El Éxito
Yo creo que es una pregunta que todo el mundo se ha hecho en alguna ocasión. ¿Qué es el Éxito? ¿Dónde reside? ¿Cómo alcanzarlo?. Y todas esas preguntas que, envueltas en un denso halo de retórica de saldo, rezan los manuales americanos de autoayuda y que yo, haciendo gala de mi inequívoca vocación de manual de autoayuda, tampoco eludo.
Sinceramente, pienso que los autores de los mentandos manuales de autoayuda son tipos de lo más listo que hay sobre la faz de la Tierra. Listos, en el sentido de astutos, claro, aunque no exentos de psicología, ya que suelen clavar las inquietudes de la gente. Eso sí, a la hora de materializar las respuestas a esas inquietudes, la cagan de lo lindo. Y no solo porque los ejemplos pretendidamente reales sean del todo ridículos. “Jack no estaba satisfecho en su trabajo. Se sentía agobiado, desmotivado. Pero un día, Jack pensó que aquello no podía seguir así. Jack se dio cuenta de que debía dar a su vida un giro de 180º. Y entonces, vio que su compañera Sheila no era la misma de antes, que ella sí había cambiado. Que no era la misma que conoció en la facultad. Y John decidió seguir sus pasos”. Tampoco por sus sonrojantes metáforas para párvulos, como la archifamosa obra de Spencer Johnson sobre los liliputienses, los ratones y el queso, que llega a producir compasión en el lector, cuando no ganas de arrojar dicha publicación por la letrina. Y es que, hablando de letrinas, donde realmente la cagan, es en el enfoque.
Sí, ya sé que esos manuales llevan una clara intención, que aplaudirían sin dudarlo todos los patronos y peces gordos del mundo empresarial, y que, desde ese punto de vista, no la cagan, sino que transmiten exactamente lo que quieren transmitir. No en vano, suelen ser esos jefazos quienes, con todo el cinismo del mundo, recomiendan a sus empleados esos manuales. “Cómo ser feliz en tu trabajo en 5 pasos (mientras yo te destripo)”. Bla, bla, bla.
Pero si nos atenemos exclusivamente a la terminología de la palabra “autoayuda”, el efecto es el contrario. No tratan de ayudarte, sino llevarte por el sendero que han diseñado para ti.
Desde luego, si a mí me preguntasen qué es el Éxito, lo tengo muy claro. Para mí, tener Éxito es que, cuando te llegue la hora, nadie te recuerde como “José, el arquitecto” ni como “Carlos, el carpintero”. Que nadie te recuerde por tu profesión, sino por alguna cualidad humana. Porque las personas no somos nuestra profesión.
Y no hablo de que te recuerden como “una buena persona”, lo cual seguramente sea indicativo de que hayas sido un idiota cuya memoria haya que consolar. Como lo del buen cutis de las gorditas, vaya. Aunque, en cualquier caso, es preferible ser recordado como “José, el gilipollas” a serlo por la profesión. O "el que sonreía por las mañanas”, “el tímido”, “el de la voz de pito”, lo que sea, cualquier cosa, pero qué menos que ser recordado como persona.
Parece una bobada, pero en estos tiempos que corren, es harto difícil conseguir eso. Es todo un reto. Díganme, sino, a cuántas personas de su entorno alude usted, sí, usted, mi fiel y acérrimo lector, por su profesión, y a cuántas por alguna característica propia de dicha persona...
Sinceramente, pienso que los autores de los mentandos manuales de autoayuda son tipos de lo más listo que hay sobre la faz de la Tierra. Listos, en el sentido de astutos, claro, aunque no exentos de psicología, ya que suelen clavar las inquietudes de la gente. Eso sí, a la hora de materializar las respuestas a esas inquietudes, la cagan de lo lindo. Y no solo porque los ejemplos pretendidamente reales sean del todo ridículos. “Jack no estaba satisfecho en su trabajo. Se sentía agobiado, desmotivado. Pero un día, Jack pensó que aquello no podía seguir así. Jack se dio cuenta de que debía dar a su vida un giro de 180º. Y entonces, vio que su compañera Sheila no era la misma de antes, que ella sí había cambiado. Que no era la misma que conoció en la facultad. Y John decidió seguir sus pasos”. Tampoco por sus sonrojantes metáforas para párvulos, como la archifamosa obra de Spencer Johnson sobre los liliputienses, los ratones y el queso, que llega a producir compasión en el lector, cuando no ganas de arrojar dicha publicación por la letrina. Y es que, hablando de letrinas, donde realmente la cagan, es en el enfoque.
Sí, ya sé que esos manuales llevan una clara intención, que aplaudirían sin dudarlo todos los patronos y peces gordos del mundo empresarial, y que, desde ese punto de vista, no la cagan, sino que transmiten exactamente lo que quieren transmitir. No en vano, suelen ser esos jefazos quienes, con todo el cinismo del mundo, recomiendan a sus empleados esos manuales. “Cómo ser feliz en tu trabajo en 5 pasos (mientras yo te destripo)”. Bla, bla, bla.
Pero si nos atenemos exclusivamente a la terminología de la palabra “autoayuda”, el efecto es el contrario. No tratan de ayudarte, sino llevarte por el sendero que han diseñado para ti.
Desde luego, si a mí me preguntasen qué es el Éxito, lo tengo muy claro. Para mí, tener Éxito es que, cuando te llegue la hora, nadie te recuerde como “José, el arquitecto” ni como “Carlos, el carpintero”. Que nadie te recuerde por tu profesión, sino por alguna cualidad humana. Porque las personas no somos nuestra profesión.
Y no hablo de que te recuerden como “una buena persona”, lo cual seguramente sea indicativo de que hayas sido un idiota cuya memoria haya que consolar. Como lo del buen cutis de las gorditas, vaya. Aunque, en cualquier caso, es preferible ser recordado como “José, el gilipollas” a serlo por la profesión. O "el que sonreía por las mañanas”, “el tímido”, “el de la voz de pito”, lo que sea, cualquier cosa, pero qué menos que ser recordado como persona.
Parece una bobada, pero en estos tiempos que corren, es harto difícil conseguir eso. Es todo un reto. Díganme, sino, a cuántas personas de su entorno alude usted, sí, usted, mi fiel y acérrimo lector, por su profesión, y a cuántas por alguna característica propia de dicha persona...
Yo sería un buen Ministro de Economía
Pues oye, que a mí me parece perfecto que se suban los impuestos del alcohol y el tabaco. Al fin y al cabo, hace años que no voy a ver partidos de fútbol por temor a que el orondo fumador de purito Reig de la fila de delante me provoque un ataque de asma. Es más, a mí me parece demasiado benévola esa subida. Yo me iría al 20%, y de paso, además de la Sanidad, sufragaba también la pesca de bajura y compraba brea para asfaltar la mitad de las carreteras.
No crean que estoy ironizando sobre el tema. Lo digo muy en serio. ¿Que sube el IPC? Eso tiene fácil solución: se deja de computar el alcohol y el tabaco como “artículo de primera necesidad”. Que manda huevos.
Y ya puestos, si en mis manos estuviera, también subiría los impuestos a diversos colectivos. Por ejemplo, a los que hacen sudokus. Por cobardes. Porque es un pasatiempo para cobardes. No tienes que estrujarte las meninges, siempre sale, es puramente mecánico. Si has hecho uno, los has hecho todos. Por si fuera poco, hasta este año, uno podía hacerse rico con el Gran Crucigrama de Verano de cualquier publicación. Ahora eso ha desaparecido, si quieres hacerte rico, no hay más opción que pasar por el aro del Sudoku de Verano. ¡Qué demonios! Pues si tienen ese privilegio, que también tengan obligaciones. Yo propongo un 3% de Impuesto sobre la Renta a todo aquel que haga sudokus.
Otra medida sería gravar los discos del Papichulo, el Daddy Yankee, y en general, cualquier morralla grabada en Puerto Rico, con 25 céntimos de euro por unidad, pasando a denominarlo el Canon del mal gusto.
Del mismo modo, una solución más que razonable sería cobrar una multa adicional de 100 euros a todo aquel que alquile apartamentos en Benidorm, Torrevieja, Altea, Gandía, Cullera y Peñíscola y se quede atascado en alguna retención de tráfico. Por borrego, por gilipollas y por reincidente.
También se me antoja una excelente idea subir los impuestos de las camisetas de Fernando Alonso (un 10% adicional no estaría mal), que tengo cada vez más complejo de presidiario, viendo a todos vestiditos de la misma manera.
Y por supuesto, aumentaría 5 euros en concepto de impuestos al Código Da Vinci, La Hermandad de la Sábana Santa, Ángeles y Demonios y demás pseudo-literatura religioso-medieval-conspiranoica. A ver si dentro de 500 años tienen narices para relacionar mi sistema tributario con alguna logia masónica o con el Santo Grial de los cojones.
Definitivamente, si yo fuese Ministro de Economía, íbamos a ser Potencia Mundial.
No crean que estoy ironizando sobre el tema. Lo digo muy en serio. ¿Que sube el IPC? Eso tiene fácil solución: se deja de computar el alcohol y el tabaco como “artículo de primera necesidad”. Que manda huevos.
Y ya puestos, si en mis manos estuviera, también subiría los impuestos a diversos colectivos. Por ejemplo, a los que hacen sudokus. Por cobardes. Porque es un pasatiempo para cobardes. No tienes que estrujarte las meninges, siempre sale, es puramente mecánico. Si has hecho uno, los has hecho todos. Por si fuera poco, hasta este año, uno podía hacerse rico con el Gran Crucigrama de Verano de cualquier publicación. Ahora eso ha desaparecido, si quieres hacerte rico, no hay más opción que pasar por el aro del Sudoku de Verano. ¡Qué demonios! Pues si tienen ese privilegio, que también tengan obligaciones. Yo propongo un 3% de Impuesto sobre la Renta a todo aquel que haga sudokus.
Otra medida sería gravar los discos del Papichulo, el Daddy Yankee, y en general, cualquier morralla grabada en Puerto Rico, con 25 céntimos de euro por unidad, pasando a denominarlo el Canon del mal gusto.
Del mismo modo, una solución más que razonable sería cobrar una multa adicional de 100 euros a todo aquel que alquile apartamentos en Benidorm, Torrevieja, Altea, Gandía, Cullera y Peñíscola y se quede atascado en alguna retención de tráfico. Por borrego, por gilipollas y por reincidente.
También se me antoja una excelente idea subir los impuestos de las camisetas de Fernando Alonso (un 10% adicional no estaría mal), que tengo cada vez más complejo de presidiario, viendo a todos vestiditos de la misma manera.
Y por supuesto, aumentaría 5 euros en concepto de impuestos al Código Da Vinci, La Hermandad de la Sábana Santa, Ángeles y Demonios y demás pseudo-literatura religioso-medieval-conspiranoica. A ver si dentro de 500 años tienen narices para relacionar mi sistema tributario con alguna logia masónica o con el Santo Grial de los cojones.
Definitivamente, si yo fuese Ministro de Economía, íbamos a ser Potencia Mundial.





