poder competir. Prefiero esperar a que algún día surjan otros mercados más atractivos, por muy minoritarios que pudieran ser, o conservarme en barrica y algún día, ser vendido como artículo de culto... aún a riesgo de poder convertirme en artículo de anticuario.
 
Los Negocios de Afrodita (I)
Dicen que uno tiende a menospreciar, e incluso detestar, aquello que no posee, aquellas características o cualidades de las que no dispone, sean éstas positivas o negativas.
Es posible que así sea, aunque no estoy del todo de acuerdo con esa premisa. Yo más bien invertiría los términos, y diría que, casualmente, las cosas que detestamos o menospreciamos en los demás, nos son absolutamente ajenas. Pero no necesariamente a la inversa.
Yo no detesto a los altos, pese a no serlo yo. Ni detesto a los rubios, pese a tener el cabello castaño oscuro. Tampoco detesto a los gordos, ni a los pínnicos, ni a los zambos. Sin embargo, hay otra clase de personas cuya presencia, por alguna inexplicable razón, me resulta irritante.

Este mediodía, mientras volvía a casa en el metro, he topado con una de esas caras que de buena gana colocaría uno a modo de diana, y de la cual no sentiría la más mínima piedad después de dos días perforándola a golpe de dardo, incluso apuntando a los globos oculares. Una de esas caras que te caen mal, así, a primera vista. Era la de una chica de unos veinte años que estaba sentada justo frente a mí, al lado de una amiga suya. No es que fuese fea; objetivamente fea, quiero decir, porque al igual que existe una belleza objetiva, también existe una fealdad objetiva, y no puedo decir que pecase deliberadamente de ello. Uno puede encontrarse mil caras más feas que la suya. Sin embargo, sus rasgos, facciones y atributos tenían la bendita facultad de revolverme el estómago.
Su tez, originalmente morena, daba claras señales de haber sido reforzada varios tonos bajo lámparas. Y tenía los ojos azules. Nunca he entendido esa exaltación del binomio morena + ojos azules, me parece la menos favorecedora de las combinaciones. Entre los ojos, no mucho más abajo, una nariz chata, ligeramente levantada, que al instante me evocaba jamón, panceta y morcón. Y justo bajo ella, una de esas bocas grandes y alargadas - las que algunos denominan “succionadoras” u otros adjetivos más propios de jergas callejeras, aunque yo prefiero llamarlas “de arenque” - con blanquísimos dientes, que se tornaban más blancos aún en contraste con la piel, y que al sonreír, adopta esa expresión estúpida y bobalicona que puede uno imaginarse con facilidad, y a la que dan ganas de ofrecer un pañuelo a fin de evitar que empape su ropa de babas.
No obstante, lo que a mis ojos hacía realmente irritante a ese rostro, era el perímetro craneal, bajo mi punto de vista, descomunal. Y acaso, en dimensiones, no lo fuese tanto, pero yo soy muy sensible a las cabezas grandes. No me agradan. Y menos cuando, como era el caso, son un síntoma claro de adelgazamiento feroz. Encuentro infinitamente más atractiva a una chica rellenita, incluso gordita, que a una chica artificialmente delgada, a la que se le nota a la legua que está reprimiendo su tendencia a engordar. De esas que se alimentan de cuatro hojas de lechuga, una manzana y tres litros de agua al día, a las que se les ven todas las venas en la frente, a las que se les marcan los pómulos famélicos. Que han perdido hasta el buen cutis y el aspecto saludable, a cambio de otro más bien enfermizo. Y que visten pantaloncitos prietos de colores fosforescentes de Bershka, pese a que también han perdido el culo entre dieta y dieta.

Habrá quien esté pensando que, como suele decirse, sólo me fijo en el físico. Realmente, no es así, en absoluto. Jamás estaría con una chica que fuese sólo atractiva. Pero, lógicamente, tampoco estaría con otra que, aunque sea de un modo irracional, me resultase irritante a la vista, aunque cumpliese uno por uno todos los restantes y numerosos requisitos que pudiera buscar. Sí, también me fijo en el físico. Y es que, sinceramente lo digo, me cansa sobremanera ese rollo hipócrita de “yo no me fijo en el físico”, que tantos pronuncian con cara de creérselo, acaso con la esperanza de que alguien más se lo trague. ¡Que no somos hermanitas de la caridad, hombre!

Sólo se me ocurren tres razones a las que responda el empleo de esa frase.
La primera, y esta es la que pronuncian esas personas objetivamente atractivas hasta la saciedad –aunque, curiosamente, nunca verás a una chica guapísima con un adefesio, ni viceversa, excepto si hay vil metal de por medio-, para quedar bien de cara a la galería, para mostrarse como personas muy humanas, sentimentales, integradoras, y tal.
La segunda, y esta es la que pronuncian esas personas objetivamente feas, por ser conscientes de que es algo que no pueden ofrecer a cambio. Es decir, que si pudieran, se fijarían y lo incluirían entre sus criterios de valoración, pero de ese modo, y teniendo en cuenta la altura a la que ponen el listón en dicho ámbito, saben que no pueden elegir demasiado.
Y la tercera, que acaso sea la razón más extendida... por pura desesperación.

***************************CONTINUARÁ***************************


 
Vendo barato, mucho barato
Si hubiera alguien que me asegurase no haber recibido jamás la visita de ningún vendedor de religiones en la puerta de su casa, me negaría a creerle, y si persistiese en la idea, creería que vive en algún lugar al que aún no haya llegado el agua ni la corriente – Teruel o Soria-, o que se ha tirado los últimos veinte años encerrado con llave en un armario, como hacen en las aldeas orensanas con los hijos que les nacen subnormales hasta que algún perrillo de la zona lo descubre.

Yo creo que es algo que surge a la vez que la civilización. En el instante mismo en que esa familia de pitecántropos decide abandonar su cueva y la caza del bisonte para fundar su pequeña ciudad burguesa y comerciar con los pitecántropos del valle vecino, aparece por el poblado el cavernícola rubio, bien afeitado, trajeado y engominado de la meseta de Utah, portando bajo el brazo sus convenientemente tallados ejemplares de La Atalaya y ¡Despertad!, en cuyas portadas aparecen dos ufanos niñitos rubios dando de comer un salmónido a un pequeño osezno sobre el perfectamente cortado césped a la entrada de su caverna, prometiéndoles la eternidad y grandes reservas de ternasco a los bonachones y aún inocentes antropopitecos, que caen como benditos.

Con el tiempo, estos métodos ganan en sofisticación, sobre todo a raíz de la aparición del correo postal. Es entonces cuando esas familias de la clase media comienzan a recibir mensualmente en sus buzones una pequeña revista de hojas satinadas, extrañamente remitida a nombre de alguno de los moradores de la casa, y siempre con el mismo individuo en la portada. Al de un año, ese individuo, un tal Monseñor Escrivá de Balaguer, ya es “uno más de la familia”, y como parece un buen hombre y tal, pues por qué no nos vamos a adherir a su causa, que tan bienintencionada parece. Veinte años después, y después de innumerables elucubraciones acerca de qué extraño azar les hizo merecer recibir aquel dichoso día tan distinguida correspondencia, el cabeza de familia descubre que a Torcuato y a Quintín, sus dos compañeros del Instituto La Misericordia de Jesús cuando era aquél el único instituto que ofertaba Bachillerato nocturno, les llegaba idéntica correspondencia.

Lo que no puedo explicarme es quién puede ser el redomado imbécil que caiga hoy en día, con los nuevos métodos de credo-marketing, que hasta el más barato e ineficaz de los antivirus es capaz de mandar directamente a la carpeta de “correo no deseado”, no por los virus informáticos que pueda contener, sino por pura compasión.

Y es que es bastante triste comprobar cómo lo que antes te vendían elegante tipos altos y trajeados o coquetos pasquines de papel satinado, ahora te lo venden unos negritos virtuales como los que venden lo último de Camela a tres euros, y siguiendo la misma metodología que los que venden vulgares alargamientos de pene.

El último de esos correos que he recibido, que está escrito en inglés, me lo manda un tal Barrister Chuks Chiedu –cuando menos, le echan imaginación a lo de los nombres, yo hubiera copiado el de algún futbolista del álbum de cromos del Mundial de USA-, un nigeriano de la Jet Set local, pues resulta ser, nada más y nada menos que el asesor jurídico de Mr. y Mrs. Williams, pareja británica allí residente. Os juro que es una historia realmente estremecedora, pues resulta que este fulano, como os decía antes, era asesor jurídico de los guiris de turno, quienes, al parecer, tenían en el país africano más terrenos que la Duquesa de Alba, pero la cascaron en un accidente aéreo, y así fue como, al no tener estos descendencia, le fue a parar la herencia. Nada más y nada menos que diez millones de dólares se embolsó nuestro moderno Kunta Kinte, cantidad que, según sus propias palabras, inicialmente dedicó exclusivamente a abandonarse a la Dolce Vita. Hasta que, un buen día, escuchó a un sabio pastor que le cambió su visión de la vida, y se convirtió al Cristianismo. Este hecho le permitió leer a Ezequiel -versículo 33: 18 y 19-, gracias al cual descubrió que el único modo de salvar su alma y vivir en paz interior durante el resto de su vida, era destinar esa bonita y redonda suma de dinero a la obra de Dios. El grave problema que encuentra el muchachote es que no sabe cómo hacer eso, y por esa razón me manda ese correo, por si acaso yo tuviera alguna luminosa idea de inversión en acciones de “obra de Dios”, en cuyo caso estaría dispuesto a donarme ese dinero para que yo lo emplease como Dios manda.
“Yo recibí a Cristo por la gracia de Dios, descubrí la Verdad, y la Verdad me hizo libre”.

¿Enternecedor, no os parece? A mí me cae alguna que otra lagrimilla mejilla abajo.

Comprendo que el buen Barrister, cegado la opulencia que rebosa en las calles de su país, no vea cómo ayudar allí y esté buscando a quien le oriente en su camino. A mí se me ocurren un par de inversiones, pero no sé si atreverme a proponérselo. La primera de ellas se llama Gescartera, es una empresa dedicada a la beneficiencia. La segunda de ellas se llama Repsol, y con diez millones de dólares, casi nos podemos hacer con el control de la misma, y ya verás, amigo Barry, si encontramos o no la paz eterna...


 
De orgías y códigos de barras
Recientemente, mi amigo el Señorito Miau, en una de sus lustrosas ideas, me proponía ser partícipe de una orgía múltiple con cajeras de supermercado en la cual dar rienda suelta a mis más bajos instintos para así liberarme.

La idea, no obstante no atraerme demasiado en un principio, debido a mi fobia natural a las multitudes, me intrigó, así que, durante el día de hoy me he dedicado a indagar un poco en esa tribu urbana que habita detrás de la caja registradora de los diversos supermercados.

Tal y como recogía la propuesta inicial, acudí en primer lugar al Carrefour. Todo en el Carrefour es grande: el edificio, los pasillos, las estanterías, los focos... todo, menos los pechos de las cajeras. Y es que las cajeras son como muy... francesas: Très jolies mais très sensibles. Esa belleza sobria pero inofensiva de las francesitas, que las hace tan encantadoras, tan charmantes, que jamás podría uno imaginárselas en un lugar tan degradante como una cama redonda, llena de sudorosos camioneros. Y si bien yo disto mucho de ese prototipo, y mi sudor huele poco menos que a champú, la simple visualización de tal escena no puede hacerme sentir menos que compasión.

Acto seguido, me dejé pasar por un Eroski, de esos que tanto abundan por aquí, y que tan bien conozco. No es que no supiera de antemano lo que me iba a encontrar, sino más bien iba en busca del efecto sorpresa. Pero no se produjo tal efecto. Todo fue tan previsible como esperaba: narices prominentes, barbillas prominentes, frentes prominentes,... pasé de la compasión ajena a la autocompasión, y sentí unas prominentes ganas de salir de allí. Para colmo, y para completar la escena, entre caja y caja, se ofertaban maquinillas de afeitar... Ni siquiera tuve la tentación de pasar la Travel, y eso que tenía puntos extra.

Tras un lapso de un cuarto de hora, en la cual me oreé convenientemente, me aventuré a entrar en un Día. Nunca antes había estado en uno, y la primera impresión fue de agobio por tan angosto espacio. Compré un pack de yogures a 50 céntimos, y rápidamente acudí a la caja. Sin apenas haberme dado cuenta, la cajera ya había pasado el producto por el lector de código de barras, y con voz suave me susurra: “55 céntimos”. Yo le miré extrañado, y ella me señaló la bolsa de plástico, que al parecer cobran a 5 céntimos. A punto estuve de protestar por ello, pero la cara de pena que la muchacha adoptó, de la cual sobresalían dos inmensas ojeras que pregonaban a los cuatro vientos “80 horas semanales + horas extra”, me hicieron comprender que, si había algo que no le hiciera especial ilusión en esos momentos, era esa clase de vicios.

Ligeramente abatido por la escena, salí de allí y me dispuse a entrar en un Sabeco. “Los mejores precios”, rezaba una placa a la entrada del establecimiento. Pronto pude comprobar que aquello era cierto, pues nada más pasar por caja, de la joven que me atendía (que no estaba de mal ver, pese a ser pelirroja) comenzó a llegarme un ligero olor a colonia barata –indudablemente, comprada en alguna boutique ecuatoriana a pie de calle-, que me dejó completamente aturdido, con lo cual no tuve más remedio que salir a toda prisa de allí, sin tener siquiera ocasión de tantearla algo más.

A pocos metros estaba El Corte Inglés, así que entré allí con intención de comprar algo que mitigase la sensación de malestar en la que estaba sumido. Terminé, sin embargo, en el Supercor de la planta superior, embriagado por las innumerables delicatessen que poblaban sus estantes. Desgraciadamente, no disponía del dinero suficiente para comprarme un magret de pato al Oporto, y tuve que conformarme con una lata de Pepsi. Las colas eran inmensas, así que no me quedó más remedio que ponerme en una de ellas. Cuando, diez minutos después, conseguí vislumbrar entre la marabunta a la cajera que atendía, a punto estuve de cambiarme de fila. Una mujer en edad de merecer (una prejubilación), con la permanente teñida de caoba, bolsas en los ojos, y osteoporótica expresión, pasaba los productos con displicencia y pausa extrema. Sin embargo, nada más llegar mi turno, y al ver la miserable lata de Pepsi que portaba, la mujer no sólo no me la cobró, sino que me extendió un billete de cinco euros y me dijo que “me tomase algo”, a la vez que me guiñaba el ojo derecho, mientras al fondo, en un cartel, sonreían pícaramente los niños pecosos de "La Vuelta al Cole". Salí despavorido.

Así pues, no creo tener demasiado futuro con las cajeras, tendré que pensar en otros ámbitos, como las animadoras socioculturales o las criadoras de ocas. Aunque, pensándolo bien... tal vez cuando vaya a Madrid me dé una vuelta por los supermercados Sánchez Romero, que a juzgar por ciertos datos, debe disponer de buen material...
 
Retrato de la artista adolescente
Antes de que yo hubiera nacido -poco antes, en realidad- ya existían unos tipos de Vigo que se hacían llamar Golpes Bajos, que pregonaban que eran malos tiempos para la lírica. No sé si tendrían razón por aquel entonces, pero lo que sí puedo asegurar, a día de hoy, es que, no sólo para el mundo al que ellos aludían -el de la música-, sino para el género lírico propiamente dicho, léase, la poesía, los tiempos actuales no son malos, sino infaustos.

Habrá quien diga que la poesía es algo intemporal, que no nace ni muere, que siempre estará ahí, porque siempre habrá quien se encargue de mantenerla viva. Puede que no le falte razón. Tal vez no sea yo el más indicado para juzgar un género del cual nunca he sido un ferviente seguidor, ni tan siquiera un seguidor, a secas. Siempre he encontrado la poesía como el almacén de cursiladas de unos cuantos pedantillos presuntuosos, amantes de las pompas, el tul y el cristal de Bohemia.

No obstante, entre tanto adorno, uno tenía la oportunidad de advertir los auténticos esfuerzos de sus autores por rizar el rizo de la metáfora, el pleonasmo o la prosopopeya. Cuanto más encubierta, mejor. Había incluso ocasiones en las que enfrentarse a una poesía era una experiencia absolutamente lisérgica, pues abrumado ante tanta anáfora y polisíndeton, uno termina por sufrir alucinaciones y ver significados ocultos por doquier, como si te encontrases frente a un cuadro de Tápies o Jackson Pollock. Y así es, que algunos terminan como críticos...

Sin embargo, la poesía no va a menos. Como la materia, no desaparece, sino que se transforma. Y, si bien aún quedan algunos cursis ilustrados de la vieja escuela, el fenómeno ha extendido a otros ámbitos, y aquel en el que más destaca, sin lugar a dudas, es completamente opuesto al original. La poesía es, a día de hoy, refugio de histéricas adolescentes, lectoras de la Superpop, con sobredosis de la colección rosa Harlequin, cuentos con moralina norteamericanos y algo de Paulo Coelho. Un explosivo cóctel que deriva en joyitas del tipo:

En él deposité toda mi vida, mi alma
le di mi corazón, le di mi esperanza
todos mis sueños, mi locura y mi calma
sin plazos, demoras, sin tardanzas.

Pero la desesperanza irrumpió en mi vida,
un gato negro se cruzó en mi camino,
y sin saber si fue o no obra del destino,
la confianza, poco a poco, se diluía.

Nada es para siempre, a mí misma me digo,
"sólo mentira y dolor en esta vida hallarás",
y de aquí en adelante, por siempre jamás,
su maldad, mi ingenuidad, ambas maldigo


No me negarán que no es enternecedor ver a muchachitas de quince añitos escribir con tanto sentimiento y corazón. ¡Es la globalización de la poesía, amigos!

No obstante, yo prefiero las cosas más claras. Cada día estoy más convencido de que la poesía, y no la política, es "el arte del engaño". Que sí, que es muy emotiva, muy romanticona y tal, pero yo me sigo quedando con la versión "Lóbulo Derecho", que vendría a ser algo tal que:

Conocí al Joni una cálida noche
de Julio, en el parking de la Chasis,
un gramo de speed y dos pastis de extasis,
y terminamos los dos en su coche.

Pero al sábado siguiente lo vi con la Jessi
enrollándose los dos en los lavabos
y mientras ella le agarraba del rabo
él la besaba, con los morritos muy sexys.

Te lo juro, tía, que estoy muy segura
de que me ha engañado ese pollo,
¡Uy, qué yuyu! ¡Qué mal rollo!
Me cortare las venas en un atake de LoKuRa



* Nota: Las obras de arte incluídas son absolutamente originales del autor, que si se trata de ser cursi y pastelón, también sabe serlo.

 
¡Cuánta tontería!
-Hombre, Vaporetto. ¡Cuánto tiempo!
-Hola. Sí, hace más de dos meses...
-¿Sabes? El otro día vi tu nombre en una lista, y me llevé una sorpresa...
-¿Ah, sí? ¿Y por qué?
-Pues pensaba que tenías apellidos vascos...
-Vaya, pues no... ¡Menuda decepción! ¿no?
-No, no es eso... pero no sé... yo te hacía con apellidos vascos y del PNV...
-¿Me has visto cara de burguesito lector del Deia? ¡Jajaja! Antes votaría a Herri Batasuna que a esos, mira lo que te digo...
-¿O sea que tampoco eres nacionalista?
-¿Yo nacionalista? Je... je... esa enfermedad mejor se la dejo a otros...
-...


Para que luego digan que no hay tontería con el tema de los apellidos, las identidades, y la concha de la madre que las parió...

Cada vez estoy más convencido de los beneficiosos efectos de viajar.
 
Tres meses de trabajos forzados
Je suis désolé. He visto unas imágenes en televisión, que me han dejado el corazón roto. Y yo que pensaba que, después de ver a los niños de Bombay recogiendo comida en los vertederos, ya nada podía sorprenderme... ¡pero esto es peor, y además, está sucediendo aquí al lado!
Me parece del todo inhumano, y espero que el Defensor del Pueblo, o de los derechos laborales, o qué sé yo quién, actúe pronto. Pero que actúe.

Hablo, cómo no, de la auténtica explotación que tiene lugar en la Academia de Operación Triunfo. ¡Pobres jovenzuelos! Tan jóvenes, y trabajando como burros viejos.
"Tienes que currar mucho tu voz", le dice el profesor al Bisbal de turno. "Tienes que currar muchísimo, sino no sacamos esto adelante".

¿Dónde está el derecho al ocio? ¿Y el derecho al descanso? ¿Qué será de estos muchachos cuando tengan cincuenta años y no puedan ni levantarse sin sufrir terribles punzamientos lumbares?

Es aberrante el sufrimiento al que se somete a esta gente, por cometer el delito de querer ser cantantes, o artistas, como ellos dicen. Sólo les falta ser deportados a Siberia. ¡Qué tiempos aquellos, en los que cualquier panoli con guitarra componía 30 ó 40 canciones y se lanzaba mundo adelante a cantarlas!

Ahora eso es impensable. La exigencia del mercado, la demanda de calidad de un público cada vez más formado musicalmente, hace que no nos conformemos con un Bob Dylan cualquiera. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Ahora el mercado demanda auténticos artistas, de los pies a la cabeza. Artistas con mayúsculas, que sepan cantar como eunucos, bailar como balletistas rusas y hacer equilibrios con una pelota sobre la nariz. Y con una arrolladora personalidad. ¡Todo sea por salvar la música de tanta mediocridad!
 
18 de Julio
¡Españoles, alcémonos! Rememoremos aquel gran día hace 69 años, y alcémonos contra este Gobierno rojo y masón, que se dedica a encender barbacoas y no apagarlas, y no contento con ello, atiza el fuego y pone los ventiladores generadores eólicos a toda potencia para extenderlo! ¡Fuera Masones! ¡Por Santiago y Cierra España!

Puedo llegar a entender la reacción de las gentes de Santa María del Espino, que han debido pasar un durísimo trance – la noticia es sobrecogedora para cualquiera -, y que necesitan despachar la tensión sobre alguien.
Pero cuando veo a Mr. Mezquino, alias Ángel Acebes, seguir con su cantinela de siempre, me dan ganas de vomitar. Con todo lo que tiene que callar, lo que expulsa por su boca no puede calificarse de otra cosa que cinismo de cinco estrellas, al alcance de muy pocos, a mostrar como ejemplo en cualquier escuela de negocios para gente sin escrúpulos.

Años y años de incendios, verano tras verano, nos han demostrado, por si algún aprendiz de Ícaro creía tener capacidad para desafiar a las leyes de la naturaleza, que son implacables. Como lo son los huracanes de Florida, como lo son los monzones en China. Aunque, a diferencia de estos otros, los incendios son impredecibles.
Nunca he entendido eso de poner “más medios”. Es puro juego político, un argumento que unos y otros usarán a conveniencia, y que ninguno desestimará, pues, pese a que en un momento dado pueda ser usado en su contra, saben que les llegará el momento de poder usarlo en su favor. Pero poco tiene que ver en esta clase de catástrofes, porque, por muchas avionetas que se pongan, por muchos depósitos de agua que haya (si ésta no ha sido previamente trasvasada, claro está), es el azar quien dispone dónde y cómo va a haber un incendio. Y desde luego, es el azar quien dispone que haya habido once víctimas en la extinción, porque ahí no entran los medios, ni la tecnología, ni nada. Es pura mala suerte, que puede suceder de cualquier modo. Y que es, en definitiva, lo que hace a este incendio “especial”.

No obstante, confieso que mi mayor curiosidad en estos momentos es comprobar si sale alguien diciendo que “han shido shólo unash chispillash”...


 
Sobredosis de erudición
Entre ayer y hoy me he estrenado en el apasionante mundo de las conferencias, charlas, coloquios, o cualquiera que sea el nombre que se le desee dar. De forma pasiva, claro, como un vulgar oyente.
Las charlas en cuestión (oficialmente, Encuentros de Arte y Cultura), organizadas por la universidad, versaban sobre un tema que me atrajo desde el primer momento y por el cual siempre he tenido interés, la Gestión Estratégica de Ciudades, y he ahí la razón por la cual me decidí a pagar los treinta eurazos de la matrícula.

Tras recoger el correspondiente maletín de plástico barato con el correspondiente material (un cuadernillo de fotocopias, un lápiz y un bolígrafo Pilot no demasiado apto para la escritura), escojo un asiento al azar, y me dispongo a escuchar a los ponentes.
Los ponentes, como era de esperar, son la créme de la créme del tema, o al menos, como tales son presentados. Doctor Licenciado en Semiología Cosmonáutica, Ingeniero de Nanobiología Petroquímica, Catedrático en Egiptología Sistematizada con Máster en la Sorbona en Economía Agropecuaria. En fin, todos con su carrerita, su empresita, su corbatita, su barriguita, y sus bolsillitos a rebosar.

Comienza la primera conferencia. Me llamo Pascual Capitán General, y soy Dios pero me visto de humano. Entre mis logros profesionales, podría enumerar bla, bla, bla... bla, bla, bla... and That's All, Folks. ¿Alguna pregunta?
Segunda conferencia. Este no es Dios, sino un experto en marketing. Es decir, casi lo mismo. Unos cuantos tecnicismos, alguna enrevesada explicación de cosas elementales, y la frase estrella: ¿Alguna pregunta?
Tercer ponente. Oye, que éste parece diferente, no parece tan rígido. Hasta invita a la gente a participar. "A ver niños... ¿cuál es el elemento principal de las ciudades?". "¡Sus habitanteeeeeees!". "¡Bieeeeeeeeen, niñooooos! ¿Y cuál es el objetivo de las políticas
de gestión de una ciudad?". "¡Mejorar la calidad de vidaaaaaaa!". "¡Muy bieeeeeeeeeeen, niñoooooos!". ¿Alguna pregunta?
Cuarto ponente. Me llamo Josechu, y os voy a contar lo cojonudo que es el proyecto en el que estamos trabajando en mi ciudad. Os voy a dar algunos datos: 13.567 bla, bla, bla, 35'4% en bla, bla, bla y un coeficiente de 86 en bla, bla, bla. ¿Alguna pregunta?.
Quinta conferencia. Yo voy a plantear una charla diferente. No pretendo sentar cátedra, sino crear un debate sobre este tema. Mi visión particular es bla, bla, bla. Y bueno, esto es todo. Ni siquiera voy a preguntar si alguien quiere comentar algo o dar su opinión, pues al fin y al cabo, lo que quiero es plantear un debate.
Y sexto ponente. Cabecilla del proyecto de regeneración urbana y exterminio de las ratas de la ciudad. Me gustaría contaros muchas cosas, pero supongo que estaréis cansados, así que voy a hacer mi exposición a toda prisa, y si no hay preguntas, pues nos vamos. ¿Alguna pregunta? ¿No? Pues adiós, distinguido público.

No me invento nada, lo relato tal cual ha sido. He pagado treinta euros por escuchar a seis eruditos recrearse en su erudición y columpiarse en sus logros profesionales.
Como escarmiento, no está nada mal, creo. La próxima vez, me tendré que plantear si no será mejor gastárselos en putas...

 
Fenómenos paranormales de andar por casa
Cuando, plácidamente tumbado en el sofá, me encontraba descansando hace tan solo unos minutos, un sonido, como una leve explosión, ha perturbado mi sosiego. Inquieto ante la posibilidad de un reventón de tuberías, acaso terrorismo de baja intensidad en los bajos de mi edificio (no sería la primera vez), me he incorporado al instante, en busca de la causa de tan extraño suceso.

No he tardado mucho en hallar lo que Jotajota Benítez o alguno de sus iluminados adeptos hubiera tildado como fenómeno paranormal, y que acaso le proporcionase material para su próximo libro. Nada más abrir la puerta de la despensa, un gran charco de líquido se mostraba ante mí, sobre la losa. En primer plano, el arma del crimen: un corcho de botella, en cuyo lateral figuraba la inscripción "Codorníu". Una botella de cava, restante de las pasadas Navidades, permanecía abierta, con el cuello despejado, altanera y desafiante, justo enfrente, bajo las baldas, en un estante para botellas, apuntando cual cañón militar hacia donde yo me encontraba.

¿Qué puedo interpretar de ello? El descorchamiento de una botella siempre es señal de triunfo, y parece lo más sensato tomarlo como un augurio positivo, pero en ese momento, he sentido miedo. Había algo extraño en esa botella, súbitamente descorchada, como por arte de magia. Creo que me estaba mirando.

Mi hermano no ha tardado en acudir y, tras observar lo ocurrido, ha estallado en carcajadas. A continuación, ha tomado la botella y, tras agitarla concienzudamente, ha procedido a materializar esa amenaza que la botella parecía dirigirme instantes atrás, empapándome por completo a presión. Por un momento, me he sentido como un triunfador, como un bon vivant capaz de permitirse tales alardes y derroches.
Pero ahora, cuando la efervescente espuma que bañaba mi cuerpo se ha tornado en vulgar caladura, volviéndome a la realidad, vuelvo a sentir la inquietud que sentí al abrir la puerta, y por primera vez en mi vida me planteo la posibilidad de que las señales, los augurios, existan.

¡Demonios! ¡Que ha sido muy extraño!

 
La acotación de la cultura
Siempre me he sentido orgulloso de no encajar en ningún estereotipo, de poder decir que soy como quiero ser a sabiendas de no decirlo por pura convención.

Por esa razón, nunca me avergoncé de ser una repelente rata de biblioteca durante mi infancia y adolescencia. Es decir, nunca me avergoncé de dar esa impresión, pues nunca he sido rata de biblioteca en el sentido estricto, ni mucho menos, pero el mero hecho de saber leer perfectamente al ingresar en la escuela a los tres años, cuando ninguno de mis compañeros sabía siquiera articular las cinco vocales, fue un estigma para mí, que he acarreado conmigo desde entonces.
He soportado cientos de veces el apelativo de "empollón", proveniente de gente que sabía perfectamente que cualquier apelativo me haría más justicia que ése. Simplemente, tuve la suerte de no tener que realizar ningún esfuerzo para asimilar los conceptos que se impartían en la escuela o el instituto, porque la mayoría de ellos ya los conocía de antemano. Digamos que iba un pasito por delante, y eso estaba mal visto. Lo cual me la sudaba (y me la suda) sobremanera, dicho sea de paso.

Resumiendo, siempre he tenido interés por conocer cosas, interés por saber; no en vano, es la cultura lo que más valoro en una persona, ya que la cultura es una condición indispensable para mantener una conversación interesante. Y, como no me gusta la falsa modestia, diré que siempre me he considerado, y me considero, una persona con cultura, sobre todo teniendo en cuenta los tiempos que corren y la generación con la que me ha tocado en suerte convivir. Sería pues este el único estereotipo en el que con gusto me autoincluiría, y del único del cual me sentiría orgulloso.

Pero, hete aquí, que con el tiempo uno descubre que tampoco encaja en dicho estereotipo. Porque, no nos engañemos, el estereotipo del "tipo culto" no es más que una pose. Otra pose más.
No se trata tan solo de llevar gafas o monóculo, ni siquiera una vestimenta concreta, sino que hay que adoptar una serie de costumbres y desechar otras tantas.
En mi caso, el hecho gustarme los deportes (tanto de forma activa como pasiva) ya es una garantía de veto en esa Élite. Los deportes, esa costumbre de la plebe, la inculta plebe. El opio del pueblo, el consuelo de los tontos. Nosotros, la élite culta, tenemos objetivos más elevados, no nos entretenemos con recreaciones para el populacho. A nosotros nos satisface más escuchar música clásica, que es la que se supone escuchamos los tipos cultos. La que debemos escuchar y apreciar. ¡Dios nos salve de martirizar nuestros oídos con sonidos plebeyos como el rock! Nuestros finos oídos nunca podrían permitirse tal aberración... ¿Y qué decir de la literatura? Estos mindundis de medio pelo se creen que por haber leído "Guerra y Paz" en vacaciones y la crítica literaria de El País ya son doctos en literatura. ¡Pobres ignorantes! Luego les preguntas algo sobre el último libro de Moncho Azuaga y no saben ni quién es. ¡Y creen saber algo de literatura! ¡Si ni tan siquiera sabrían recitar el poema 20 de Neruda por versos impares! Y lo mejor de todo es son capaces de definirse cinéfilos por haber visto el programa de Garci un par de veces. A ver, listillo, ¿quién ganó el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno 2003? Si es que dan vergüenza, ¡pardiez!, estos pseudo-cultillos de pacotilla quieren echarnos por los suelos la reputación...

Nunca he comprendido esa manía por acotar todo. Pero en el caso de la cultura, me parece realmente vergonzante. ¿Qué es la cultura, sino amplitud de miras? Y me jode, me jode realmente, que cuatro iluminados quieran delimitarla y definir qué es lo que engloba y qué no. Porque yo tengo muy claro que, por preferir la París-Roubaix a una charla sobre literatura alsaciana del siglo XVI, por preferir un disco de Los Suaves a una ópera de Moussorgsky, o por preferir una película buena a una película pakistaní, no soy menos culto que ninguno de ellos, sino todo lo contrario, pues el mero hecho de no sentir la necesidad de adaptarme a ninguna regla fija me convierte en alguien más libre que ellos, los "oficiales". Y la cultura, al fin y al cabo, es libertad. O al menos, es así como yo la entiendo.
 
Cuando la luz no alumbra...
Sucede que no me apetece escribir sobre los sucesos de Londres, y es que me cansa escribir sobre lo malos que son los moros, o lo malo que es Bush, o lo malos que son Bush y los moros.
¿Y por qué sucede esto, os preguntaréis, si el que suscribe suele opinar sobre todos los temas de actualidad? Pues por algo tan sencillo como que, al igual que el osito Winnie, cuando a uno le ponen la miel en los labios, no puede resistirse. Y hay una personita que se ha empeñado en ponerla, y a ella quiero referirme. Por eso voy a escribir sobre lo lerdita que es Anita Botella.



Para empezar, me da grima de por sí la exportación del modelo “Esposa de..." salsarrosiano al campo de la política. Como si no hubiera ya suficiente inepto en ese campo...
Así pues, es obvio que, desde un principio, no la veo con buenos ojos. ¿Y cómo iba a ver con buenos ojos a semejante tributo a la frivolidad? Pero en cuanto abre la boca y escupe a través de ella esos gargajos que sólo ella sabe, sufro automáticamente de conjuntivitis, por muy aderezados con castórida sonrisa que estén. ¡Qué desperdicio de cuerdas vocales! Y pensar que hay gente inocente que nace muda...

Pues bien, resulta que la muchachita, tras conocerse la designación de Londres como sede olímpica para 2012, y acaso efervescente por su cargo de alcaldesa de Madrid en funciones (nada más y nada menos), puso en funcionamiento su poderosa maquinaria gris, y con su habitual tino, dictaminó que Madrid 2012 fue perjudicada por el desplante de Zapatero a la bandera de EEUU, quedándose después más ancha que la propia Castilla.
No cabe duda de que tal vez sea eso lo que pensaría o querría pensar su lisérgico marido, pues en cualquier caso, en los mismos términos se expresó su fiel mamporrero Angelito Acebes, aunque de este último, uno puede esperarse cualquier cosa, excepto coherencia.
Pero yo, que soy muy magnánimo, condescendiente y solidario, voy a tratar de explicarle a la lumbrerita en funciones cómo funciona, valga la redundancia, este mundillo de las votaciones Olímpicas.

Mira, amiga Anita. Es posible que las monjitas de tu escuela te explicasen en su día, y si no lo hicieron, ya te lo explico yo, que soy tan bueno y generoso, que existe una Mancomunidad Británica de Naciones llamada Commonwealth. Te suena, ¿verdad? Pues bien, esa mancomunidad, que agrupa a 53 países, entre los cuales se encuentran algunos de los más poderosos del mundo, como el Reino Unido, Australia y Canadá (y los Estados Unidos como miembro "no oficial", pero sí en la práctica, por pura afinidad), funciona como los 53 Mosqueteros (y los EEUU en el papel de D'artagnan), como una logia masónica de esas que tanto admiráis. "Tú me das cremita, yo te doy cremita". Aplicándolo a estas votaciones, cualquier miembro del COI con derecho a voto que proceda de alguno de esos países, votará como primera opción a otro país de la Commonwealth, a otro país anglófono. No sé si tú sabes inglés, aunque supongo que con tan excelente profesor en casa, lo hablarás con acento de Cambridge, pero la traducción de "Commonwealth" al castellano es "Riqueza Común". Ya te vas haciendo una idea, ¿no? La verdad es que es una putada que no podamos ser de la Commonwealth. Ya sé que Jose Mari lo intentó con ahínco, pero con metro setenta y el pelo negro, reconozco que tenía una difícil papeleta.
Si has hecho los cálculos, de lo cual no me cabe la menor duda, habrás caído en cuenta de que había dos ciudades de países anglófonos en la lista: Londres y Nueva York. A modo de información, te digo que había (creo) 27 comisarios de países de la Commonwealth. Adivina a dónde iban a parar esos 27 votos... ¡Bingo! ¡Lo has acertado a la primera!
Ya sé que es muy bonito pensar que alguno de esos votos hubiera podido ir a parar a Madrid, como bonito es pensar en ganar el Euromillón o tener esperando sobre el colchón a Monica Bellucci despojada de su camisón (¡qué gran pareado!), pero en el mundo real, las cosas funcionan de otro modo muy diferente, y con esos votos no se contaba en ninguna elucubración. Bueno... tampoco se contaba con los votos de los países soviéticos (muy amigos de los EEUU, como todos sabemos), y curiosamente, fueron esos los que, tras la eliminación de Moscú, engrosaron la lista madrileña... a ver si va a resultar que, puestos a analizar la absurda repercusión de la política exterior española hubiera podido tener en las votaciones, ésta haya contribuido postivamente...

Espero que te haya quedado claro, pequeña Anita, que no conviene estar "in the Sky with Diamonds", y que por mucha inclinación que uno tenga, no es conveniente frivolizar sobre las cosas que no se prestan a ello. Tampoco es conveniente que la política de una nación dependa de algo tan banal como las votaciones olímpicas de una de sus ciudades. ¿Realmente merece la pena pelotear a nadie para mendigar unos cuantos votos (que nadie garantiza que no se pierdan por otro lado)? Francamente, creo que no.

Confío en que hayas asimilado la lección, querida Anita. Y ahora, si quieres, podemos pasar a los cuadernillos Rubio, que a tu amiga Ana Rosa le vinieron bastante bien...
 
Mierda latina
Hay algo que me irrita sobremanera. Ritmo latino, sabor latino, sentimiento latino, Doritos Taco Latino,... ¡estoy hasta los mismísimos de todo este rollo "latino", con su actual significado! ¡Dios, cómo ha degenerado el término! Si Roma levantara cabeza...

Os propongo un ejercicio práctico. Ponéos a hablar en voz alta. Escucharéis la más eufónica, moral y culta de las lenguas; oídle a un puertorriqueño o un mexicano, y si sólo le oís rebuznar podéis estar satisfechos, pues el asno no profiere voces indecentes ni blasfemias (pues al fin y al cabo, es una blasfemia el uso que hacen del castellano). Y me da igual que este comentario (prestado de alguien a quien nunca prestaría nada) parezca xenófobo, o alguien pudiera interpretarlo como tal. Es mi opinión, fundamentada en una realidad irrefutable. Si quieren hablar quechua o aymara, que lo hablen, me parece perfecto (que ya me conozco el rollo de la imposición hace siglos, pero no voy por ahí), pero si se permiten el lujo de hablar un idioma tan bello, privilegio que no pretendo negarles, ni mucho menos, que se preocupen, cuando menos, de no pervertirla. Un poco de respeto por esa lengua, la lengua perfecta, por favor. Porque, al fin y al cabo, es la lengua castellana lo único que tenemos en común, lo que les hace acreedores de ese apelativo de "latino" de cuyo significado se han apropiado (a la vez que nos hacen partícipes), que originariamente aludía a esa respetable cultura mediterránea de la cual nuestra civilización y lengua actual es heredera, y que actualmente es sinónimo de mover la cadera como putos y putas, canciones pastelosas que incitan al primitivismo, pandillas de navajeros y pasiones de gavilanes.

Yo no quiero ser asociado con esa morralla. No exagero si digo que cada vez que escucho spanglish me sube inmediatamente toda la bilis a la garganta. Lo mismo me sucede al ver a uno de esos danzones de culo en pompa y camisa abierta, al ritmo de los timbales, profesando "amol, hermano" por los cuatro costados. Si ser "latino" significa ser esa mierda, supongo que yo seré lapón, zulú o maorí, puede incluso que monegasco, pero desde luego, yo no soy parte de ese grupo, ¡joder!, que eso ni es ser latino, ni hispano, ni pollas en escabeche, eso es ser un jodido macaco.
 
El Neng, o cómo caer en gracia sin ser gracioso
¡Cáspita, qué bajo hemos puesto el listón del humor en este país!

Vale que nos ha tocado una televisión con una total carencia de ingenio, donde elaboradísimos guiones como los de los Serranos son considerados como desternillantes (sic) por millones de personas. Y vale que uno puede llegar a acostumbrarse a reirse de cualquier cosa, por pura inercia, lo cual es perfectamente comprensible, habidas cuentas de la tendencia al borreguismo de la que estamos rodeados.

Ahora bien, el problema no es el hecho de reirse en sí. ¿Que te hace gracia cualquier chiste fácil? Pues allá tú si ese es el humor con el que te conformas...

El problema viene cuando por el hecho de estar algo de moda, se distorsiona la realidad. Y eso es lo que está sucediendo con el personaje de "El Neng", del programa Buenafuente, en Antena3. ¿Quién no escucha hasta la saciedad ese grito de "¿Qué passa, Neeeng?", de día y de noche, en el campo y en la ciudad? Es una auténtica invasión, algo así como las insulsas frases archirrepetidas de los Cruz y Raya (nunca fueron santo de mi devoción). El maromo que lo representa, un tal Eduard Soto, no para de asomar su careto por todo programa televisivo, está en todas las entrevistas, hasta dobla películas de dibujos animados. Y todo, gracias al personaje de "El Neng", su catapulta a la fama.



Y yo me pregunto: ¿Realmente tan estimable es tal personaje?

No es que me crea uno de esos petulantes críticos de cine que despellejan todo lo despellejable para luego rendirse ante una película pakistaní, por puro exotismo.
Vamos, que no despellejo a ese personaje por estar de moda, sino porque me parece lamentable que se le dé tanto bombo y platillo a un personaje, desde mi punto de vista, desaprovechadísimo, no solo por parte del actor, sino de los guionistas.
Volviendo al ejemplo anterior, aquellos personajes de Cruz y Raya, que tanto revuelo causaban, tenían el mérito de estar exprimidos a tope, y (afortunadamente) ya no daban más de sí.
Sin embargo, el personaje que nos ocupa tiene un potencial muy superior al que le han dado. Hasta el guionista más torpe sería capaz de hacer reir con un personaje que represente a un "bakala" o "makinero" (o "killo", o "pelado", o "chuntero", o "pastillero", o tantos y tantos adjetivos de los que se han hecho acreedores), habidas cuentas de que se trata de un especímen de lo más risible que puede uno encontrarse en la calle, de puro ridículo que es. Un auténtico filón, que ni siquiera necesita ninguna representación teatral, pues basta con una simple visita a foros como el condurrido Makination, donde puede uno topar con los "nengs" reales (que existen, y son bastante más cómicos que el de la tele), para una diversión asegurada.
Pero cuando se trata de un personaje cómico-teatral, yo entiendo que una frase predefinida y mil veces repetida no es un recurso suficiente, sino más bien un recurso muy pobre, por mucho que tengas a todo el país comiendo de tu mano. El personaje del "bakala", como digo, es tan cómico por sí solo, que en cualquiera de las versiones imaginables lo conseguiría. Y desde luego, la que asoma por el programa de Buenafuente, no es, ni de lejos, la mejor de ellas.